Mayo 30, 2003
The Village
Un mundo de piedra y madera. Calles tan antiguas que no queda hombre capaz de datarlas en sus recuerdos. Caras que armonizan con las piedras agrietadas. Los años pesan en el ambiente, intentando transmitir un sentimiento imperecedero. El caño de la fuente continúa con la tarea titánica de horadar la piedra, como lleva haciendo durante tantos años. Las calles, enrevesadas, dibujan el camino más largo entre dos puntos, suben y bajan, hacen giros imposibles, parecen tener vida propia.
Un gato mira confiado desde su atalaya, acostumbrado a lidiar con las mismas miradas, tanto que perdió la vergüenza.
Los rayos de sol dibujan pacientemente el paisaje, con su juego de luces y sombras. Enfocan lo que quieren mostrar. Son la única prueba de que el tiempo no se ha detenido.
[para siempre]
Un hombre sentado sobre la roca pulida que gobierna su puerta. Las manos apoyadas en su bastón, los brazos ligeramente flexionados, la barbilla descansando sobre sus manos. Aprovechando cada rayo de sol, parece una gárgola sentada en su trono. Sus ojos no ven la pared, sus ojos miran como lo harían todos sus antepasados, un torrente de experiencias, una inmensidad de recuerdos. Una expresión congelada, un rostro indescifrable.
La campana hace vibrar el aire con su sonido milenario, forzando al tiempo a sumarse uno.
El sonido rebota un millón de veces en las paredes de la iglesia, paredes que han visto enfrentarse a un país, que han visto el triunfo de unos y la persecución de otros. Paredes que sobrevivido a muchos y que temblaron bajo las bombas...
[hace mucho tiempo]
... que vieron nacer y morir a generaciones, que dieron sentido a los cánticos religiosos.
Un castillo en continuo asedio por un viendo que no entiende de historia, que siempre ha estado ahí. Recuerdo de tiempos gloriosos, recuerdo de otras épocas. Testigo de la evolución, del crecimiento, del olvido. Dando sombra a un cementerio donde se amontonan los restos de los que una vez aquí vivieron, velando por sus almas.
Una juventud hastiada, con miles de sueños en la cabeza y pocas expectativas de cumplirlos. Viviendo con la resignación que sus padres grabaron con fuego en las paredes de su casa, quemando sus ilusiones en la chimenea que construyó su abuelo.
Familias infinitas, fotos en blanco y negro de antepasados que no quisieron abandonar la casa. Una mirada seria que te dice:
¬ No olvides tus raíces.
Naturaleza relativa. Prisión para unos, refugio para otros.
[un templo centenario]
Metafísica
Mayo 28, 2003
La fauna del tren
Cuando uno tiene tiempo para aburrirse, lo aprovecha al máximo. Cual antropólogo observas el comportamiento de la gente y, la mayoría de las veces, te sorprendes.
Una chica (probablemente alemana) intentaba abrir la puerta del vagón. El botón era perfectamente visible, le faltaban las luces de neón y un cartel que dijera: pulse aquí. Pues el individuo de nuestro experimento no pareció percatarse y comenzó a forcejear con la puerta. El instinto en estado puro. Entre improperios que sonaban muy mal en alemán, la chica empezó a ponerse roja...
[la ley del más fuerte]
... y, al final, desistió y decidió pedir ayuda ...
[instinto de cooperación]
Así he pasado todo mi viaje, mirando sin ver y luchando contra el sueño a base de cigarrillos y algún delirio...
Tengo demasiado sueño como para coordinar mis sentidos, así que me iré antes de decir más cosas sin sentido.
Yo, me, mí, conmigo
Mayo 26, 2003
Lost in the cities
¬ El hotel está en el centro de Valencia...
[los cojones]
Estoy en mitad de ninguna parte. Un hotel muy bueno, pero una zona nefasta. Antes de cenar he ido a un cajero. Me han indicado que estaba siguiendo la calle... Y claro, yo he seguido las indicaciones. Y he andado y andado... y andado... y, al final, he llegado a un cajero de Caja Madrid. Luego había que desandar lo andado... Un desastre. En el camino: la nada. Sólo cajeros que no son de tu banco y que te reclaman ansisos por una comisión. Y en el hotel, una cena carísima (que, espero, pague la empresa) y rumbo a la habitación.
No lo soporto. No puedo vivir con la soledad. Enjaulado entre paredes de lujo, observado por lámparas de diseño. Cuatro almohadas que me susurran, espejos que me interrogan. Y un lavabo transparente que deforma el reflejo de mi cara contra el suelo.
Mire donde mire sólo veo el vacío, el deprimente vacío. Sé que cuando duerma miraré a la otra cama y no veré más que las sombras con las que jugará la luz de la luna. Sé que no tendré que luchar por las almohadas con nadie. Miraré por la ventana y no veré más que luces anónimas. Ellas no saben nada de mí y yo no quiero saber nada de ellas.
Anoche no dormí nada bien. No sé qué me pasa estos días que no soy capaz de dormir. Justo cuando parece que las cosas van viento en popa me sobreviene un insomnio obligado y traicionero. Muchas veces fiel compañero de fatigas, elegido como una opción. Ahora intenta controlarme. Anoche, una hora después de haberme acostado tuve que levantarme nervioso. Encendí un cigarrillo y le ofrecí otro a la luna. Rechazó mi invitación, así que fumé sólo.
No quiero acostarme porque sé que no dormiré. Sé que me atormentará algo que desconozco. Agazapado en cualquier esquina, bajo la cama, dentro del armario, oculto tras las cortinas. Algo que no me dejará dormir. ¿Será uno de mis fantasmas camuflado?
Espero que al menos me despierte si no oigo el móvil...
[que haga algo útil]
Infiernos laborales
Yo elijo, tú mientes
Los políticos deben ser las personas más optimistas que pisan este planeta. Enfundados en sus radiantes trajes, estrangulados dulcemente por sus déspotas corbatas, y siempre con una sonrisa (los que sepan o sus labios se lo permitan) dibujada en su cara.
[las apariencias engañan]
Ayer ejercí mi derecho al voto. No diré a quién he votado aunque supongo que muchos lo imaginaréis, pero ahí queda mi voto anónimo. No suelo meterme mucho en la política porque me parece que el que hoy promete mañana no cumplirá. Pensaré así hasta que haya algún político que me sorprenda y me haga cambiar de opinión. Siempre voy con prisas, siempre al límite. Esta vez llegué al colegio electoral un minuto y medio antes de que se cerraran las urnas. Creo que incluso tuvieron que tomar una foto finish mientras entraba la papeleta.
¬ Parece qué es válido. ¿Qué piensa el colegiado?
[ahora que sé de dónde viene lo uso más]
¬ Parece que tiene sus dudas. El juez de línea no ha levantado el banderín.
¬ Bien, parece que lo dan por válido. Esta noche en la moviola podrán ver ustedes la repetición.
Haciendo un esfuerzo supremo encendí la televisión para ver cómo iban los resultados. Pero después de tanto número, tanto porcentaje y tanto diagrama de queso de tetilla (acabé empachado) decidí retirarme. Ya me enteraría.
Después de tardar siglos en hacer la maleta y un par de lustros en conseguir que todo aquello entrara, desafiando las leyes de la física, dejé todo preparado. Miré la almohada:
¬ ¿Te llevo conmigo?
¬ Hmm, no me gustan los trenes, y lo sabes.
[recriminación]
¬ Está bien, me echarás de menos.
¬ Sí, sí...
Revoloteo por toda la casa, no quiero acostarme. Pero sé que el despertador sonará a las cinco y media (y que me despertaré a las seis menos cuarto) y el sueño no perdona. Así que me obligué a retirarme a mis aposentos (otra frase que siempre he querido decir).
[¿weblog como medio de realización personal?]
El reloj de mi habitación (grotesco, con forma de bombilla, gentileza de una empresa de lumbreras bombillas para más inri) lleva parado unas dos semanas. Aunque sé que la pila no se ha acabado, porque en estas dos semanas ha avanzados diez minutos. Le cuesta mucho llegar a las doce, necesita impulso. Cuando pasen las doce (en unos quince días) comenzará la cuesta abajo.
[pretendo demostrar las teorías de Einstein. Relatividad del tiempo y del espacio. Huele a Nóbel]
Me gusta pensar que cuando entro en mi habitación el tiempo se detiene.
Esta mañana Madrid se ha despertado con resaca electoral (y yo antes que él). En el taxi he tenido una conversación subida de tono con el taxista (que debía estar medio sordo por lo alto que hablaba, por eso lo de subida de tono). En la radio se escuchaba que una niña de cuatro años, censada por error como una mujer de treinta, había votado junto con sus padres.
¬ Hola, es mi hija. Viene a votar.
¬ ¿Seguro que tiene treinta años?
¬ Bueno, en mi familia somos así. A los treinta y uno pegamos el estirón.
¬ Hmm, curioso.
¬ ¿Puede bajar la urna para que mi hija pueda meter el voto? Es que si la alzamos se enfada y no come.
¬ Faltaría más.
Y mientras mi mente estaba entretenida en estas ensoñaciones, el taxista me gritaba contaba algo. Cogí el hilo de la conversación justo cuando decía:
¬ ... en tiempos de Franco esto no pasaba...
[no le dejaré propina]
Pero estas elecciones son especiales. Son las primeras que conozco en las que todo el mundo gana. Es increible, ni el mismísimo D'Hont habría imaginado que unas elecciones en España dejarían su Ley en evidencia.
¬ Mi papá dice que su partido es el votado por más personas.
¬ Pues el mío dice que ellos tienen más alcaldías.
¬ Pues eso no es nada, el mío dice que son los más votados por varones de entre cincuenta y sesenta kilos que, no teniendo apenas entradas, tienen al menos tres canas. Dice que es un éxito.
[continuará dentro de un año]
Y yo mientras tanto sueño con un portátil que aguante un viaje entero sin pedir alimento.
Cosas que pasan
Mayo 25, 2003
Deporte nacional
Esta tarde, mientras andaba buscando un plan, en mitad de un interrogatorio a todos mis amigos, no he sacado nada en claro. Excepto ir al cine a ver Matrix Reloaded. Pero ha habido algo que me ha sorprendido.
¬ ¿Qué vais a hacer?
¬ Hemos quedado para ir a un bar a ver Eurovisión y luego salimos.
[qué?!]
Hasta ahora había pensado que las expresiones "hemos quedado en el bar para ver" y "un partido" vivían una relación simbionte. Porque nadie dice:
¬ Hemos quedado en un bar para ver Grease.
Imaginad al Travolta y a Olivia cantando esas canciones tan entrañables entre gritos de los forofos.
¬ ¡Métela! ¡Qué estás sólo joder!
¬ Hay que ver, con lo que les pagan, y qué poco corren.
¬ Yo lo haría mejor.
¬ Fuera de juego joder.
Una pantalla gigante en mitad de cualquier plaza con la gente gritando al ritmo del Chamiboa, chamiboa, ovaciones antes los tupés de escándalo, llantos, risas. Aficiones encontradas, los de Olivia y los de Travolta. Y, por supuesto, un marcador gigante.
Pues si eso es fuerte, ahora imagináos al público unido coreando a gritos el nombre de Beth. Tomando unas cervezas mientras ven las actuaciones, el típico borracho que está en contra del resto del bar.
¬ A ver si se quema el pabellón... ¡hip!
El típico Analista comentando todo lo que pasa. Cambiando el es que no abren bien las bandas por un es que le falta ritmo. El sufridor se pasa la tarde con las manos ejecutando una coreografía imposible, el que estará afónico al día siguiente.
Y lo peor: Míchel comentando!
¬ Vemos que todos los cantantes están ejecutando un juego preciosista, fluido y con muchos detalles técnicos. El que consiga una mayor ovación sin duda tendrá muchas posibilidades. Y el que no ya puede ir recogiendo. O bueno, también podría pasar todo lo contrario.
[un maestro del nadismo: hablar sin decir nada]
Y, además, falta la figura del colegiado (algún día sabré por qué le llaman así) con su pito silbato, correteando de un lado a otro. ¿Quién le va a sacar una tarjeta roja al cantante que, siendo el último en actuar, derribe al presentador?. Y bueno, ¿a quién vamos a llamar hijoputa?
En fin, todo un dilema.
[a las cuatro de la madrugada]
¿Será que la falta de sueño me trastorna? Pues mañana pienso ir a un bar a ver Cine de Barrio.
Locuras
Mayo 24, 2003
Bailando con el Sol
Anoche me acosté tarde. Estuve escribiendo el post anterior, lleno de emociones que quería transmitir...
[y no sé si conseguí]
Deseando tener conexión en ese momento para subir los post poco a poco y no todos de golpe al llegar a Madrid. Al final me acosté, no sin antes detener la mirada en todos y cada uno de los rincones de la habitación buscando utilidades inútiles al mobiliario. Parecía un animal enjaulado. El hotel, tan grande, tan frío... parecía sacado de una novela de Stephen King
[sí, de esa que estás pensando]
Pensé que en cualquier momento aparecerían las dos niñas diabólicas de la película (que, por cierto, no salen en el libro) al final del pasillo kilométrico. No dormí bien, en parte por el cambio de cama y, sobre todo, por un colchón que parecía un potro de torturas. Cerré los ojos a las dos de la madrugada, me dormí mucho tiempo después. Mi cabeza era un hervidero de ideas.
Y al despertar, todo había parecido un sueño. El Limbo fue mi hogar durante unos minutos. Como un autómata empiezo a recoger todo, a meter las cosas en las bolsas equivocadas y a repasar mil doscientas veces que no se me olvidara nada.
[como siempre me pasa]
Pagar el hotel cortesía, por supuesto, de la empresa (faltaría más), desayunar poco y rápido y coger un taxi (que también paga la empresa).
Al salir del trabajo, otro taxi unido a una amena conversación sobre el GPS de taxímetro.
¬ Tienes cara de electrónico o algo así, ¿verdad? -creo que quiere decir informático.
[¿de dónde se lo ha sacado? aún no soy calvo]
¬ Algo parecido.
Un mensaje y una llamada recibida. Quedaré con ella antes de irme. Mientras espero puedo contemplar una protesta contra el señor Ansar. Unos chicos, armados con un megáfono, animan a la gente a que le tire huevos (previo pago) a uno de ellos, que lleva una careta con el rostro de Ansar. Sonrío mientras pienso seriamente si tirar un huevo, sacar una foto o hacer ambas cosas. Al final, considerando que voy cargando con la maleta y el portátil, prefiero quedarme a la sombra de la plaza de toros.
[y mis convicciones, en el fondo de un wc]
Y al fin aparece. El tiempo se me hace corto y, cuando me quiero dar cuenta, estoy montado en el tren rumbo a Madrid.
¬ Nos vemos el Martes. Dame un toque cuando llegues.
Sí, cuando llegue tengo que hacer muchas cosas, entre ellas ordenar mis pensamientos.
Miro por última vez el andén buscando a alguno de mis fantasmas, pero no están.
[están en un velatorio]
Yo, me, mí, conmigo
Mayo 23, 2003
Duelo de titanes
En algún lugar de mi subconsciente:
En ninguna película del Oeste que se precie olvidarían sacar un arbusto rodando sobre la carretera, dando brincos como un niño feliz con su mejor juguete. Y ésta no iba a ser menos.
¬ Cuenta cincuenta pasos forastero, entonces llegarás al lugar donde vas a morir. Despídete de los tuyos por el camino, piensa en lo que has sido y lo que eres, en tus sueños y en tus frustaciones. Evalúa todo lo que has conseguido en esta vida y, quizá, laméntate de no haber hecho todas esas cosas que se quedaron en el tintero de tus ambiciones.
¬ Hola, soy Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir.
[siempre he querido interpretar esa escena]
Espalda contra espalda, comenzando el ritual que traería la muerte uno de nosotros, la destrucción total de la figura que alguno de los dos representamos. Tú, mi mayor fantasta. Yo, un ser lleno de ilusiones.
Lentamente caminamos, contando cada paso como si nos fuera la vida en ello. No me giré, no sé si tú lo hiciste. Mi corazón latía con fuerza, es uno de tus trucos. Mi mente bloqueada por el más ferreo mecanismo de defensa, esta vez no vencerías.
Cincuenta pasos, media vuelta. Te miro a los ojos y, aunque no soy capaz de distinguirlos, sé lo que sientes. Tienes miedo. Miedo de, por primera vez en tu vida, quedar desterrado. Miedo a la derrota, miedo a la muerte. Quiero alejarte para siempre. O tú o yo, no podemos vivir los dos en la misma mente.
Los músculos en tensión, el revolver cargado. Las manos luchando por lanzarse desesperadamente hacia la culata, deseando acabar con esto de una vez. Pero no podía ser el primero en ceder, te concedería ese dudoso honor.
Sombreros que ocultan miradas, máscaras que esconden expresiones. Polvo que desvía la mirada, ruidos que tapan otros ruidos. La nada invadiéndolo todo. ¿Cuánto tiempo estuvimos así? Yo diría que un par de siglos.
Y por fín atacó. El cañón se quejó, no podía contener tantas emociones. Su metal se iba fundiendo con el paso del proyectil. Un último disparo cargado de sonrisas, besos en un atardecer cualquiera, miradas a la luz de una luna que nos hizo insignificantes, esas palabras al oído que retumbaron en mi mente durante siglos. Y en la punta: tu sonrisa.
Ese bala me habría matado en cualquier otra circunstancia. Habría provocado tal torrente de sentimientos, tal cantidad de recuerdos, que me hubiera vuelto loco, sólo serviría para ilustrar una carta del tarot.
[el loco]
Pero hoy no. Aquellos cien años de soledad me habían llenado de fuerza. Había comprendido por fin dónde debía meter todos esos recuerdos que me martirizaban: en una urna de cristal ocupando un lugar privilegiado. ¿Por qué esconderlos? ¿Para qué avergonzarme de los mejores momentos de mi corta vida? No, no debía esconderlos, debían estar en la sala de exposiciones que no es más que antesala del salón dorado. Allí dónde una vez entraste y donde siempre estarás. El puzzle cósmico por fin estaba formado, la gran incógnita estaba despejada, la ecuación de mis sentimientos resuelta para siempre.
Y esa fue tu perdición. Acogí la bala en mis entrañas y te la devolví amplificada. Multiplicada por mil, maximizada hasta el infinito, elevada a la máxima potencia y todo ello en un sumatorio infinito de todos los buenos recuerdos que habías generado.
[atravesé tú cráneo]
Cámara lenta como en una buena película. Blanco y negro, plano de rotación en el que tú eres el sol. Tu muerte en fotogramas. Y al caer, un ruido sordo.
¬ ¿Cómo? -es lo único que salió de tus labios.
¬ Nunca lo entenderías, eres demasiado obtuso. Esta es la suerte que correréis todos vosotros. Este es el destino de los perdedores.
[rest in peace]
La realidad tal y como nos la pintan:
Valencia. Me cuesta pronunciar esta infame palabra sin recordar. El final y el principio de una era. Buenos y malos recuerdos. La semana que nos mató, el lugar donde vivimos nuestros últimos días...
[juntos]
La realidad duele y yo me tenía que encontrar con ella hoy. He tenido miedo de que llegara este momento incluso antes de saber que se produciría. Miedo de una voz que adoré, miedo a una sonrisa que me llenó, miedo a una mirada que me enamoró. Miedo a no controlar mis sentimientos. No podía seguir temiéndote, tenía que enfrentarme a la realidad.
[existes]
Hoy nos íbamos a encontrar en Valencia, donde volaste huyendo del aire viciado de la capital, donde quisiste comenzar una nueva vida. El trabajo, la vida, la muerte, el mundo, todo era indiferente para mí hoy, todo giraba en torno a nuestro encuentro. Dos viejos amigos que tienen mucho que contarse. Había muchas cosas que superar, mucho dolor que desterrar. La marca que grabaste en mi espalda a fuego lento relucía hoy en la oscuridad. Controlaste el tiempo desde tu templo.
Apareciste con esa sonrisa, y congeniamos como congenian dos amigos de toda la vida. Recordamos un pasado común entre risas, horchatas y gofres. Una cena genial, un reencuentro con gente a la que aprecio. Una época de mi vida rememorada en un presente incierto. Dentro de mí la tempestad, un duelo contra el fantasma más poderoso de todos, aquel que representaba lo que fuiste para mí, aquel que me impide olvidar, aquel que se empeña en sazonar mi vida con tus imágenes.
Y vencí. El órdago soñado por todo jugador de mús, la apuesta por la que lucha todo jugador de póker con buena mano. La emoción del riesgo y la revancha de tanto resentimiento. El fantasma al que di la vida, mi Frankenstein particular, creado de tus retazos. Aquel que se empeñaba en no mirar al futuro. Una sombra en todas las noches, una nota en cada canción, un fotograma de cada película. Una parte de mí.
Y hoy, por fin, he reorganizado mis pensamientos, te he instalado en la habitación que te corresponde y he sonreído satisfecho.
¿Y me preguntas qué es amistad? Amistad eres tú.
Y el amor, ¿dónde se quedó? En letargo, convertido en una mera posibilidad pero siempre presente. Esperando por si algún día quieres abrir su caja con la llave que llevas colgada del cuello. Viviendo como una posibilidad (una deliciosa posibilidad) pero no como una obligación.
Hoy no dormiré sólo en la frialdad de este hotel, viajarás conmigo al país de los sueños. Una gran historia en la que se olvidaron colgar el cartel de "Continuará...".
Las vías
Rumbo a Valencia, viento en popa, a toda vela. Campos infinitos que se mueven ante mis ojos, casas de campo a veces, bulliciosas ciudades otras. Parece como si fuéramos mi asiento y yo (fusionados en un mismo cuerpo) los que no nos moviéramos. Y el resto de las cosas viajando a una velocidad vertiginosa, desapareciendo ante mis ojos, dibujando un paisaje en movimiento. Y es que las cosas nunca son lo que parecen ser...
La última vez que cogí este tren lo hice en unas circunstancias muy diferentes. Aquel día estaba de vacaciones, aquel día mi maleta estaba cargada de ilusiones. Hoy sólo quedan trajes, corbatas y un millón de cargadores (que tendré que enchufar a un millón de enchufes), y a mi lado un asiento vacío.
[tristemente vacío]
Rumbo a un destino que apenas conozco a encontrarme con personas de las que apenas recuerdo el nombre (que no usaré por miedo a confundirlos) y con una gran incógnita. Un trabajo que sabes cuándo empieza pero nunca cuándo va a acabar. Yo tengo sólo dos días.
Tengo flashes en la memoria. Imágenes que casi tienen movimiento, que conservan una estela, queriendo comunicar algo más que un instante. Imágenes ambiciosas que representan un antes, un durante y un después. Y recuerdo.
Los fantasmas luchan por alcanzarme pero el tren va más rápido. Puedo ver sus figuras a lo lejos, su mano tendida hacia la nada y un grito congelado en sus gestos. Desde aquí no puedo ver sus ojos, pero sé que me están gritando que no olvide, que recuerde lo que pasaba hace casi un año y asi ellos podrán alcanzarme. Esta vez no me cogeran, yo soy más fuerte y, cuanto más tiempo pasa, menos me cuesta deshacerme de ellos.
El sol me acompaña lanzando sus rayos contra la pantalla del portátil (y aunque quede muy bien para una foto, ayuda muy poco para escribir), generando reflejos que crean un universo de sombras, jugando con las letras como juega un niño con su lupa nueva.
Por la ventana, la nada. Campo y más campo, llanuras inabarcables seccionadas por una vía, campos de amapolas que quieren imponer su color al verde dominante, una carretera con sus malos humos y sus tensiones. Y tranquilidad, mucha tranquilidad. Después de la tempestad viene la calma, sí, pero después de la calma viene otra vez la tempestad. Por eso me preparo para lo que venga durante estos dos días, calma o tempestad, no depende de mí (al menos no del todo).
Armado con mi cámara intentaré captar todo lo que pueda en el poco tiempo libre que me quede. Sólo espero que esta vez me dé tiempo a ver algo más de Valencia que la Plaza de Toros, el McDonald's y tiendas de ropa...
[como me pasó la última vez...]
¬ Ve cerrando ya macho.
¬ ¿Por qué?
¬ Porque la batería se me acaba. O me das de comer o me echo a dormir, tú decides.
¬ ¿Y dónde quieres que te enchufe? Pues duerme, desagradecido. Todo el tiempo que hemos pasado juntos no ha servido de nada, no puedes ni hacer un esfuerzo por mí...
¬ No me vaciles que hago shutdown.
¬ Déjame guardar al menos...
[cerrando sistema...]
¬ Tengo qe jubilarte...
Yo, me, mí, conmigo
Mayo 22, 2003
Nobody expects the Spanish Inquisition
Uno piensa que la esclavitud estaba abolida hasta que se encuentra con hechos como los de hoy. Ayer, con mi visita a urgencias y la posterior estancia en el trono (governando los reinos del WC), me acosté a las cuatro. Cuando he abierto los ojos para ir al trabajo me he dado cuenta de que no podía ni con mi alma y que, además, el estómago empezaba a hacer de las suyas. Así que, ni corto ni perezoso, he llamado a la oficina para avisar de que llegaría más tarde.
[de hecho no debería haber ido]
Y al llegar, las prisas. El agobio. Pocas veces en mi vida he estado más agobiado. Un aliento en mi nuca, unas palabras heciendo eco en mi cabeza...
¬ ¿Cuánto te queda?
[lo que me quede]
¬ ¿Has terminado?
[sí, y ahora me dedico a la vida contemplativa]
¬ Somos muy lentos...
[me sale humo de los dedos]
¬ ¡Qué mañana vas a Valencia!
Conforme pasaba el tiempo mi cabeza se iba convirtiendo en una olla a presión, creo que hasta me salía humo por las orejas. Pero he cumplido, he terminado lo que tenía que terminar aunque haya tenido que anular una visita al médico. Todo porque mañana voy a Valencia a un cliente (qué mal suena lo de cliente).
Me dan los billetes y la primera sorpresa. El tren sale a las siete de la madrugada (sí, yo a esa hora suelo estar en el tercer sueño), los asientos son de no fumadores (tendré que llevarme unos dedos de repuesto) y voy en clase turista. La clase es lo de menos, de hecho nunca he viajado en bisnes, pero lo de no fumadores me mata...
[eráse un hombre a un cigarro pegado]
Salgo del trabajo una hora y media tarde, precipitándome con los ojos cerrados escaleras abajo, pisando sin mirar, buscando el aire fresco y la luz de un sol que se está batiendo en retirada.
[he perdido todo el día]
Llego a casa y me encuentro una sorpresa. Ahí está mi madre, convertida en una abanderada de la neoinquisición:
¬ Te he cortado los pantalones.
¬ ¡¿Qué?!
¬ Sí, ibas hecho un chanfores -vocablo acuñado por mi santa madre.
Intentas buscar una explicación lógica, pero no la encuentras. Mil veces te preguntó que si querías que te cortara los bajos, que te los pisas, que así pareces un pordiosero... Y yo siempre me he negado. Yo visto como quiero cuando consigo liberarme del traje. En cierto modo se podría decir que la ropa define un poco a la persona.
[me han desenfocado]
De nada me han servido los argumentos, los cabreos, las palabras. Mi madre se ha cerrado herméticamente y ha echado el candado a la conversación.
Sólo espero que cuando vuelva de Valencia no me encuentre unos jodidos naúticos en mi habitación.
[los odio]
Mañana más, desde Valencia (ciudad de las artes).
Infiernos laborales
Mayo 21, 2003
¿Ventoseas?
El dolor de estómago tripa me mata. Ayer estuve todo el día hecho una piltrafa, de retortijón en retortijón y tiro porque me toca. Hoy, después de una maravillosa jornada estresante en el trabajo, he ido al médico. Como en mi consulta es imposible pedir hora para el mismo día, he ido sin cita para que me vieran al final. Unos ojos que parecen estar a miles de kilómetros tras los cristales de unas gafas me miran desafiantes...
¬ Hola, no he pedido cita pero vengo a ver si me puede ver la doctora.
¬ ¿Ha pedido cita?
[bien, debe ser que la voz no ha llegado a salir de mi boca]
¬ No.
¬ Pues me temo que no va a poder ser. Viene usted muy tarde -mueve la cabeza en direcciones aleatorias.
¬ Pero es que verá, no puedo venir a otra hora...
¬ ¿Es urgente?
[está decidido a no trabajar hoy]
¬ Sí, bastante.
¬ En fin, le daré cita.
[¿beatificación?]
Me alejo de este curioso personajillo y me dirijo hacia la puerta de la consulta. Hay dos mujeres esperando conversando. Una opina que la doctora no está en la sala, pero la otra dice que sí. Se enzarzan en una discusión (la enésima del día) y yo compruebo si está o no por mi cuenta. Y no está.
Salgo a buscarla y accede a verme. Cuando dice:
¬ Pasa.
En realidad está diciendo:
¬ Te haré el grandísimo favor de dejarte pasar a mis dominios.
Ritual con mi tripa, apretando aquí, clavando los dedos allá...
¿Te duele?-Mucho-¿Y aquí?-Más-¿Ahora?-No-¿Y aquí?-AY!
Y al final me mandan a urgencias, puede ser apendicitis aunque es poco probable, pero es mejor asegurarse. Pero antes de irme debo batirme en duelo con el funcionario de la mirada infinita.
¬ Hola otra vez. Quiero pedir cita para mañana.
¬ Lo siento, no hay para mañana.
¬ Pero si me ha dicho la doctora...
¬ Que no hay para mañana, tendrá que ser para el jueves.
¬ Escúcheme por favor, me ha dicho la doctora que vaya a urgencias y le traiga los resultados mañana. Quiero cita para mañana.
[¡joder!]
¬ Si hubiera empezado por ahí... Mañana a las siete y media.
[me contengo, sonrisa hipócrita y un adiós]
Cuando entras en urgencias el tiempo se detiene. Cada minuto de espera es un calvario, todo transcurre tan despacio... Te preguntan una y mil veces qué es lo que te pasa, toman las mismas notas en todos los pasos y te mandan enperar.
¬ Pues tendrás que esperar bastante, una hora y media más o menos.
Y tú, que llevas todo el día sin comer, piensas que acabarás practicando el canibalismo con lo primero que se te acerque. Te levantas, te sientas, bostezas, cierras los ojos. Y como no puedes comer ni beber nada, intentas sacar una botella de agua mineral. La máquina se resiste y, al final, acabas dándole una patada... y salen tres.
[tu día de suerte muchacho]
Para que el aburrimiento no te domine intentas perfeccionar el truco de las botellas (con ánimo de lucro) pero no consigues nada...
[no por mucho golpear salen más botellas]
Te llaman y te preguntan lo mismo de siempre. Pero entre todas las preguntas te sorprende una:
¬ ¿Ventoseas?
[¿no podía llamarlo de otra forma?]
Al final, te mandan a las placas. Si no sabes lo que son puedes pensar que te echan a los leones como hacían los romanos, pero no, es sólo una simple radiografía.
Y es ahí cuando comienzas el viaje por el pasillo de los horrores. Gente que se retuerce en sus camillas, rostros demacrados por el cansancio, miles de tubos clavados en otras tantas venas, bolsitas de sueros varios que cuelgan de sus soportes... y ninguna sonrisa.
¬ Túmbate ahí boca arriba, pero antes bájate los pantalones hasta aquí -se señala en la mital del muslo.
¬ Vale.
Debe ser que me veía muy lanzado cuando me dijo:
¬ Sólo los pantalones...
[y yo no había hecho nada...]
Te tumbas y, cuando menos lo esperas comienza a graznar:
¬ ¡No respires!
[en el peor momento]
Unos segundos eternos...
¬ ¡Respira!
[a sus ordenes mi general]
Y después otra media hora de espera para que te digan que no tenías nada, que es un simple dolor de estómago. Cuando sales por la puerta son las dos de la madrugada. Antes de dejar la puerta atrás formulas un deseo: "no volver por aquí en mucho tiempo".
[ojalá se cumpla]
Yo, me, mí, conmigo
Mayo 19, 2003
Decidí
Como cantaba Roberto Iniesta en una de las canciones que han marcado una época de mi vida:
"Decidí
Aprender a hacerme yo la maleta
para poder vivir..."
¿Y por qué recuerdo esto? Porque me he dado cuenta de que he olvidado casi todas esas canciones que un día canté hasta la extenuación. Canciones que en esa época me decían mucho y que, quizá ahora, no me traigan más que imágenes borrosas.
Dándole vueltas a la cabeza me ha dado por pensar dónde van esos recuerdos perdidos. Puede que se escondan en rincones oscuros, bajo pilas de pensamientos inútiles. O quizá aprovechemos el espacio que ocupan en nuestra memoria y los sobreescribamos sin piedad. Yo ya he paseado entre mis recuerdos y no he podido encontrar lo que buscaba.
Así que me quedaré con este pequeño fragmento que tan bien recuerdo e intentaré ponerlo en práctica.
[hasta que encuentre los demás]
Yo, me, mí, conmigo
Después de la tempestad viene la resaca
Llegó puntual a su cita, como siempre lo había hecho. Sigilosa como una sombra, me asaltó mientras dormía. Con mucho cuidado fue atándome a la cama con las cuerdas del cansancio. Puso en mis párados el plomo del sueño y roció toda la habitación con el gas del malestar. Acopló el tuvo de la borrachera en mi sien para extraerme los recuerdos de la noche anterior y colocó el martillo hidraúlico apuntando a mi nuca. Y después se sentó a contemplar su gran obra.
[os presento a Resaca]
Los párpados me pesaban, mi boca era lo más parecido a un desierto (uno sin oasis) y los brazos no querían responder.
¬ Vaya, ya era hora. Hace mucho que salió el sol.
¬ Tú otra vez... Déjame en paz, sólo quiero dormir un poco más...
¬ Ni lo sueñes, tanto tiempo sin verte y ahora me quieres echar a las primeras de cambio. Me quedaré contigo todo el día.
[fiel compañera]
Poco a poco fui cortando las cuerdas con las espada de la cordura (que más que una espada parecía un simple cuchillo) y fui poniendo todos los sistemas en funcionamiento.
[bajo mínimos]
He necesitado toda la tarde para recuperarme y auyentar un poco a Resaca, me esperaba una cena dos por uno en Gino's. Camino por la acera y puedo sentir como Resaca me sigue de cerca, escondiéndose detrás de cada esquina, disimulando en cualquier escaparate, frente a una parada de autobús haciendo que lee un periódico. Mirando a otra parte cuando la descubro, y silbando.
[tiene el mismo disimulo que yo]
Intento ignorarla e imagino que la ciudad cobra vida ante mis ojos. El metro es un gran gusano que serpentea en sus túneles, la carretera es una serpiente detenida cuando reptaba hacia un lugar desconocido. Los coches, pequeñas y veloces cucarachas que corretean nerviosas esperando ser aplastadas en cualquier momento. Las farolas como girafas impasibles, petrificadas en un momento de total indiferencia...
Y sigo pensando hasta que me doy cuenta de que es Resaca quién impulsa todos estos pensamientos. Así que me concentro en no llegar demasiado tarde a la cena e intento alejar de mi mente los propósitos que estoy a punto de formular y sé que no cumpliré...
[no volveré a beber, nunca más]
Y al fin Resaca se va, no tiene dinero para pagar la cena.
[y yo no pienso invitar]
Yo, me, mí, conmigo
Mayo 17, 2003
Amena: La amenaza fantasma
Amanece en Madrid. El sol sale por el este, como cada mañana desde que el mundo es mundo. Madrid despierta lentamente, como un niño que abre los ojos en mitad de un sueño. Se hace de rogar, pero despierta. Millones de personas ajenas a lo que se está gestando tras las puertas de Amena... El reverso tenebroso de la fuerza crece...
Descuelgo el teléfono y marco los nueve dígitos escritos en el contrato... Suena un fax. Repito la operación, mismo resultado. Se me ocurre llamar al fax pensando que han podido confundir los teléfonos. Un tono, dos tonos...
¬ ¿Sí?
¬ Hola, ¿es eso un distribuidor de Amena?
¬ No, esto es un domicilio...
[qué eficientes]
Cojo el móvil: llamando a atención al cliente
¬ Amena Atención al Cliente, buenas tardes.
¬ Hola, llamaba para pedir el teléfono de un distribuidor de Amena de Madrid.
¬ ¿Me puede decir su número de teléfono?
¬ Pero si es lo que le estoy pidiendo...
[lo hago aposta]
¬ No, el suyo, no el de la tienda.
¬ 645...
¬ Me comenta usted que quiere que le facilitemos el número de teléfono de un distribuidor Amena...
[¿será una pregunta retórica?]
¬ Sí.
¬ ¿Me puede decir un código postal?
[¿uno al azar?]
¬ No lo sé. Pero le puedo decir la calle. Andrés Mellado.
¬ Bien. Le digo el teléfono: 91...
¬ Ya he llamado y es un fax.
¬ Bueno, apunte este otro: 91...
¬ Acabo de llamar y es el teléfono de un particular.
[y casi me da la risa]
¬ Disculpe, pero no tenemos más información sobre este distribuidor. ¿Quería alguna cosa más?
[cuarto y mitad de pechugas de pollo]
¬ Verá, me compré el Siemens S55 cuando salió la oferta con la cámara y no me dieron ningún papel para pedirla, ni siquiera me informaron. Llamé a este número y me dijeron que me pasara por el distribuidor para que me dieran un papel que yo debería mandar a Amena para que me enviaran la cámara...
[respiro y examino su atención]
¬ Sí.
¬ Y quería saber si nos podemos saltar ese paso, yo le doy mis datos y ustedes me envían la jodida cámara.
¬ Lo siento, pero tiene que ir usted a su distribuidor.
[el país del papeleo]
¬ Está bien, muchas gracias.
[encima hay que darle las gracias...]
¬ A usted por su llamada.
Continuará...
¿Conseguirá nuestro valeroso héroe su cámara? ¿Cuántas llamadas tendrá que hacer para que le hagan caso? ¿Conseguirá recuperar su dignidad perdida?. Todo esto y mucho más en el próximo episodio.
I. Los carga el diablo...
II. Amarás al móvil sobre todas las cosas...
III. Casualidades
IV. Amenápolis
V. Amena Strikes Back
Technology victim
Mayo 15, 2003
San Isidro
Verbenas, rosquillas, chulapos y chulapas. Todo Madrid de fiesta, celebrando el día de un santo que muchos no conocemos. Así que, para que no me remuerda la conciencia (y para poder hablar de ello aquí), he entrado en el google.
¬ Ohmmmm, ¿quién osa molestarme a estas horas?
¬ Oh, soy un insignificante discípulo, envidioso de todos tus conocimientos.
[hay que hacer un poco la pelota]
¬ Bueno, ya será menos... Aunque he visto cosas que vosotros no imaginaríais...
[funciona]
¬ A ver si me puedes decir quién es San Isidro, si tienes tiempo. Ya sé que las deidades estáis siempre muy ocupadas.
¬ Tranquilo, te daré un poco de mi tiempo de proceso, un poco de espacio en mi memoria. Pero no te acostumbres... Además, me complace que por una vez no me pregunten sobre sexo. Si tú supieras...
¬ A ver qué encuentras...
¬ San-Isidro.net, nieve o no nieve...
¬ Creo que no van los tiros por ahí.
¬ Necesito más datos, que los dioses tenemos nuestras limitaciones.
¬ Está bien, creo que era labrador.
¬ San Isidro Labrador. Sin comentarios.
¬ Perfecto, ésto era lo que buscaba.
¬ Son diez mil.
¬ ¿Qué? Pensé que lo hacías por amor al arte, que eras un tipo idealista... Estoy empezando a perder la fé...
¬ Está bien, reza cuatro ave marías y ve con dios.
[estoy desvariando?]
Aunque ahora sepa un poco más de San Isidro, lo que me sigue motivando de este día es que no se trabaja. Además, pedí vacaciones para juntarme con un puente de cinco días.
Ayer estuve tomando algo con unos amigos en un Cañas y Tapas (como siempre, no daré el nombre, no me gusta hacer publicidad). Y allí nos encontramos a unos amigos de nuestra época en el colegio de monjas (colegio de nosotros tan querido...). Es curioso pero, contra todo pronóstico, la gente crece, la gente cambia. Esperas encontrarte a ese amigo como era hace ocho años, con su misma sonrisa infantil, sus chistes malos y su bollicao. Pero no, lo que te encuentras es a un chico de tu edad, fumando mientras bebe una cerveza...
Estás a punto de decirle: "Quién te ha pervertido de esa forma?!". Pero la razón te controla y desatasca tus conductos mentales. Los amigos también crecen.
Así que os ponéis al día, os contáis vuestras vidas resumidas en treinta segundos, con un cartel de "Continuará..." al final. Luego las frases típicas:
¬ A ver si nos tomamos algo algún día joder.
[sabes que no va a pasar]
¬ Pues nosotros venimos aquí todos los miércoles.
¬ Joder, pues a ver si nos pasamos y hablamos más tranquilamente.
[dentro de diez minutos lo olvidarás]
¬ Venga tío, nos vemos. Y me alegro de haberte visto por aquí.
¬ Yo también. Hasta luego.
[lo único sincero]
Tendré que juntar un día a todas esas personas a las que un día prometí (o me prometieron) que tomaríamos algo un día de éstos, hacerlas coincidir y, ya de paso, manifestarnos o algo así...
[porque seríamos millones]
Citas anuales
Mayo 14, 2003
Años virtuales
Algo tenía que pasar en mi cumpleaños, si no, no sería igual. En mi casa utilizamos velas numéricas (debe ser porque soy de ciencias). Lo malo de las velas numéricas es que son poco flexibles y, normalmente tienes un sólo juego.
[no aptas para edades capicúas]
Así que al final, por similitud, hemos cogido un cinco para sustituir el preciado dos. Por lo tanto hoy he cumplido, virtualmente, veinticinco años...
[me han robado tres]
Día de estrenos, día de camisa y corbata nuevas (aún me suena raro...). Y como a mí me gusta estrenar las cosas bien, me he manchado la corbata a las primeras de cambio. He tenido poco tiempo para las sonrisas pues me sentía observado por otro de mis fantasmas, que no quería perderse tan singular fecha.
¬ ¿Cuánto te queda?
¬ No lo sé.
¬ Eso tiene que estar para hoy, hay que enviar una última versión. Además, en eso se tarda cinco minutos.
¬ Vete a la mierda.
¬ ¿Pero qué cojones estás diciendo?
Y así durente toda la tarde, enzarzado en una lucha dialéctica y una carrera frenética contra las manecillas del reloj. Las horas volaban, casi no podía ver mis dedos al deslizarse rítmica y frenéticamente sobre el teclado. No me han dejado disfrutar de mi cumpleaños.
[el país no se iba a paralizar por mí]
Y al llegar, cena familiar que ya había comenzado. Te llenas la boca con lo primero que pillas, sonríes y contestas las típicas preguntas de una fiesta de cumpleaños:
¬ ¿Te han llamado tus novias?
[claro, las mil setecientas cincuenta que tengo]
¬ ¿Qué tal la carerra?
[pido el comodín del público]
Y después de soplar las velas analfabetas, una sobremesa con anécdotas que se repiten año tras año.
¬ Pues cuando naciste tu padre lloró. Claro, después de dos niñas...
[y tu padre que silva]
¬ Eras un trasto... Pero tan bonito....
[y ahora no lo soy?]
¬ Os acordáis aquella vez que...
[y así hasta cien]
¿Habrá alguna indirecta velada para que te independices? Seguro que sí, en el fondo siempre las hay.
De mi vigésimo segundo cumpleaños me quedan varias impresiones: no me ha felicitado toda la gente que esperaba, no he disfrutado todo lo que quería y tengo un año más.
Pero ya lo celebraré con más tiempo...
[con todo el tiempo del mundo]
Yo, me, mí, conmigo
Mayo 13, 2003
Uno más
Recuerdo que mi padre solía decirme:
¬ Eres capicúa.
¬ ¿Por qué, papá?
[la inocencia...]
¬ Porque tienes la cara igual que el culo...
Y me enfadaba, me ponía hecho una fiera. Cuando mi padre quería pincharme, utilizaba uno de sus recursos. También me decía que me habían encontrado en la basura, un niño perdido al que habían abandonado sus padres. Y ellos, genuinos abanderados del buen hacer, me habían rescatado del camión de basura.
Hoy sonrío cuando recuerdo todas aquellas rabietas. Quién me iba a decir que hoy soy capicúa...
[cumplo 22 años]
Por suerte, parece confirmarse que no me recogieron de la basura. Así que hoy debe ser algo así como mi día de suerte.
Miras atrás y piensas en todas aquellas cosas que hacían de tu cumpleaños una fecha especial. De tus primeros cumpleaños no te enteras, aunque seas el centro de atención. Lo pasas genial porque hay un montón de gente con la que jugar, todos te dan besos y hay muchos juguetes para ti.
[te introducen en el consumismo]
Después, en el colegio, lo recordarás como el día de los caramelos. Llevas una bolsita para cada compañero de clase con una selección de deliciosos manjares de plástico. Plátanos, Coca Colas (no doy el nombre real para no hacer publicidad), melones, lacasitos y hasta huevos fritos, y todo en la misma bolsa. Todos parecen muy contentos y juegas hasta con aquella chica que nunca te hablaba...
[el milagro de la glucosa]
Pasas casi de los caramelos a los botellones. De los melones a los whiskies. Del sabor dulzón de una gominola al sabor amargo de la resaca. Y entras en el mundo de la adolescencia quizá por la puerta equivocada.
Todo tipo de regalos, muchas felicitaciones, muchas sonrisas y, al día siguiente, la vuelta a la normalidad. Es como si la felicidad intentara instalarse en tu vida pero, después de veinticuatro horas, se arrepintiera.
[un simulacro]
Veintidós primaveras, se dice pronto. Pocos años para much@s, los suficientes para otr@s. Me queda mucha vida por vivir, eso lo sé...
[o al menos lo espero]
... y estoy seguro de que vendrán muchos cumpleaños. Cada uno unido en perfecta simbiosis con un sentimiento, todos diferentes pero en el fondo parecidos. Pasas de la alegría por cumplir años, por sentirte más mayor, al sueño de Peter Pan (¿Pedro Flauta?), no querer crecer nunca. Y de ahí, supongo, al resentimiento de poner cada año una vela más.
Ya ayer me he autorregalé un disco (Golden Age Of Grotesque de Marilyn Manson) y dos libros baratos pero no por ello malos (Rabia de Stephen King y Fundación de Isaac Asimov). Bueno, realmente los libros no los compré ayer, pero el propósito era el mismo.
De mi familia, por ahora, una camisa (business casual) y una corbata a juego. Al ver cómo mi hermana se acercaba sonriente con el regalo he sentido vértigo. Lejos quedaron los videojuegos, las camisetas, las colonias, el libro que se quería leer ella y que me regalaba por mi cumpleaños... No, he llegado a la época de las camisas y las corbatas...
[por dios, a mi padre le regalamos lo mismo!]
Este debe ser el punto-de-no-retorno, un marcapáginas en el libro de mi vida. Espero que no lo sea.
En fin, que me deseo feliz cumpleaños y que cumpla muchos más. Y, sobre todo, que vosotr@s lo leáis.

Citas anuales
Mayo 11, 2003
Mis Fantasmas
Todos tenemos nuestros fantasmas. Entes incorpóreos que habitan en lo más recóndito de nuentras mentes, acechando, buscando el momento oportuno para atacar. Preparados para traspasarte la piel con su toque incorpóreo, penetrar en aquellos lugares de tu mente que cerraste a cal y canto y tiraste la llave al mar.
Los míos han despertado hoy. Poco a poco han salido de su letargo y han decidido atacar.
[guerra de guerrillas]
El sol lucía radiante, lanzando rayos de optimismo para el que los quisiera coger. El cielo, tan azul, tan distante, quería observarlo todo desde su posición privilegiada.
Sólo faltaba el detonante. Un lugar, una situación, un recuerdo. La mecha se encendió y yo no pude verlo. Y, de repente, el flash. Un pensamiento viajando la velocidad de la luz, atravesando mis maltrechas defensas, saltándose todos los controles, rompiedo las barreras.
[un recuerdo kamikace]
Y el mayor déjà vu que he tenido jamás. Una sonrisa unida irremediablemente a una cara. Una voz fundida para siempre con unos labios. Una mirada incontestable. Hipnotizando, persuadiendo, obligando a recordar.
[hundiendo el puñal]
Una reacción en cadena, un hongo nuclear en mi cabeza. Pensamientos que inducen a otros pensamientos, recuerdos que despiertan otros recuerdos.
[basta!]
Poco a poco he conseguido lidiar con los fantasmas, alejarlos de mis dominios y encerrarlos. Tengo que mantenerme alerta porque, tarde o temprano, volverán a escapar.
[es ley de vida]
Mis fantasmas
Mayo 10, 2003
Animales de asfalto
Hace tanto que no soy capaz de recordar lo que sueño... Dicen que soñamos todas las noches, que nuestro cerebro genera imágenes que anelamos o tememos. La fábrica de sueños nunca cierra sus puertas, incluso cuando uno no duerme.
Suelo soñar despierto porque sólo entonces soy capaz de recordar. Sentado frente a mi ordenador, en la oficina, me gusta mirar por la ventana. Los rayos de sol se reflejan y buscan ansiosos mis ojos, quieren que vea lo que sólo ellos pueden mostrarme.
[lo que yo quiero ver]
En la calle, dos chicas haciendo malabarismos en un semáforo, multiplicando sus brazos sin perder la sonrisa. Los coches por un momento interrumpen su ansiosa carrera hacia ninguna parte. Los conductores olvidan sus citas, sus prisas, sus compromisos. Ellas consiguen detener el tiempo, congelar las mazas en el aire, la mirada atenta y concentrada, la sonrisa distante y confiada.
[las dueñas del tiempo]
Nos trasladamos a cualquier estación de metro para observar el espectáculo suburbano. Cantantes desconocidos que, seguramente, nunca llegarán a cantar en una sala, que nunca tendrán un disco en el mercado, pero que lo dan todo en cada nota. Una chica jóven arrancando lamentos con su voz lastimera, buscando comprensión con sus pequeños ojos, pensando quizá que no debería estar ahí... Un hombre mayor cantando rancheras a capela que nota cómo la gente acelera el paso cuando entra en sus dominios, no muy satisfecha por lo que le ha tocado escuchar. Un virtuoso de la guitarra eléctrica intentando sintonizar con las almas de los peatones, tocando por placer y con una pequeña audiencia de incondicionales, público espontáneo que se encuentra con algo inesperado.
[y delicioso]
Un vagabundo sentado en un banco, mirando por sus ojos que ya no quieren ver, sintiendo con sus dedos lo que ya no puede sentir. Tirado en mitad de ninguna parte, abandonado, todos sus recuerdos luchan por desaparecer. Mira sus cartones, sus periódicos mientras piensa que un día durmió en una cama. Encara a la soledad, lucha con ella, pero nunca desaparece. Siempre está detrás de cada esquina, debajo de cada banco, subida en cada árbol. Mira al niño que juega en el parque, enfoca sin ver a la mujer que pasea a su perro, siente las miradas de desdén. Y se resigna, harto de luchar, vencido por el paso de los años. Y se pregunta, como cada día, qué es lo que le hizo llegar a esa situación, qué es lo que falló, qué engranaje dejó de funcionar. Pero está cansado, harto de preguntarse lo mismo día a día, harto de martirizarse.
[resignación]
El viejecito que vive más tiempo en la calle que en su casa. Buscando reencontrarse con el sol cada mañana, pensando quizá que puede ser la última vez que lo vea. Indexando su memoria, intentando recordar cuando los recuerdos se le escapan, intentando atar cabos en su memoria. Una arruga por cada vivencia, una historia que no perdurará, un legado que no se conservará. Pensando que somos aquello por lo que se nos recuerda, valorando el resultado de la gran suma que ha sido su vida. Mirando al infinito sin ver, cerrando las puertas de sus oídos. Preparándose para el día en que la muerte le lleve. No tiene miedo, no desea morir, sólo quiere saber que ha saldado todas sus cuentas.
[en el tribunal de la vida]
El padre de familia que está en el paro, que lleva sin trabajar varios meses. Buscando frenéticamente, apartando las preocupaciones a manotazos. Camina por la calle, bajo el sol, pensando en cuales serán las palabras que utilizarán esta vez para rechazarle. Recordando a su familia, reteniendo las lágrimas del fracaso, la quemazón que genera la impotencia. Sonríe aunque tiene ganas de llorar, aparenta lo que no es, se guarda todas sus preocupaciones. Se está conviertiendo en una bomba de relojería.
[que un día explotará]
El joven enamorado que vive sin pensar, que siente sin preguntar. Camina alegre por las calles, más que andar, salta. Más que pasear, corretea. Cree que ha encontrado la felicidad y que ésta es para siempre. La decepción le espera en la siguiente esquina, agazapada, oculta bajo su manto. Atacará cuando menos se lo espere. Y después vendrá otra vez la felicidad, cubierta por su capa blanca, mostrando su perfecta sonrisa, prometiendo lo mismo que otras veces. Una reina del engaño. Equilibrando las fuerzas con la decepción.
[el bucle infinito]
La ejecutiva radiante, enfundada en su traje, asida a su maletín. Que recorre las calles sin mirar a su alrededor, con la vista fija en sus ambiciones. Pero harta de tanta lucha. Harta de tener que demostrar el doble que sus comppañeros sólo por su sexo, harta de la hipocresía, de los titulares que los periódicos le quieren vender. Mentiras prefabricadas con ideales de igualdad. Llena pero vacía, pensando que quizá sus esfuerzos no sirvan de nada. Y le da la vuelta a la tortilla, imagina un mundo en el que los roles estuvieran cambiados, en el que los hombres tuvieran que luchar por lo que ya tienen. Y sonríe, fundiendo su blanca sonrisa con un rayo de sol que pasaba por allí.
[sin mirar atrás]
El jefe, que es jefe hasta donde alcanzan sus recuerdos (el resto los desterró). El que vive para trabajar. No camina por las calles, prefiere usar el coche que pagaría la casa de cualquier infeliz. En la soledad de su coche se desmorona, se olvida por un momento de su rol, aquí no tiene que demostrar nada. Déspota en la oficina, solitario en la intimidad. Evalúa lo que ha conseguido y no sabe dar un resultado a la operación. En el trabajo es brillante, en la vida, un desastre. ¿Cuándo empezó a separarse de la realidad? ¿En qué momento perdió el contacto con la gente? En el mismo momento que dio su primera orden sin importarle las consecuencias. Sabe que le odian, sabe que muchos ansían su puesto e imagina que todos le critican. Aquí, en la intimidad, no tiene por qué hacerse el fuerte, y llora. Es el rey pero se siente sólo.
[vacío]
Y yo, que me cruzo con todas estas personas cada día, que miro dentro de sus mentes y, por un momento, cambio mi vida por la suya. Aún busco a alguien como yo que me diga qué es lo que ve en mí, que es lo que se imagina cuando se mira con mis ojos.
[soñador]
Realismo ficticio
Kilómetro cero
Hoy quería alargar el día al máximo, disfrutar de cada minuto y no perder el tiempo entre cuatro paredes. He quedado con un amigo para gastar los vales que me dieron en la inauguración. No sólo quería gastar los vales, también quería aprovechar la ocasión para ver a una de las empleadas, que consiguió grabar su sonrisa en mi mente a fuego lento. Como siempre, el tiro sale por la culata..
[con perdón]
... y, no sólo no está la chica, sino que además me toca trabajar no estando de servicio. Menos mal que ha sido una tontería.
El sol se debilitaba poco a poco, retirando sus rayos y convirtiéndolos en meros reflejos. Yo caminaba por instinto mientras leía un libro que compré ayer. Aprovechando mi habilidad para caminar sin mirar dónde piso (que he desarrollado hasta tal punto que soy capaz de detectar una farola o una señal vertical sin verla) me he dirigido al mismísimo centro de Madrid.
[el kilómetro cero]
Una larga espera, críticas a la poca puntualidad (esa que yo no tengo), americanos haciéndose fotos en el kilómetro cero, alemanes haciéndose fotos en el kilómetro cero, chinos haciéndose fotos en el kilómetro cero...
[y así hasta el infinito]
...y, al final, unas tapas en un bar muy agradable. Canapés mastodónticos y asesinos, que lanzaban las gambas al cuello al menor despiste, cervezas sin alcohol (sí, sin alcohol) que no sabían a nada, vino metamórfico (pides uno y te sirven otro) y alguna que otra mancha en la sudadera.
[las medallas]
Buscamos un sitio con música (decente) y que no nos deprima demasiado, pero no encontramos nada que nos guste. Caminamos y caminamos, asaltados continuamente por los rrpp de los bares (pesados profesionales):
¬ Te invitamos a cuatro chupitos!
¬ No quieres probar nuestro cocktail de chocolate?
¬ Dos copas por siete.
¬ Un antro de lujuria y perversión!
[dejadme en paz!]
Poco a poco van provocando una molesta sensación de stress. Preparas respuestas automáticas que escupes a la primera provocación, practicas técnicas de evasión y cambio de acera, pero nada funciona.
Y por fin decides montar tu campamento en una terraza. Recolocamos la mesa para no estar sentados literalmente en la carretera. Entonces aparece el camarero, un visionario de pro, demasiado avanzado para su tiempo, alguien capaz de doblar el espacio para ver más dimensiones donde no las hay. Intenta recolocarnos de una manera imposible e, incluso, nos trata mal. Hay momentos de tensión...
[nos escupirá en la bebida?]
Y en la mesa contigua, un@s chic@s american@s (dios bendiga la @). En un momento de la conversación desconecto y sintonizo su frecuencia para escuchar como una de las chicas dice:
¬ ... a big pussy!
Y me lo anoto en mi cuaderno de bitácora para titular a este momento: interdimensional pussy.
Después de pagar (sin dejar ni un céntimo de propina) nos vamos a casa.
Quizá nos estemos haciendo mayores viejos.
Yo, me, mí, conmigo
Mayo 08, 2003
Apostando con el diablo
No suelo hacer apuestas, hasta que quiero obligarme a hacer algo o hasta que quiero demostrar que soy capaz de hacer (o no hacer) una cosa.
Darwin no pudo tener más razón cuando postuló la teoría de la Evolución de las especias especies, pues mi lengua ha evolucionado hasta conseguir casi su autonomía. Puedo hablar a la vez que escucho otra conversación, en eso soy realmente multitarea. Quizá a veces hable demasiado pero, por suerte para mis sufrid@s amig@s, sé cuando callar.
[disfrutar del silencio]
Esto no lo tuvieron en cuenta mis antiguos compañeros de trabajo...
¬ No serías capaz de estar una mañana sin hablar...
Y me embarqué en una apuesta que es difícil en condiciones normales y, para mí, casi imposible. Pero no contaban con mi ingenio en situaciones estúpidas (marca Acme). Hice carteles variados ("Sí", "No", "Mándame un mail") para contestar sin palabras, mandé mensajitos por la red... Todo iba bien hasta que decidieron tomar un café... ¿Cómo pides un café sin hablar? Fácil, lo escribes en el móvil ("un café con leche por favor") y se lo enseñas a la camarera.
[la misma que te toma por loco o un estúpido]
Y gané, estuve ocho horas sin hablar. Pero como el destino siempre tiene la última palabra, quiso darme una lección haciéndome perder otra apuesta.
Fumo mucho, quizá demasiado. Me he propuesto muchas veces dejarlo (en domingos de resaca y dolor de alma) y alguna vez lo he intentado, pero entonces aparece un gigante con forma de cigarrillo (rubio y americano, para más inri) que me persuade:
¬ No me dejes, no podría vivir sin ti. Soy tu compañero, al que siempre acudes después de (lo que sea), el que te acompaña en los momentos de tensión, el que nunca se separa de tu copa, el que siempre pide el café por ti... ¿Cómo me vas a dejar?
¬ Es verdad, perdóname amigo. No volverá a pasar.
Así que una vez, aprovechando que lo iban a dejar varios amigos y mi exnovia, decidí apuntarme y apostar para reforzar mi posición.
¬ Dos cenas en el Hard Rock Café...
[maldita la hora]
Pero el enemigo era poderoso y las bajas se empezaron a registrar desde el primer día. Hubo mutilaciones de orgullo, agujeros de bala en alguna promesa y rendiciones masivas... Y me quedé sólo.
¬ Fúmame... nadie se enterará jamás.
¬ No, ni hablar.
¬ Sólo una calada de despedida...
¬ No me calientes que muerdo.
¬ Enciéndeme con tu llama. Te llenaré con mi nicotina.
[mi perdición]
Volví a fumar. Al principio piensas si mantenerlo en secreto o no, entonces decides mantenerlo en secreto mientras te lo piensas...
[un bucle sin fin]
Y al final te pueden los principios...
[y la vergüenza]
...los ideales...
[y la conciencia]
... y la evidencia.
[el resto del mundo no es gilipollas como tú piensas]
Y lo confiesas...
[cuando casi te descubren]
Lo peor de contar esto es que mis amigos, a los que aún no he pagado la cena, se acordarán de lo que les debo.
Y ya sabéis niños, no hagáis esto en casa.
Yo, me, mí, conmigo
Bienvenido
Anoche me sorprendí a mí mismo. Por primera vez en mucho tiempo, me acosté a las once. No fue algo premeditado, no escuché una voz que me llamaba, no vi una luz al final del camino... Simplemente, me dormi mientras leía.
El siguiente recuerdo que tengo es el de abrir los ojos a una hora indeterminada de la noche y pensar:
¬ Me he dormido!
[otra vez]
Pero no, eran las cinco y media de la madrugada. Por una vez mi oxidado reloj biológico ha funcionado, aunque dos horas antes...
[la falta de costumbre]
He ajustado las alarmas del móvil (que no había puesto) y he vuelto a dormir instantáneamente.
Por la mañana, día movido en el trabajo. Tenía que ir a una inauguración para supervisar el programa que habíamos hecho y, por qué no decirlo, como cabeza de turco...
[al que le llueven las ostias]
Ha sido todo casi idílico. Los jefes con sus mejores caras, sus sonrisas entrenadas (y forzadas durante meses), sus trajes impecables, sus corbatas atentas a cada movimiento... Y, por un momento, me he sentido como si estuviera en los mismísimos Estados Unidos de América (con perdón).
¬ ¿Cuándo abrís?
¬ Cuando vengan a cortar la cinta...
Menos mal que no lo han inaugurado rompiendo una botella contra el cristal. Alguien me dice que salga para la foto y yo me intento escaquear. Pero es imposible. Escucho el discurso como el que oye llover, no pinto nada en todo eso.
Entonces, y contra todo pronóstico, se me ocurre una brillante idea.
¬ Los yankees odian el tabaco...
Ni corto ni perezoso me enciendo un cigarro, quiero ser rechazado sistemáticamente. Y funciona, ¿cómo van a sacar a alguien fumando en la foto de la inauguración?
[vade retro satanás!]
No, definitivamente no me gusta el modo de vida americano.
Infiernos laborales
Mayo 07, 2003
Intangibles
Hoy, al despertar, la inspiración me estaba esperando, apoyada en la pared con su pose chulesca y sus gafas de sol (aunque no hubiera sol).
¬ Hoy me vas a echar de menos, no pienso aparecer.
¬ Déjame dormir, un poquito más...
Mi inspiración es caprichosa como ninguna. Puede pasarse días huyendo de mí, jugando al escondite con mi teclado para, de repente, aparecer a las horas más intempestivas...
[para que no duerma]
He desarrollado un complejo sistema para distribuir el sueño de forma totalmente irregular, mis pilas se van agotando poco a poco. De lunes a viernes es raro el día que duermo cinco horas y, los días del sagrado descanso, intento recuperar el sueño perdido. Si existiera algún tipo de regla que dijera que la suma de las horas de sueño en el mundo son constantes, existiría en el mundo alguna marmota que vive para hibernar y que se encarga de compensar las horas de sueño que yo no disfruto.
Es como aquella estúpida regla que alguien se inventó: "Todos tenemos una media naranja".
[debía estar borracho cuando lo dijo]
Paso todo el día arrastrando el sueño y sujetándome los párpados con palillos chinos, refrescándome la cara o, simplemente, dejándome caer en el pozo de la somnolencia. Pero cuando llego a casa todo desaparece de un plumazo. Todos los días pierdo demasiadas horas en el trabajo como para perder más entre las sábanas (a no ser que no sea para dormir).
Hoy, caminando por una calle anónima de Madrid, he visto unas huellas grotescas en el suelo. Eran unas pegatinas que simulaban una pisadas enormes, de un gigante. He seguido el rastro hasta encontrarme con el pobre trabajador encargado de pegarlas...
¬ ¿Y tú de qué trabajas?
¬ Poniendo huellas de gigante...
El pobre hombre echaba fuego por los ojos, quizá pensando que no se merecía un trabajo tan denigrante. Todo por una estúpida campaña de marketing. Y yo, que estaba tremendamente aburrido, he descubierto que el gigante en cuestión, estaba seguramente escocido por su forma de andar...
Y así he seguido mi camino, riéndome como un gilipollas de mi propio chiste, mojándome un poco y sabiendo que el gigante sufre en silencio.
Hoy sólo he pensado en cosas intangibles.
[y sin sentido]
Locuras
Mayo 06, 2003
Paquete
Hoy, estando yo en el trabajo, fumando un cigarro en la narcosala mientras degustaba un maravilloso café de máquina...
[diurético y anti estreñimiento]
...he visto la luz. Frente a mí un cartel de una agencia de viajes muy singular, una agencia que prometía destinos inigualables por poquísimo dinero. Una agencia para paquetes.
Entonces he puesto en funcionamiento todos los mecanismos de mi maltrecha mente, he hecho girar engranajes que llevaban mucho tiempo oxidados y, por un momento, he deseado ser un paquete.
¬ Buenos días, venía a reservar un billete...
¬ Dirá usted una entrega.
¬ Bueno, como lo quiera llamar.
¬ Bien, ¿cuál es el bulto?.
[me miro los pantalones]
¬ Señorita, me va usted a sonrojar.
¬ Otro bromista...
¬ El paquete soy yo. He traído papel de regalo suficiente para envolverme, quiero viajar a Australia por cien euros.
¬ Me temo no ha leído la letra pequeña ...
[y que es usted imbécil, señor]
¬ En primer lugar: el contenido de los paquetes no puede ser una persona y, en segundo lugar, el precio sube por cada kilo que pase de cinco.
¬ ¿Y ahora qué hago con todo este papel de regalo?
¬ Eso es su problema.
[sí, vale, tengo demasiada imaginación]
Mis ensoñaciones han acabado cuando he escuchado una voz a mi espalda:
¬ Qué, ¿hoy no se trabaja?
Y aquí estamos, comenzando una nueva andadura en un dominio propio, rascándome un poco el bolsillo para llevar estas palabras a todos los rincones que las reclamen. Seguiré escribiendo mientras vosotr@s sigáis leyendo mis ensoñaciones.
The Show Must Go On
Yo, me, mí, conmigo
Mayo 05, 2003
La rebelión de las máquinas
Me considero un ser tecnófilo. Aficionado a todo tipo de pijadas, cuantos más indicadores luminosos mejor. ¿Que tiene pantalla LCD? ¡Me lo quedo!. ¿Qué puedo sincronizarlo con la hora de ciento cuarenta y siete países? Deme kilo y medio. ¿Sonidos polifónicos? Dios mío, como no te he encontrado antes... ¿Un reloj analógico con impresora bluetooth? A partir de ahora lo necesito. Ya sé dónde va a parar el dinero que cae por el agujero de mi cuenta bancaria...
[cosas innecesarias]
Soy un especialista en crear necesidades que antes no existían y, alrededor de ellas, imaginar un enjambre de chismes que orbitan como satélites alrededor del problema inexistente.
¬ ¿Qué es esto que te has comprado?
¬ Sirve para medir las probabilidades del efecto mariposa, salió ayer. Y lo estás cogiendo al revés, ceporro.
Pertenezco a la quizá nunca denominada generación tecnológica y pienso que deberían canonizar al inventor de las pilas recargables.
Sin embargo y, aunque parezca extraño, odio hablar con los contestadores automáticos...
[la oveja negra de la familia]
Me parece tan impersonal transmitir un mensaje a una máquina... Y, además, siempre me quedo sin palabras o digo algo esperando una contestación (que ni mi propio eco se digna a responder).
Recuerdo un día, hace unos años, que me pasó una anécdota muy graciosa.
Era un verano de esos que derriten el asfalto convirtiendo la ciudad en una ciénaga. De esos en los que los días se hacen insoportables y las noches deliciosamente interminables. Vivir de noche para tener sueño por el día. Había visto un anuncio en el periódico y piqué. Acabé vendiendo artículos de psicología escritos en un lenguaje fácilmente comprensible, amenos a la par que educativos, vamos, un infierno. Una de esas empresas que te engañan contratándote cuatro días y pagándote uno. Trabajar en julio bajo un sol abrasador, en un autobús de la guerra civil o pateando las calles a la búsqueda de mujeres mayores de cuarenta años (exigencias del empleo) a las que engañar. Nos acababan de echar a ocho a la vez y yo estaba muy enfadado. Llamé a un amigo...
[en qué momento se me ocurrió]
¬ Hola. Está usted hablando con el contestador automático del 91..., en este momento no estamos en casa pero puede dejar su mensaje después de escuchar la señal acústica.... PIIII!
[señal acústica?]
¬ Dani, soy Emilio. Me acaban de echar del trabajo, nos han engañado a todos. Cuando leas esto llámame. Ah, y dile a tu viejo que cambie el mensaje del contestador que es una mierda.
El padre de mi amigo estaba de vacaciones, pero me acordé justo al colgar de que volvía ese mismo día. Recuperé la cordura y empecé a sufrir el miedo escénico. ¿Y si lo escucha él antes que lo borre mi amigo?
[¿por qué no has sido un poco más imbécil?]
Llamé a mi amigo al móvil (era de las pocas personas que tenía móvil en España, un móvil que casi necesitaba ruedas) pero lo tenía apagado...
[horror]
¿Y qué pasó? Pues como no podía ser de otra forma siguiendo la tónica de mi vida, su padre escuchó el mensaje antes de que mi amigo lo pudiera borrar. Y yo quedé como un impresentable...
[no muy lejos de la realidad...]
... casi nombrado persona non grata en su casa.
¿Moraleja? Si bebes no conduzcas y si estás enfadado nunca hables con un contestador automático, los carga el diablo.
Technology victim
Mayo 04, 2003
Mamá
Ese día llovía a cántaros, había un telón de acero que bajaba desde las nubes oscureciéndolo todo. Su madre, retorciéndose de dolor en la cama, luchaba por la vida de su hijo sin importarle la suya propia. Su hijo luchaba por salir. La Muerte se acercó sigilosa y tiró una moneda al aire. Y salió cruz...
¬ Tu destino era nacer ese día y lo conseguiste. Aunque para ello tuvieras que llevarte por delante la vida de tu madre.
[tendría que vivir con ello toda la vida]
Su padre le hacía sentir miserable, le cargaba con las culpas de algo que no pudo evitar. Por eso quizá le odiaba tanto, por eso cuando tuvo la edad suficiente salió de su casa sin avisar, con una pequeña maleta de ilusiones y la cabeza llena de maldiciones. Escupió antes de subir al autobús.
¬ No os merecéis más que ésto.
Desde entonces sólo volvía una vez al año, coincidiendo siempre con el primer domingo de mayo, de madrugada. Se ocultaba detras de unas gafas de sol, pasaba desapercibido en mitad de la noche. Y frente a la tumba de su madre se arrepentía de lo que fue inevitable y pedía un perdón que no podía serle concedido. Y depués dejaba que el viento se llevara sus palabras, esperaba hasta que allíno quedara nada. Y entonces, sólo entonces, dejaba una rosa y se marchaba...
[hasta el siguiente año]
Realismo ficticio
Mayo 02, 2003
Ocioso
Ayer (hoy) mis ojos se cerraron a las siete de la madrugada y en una cama ajena. No, no dormí con nadie...
[aunque ganas no faltaban]
... simplemente dormí en casa de un amigo.
[no, soy hetero&sexual]
El día antes había salido de casa con lo mínimo. Intenté coger el whisky (por si acaso) del mueble-bar (mueble híbrido y alcohólico, para más inri) pero no pude llevarme la botella. Recurriendo a ese ingenio que sólo tengo para estas cosas, que me abandona cuando más lo necesito (como a otros el desodorante), cogí una botella de agua mineral y la rellené con whisky (DYC, gente sin complejos).
[una botella que ni siquiera abrí]
La noche en vela, la mañana durmiendo, alterando mis horarios (si no estaban ya lo suficientemente alterados). Y claro, eso pasa factura.
Hoy no he salido de casa. He estado un buen rato mirando fijamente las plantas de mi terraza, intentando asimilar su comportamiento, imitar la vida de un vegetal, y creo que lo he conseguido.
Las horas se me escapaban, el tiempo se encadenaba, cada minuto era practicamente igual que el anterior. He perdido un día entero, y aún no sé dónde puede estar.
He hecho todo lo posible por salir del atoramiento, he intentado hacer planes, pero se han cancelado sistemáticamente. He evaluado las distintas opciones y, la más interesante parecía la de ir a mirar un escaparate con los jubilados. Pero la he desestimado porque hoy es fiesta y no hay nada abierto.
[todo son contratiempos]
Sólo deseo que se acabe este día aciago... y que mañana el sol salga y me bañe con su luz mientras me dice:
¬ Despierta.
Yo, me, mí, conmigo





