Enero 22, 2005

Paredes de cartón

Aquellos altavoces pequeños que había robado la semana anterior vibraban frenéticos sobre la mesa. De ellos escapaba una voz rota que se abría paso entre guitarras que sonaban a metal. El sonido era tan malo que parecía como si el cantante estuviera encerrado en una alcantarilla y su voz saliera por los pequeños orificios de la tapa.
[apestando]
La señal de un teléfono se acopló a la de la radio y terminó por estropear la canción. En la habitación contigua aquella mujer tan atractiva (pero triste) recibía la llamada que llevaba toda una vida esperando. La misma que recibía todos los días.
Las paredes, que parecían de cartón, no alcanzaban a distorsionar los sonidos.
¬ Eres tú... -la voz de aquella mujer era casi un lamento.
Ya no había interferencias en la señal de la radio. Ahora sonaba una canción instrumental de alguna famosa banda sonora. Como le pasaba siempre, no pudo recordar el nombre de la canción, ni siquiera pudo adivinar si alguna vez lo supo. El regulador de volumen estaba en el punto justo: un poco más alto y la señal se distorsionaría hasta hacerla irreconocible, un poco más bajo y no sería capaz de distinguir la canción del sonido rítmico del reloj.
[una de las pocas cosas que tenía]
Así que no pudo evitar escuchar retazos de la conversación entre aquella extraña y melancólica mujer y su interlocutor.
¬ Llevaba tanto tiempo esperando tu llamada que pensé..., en fin, que pensé que nunca llamarías.
[silencio]
Articuló las palabras que, sabía, iba a pronunciar aquella mujer. Todas las noches se repetía la misma situación. Y su mente se distraía imaginando cada día una historia diferente.
[pasatiempos]
Algunas veces aquella mujer se convertía en una dama adinerada casada con algún político. Ella, cansada de que él no le hiciera caso, se buscaba un amante y soñaba con escaparse algún día, irse con lo puesto y vivir la aventura de su vida. Pero cada día ella volvía a su casa y compartía las miserias del que era su marido. Se dormía soñando con lugares desconocidos y despertaba a la mañana siguiente para darse cuenta de que nunca se iría, que la rutina de su vida era inquebrantable. Y lloraba. Y después, por la tarde, volvía a recibir la llamada de su amante y acudía en busca de sueños que, por la noche, se romperían en pedazos.
[repeat on]
Otras veces imaginaba que era una mujer fugitiva que huía de algo o de alguien. Una mujer que había hecho algo terrible en su pasado y que un día quiso escapar de su infierno. Que huía a un lugar lejano y todas las tardes recibía la misma llamada, en cualquier lugar, estuviese en un país o en otro. Siempre la misma llamada que la advertía de que ellos sabían donde estaba y conocían cuál iba a ser su próximo movimiento. Entonces ella rompía en sollozos y, al día siguiente, partía hacia otro destino incierto...
[errante]
La mujer comenzó a sollozar, dando por terminada la conferencia. Él recorrió con la vista la mugrienta habitación donde tenía la desgracia de malvivir. Un pequeño zulo del que sólo se podía decir que era barato. Una cama, una mesilla de noche y un olor a morgue que no se quitaría aunque alguien volara aquel maldito motel. Las paredes parecían la obra de un artista paranoico que usaba las manchas como medio de expresión, un artista que rehacía sus obras cada día.
Cerró los ojos y se dejó caer en un sueño inquieto porque, aunque no se tenga nada, siempre quedan los sueños. Dormiría hasta que, el día siguiente, aquella mujer recibiera la llamada de un confidente, un amante o del mismísimo Jesucristo.
[amén]

Clasificado en:
Realismo ficticio
by milio el día Enero 22, 2005 11:30 PM