Septiembre 05, 2004
Regresión
Llovía a mares. Esta idea hizo que se le escapara una risita nerviosa porque nunca había visto el mar y, sin embargo, se atrevía a postular que llovía a mares. La delgada línea que delimitaba la frontera entre la cordura y la sinrazón estaba más difuminada que nunca en aquellos momentos. Los cambios repentinos que el mismísimo azar había introducido en su vida hacían peligrar su estabilidad emocional.
[y mental]
El coche se deslizaba suavemente por la autopista, desplegando dos pequeñas olas como insignificantes simulacros del paso del mar rojo.
¬ Religión, esa gran mentira.
Por su cabeza pasaba la educación en un colegio de monjas y el recuerdo que tenía de éstas. Una monja no te pega con su cinturón, pero tiene métodos más sutiles para atemorizarte. Aún recordaba aquellas hileras interminables donde los niños se mantenían más rígidos que un pilar de granito mientras entonaban los rezos de cada mañana. Ya podía nevar o caer el mismísimo diluvio universal, que aquella rígida costumbre jamás se quebrantaría. Las monjas, algunas con su hábito de temporada y otras con su vestimenta de siempre (aquellas que nunca cambiaban el color de su hábito aunque tuvieran que viajar al centro del Sáhara) observaban hasta el más mínimo detalle como sargentos con mano de hierro harían con sus tropas en formación.
¬ Las legiones de Dios.
Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no escuchaba su propia voz. Recordó el día en que se fue para no volver de aquel colegio-para-niños-conflictivos, las caras de los que, como él, se iban para siempre. Aquel puzle de expresiones que no cambiarían a lo largo de los años, acaso envejecerían. El niño lobotomizado y convertido en misionero por obra y gracia de Dios, la niña a la que habían lavado el cerebro y sería, cien años depués, firme candidata a la santidad. Y él, reflejado en el espejo de niños que pensaban como él, sabiéndose libre de una prisión, condenado a una pena sin haber cometido ningún delito.
[por obra u omisión]
Y esperar encontrarse en casa con unos brazos abiertos y una sonrisa para, en lugar de eso, ver rostros de preocupación. Podía leer en los ojos de su madre el resultado de las cábalas para deshacerse de él. Mantenerle alejado hasta que la ley permitiera que se deshicieran de él. Esos ojos hacían que siempre se sintiera diferente del resto de sus hermanos, que le inyectaban ríos de lodo en su torrente sanguíneo, disfrazados de falsa piedad.
[camuflajes]
Su memoria viajó hasta llegar a aquella tarde en la que buscaba frenético un papelillo que no sabía, ni remotamente, qué aspecto tendría. Algo que acreditara que realmente estaba vivo y que no era más que un borrón que la historia no había podido eliminar del todo. Y lo encontró, pero no esperaba dar con aquello. Un certificado de adopción escondido en el fondo de un cajón olvidado. Escapó de aquella estancia que le escupía el olor acre y dulzón de la heroína. Su padre, cuyo cuerpo descansaba en el sofá mientras su mente se encontraba de viaje. En algún mundo creado gracias a una cuchara, su mechero y una jeringuilla, con la aparición estelar de aquel maldito condimento. Su padre, que ni siquiera pudo ver como su hijo desaparecía por la puerta para no volver.
[ausente]
Aquella interminable recta invitaba a la regresión. Las gotas de agua que morían en el techo del coche expiraban una letanía monótona que atraía a la somnolencia de la que tanto hablan en los anuncios de medicamentos. Y era esa misma lluvia la que empapaba la cara de aquella anciana que intentaba achicar el agua de su rincón con una taza mutilada. Con la templanza del que no tiene nada que perder, sabiendo que aquellos cartones mojados no ahuyentarían el frío de aquella noche de noviembre. Ella era la única vagabunda que se había establecido su modesta casa ambulante en la puerta del cementerio.
Hacía tan sólo una hora que él mismo entraba por aquellas místicas puertas para visitar la tumba del que no fue su padre, de aquel hombre que ni siquiera lo intentó. No sabía que le había llevado hasta allí, quizá había ido para despedirse de él como no lo hizo la última vez que se fue.
¬ ¿Qué lleva a un yonki acabado a adoptar un hijo? ¿Alguna subvención para comprar drogas?
Nadie podía contestar a aquella pregunta y menos su padre que, de seguir vivo, no lo recordaría. Como cantaba Lennon: "The answer, my friend, is blowing in the wind". Pero aquella tarde de noviembre no había viento, sólo una agradable lluvia casi vertical.
Salió del camposanto tan vacío como había entrado, y tiró, por inercia, una moneda al plato de aquella indigente.
¬ Que Dios le bendiga.
Y entonces vio en aquellos ojos la misma expresión que su madre, antaño, había disfrazado de compasión. Y supo que ese rostro envejecido era el suyo.
¬ Me maldijo hace años.
Realismo ficticio
Afirmar que llueve a mares... sin jamás haber visto el mar...me llega
Un beso Milio...
The answer Milio.... The answer...It's always in me...¡
Hay madres que con su abandono, te dan su bendición... Te regalan una vida... y con los años se dan cuenta que ellas perdieron mucho más, por no haber intentado darte lo que tenían...
Tu regresión y muchas otras cartas, hablan de drogas.... afortunadamente no conozco a nadie en ese dilema... Hay miradas que te maldicen, pero con paciencia, un día encuentras miradas que te acogen y te protegen....
Saludos...
by: Berny el día Septiembre 8, 2004 03:45 PMMarifer: y quien escribe esto no ha visto el mar más que un par de veces, en eso me identifico con el protagonista. Un beso.
Berny: jajaja. Dejaré que me ilustres con las respuestas. Esas miradas de las que hablas existen (las que odian y las que bendicen) y, lamentablemente, las que te dan amor son las más escasas. Es verdad que las drogas son un tema recurrente en muchos de mis posts, es un tema del que se pueden sacar muchos personajes y muchas realidades que, para nada, son ficción. Saludos.
by: milio el día Septiembre 13, 2004 01:13 AM




