Agosto 11, 2004

La presencia ausente

Al principio su presencia era tan silenciosa que no se dejaba notar. Serpenteaba a sus anchas por sus entrañas y susurraba palabras gentiles cargadas de odio encubierto. Y cuando a ella le parecía escuchar algo, haber oído algún ruido sospechoso, él se sumergía en la oscuridad de su organismo. A veces dejándose llevar por el torrente sanguíneo, y otras nadando en contra de la corriente.
[navegante]
El tiempo pasaba y ella cada vez tenía menos fuerza. Apatía llegó con su bártulos y se instaló en la habitación contigua, añadiendo día a día un poco de peso a la carga que ella soportaba sobre sus hombros. Llegó un momento en que le parecía tener el mundo entero colgando de su cuello con una soga que, por más esfuerzos que hacía, no podía romper.
[sin retorno]
Los médicos no se ponían de acuerdo y, mientras estudiaban su caso, se entretenían jugando al ping-pong con ella, mandándola de un lado a otro, a otro hospital, a otro país. Ella siempre pensaba, con sarcasmo, que al menos no la habían mandado nunca al otro mundo.
[caminante no hay camino]
Y en la oscuridad donde sólo se escuchaban los latidos de su corazón, aquel intruso se iba haciendo más fuerte. Alimentándose de su vitalidad, chupando su humanidad hasta dejarla en una caricatura retorcida de lo que fue. Ella notaba como aquel maldito polizonte estaba destruyéndola, y ella se desmoronaba poco a poco, como un edificio que se desploma en cámara lenta ante la atenta mirada de miles de curiosos.
[caída libre]
¬ ... pero mientras tanto, amiga, me temo que eres parte de ese 1%.
Era el comentario que le había hecho uno de los numerosos médicos que la había tratado.
¬ Nadie invierte dinero en parar una enfermedad desconocida, no es rentable. Y nosotros sólo podemos esperar de brazos cruzados y dedicarnos a investigar lo que se nos dice que investiguemos. Lo máximo que podemos hacer es ponerle un nombre...
Un maldito nombre. Y, mientras los médicos discutían con otros médicos y los políticos almorzaban con otros políticos, y los empresarios pasaban sobres anónimos bajo mesas con faldones, ella se moría. Lenta pero inexorablemente.
[agonía]
Antes de que el intruso se colara en su vida nunca se había planteado cómo sería su propia muerte. Deseaba que, el día que se produjera, fuera de forma rápida y sin dolor. Pero alguien le había dado mal su dirección a la Muerte y ésta llevaba demasiado tiempo dando rodeos. Sabía que no llegaría en un día, ni en una semana y, quizá, ni en unos años. Hasta que un día se presentara ante ella ensayando una patética sonrisa.
[un esbozo]
Mientras tanto sus músculos se agarrotaban y su mente se sumía en delirios cada vez más prolongados. Ella caía postrada en una silla de ruedas mientras aquel extraño volaba libremente en sus entrañas, en su mente, en su vida.
Teletiendas, telepredicadores, telebasura, teletrabajo y televisión por satélite. Sí, la sociedad estaba obsesionada en que ella no se apartara del redil. Pero ella se sentía cada vez más hundida en sí misma, ocultándose en su propia sombra de las miradas inquisitivas del gran hermano. ¿Locura? No, quizá fuera una sobredosis de lucidez.
[curiosas contradicciones]

Conocía cada detalle, por insignificante que fuera, del techo de su habitación. Podría cerrar los ojos y dibujar, sin equivocarse, cada pizca de gotelé. Había tomado una decisión, la primera que recordaba en toda su vida (su memoria, ahora, tenía sólo un mes de capacidad). En su mano derecha sostenía un botecito transparente con un líquido que, según le habían prometido, haría que la muerte encontrara de una vez su calle en el plano, en un par de minutos. Cuando se disponía a quitarle el taponcito dé corcho a la botella (¿quién diablos ponía un taponcito de corcho en una botellita de veneno?) el teléfono comenzó a sonar. Se sobresaltó y levantó el auricular con las escasas fuerzas que le quedaban.
¬ ¿Hola? ¿Estás ahí?
¬ Por poco... —pronunció estas palabras tan bajo que para su interlocutor no fueron más que un suspiro.
¬ Te llamo para decirte que ya le hemos puesto nombre a tu enfermedad.
Hizo una pausa de suficiencia.
¬ La hemos llamado...
No quiso seguir escuchando a aquel estúpido médico. Intentó tirar el frasco contra la pared pero, sin fuerzas, lo más que consiguió fue que se le resbalara de sus dedos fríos como témpanos de hielo.
Y entonces comenzó a llorar.
[la muerte debería esperar]

Clasificado en:
Realismo ficticio
by milio el día Agosto 11, 2004 11:43 PM
Comentarios

Menos mal que me has avisado de como lo habias enfocado... está genial de verdad por lo menos los tres primeros párrafos son un resumen de lo que he vivido pero ya estamos todos mejor gracias y besitos

by: Ácida S el día Agosto 12, 2004 06:13 PM

Milio, a veces me dan miedo estas cartas que escribes desde tu IP.

by: Ariadna el día Agosto 15, 2004 11:48 AM