Junio 29, 2004
El Sentido de la Vida
«Una figura oculta tras una capucha revoloteaba ligeramente, como una pluma, por la estancia. Una habitación inmensa de paredes blancas, sin ventanas ni techo, un espacio abierto al cielo. En una de las esquinas había un escritorio que alguien debió colocar ahí por azar. Parecía como si nada en mundo fuera capaz siquiera de inmutarla. La túnica que vestía rasgaba el aire con suaves silbidos y la guadaña, que llevaba siempre encima, refulgía con el brillo que le había prestado el sol. Un sol que estaba en su punto más alto, fundiendo con sus rayos los ánimos de todos los mortales. Mortales que, por otro lado, no había en esa estancia. Muerte era una más en aquella empresa atípica, una vieja gloria venida a menos en un mundo donde las acciones de la vida han caído en picado. Muerte, que casi nunca erraba un golpe, solía visitar una vez en la vida a sus pobres víctimas y, en la mayoría de las ocasiones, éstas ni se enteraban.»
[sorpresas]
«Desde el principio de los tiempos había dado caza a las almas que expiraban. Antiguamente todo era más profundo, rozando el misticismo. Pero ahora, de un tiempo a esta parte, trabajaba como en una cadena de montaje: en serie. Cortes certeros a un conductor ebrio y las cuatro víctimas inocentes que había dejado en la carretera, sicaria de un asesino a sueldo que con sus balas zanja un ajuste de cuentas, cómplice de un marido venido a menos que justifica con sus golpes lo que no podría hacer con la razón.»
[porque no tiene]
«Un Demonio se pasea de un lado a otro de la estancia agitando la cola y sonriendo con muecas maliciosas: está practicando para meterse en el papel. En su escritorio descansa el sobre con la última paga, que ni siquiera abrió, y unos papeles revueltos de pleitos con la santa Iglesia. Cuentan quienes lo conocen que en tiempos remotos se dedicaba a vivir una vida despreocupada y feliz, sin meterse con nadie, disfrutando de su inmortalidad en legendarias orgías. Hasta que un buen día a alguien se le ocurrió darle su imagen al malo más malo que una mente humana (y católica) podía imaginar, entonces se acabó su chollo. Ahora subsiste asustando a fervorosos creyentes ansiosos de la protección que da el miedo a lo desconocido, lo mismo que su religión satanizó como perverso. No nació siendo malo pero desde hace unos siglos estaba aficionándose por el lado oscuro que delimita la moral religiosa.»
[doble]
«Apoyado en la silla con ruedas descansaba un tridente. Un objeto curioso a la par que ridículo pero que tenía que llevar por exigencias su trabajo. Antes de continuar vagando por la estancia se detuvo un instante a pasar la hoja del calendario, para cerciorarse de que, efectivamente, ese día estaba marcado en rojo.»
«Un ángel cuyo cuerpo sin hormonas aún no habría llegado a la pubertad de tenerlas, cerraba meticulosamente un sobre poco abultado. Miraba con desprecio el ridículo arco que colgaba de la pared con un clavo que parecía iba a caerse en cualquier momento. Si hubiera podido maldecir lo habría hecho sin dudarlo pero, en su mente sin maldad, lo más parecido a una maldición era quedarse en blanco. El espejo de mano que llevaban todas las mesas de serie estaba hecho añicos. Lo había roto él mismo porque odiaba contemplar su ridícula apariencia, una figura que alguien debió perfilar en un día de borrachera. Puso los pies sobre la mesa, satisfecho, sin darse cuenta de que en su movimiento mandó al suelo una placa que rezaba: "Sr. Cupido".
[encasillado]
Hoy iba a ser un gran día.»
«En el resto de la sala se amontonaban personajes que, aunque secundarios, son igualmente importantes. Fantasmas del pasado y del presente conviviendo en armonía, personajes temidos y amados a la vez, figuras que sólo existen en nuestra imaginación. Muerte que, cuando quería, podía ser tan silenciosa como una sombra, se acercó disimuladamente a la pared. Desde otro ángulo apareció el Demonio que, cogiendo impulso, saltó sobre la espalda de Cupido, que ya estaba listo para emprender el vuelo. Sus pequeñas alas no podían remontar el peso de Demonio hasta superar la pared, ese era el lugar donde encajaba Muerte en todo el plan: como punto de apoyo. Una vez arriba Demonio rompió la barrera invisible que los mantenía confinados en aquella cárcel y, finalmente, ayudó a Muerte a llegar hasta arriba.»
[eran libres]
«Poco tiempo después, tres figuras descendían por una pradera charlando animadamente:
¬ Tengo que buscarme un vestuario nuevo, esta túnica con capucha no me favorece nada — dijo Muerte mientras tiraba la guadaña a sus espaldas.
¬ Y no te vendría mal un poco de piel, más que nada para pasar desapercibido. Quizá podrías hacerte segador, con el manejo que tienes de la guadaña... — Demonio intentaba contener su risa.
Muerte estalló en una carcajada sincera y de felicidad.
¬ Tienes suerte de que haya tirado mi guadaña. Y tú, renacuajo, ¿qué vas a hacer?
¬ ¿Yo? Bueno, supongo que pagarme una de esas operaciones en las que te implantan un pene, estoy harto de no tener sexo.
Y así, perdidos en conversaciones sin sentido pero reconfortantes, las tres figuras se perdieron en la noche. Y nunca más se supo de ellas.»
[se esfumaron]
¬ Vale, muy bonito. Pero, ¿qué tiene esto que ver con el sentido de la vida?
¬ No sé, anoche estuve viendo El Sentido De La Vida, de los Monty Python. Me apetecía llamarlo así.
¬ Bueno.... vale, ya te llamaremos.
[piiiiiiiiii]





