Julio 25, 2004
Fahrenheit Bill
Hacía años que no veía dos películas en el cine en un mismo día. No recuerdo ninguna de aquellas películas que proyectaban en el cine de mi barrio (un cine que luego fue discoteca y que, finalmente, se convertiría en casino) en sesiones dobles interminables. Los descansos, las palomitas, una tarde más que se iba por donde vino.
Llevaba un par de semanas pendiente del calendario para que no se me pasara la fecha del estreno de Fahrenheit 9/11. El viernes, finalmente, la espera llegó a su fin. Convencí Hablé con dos amigos para que me acompañaran al estreno para que no me pasara como me ocurrió con Bowling For Columbine, cuando acabé yendo sólo.
[a la sesión de madrugada]
Cuando entramos en la sala, la película ya había empezado; apenas nos perdimos unos segundos. Michael Moore es un especialista en transmitir ideas y sentimientos al espectador, sincroniza con él en una frecuencia cuya existencia muchos ignoran. Su voz sonaba con cierto tono sarcástico cuando decía: "¿Fue todo un sueño?". Entonces desfilaban por la pantalla las imágenes de los festejos de Al Gore en las elecciones del año 2000 por su triunfo el Florida, que le otorgaba la presidencia del país de las oportunidades. Efectivamente, parecía un sueño, pues a los pocos instantes otras cadenas (en especial la Fox), otorgaban el triunfo a George W. Bush. Así empieza la última película de Michael Moore.
[un torrente de ideas]
Con su peculiar e inconfundible estilo, Michael Moore nos conduce, durante las dos horas que dura la película, de las risas al llanto y del llanto a la perplejidad. Lágrimas de impotencia y, en algunas ocasiones, forzadas por una carcajada imposible de reprimir. Moore no necesita hacer de gracioso en la película, de eso se encarga Bush (y lo hace realmente bien). Los críticos de esta película argumentan que Moore fuerza las situaciones para hacer demagogia y transformar los hechos en lo que él quiere que parezcan. Hasta cierto punto pueden tener algo de razón. La misma razón que tendrían al esgrimir esos mismos argumentos contra un noticiario cualquiera de un canal de televisión cogido al azar. Los hechos estaban ahí y nadie, hasta ese momento, los había utilizado.
Cuando uno ve esta película no puede quedarse indiferente. Intentas ponerte en el lugar de un americano medio, asistiendo perplejo a las mentiras que su gobierno le ha hecho tragar en pequeñas y regulares dosis. Y te identificas. Yo, particularmente, recordé las manifestaciones contra la guerra en toda España, los informe falsos sobre las armas de destrucción masiva, las mentiras del 11M y el maldito trío de las Azores. Si a eso le sumas las imágenes de la guerra que ese americano imaginario verá por primera vez (porque en su país han pensado que lo mejor es no enseñar cómo la gente muere en una guerra), ya tienes el cóctel de sentimientos que se beberá ese americano imaginario al ver esta película.
[proyectar]
La película acaba con una secuencia que deja a Bush como un perfecto imbécil y, después, aparecen los créditos (Moore prefiere que la última sensación que experimente el espectador sea una carcajada). Todos nos quedamos un rato más sentados en nuestras butacas, esperando que Moore nos regalara algo más de su particular y afilada visión de las cosas, pero no fue el caso. Y al salir: unos tímidos aplausos y sensaciones contradictorias flotando en las cabezas de todos los que estábamos en esa sala.
[The End]
Salimos del cine cuando aún era de día, algo que no me pasaba desde hacía años. Ya que yo había arrastrado a mis dos amigos a ver Fahrenheit 9/11, uno de ellos pensó que era el momento de devolverme el gesto y llevarme a ver Kill Bill 2. Así es como tomaba forma la aventura de las dos películas en un día, un reto más duro de lo que puede parecer, pues no es nada sencillo aguantar las torturas a las que te someten las butacas del cine durante dos películas casi seguidas. Además, en el ambiente flotaba cierta rebelión (bueno, quizá sólo en mi mente), que me decía que si no se habían dignado a estrenar las dos partes de Kill Bill en España más o menos en la misma fecha que su estreno en el resto del mundo, no merecían que gastara mi dinero en ir al cine a verla. Pero al final, como seguidor de Tarantino, no pude resistirme y accedí.
Cuando llegamos a las taquillas, una chica nos llamó con voz tímida y nos preguntó que si no nos importaría comprarle dos entradas que ella había adquirido y, al final, se habían quedado sin ocupantes. Analicé la sonrisa de esa chica buscando algo que indicara que nos quería engañar y, al no encontrar indicios, accedí a comprarlas.
[casi a ciegas]
Al final resultó la aquella chica nos decía la verdad y pudimos ver la película sin contratiempos. ¿La película? Más de lo mismo. Algo que no tiene por qué ser necesariamente malo.
[me gustó]
Miradas de cine





