Octubre 31, 2003
Afú
//el sonido que hace un PC al morir//
Aquellos vídeos de ejecutivos pateando sus ordenadores, rompiendo monitores con barras metálicas, no exageraban. Anoche hubiera hecho lo mismo con el mío.
Tenía que redimensionar una partición para crear otra. Algo que había repetido mil veces y nunca me había dado problemas.
[confiado]
Muchas consultoras dicen que la mayor parte de fallos de seguridad o de pérdida de datos son culpa de los usuarios. En mi caso, tienen razón. No sé si será porque soy del gremio, pero me confié demasiado y no hice ningún tipo de copia de seguridad.
¬ Total, esto nunca falla.
[los cojones -como medida de cantidad-]
El mismísimo Murphy me observaba oculto tras las cortinas, esperando el momento para atacar con alguna de sus leyes. Mi sonrisa (medianamente estúpida) se transformó en una mueca de asombro cuando vi:
"Error #19 Al final de una parte"
Deberían encarcelar al programador que puso ese error tan descriptivo.
Ahí empezó la debacle. Windows XP arrancaba, exhibiendo una pantallita azul (de la muerte) durante siete milisegundos, para luego reiniciarse. Ayudado de mi portátil recorrí de cabo a rabo el océano del ciberespacio buscando programas que me prometieran restaurar lo perdido.
Estaba acojonado acongojado, había demasiadas cosas valiosas en aquel disco. Recuerdos de mi vida inmortálizados en una malla de ceros y unos, divagaciones escritas con palabras cibernéticas, recuerdos de una vida distinta (ni mejor, ni peor), era como perder una parte de mí.
El problema es que mi partición no estaba del todo corrupta, sino que la información contenida en la tabla de asignación era incompleta. Para que os hagáis una idea: los archivos estaban pero el disco duro no sabía exactamente dónde.
Ya se sabe que los problemas no vienen nunca solos, se organizan en piaras de rollizos desbarajustes. El monitor dejó de funcionar correctamente, la placa base empezó a volverse loca y yo temí que aquello acabara explotando. Entonces me acordé de mis comienzos en esto de la informática (no, del Spectrum no), cuando todo se hacía con MS-DOS y el Windows se apellidaba 3.11 (para trabajo en grupo). Entonces vino a mi mente, letra a letra, volando entre la incertidumbre: C-H-K-D-S-K...
¬ ¿Por qué no?
Entonces todo cambió. Murphy salió corriendo mientras maldecía mi buena suerte, Bill Gates dejó de descojonarse entre mis piernas (no pensemos mal, la CPU está más o menos ahí) y se marchó mientras respetía:
¬ 640 Kb deberían ser suficientes... ¡Volveré!.
Y yo, como tenía todo el pc manga por hombro, terminé la labor formateando la partición (después de copiar religiosamente los datos en otra y alegrarme por mi buena suerte. Y con mirada estricta le dije a mi PC:
¬ Te has salvado por los pelos. Una más y te tiro por la ventana.
¬ Sí, mi amo.
¬ Así me gusta, que entiendas tu lugar.
[eran las siete de la madrugada y yo ya estaba divagando]
Niñ@s, de esta bonita historia tenéis que sacar lo siguiente:
* Antes de redimensionar particiones haz siempre una copia de seguridad.
* Si las cosas van mal, reza a **** (coloca aquí el nombre de la deidad en la que creas o, en caso de ser agnóstico, pon tu nombre).
* Si aún así no baja un santo y te arregla el PC, prepárate para una noche larga.
* Y si no tienes ni idea, llama al vecino informático (que todo buen hijo de vecino tiene), le encantará pasar la noche arreglando tu PC, en el fondo disfruta con cada nuevo reto.
Technology victim
Octubre 30, 2003
El foso de las intenciones
Busqué por todo el mundo el lugar a donde van todas las intenciones que un día me propuse y nunca cumplí. Removí cielo y tierra con un paquete bajo el brazo, escrupulosamente etiquetado como Intención Enésima.
Intenté encontrar indicios, seguí el rastro de los propósitos no realizados, de los sueños rotos y sólo encontré oscuridad.
[perpétua]
Le pregunté a mis fantasmas y ninguno quiso contestar, temerosos de que recuperara alguna vieja intención y la cumpliera de una vez por todas. Me adentré en terrenos desconocidos de paisajes inexistentes, solos la nada y yo. Aquella ausencia de todo que nada podía llenar. El vacío absoluto donde cada paso pisaba los territorios de la incertidumbre.
[endémica]
¿Donde irían a parar aquellos pasos en falso? ¿En qué recóndito lugar de mi mente se alojaban las falsas intenciones? De una cosa estaba seguro, el miedo era su carcelero. Un guardián agresivo y sanguinario, que nunca se cansaba de torturar aquellos sueños moribundos que fueron gestados en tiempos de esplendor.
[la palpable irrealidad]
El proceso que transforma una intención en una farsa es tan complejo que nunca nadie osó investigarlo. Corrientes sensoriales que desembocan en un mar de dudas, tornados que destruyen todo a su paso, relámpagos que impactan en la base de las convicciones y, en el fondo, un fuego perpétuo que elimina todas las pruebas. Y si algún propósito escapa de tal vorágine de destrucción, acaba sus días en el Foso de las Intenciones.
Una sima sin fondo donde se amontonan ilusiones rotas, propósitos truncados, caminos nunca tomados y un millón de billetes para trenes que nunca pasaron.
[destinos nunca contemplados]
Cada cierto tiempo emprendo la búsqueda en este universo binario donde todo parece ser blanco o negro, cero o uno, cierto o falso. Necesito cambiar algunos dígitos en un par de cantidades y sumarlo todo otra vez.
El resultado soy yo.
Metafísica
Octubre 29, 2003
El duende de los sentimientos
Oculto en su cueva tras una cortina de oscuridad, pasa sus días. En su caldero cocina sentimientos que, después, venderá al mejor postor. No necesita luz ni compañía, su sombra es su única compañera.
Cada día recibe muchas visitas, almas en pena buscando consuelo. Siempre repitiendo la misma letanía:
¬ No podrías comprar la felicidad ni con todo el dinero del mundo.
Pero, aún así, todo el mundo la busca. La fórmula de la felicidad, que tan bien guarda entre sus bienes más preciados. Aquella botellita de un color verde refulgente, o aquel sobre con polvos que huelen a vainilla. Una pastilla de colores.
[un arcoiris en miniatura]
En su cueva entran muy pocas personas. Sólo aquellas que están realmente desesperadas, que realmente lo necesitan, sólo a ella les permite el paso. Un letrero, invisible por la ausencia de luz, reza: "La felicidad no se compra ni se vende, se encuentra". Son individuos que navegan a la deriva en un océano de incertidumbre, buscando un norte que perdieron hace mucho tiempo.
[casos perdidos]
Analiza cada vida aislando a cada uno de su propia existencia. "La felicidad hay que buscarla dentro de uno mismo", se repite mentalmente. Algunos beben un poco de la poción de autoestima, otros sólo precisan de valentía para buscar aquello que no se atreven a encontrar. Las pociones de alegría son las que primero se acaban en aquella clínica pintoresca. Sonrisas enlatadas, envasadas al vacío, ansiosas por ver la luz.
[y comerse el mundo]
La fisionomía del alma es apasionante. Algunas, como agujeros negros, absorven todo lo que queda a su paso. Es inútil intentar una reanimación, estas almas nacieron muertas. Otras, sin embargo, irradian una luz cegadora, símplemente desviaron su foco. Una pócima de orientación consigue enderezar el faro de sus sentimientos.
Nadie sabe dónde se encuentra exactamente porque pasa un día en cada sueño. Sólo es posible encontrarle de casualidad, el azar es su único compañero de viaje. Un día aquí, otro día allí, sin hogar fijo, sin nada que amarre su vida a un lugar concreto.
Así es él.
[como el viento]
No le busques y acabarás elcontrándole.
Yo ando esperándole porque necesito un poco de todo.
Metafísica
Octubre 28, 2003
Pintando unas caras
Cuando empecé a escribir este weblog (blog, bitácora, diaro-de-abordo, hoja-de-ruta, etc) no me imaginaba que llegaría a conocer cara a cara a aquell@s que escribían lo que yo leía cada día. Un amasijo de caracteres de colores y todo lo que eso conlleva. Cada post es un trocito de la vida del autor, un retal que nos presta para que nosotros confeccionemos poco a poco algo que se parezca a una persona. No es sólo el hecho de contar momentos de su vida o reflexiones. Cada cosa que uno escribe dice algo de cómo es realmente.
[retazos]
No suelo dar nombres, es una regla que yo mismo me impuse cuando comencé a escribir en este almacen de pensamientos. Pero como toda regla tiene una excepción, usaré mi inmunidad diplomática (en estos dominios) para saltármela. Después de un viernes genial con Teresa me esperaba un encuentro multitudinario al día siguiente. Uno, ante este tipo de eventos, siempre tiene un cierto recelo: sólo conoces una parte de cada persona. Temes que las cosas no vayan bien, que no encajes en la piña, que no tengas nada que decir o que tu presencia no aporte nada. No quieres perdértelo porque intuyes que será todo lo contrario y, además, siempre te ha gustado probar las cosas para poder opinar sobre ellas.
[mentalidad científica]
La reunión empieza a las seis y media. Una hora buena para todo pero inconcreta para lo demás. A mí me venía un poco mal porque tenía mucho trabajo que terminar y muchas horas de sueño que recuperar. Al final ganó el oso que llevo dentro y primó la hibernación sobre el trabajo. De todas formas, yo ya había avisado de que iría más tarde.
Me dí un ducha rápida y, antes de salir, tuve una idea (nefasta a posteriori): ponerme los pendientes (cuatro), que hacía mucho que no me los ponía. Aquellos que lleven pendientes me entenderán cuando digo que si no se usan con regularidad los agujeros se cierran y hay que abrirlos a la fuerza. Después de colocarme las argollas decidí echarme un poco de alcohol. Fui hacia el botiquín un tanto apresurado y, al abrir la puerta...
[secuencia en cámara lenta]
...un tiesto inicia su aterrizaje forzoso sobre mi cabeza. Me dio tiempo a mirar para arriba y ver con un rictus de estupidez cómo aquella maceta se precipitaba sobre mi cabeza. Tuve suerte de que no fuera de arcilla o algo similar, sino de plástico. Mi cabeza estaba bien pero mi camiseta, los pantalones y el suelo no tenían muy buena pinta. Si hubiera sido Halloween (esa fiesta americana que se celebra en todo el mundo, el culto a la calabaza) mi disfraz de jardinero habría sido la sensación, pero hoy no.
Después del consiguiente cabreo, limpieza y cambio de vestuario, salí (por fin) de casa. Nunca llevo paraguas y esa no iba a ser una excepción, así que me mojé bastante. Cogí el metro hasta el centro de Madrid trazando mentalmente el camino a seguir hasta la calle en cuestión. No sé qué tiene esa zona (Huertas), pero siempre me pierdo por sus calles. Confundo una plaza con otra y ando en círculos antes de encontrar mi destino. Y el sábado no iba a ser menos.
Cuando llegué al bar, completamente empapado, chorreando como una balleta barata, me di cuenta de que no recordaba ni una imagen de los presentes en aquella concentración. Recorrí el bar buscando un abrigo naranja o una chaqueta de tigre siberiano (no sabía que existían tigres en Siberia hasta aquella noche) y a sus respectivas portadoras. La gente del bar debía pensar que estaba medio ciego o algo así, porque los fui inspeccionando a todos con los ojos entrecerrados. Al final, por descarte, decidí acercarme al grupo más grande. No estaba seguro hasta que vi un abrigo cuyo forro interior era naranja.
¬ Vosotros debéis ser quiénes ando buscando.
Si no hubieran sido ellos habrían pensado que era un borracho más de la noche madrileña.
¬ ¿Alguna de vosotras es Carmen?
Y ahí comenzó la noche. Allí estaban Carmen (a.k.a Gusanillo), Evam (El Vertiginoso Atleta Moral, que El Vertiginoso sólo suena a laxante) con un amigo, Pau, Mafer y, por supuesto, Geyper, a quién despedíamos.
Tomamos algo mientras reíamos y contábamos anécdotas. Desgraciadamente, las barreras arquitectónicas nos impidieron hablar con todo el mundo por igual. Y es que en mitad de un bar puede ser complicado dialogar con una persona que se encuentra a dos metros de ti. Al cabo de un rato parte de la tropa se batió en retirada al son de una trompeta y, el resto, cambiamos el lugar de emplazamiento de las maniobras.
Geyper propuso ir a una cueva del centro a comer tortilla y beber sangría. Los demás aceptamos sin rechistar, a todos nos gustaba el plan.
Tras unos minutos bajo la lluvia llegamos a la cueva. Sentados en tajos de madera comimos poco, bebimos bastante y reímos más. No sé cuánto tiempo pasamos allí, pero se me pasó en un momento. Contamos anécdotas lejanas (en tiempo y en lugar) y escandalizamos un poco al personal con nuestra alegría. Los camareros, animados por nuestra pequeña celebración, empezaron a dirigirnos comentarios. Uno de ellos le llamaba diablesa a Pau, el músico pasó un par de veces con la cesta y una mujer que llevaba un cartel de Artista Frustrada en la frente nos deleitaba con canciones de los años cincuenta fruto de la indigestión ingestión de sangría. La mujer perdió la vergüenza y bailoteó unas cuantas canciones.
A una hora indeterminada salimos del bar dispuestos a darle un mordisquito a la noche madrileña (no mucho que al día siguiente había que madrugar). Yo me lo estaba pasando tan bien que me hubiera ido a las elecciones sin dormir (ahora me alegro de no haberlo hecho), pero Geyper tenía que irse al día siguiente y se despidió de nosotros a la una y cuarto.
Los tres ginetes del apocalipsis: Carmen, Pau y yo, nos fuimos a tomar la última. Bajo un paraguas que parecía una performance porque llovía lo mismo (o más) dentro que fuera de él, anduvimos unos metros hasta que llegamos al primer bar decente. Tomamos una cerveza y otra dosis de risas.
[en botella pequeña]
El reloj biológico me decía que era hora de irse y, al final, decidimos todos levantar el campamento y dejar que otros quemaran Madrid por nosotros. Cogimos el mismo taxi porque su hotel estaba de camino a mi casa y nos despedimos efusivamente. A mí me esperaba una urna y un boli de mala calidad al día siguiente...
[malditas elecciones]
Lo pasé en grande terminando de conocer a algun@s y descubriendo (con gran jolgorio y regocijo) a otr@s. Lamenté no haber llegado antes para conocer a Pico (o que él se hubiera quedado más tiempo), no haber hablado más com Evam, sólo salir bien en las fotos en las que no se me veía la cara y no haberl@s conocido antes a tod@s.
[habrá más ocasiones]
MetaCartas
Octubre 27, 2003
La fiesta de la democracia
Cuando el despertador suena a las siete y cuarto (de un domingo), el primer pensamiento que se me viene a la cabeza es dormir. Meter la cabeza bajo la almohada cual avestruz y no sacarla nunca más. Sangría me colocaba un extremo de su alicate en cada sien, dispuesta a comenzar la tortura. Colocaba, mientras tanto, un péndulo de fuego en mi estómago.
[ardiente]
Llego tarde, eso no es una novedad. Me ducho mientras un señor lo cronometra para el Record Guiness. Salgo de casa bajo un manto de lluvia que, lejos de despertarme, me introduce aún más en el mundo de los sueños.
[pienso en lo bien que dormiré por la noche]
En el colegio electoral, todos corren de un lado a otro, buscando su mesa. Me doy cuenta de que no llevo los papeles y no recuerdo en qué mesa estoy. Así que me toca ir por todas las mesas preguntando si les falta agún segundo vocal. Mientras tanto, una voz me susurraba al oído:
¬ Arresto domiciliario...
¬ Vete a dormirrrrr...
Mientras en cualquier país pobre asiático un niño cosía balones, nosotros coordinábamos la votación en una mesa electoral. Al mismo tiempo que un jornalero recogía fruta, sudando en cualquier terreno propiedad de un ricachón, nuestras muñecas echaban humo del esfuerzo. Todo por cincuenta y dos míseros euros. En cualquier trabajo te pagan más por trabajar un domingo (haciendo la mitad de horas).
Los apoderados e interventores de los partidos pasaban masticando tortilla de patatas y bebiendo sus latas de cerveza mientras los demás, los que realmente trabajábamos, teníamos que toser para disimular el rugido de nuestros estómagos. Yo seguía pensando que era una mala estrategia convencido de que más de uno cambiaría su voto por un refresco...
En las elecciones te puedes encontrar personas de todo tipo. El freak que ha memorizado el libro y no hace más que buscar la vuelta de hoja, la filigrana electoral. Aquellos que por ser presidentes de una mesa se creen parte de una raza superior, llevándose por delante a quién haga falta. Esos, amigos, son los que nunca os deben tocar en la misma mesa...
Está el típio votante gracioso:
¬ ¿Y no me regaláis nada?
[sonrisa estúpida]
¬ Por ser tú te vamos a dar este maravilloso lápiz. Porque tú lo vales.
Mis compañeros aguantando la risa, la desdichada novia de aquel tipo riéndose a carcajada limpia y el pobre diablo amagando una sonrisa totalmente falsa.
¿Y qué decir de los apellidos extraños?. Cuando uno lleva desde las ocho de la mañana sentado en una silla, leyendo cientos de nombres, estableciendo parentescos imaginariamente, le hace gracia cualquier cosa. Llega un momento que ya no sabes si disimular la risa o reírte abiertamente, ya sabes que se han dado cuenta.
Después de unas horas interminables se cierra el colegio y comenzamos con el escrutinio. Para ser prácticos, dejamos de lado el método que viene en los libros e improvisamos uno nosotros. Si hubiéramos usado el solemne e inutil método propuesto en el libreto, podíamos haber tardado horas (como le pasó a otros grupos). Estaban presentes dos interventores, uno del PP y otro del PSOE. Era curioso ver las reacciones de ambos cada vez que salía un voto de su partido. El recuento lo hemos cuadrado a la primera, rellenado todas las actas infernales y hemos estado listos antes de lo que me imaginaba (en la más optimista de mis estimaciones). Otras mesas estaban destinadas a repetir una y mil veces el escrutinio.
Un día de mi vida tirado a la basura. ¿Y sabéis que es lo peor? Que han ganado los malos y, los menos malos, han perdido víctimas de su propio ridículo.
[there's NO HOPE]
nota: mañana pondré el resumen del encuentro en Madrid
Octubre 24, 2003
La pompa de Foiles-Bergère
Ayer, después de varios intentos, dejé de ser un holograma. Conseguí unir un manojo de bits, una voz y una imagen en dos dimensiones para convertirme en una persona. El teclado fue perdiendo su forma y convirtiéndose poco a poco en una boca, un ratón quiso evolocionar adquiriendo un pulgar oponible, y nacieron las manos. Mis ojos, antes tubos gaseosos, recuperan su forma original.
[benditas tres dimensiones]
¿Cuándo fue la última vez que pisé un museo? ¿El Prado? Años. Me acuerdo perfectamente de las monjitas, llevándonos de un lado a otro (el rebaño del Señor) con su mano firme y la ayuda de Dios (todopoderoso). Mientras un guía narraba las bondades de un cuadro de valor incalculable, nosotros intentábamos intercambiar cromos.
[ni lienzos, ni óleos]
Ayer fue todo muy distinto. Las monjitas sólo vivían en el recuerdo y los cromos se quedaron guardados en alguna caja perdida hace años. Un laberinto de pasillos y salas. Cuadros centenarios que han visto desfilar muchas vidas. Óleos que buscaron comprensión en millones de ojos, testigos mudos del curso de la historia, que condenaron sin hablar y asintieron porque el que calla otorga. Universo de luces y sombras que no deja indiferente.
[odio o devoción]
¿Qué pensaría Manet mientras se introducía en Las Meninas por la puerta de atrás? Integrándose con el espacio, la luz, los figurantes y el mismísimo Velazquez. ¿Por qué Saturno devoraba a su hijo?
[habría que preguntárselo a Goya]
Turistas ataviados con sus guías electrónicos pegados a la oreja. Sosteniendo aquel artefacto con sus manos, ociosas por falta de cámaras. Visitas guiadas como la que me trajo aquí hace algunos años. Vi mi mirada reflejada en aquellos ojos, vi la indiferencia impuesta por la obligación. Bedeles, guías, informadores y guardias de seguridad, todos ellos de secano.
[como los cardos]
Y junto a cada obra, un cartel informativo. Interpretaciones muy dudosas sobre el significado de una pompa de jabón y una mirada al infinito. ¿La juventud que se escapa? ¿Y eso lo dijo Manet? Hoy en día, cuando abundan los críticos, sobran los pedantes (quizá como yo, uno nunca se debe excluir por si acaso) y faltan las opiniones objetivas, todo el mundo se apunta al carro. Gente que puede criticar un texto cuando ha leído sólo una ínfima parte, sin darse cuenta de que por mucho que veamos su punta, nunca podremos medir el tamaño del iceberg. Observadores que intentan ver un cuadro con sus ojos y no con los del artista, cuando la crítica es algo objetivo. Dejemos la subjetividad para el disfrute de los sentidos. Estudiosos de la palabra que buscan combinarlas de forma más o menos inverosímil, difícilmente entendible y de forma absolutamente inútil.
[la virguería del sinsentido]
Palabras cómplices de silencios moribundos, cafés cargados de expresiones y un poquito de canela. Azucar moreno porque el blanco estaba sin rotular, una pajita y un palo para remover. Cuando voy al StarBucks Coffee (si tengo descuentos, porque es carísimo) siempre me pongo un poco de todo.
Libros, discos y regalos. Palabras, sonrisas y ni una lágrima. Refrescos, anotaciones, más sonrisas. Una corriente de pensamientos desplazándose de un lado a otro, en el mismo estrato del globo metafísico.
[sintonía]
Fue un día genial, entre las pompas de la juventud, el humo del progreso y la mirada perdida que nos dirigía la camarera de un bar en algún lugar de Foiles-Bergère.
Yo, me, mí, conmigo
Octubre 22, 2003
Run away
Su corazón latía agitado. Sus pulmones trabajaban a pleno rendimiento. El aire que exhalaba se tranformaba en niebla, los suspiros se mezclaban con la lluvia. Los jadeos pasaban desapercibidos gracias a la censura de algún trueno.
[corre]
La hierba no parecía notar su peso y, rebelde, recuperaba su forma original tras sus pasos. Torrentes de agua se deslizaban por su cara formando una graciosa cascada que se precipitaba desde su nariz. Sus lágrimas pasarían desapercibidas de nos ser por unos ojos inyectados en sangre que parecían gritar con cada esfuerzo.
[huye]
Todo lo que se encontraba a su paso parecía interponerse en su camino. Los árboles parecían reprocharle algo, arañándole con sus ramas y cegándole con sus hojas. Las flores huían despavoridas ante tanta entromisión. Animales de leyenda le espiaban, ocultos tras una cortina de agua y un manto de oscuridad. La niebla cada vez se hacía más densa, luchaba contra sus ojos aliada con unas lágrimas hartas de tanto sedentarismo, ansiosas de descubrir el mundo.
[llora]
El bosque borraba sus huellas, la maleza ocultaba el rumor de su carrera. Los árboles absorvían la luz a su paso. Y él, mientras tanto, seguía corriendo. Huía de algo que no comprendía, enmudecía un grito que nació sordo, dejaba atrás la luz adentrándose en un territorio oscuro y desconocido.
[calla]
La ropa se desprendía por voluntad propia. Saltando, retorciéndose, tropezando, consiguió desprenderse de todo lo artificial, necesitaba ser sólo él. Y nada más. Un reloj, harto de contar el tiempo, se paró un momento antes de caer en un lecho de hojas. La cadena continuó reflejando los rayos de la luna mientras caía en un lugar nunca recordado. El anillo, resistiéndose a partir, mordió su dedo con furia. Era inútil resistirse, acabaría perdido en mitad de ninguna parte. Fue el último vestigio de lo que fue una vida que ya nadie recordaba, un testigo mudo y perdido en un universo verde.
[prescinde]
Detrás, un puñado de fantasmas y horrores rastreaban la zona. Su vida pendía de un hilo, su naturaleza (muerta) estaba a punto de desaparecer. Su razón de ser iba a dejar de existir. Y tenían miedo, por primera vez en mucho tiempo. Corrían y corrían, adentrándose en la oscuridad con ojos de cristal y miembros ortopédicos. Algo les impedía entrar en aquel bosque. Uno a uno fueron cayendo, desintegrándose, desmoronándose, desapareciendo. Sólo uno pudo seguir corriendo, aquel que debía darle la vida a los demás, el mismo que debía evitar que el perseguido llegara al centro del bosque.
[miedo]
Ya estaba listo para el descenso, ya podía comenzar la regresión. "Aquel que busque la causa de las cosas deberá desprenderse de todo artificio y adentrarse en el Bosque del Conocimiento", repetía mentalmente. Sus piernas flaqueaban pero no detenían su movimiento. Sus lágrimas pasaban desapercibidas, sus gritos eran inaudibles...
[aíslate]
Entonces el reloj que contaba sus días se paró y, renqueante, invirtió el sentido de su movimiento. Un movimiento imposible acompañado de un chirrido bien audible. Corrió más aún y vio que, cuanto más rápido huía, más velocidad ganaban las agujas. Su corazón latía sin control, su vista se nublaba por momentos, pero debía seguir.
[retrocede]
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[no mires atrás]
Sabía que estaba cerca del centro, aquel lugar donde ningún fantasma podía entrar, el sitio donde debía encontrar sus respuestas. Sus músculos gritaban de dolor, su corazón se desbordaba, los ojos palpitaban mientras un telón de acero quería dar por finalizada la función antes de tiempo. Una mano incorpórea agrarró su brazo, un frío mortal amenazó con destruirle, siglos de incoherencias volaron por su mente... justo en el momento en que pisaba el claro central.
[vuela]
Miró atrás satisfecho mientras su cuerpo se desmoronaba sin fuerzas. Orientó su mirada en un movimiento imposible para ver cómo el fantasma le miraba perplejo, sangrando por un millón de heridas, muriendo de cien formas distintas. Un rugido de ultratumba mientras un millón de vidas pasaban por sus ojos, otras tantas muertes vengándose al unísono.
[mata]
Se desmayó, perdió el norte cuando la brújula que guiaba sus pasos se rompió en pedazos. La lluvia seguía cayendo como si nada hubiera pasado. El bosque borró las huellas del camino y los últimos truenos silenciaron el rumor de la carrera.
El Bosque del Conocimiento se deshacía de las pruebas. Tendrían que pasar otros cien años para que alguien se adentrara en sus entrañas buscando respuestas.
[despierta]
¬ ¿Cómo demonios he llegado aquí?
Octubre 21, 2003
Teoría de los estados
Puedo imaginarme corriendo por una pradera infinita mientras en el ambiente flotan las notas de la banda sonora de Conan (el Destructor). También puedo ser el alma de aquel chico con gafas que lo tiraba todo y siempre preguntaba si había sido él. Verme en la piel de un rey medieval, cubierto de honores y joyas, blandiendo una espada con nombre propio. Hay momentos en los que me siento como un vagabundo que ya no puede recordar lo que fue y es incapaz de augurar un futuro mínimamente esperanzador.
[de un lado a otro]
A veces radiante, pintando una sonrisa en mi cara con un rotulador indeleble. En otros momentos me muestro pesaroso, colocando pequeños yunques en ambos extremos de mis labios, impidiéndoles levantar el vuelo.
Alguien me dijo una vez que era un optimista encerrado en el cuerpo de un pesimista. Un bote de felicidad potencial guardado en el fondo de un bahúl oscuro y maloliente.
[cautivo]
Supongo que esa es la grandeza de la vida, no saber cómo te vas a encontrar mañana. Vivir con la certidumbre de que después de la tempestad llega la calma y, cuando los nubarrones se dispersan, sale otra vez el sol. Ese sentimiento que nos obliga a ser cautos con la felicidad y a no dejarnos vencer por la tristeza. Porque la vida avanza frenéticamente, sin esperar a nadie. Y es tan difícil reengancharse que conviene no quedarse rezagado.
[apartarse del camino]
Y yo me encuentro en la estación esperando aquel tren del que todos hablan, con las maletas en la mano. No pienso ver como el tren se aleja mientras yo sigo en el andén. Despidiéndose, burlón, de aquellos que no llegamos a tiempo.
Octubre 20, 2003
Trueque
¬ Buenas tardes, quería un sobre.
¬ ¿De qué tamaño?
¬ Uno en el que quepan un par de estrellas.
¬ ¿Tienes para pagarme?
¬ Un poco de humo.
Metafísica
Octubre 19, 2003
Dos tristes pilas
Mientras dormía, Modorra observaba paciente el panorama. Sueño dormitaba en una silla, luchando por mantener sus ojos abiertos y sus sentidos medianamente despiertos.
La noche anterior, escrupulosamente, yo había puesto el despertador (el ordenador programado, los cuatro satélites y el subwoofer preparados para gritar). Esperaba no dormirme, saltar como un resorte cuando vibraran los altavoces.
[iluso]
Cuidadosamente, Sueño colocó unos tampones en mis oídos mientras intentaba contener la risa. Una broma muchas veces malgastada y una lección nunca aprendida.
[9:00]
Suena el despertador. Levemente, como en sueños, escucho una música ligera, tanto que parece un susurro. Como un autómata me incorporo, apago los altavoces y vuelvo a la cama (reconstrucción de los hechos). Sueño me acaricia la cabeza mientras canta una nana.
¬ A veces el mundo no se merece que abramos los ojos.
Y yo, fulminado bajo una manta que debe pesar toneladas, me adentro en el mundo de la oscuridad sin sueños mientras el eco del despertador aún rebota contra las paredes.
[11:45]
El móvil, con su tono polifónico y pesado, entona la música de Rocky (la de la película). Sueño, cogido por sorpresa, improvisa una estrategia. Las calderas del subconsciente rugen ante tanta actividad. Las cavernas de los sueños, antes iluminadas por una luz ténue, ahora brillan como si el sol se hubiese colado entre sus paredes. Sueño está fabricando ilusiones, cambiando la realidad que llega en una cinta transportadora, cercenando sensaciones, creando paradojas.
¬ Shhhhhh. Es un sueñooooooo.... shhhhhh.
Cuando se trata de despertar, mi voluntad es nula. Feliz porque sea un sueño vuelvo a las profundidades.
[otra vez Rocky]
Incapacitado para reaccionar, Sueño emprende la huída, desapareciendo entre las sábanas. Modorra me pone la inyección de parsimonia y se marcha satisfecho, sabiendo que habrá perdido una batalla, pero la guerra es larga.
¬ ¿Sí? - voz de ultratumba.
¬ ¿Cómo que sí? ¡¿Sigues durmiendo?!
¬ Bueno... ahora mismo no.
Modorra se ha encargardo de ralentizar mis acciones por lo que no puedo más que arrastrarme hasta la ducha esperando que un chorro de agua fría me despeje.
[mano de santo]
Bajo a la calle protegiendo mis ojos del exceso de luz. Compro tabaco y al salir, algo se me cae. Un sonido consigue vencer la resistencia de los cascos, pero no lo suficiente como para identificarlo. ¿Será una moneda? No, están todas. ¿El tabaco? Lo tengo en la mano. ¿Una extremidad? No me duele nada.
Sigo mi camino mientras el discman hace de maestro de ceremonias.
Chino-Metro-Guzmán el Bueno
Salgo del metro apresuradamente y escucho otra vez el sonido de algo impactando contra el suelo. Miro y veo una pila rodando alegremente hacia las vías. Aquella situación tantas veces imaginada en la que se me cae algo al andén se reproduce ahora ante mis ojos. En mi mente muchas posibilidades, mis piernas ancladas en el suelo.
Cloc!
[demasiado tarde]
Durante unos segundos mantengo el rictus de estupidez, me doy cuenta de que es la segunda pila que pierdo en el día, que todos los aparatos que uso llevan un número par de pilas y que, además, estas pilas son muy baratas (aún siendo recargables). Me giro y continúo mi camino.
[reducción al absurdo]
Curiosamente, el día me iba a deparar otras sorpresas. A la vuelta, en la misma estación, camino ensimismado, viviendo en mi mundo interior donde puedo ser lo que dice la letra de cualquier canción. Dos trenes llegando, un tonto en el andén equivocado, alguien al que le toca esperar otro tren.
[astuto lector, has adivinado a quién]
Y, por si fuera poco, las pilas del discman se acaban a los cinco minutos.
Definitivamente, debí dejar que Sueño ganara la partida.
Locuras
Octubre 17, 2003
Carta papal
Estimado Karol Wojtyla:
Soy consciente de que cada vez tienes más dificultades para desempeñar tu cargo, que no te queda mucho como patriarca de la Iglesia. A no ser que tus cardenales (que, créeme, son peores que las hemorroides) quieran mantenerte en condiciones infrahumanas al frente de la mayor empresa del mundo. Si siguen por este camino al final tendrán que manejarte como a una marioneta y contratar al eminente Jose Luis Moreno o a Mari Carmen (la de los muñecos, eminencia) por sus dotes de ventriloquía.
Todos coincidimos en que te vendría bien una jubilación. Bienvenidos viajes del inserso, por fin tendrás tiempo libre para mirar los escaparates con los demás jubilados, liarte cigarrillos en un banco y disfrutar de la quietud de una mañana cualquiera.
Y quién sabe, yo podría ser Papa. ¿Sorprendido? Bueno, ya sé que no soy ni siquiera sacerdote, pero estoy en el censo Católico desde que con apenas unos meses de vida decidí bautizarme, una decisión que maduré durante la gestación, algo premeditado. ¿Qué son esas tonterías de que nos bautizan cuando no tenemos consciencia de nuestro propio yo y no sabemos lo que estamos haciendo? Yo, con mis pocos meses, estaba completamente decidido. Técnicamente podría ser Papa, ¿no?.
Y te preguntarás por qué quiere ser Papa alguien como yo. No, no es por la fama. Para eso nacieron programas como Operación Triunfo, Gran Hermano y similares. Y si no tengo talento siempre puedo inventarme cualquier fanfarria para contársela a las revistas del corazón. No es fama lo que busco. Simplemente tengo unas ideas que podrían atraer a miles de fieles a esta religión que es la nuestra con tan solo cambiar un par de detalles:
1) Las Misas: Regale algo a los asistentes, aunque no tenga ningún valor. Haga sorteos entre feligreses y permita que intervengan en la misa mandando SMSs a un número episcopal y correctamente bendecido. Los domingos, lleve a cuatro o cinco tertulianos que se tiren los trastos a la cabeza (dentro de su recto catolicismo) y que tras cada frase se giren hacia el público buscando un aplauso hipócrita.
2) Sexo, seguro: Dejémonos de normas inquisitorias. Eso de prohibir el sexo antes del matrimonio estaría bien en tiempos en los que las enfermedades sexuales eran mortales y Dios Todopoderoso tenía que putear un poco a los fieles bajo el yugo de la santidad, pero hoy en día está desfasado. Dejen de oponerse a los métodos anticonceptivos, y distribúyanlos en las iglesias. No satanicen el sexo alejado de la concepción, fomenten su práctica e, incluso, premien a los fieles más activos.
3) Preferencias Sexuales: Dejen de satanizar a los homosexuales, lesbianas, bisexuales y, en general, cualquier conducta sexual que se aleje de la que ustedes consideran normal. ¿No es la Iglesia una empresa? Si hacemos un estudio de mercado se darán cuenta de que ciñiéndose a su estricta medida no llegan a todos los potenciales consumidores. Más fieles, más dinero, es simple. Permitan los matrimonios de cualquier tipo, incluso entre humanos y animales. ¿Se dan cuenta de lo que ganarían en donativos, reportajes fotográficos exclusivos, flores y todas esas cosas de las que sacan tajada en las bodas? El negocio del futuro.
4) Conquiste los medios: Como todo el mundo sabe, una de las formas más eficaces de llegar al público es la televisión. Basta ya de misas aburridas los domingos por las mañanas. Lo que se lleva ahora es la canción y los experimentos sociológicos. De estos títulos saldrían auténticos bombazos de audiencia: Operación Coro, Gran Ojo o Seminarista de familia.
5) Héroes: Sansón y compañía se han quedado anticuados. A quién le sorprende ahora que una persona pueda tirar un templo entero con la fuerza de sus brazos. Rambo podía cargarse a un ejército entero sin pestañear, Superman podía volar y echar rayos por sus ojos y ninguno perdía sus poderes si le cortaban el pelo. ¿Quién se sorpende de la multiplicación de los panes y los peces cuando estamos en la era de los alimentos transgénicos? La Iglesia necesita un héroe mediático por el que la población sienta miedo y admiración, como en los viejos tiempos. Quizá con unos millones de esos que sobran en el Vaticano podríamos hacer que los chicos de Matrix le hicieran a usted protagonista de su próxima película: "Wojtyla Reloaded". Eso sí atraería a fieles y a freaks por igual, más beneficios para las arcas de la Iglesia.
6) Los Jóvenes: Aunque cada día somos menos, nunca se nos acaban las energías. Hoy en día los jóvenes no tenemos en qué creer, todos los políticos nos parecen unos hipócritas, nos escandalizamos ante las leyes represoras y analfabetizantes, nos horroriza que manchen los océanos con hilillos de plastilina y nadie nos hace caso cuando decimos no a la guerra. Si quiere meterse a los jóvenes en el bolsillo deje hacer botellones en las iglesias o conviértalas en discotecas sacras con DJs que hagan sesiones de música religiosa, construya colegios, institutos y universidades donde no se aplique nada que tenga que ver con la LOGSE, la LOU o cualquier deshecho similar. Legalice las drogas blandas (no se escandalice hombre, que a su edad es peligroso) y póngase a favor del aborto. Los jóvenes llenarán sus iglesias.
7) Nuevas tecnologías: Aplique las nuevas tecnologías al mundo de la iglesia. Oficie misas por internet con un chat asociado. Confiese a los fieles por videoconferencia y ofrezca bulas papales por e-mail. Hay un sinfín de posibilidades.
8) Curas: Quíteles el voto de castidad a los curas, a ver si pierden esos vicios pedófilos que algunos exhiben. Además, ¿no se da cuenta de que si los curas no tienen progenie no podrán inculcar a sus hijos los valores del sacerdocio? Fomente las dinastías de sacerdotes, sus pastores se lo agradecerán.
Estas medidas son sólo el principio. Si esta carta no está ya en la papelera, si su corazón sigue latiendo a pesar de tanto descaro, es que al menos he conseguido que me escuche. Yo puedo ser Papa. Mi buzón está abierto para cualquier sugerencia.
Saludos afectuosos.
milio
Cosas que pasan
Octubre 15, 2003
Dolores
El mundo sigue girando, la historia continúa con sus bucles y tirabuzones, pero mi cabeza no es capaz de seguir tanto movimiento.
[hoy no]
Mientras un chino conquistaba las estrellas para gloria de su hambriento país, yo luchaba por salir de mi habitación. Unas horas después de que Estados Unidos escribiera un capítulo más de su novela de ficción internacional, mis oídos dormían hartos de tantas mentiras. En Bolivia seguían los disturbios, el sufrimiento y las muertes mientras mis ojos se cerraban empachados de tanta sangre.
A mi mente no le interesaba lo que pasara en el mundo, solo quería descansar. Abrir un paréntesis, correr un velo, evadirse. Estaba demasiado ocupada luchando contra el martillo hidráulico que golpeaba mis sienes y el relámpago que llevaba toda la tarde lanzándose contra mi ojo derecho.
La almohada, conciliadora, me acogió en su regazo.
[hoy he visto las estrellas sin salir de mi habitación]
Yo, me, mí, conmigo
Octubre 14, 2003
El infierno en la tierra
Los ojos, inyectados en sangre, amanecieron hinchados. Los párpados apenas podían retenerlos en sus cuencas. Aquellos globos pugnaban por saltar al vacío. Las extremidades no querían responder, se negaban a someterse al férreo control del cerebro.
Poco a poco, como un niño que comienza a andar, tambaleándose, se levantó de la cama. El equilibrio le jugó una mala pasada y le devolvió, de una patada, al féretro de sábanas.
Donde antes había recuerdos ahora sólo quedaban lagunas. Aquellos asideros en su memoria que utilizaba cuando llegaba el temporal ya no estaban, no había donde agarrarse. Sólo un amasijo de sensaciones inconclusas, una montaña de fragmentos de lo que un día fue un todo.
Sus ojos huyeron de la niebla y enfocaron lentamente la situación. En el suelo había ropa, trapos que nadie se molestó en colocar, dejados por una mano casual guiada por la precipitación.
¬ ¿Qué hace esto aquí?
Se sobresaltó al oír una voz que no reconocía, una voz que salía de sus entrañas.
[la suya]
En las paredes había inscripciones rojas, restos de un pintalabios demasiado chillón. Arañazos en la pared, trozos desconchados, papel rasgado con rabia.
Y sus dedos estaban cubiertos de sangre seca.
Anduvo por la casa hasta llegar al baño. Podía seguir el resto de pintalabios, ahora de un rojo más intenso. Aturdido, no era capaz de asustarse, no podía procesar las emociones que su cerebro recibía. Sólo le quedaba curiosidad.
¿Quién era el que estaba frente al espejo? ¿Podía ser él? Con la cara demacrada, la cabeza completamente afeitada y unas cejas inexistentes. Pequeños cortes surcaban su cara y, en la pila, los restos de unas viejas cuchillas de afeitar.
[pero no había sangre]
Una voz monótona intentaba vender productos imposibles cuando las manecillas del reloj pasaban de medianoche.
En el salón los muebles yacían en posiciones inverosímiles. Astillados, quebrados, humeantes. Testigos mudos de una lucha donde sólo había un contendiente, donde nadie ganaba y todos perdían. Una fuerza desatada.
Y en medio del caos, flashes que aparecían en su mente. Gritos, llantos, furia, odio, locura.
¿Qué había hecho? ¿Qué es lo que había pasado en esa casa?
Entonces, al mismo tiempo que alguien derribaba la puerta de una patada y sus recuerdos empezaban a fluir otra vez, a llenar el cauce de su memoria, comprendió. Recordó, y lo que vio con propios ojos le dolió más que la misma muerte.
¬ Así son las cosas y así se las hemos contado.
[rezaba una voz desde el televisor]
Realismo ficticio
Celemín Chronicles
La maleta y las prisas nunca fueron buenas compañeras. El azar mezcló la baraja y se dedicó a observar su obra. No tuvo que esforzarse mucho porque siempre me olvido alguna cosa.
En aquel pueblo la gente nos miraba como si lleváramos escrito la palabra extranjero en la frente y la inscripción hostil en la nuca. En el bar subsistían criaturas que encajarían perfectamente en las fantasías de Lewis Carroll. Un hombre descansaba sobre el radiador como si hubiera nacido allí mismo, permanenciendo ahí toda su vida. Sólo su respiración demostraba que seguía vivo. Mientras observaba a aquel anciano, otro lugareño me empujaba para que me apartara de su camino.
[la ley del más fuerte]
Ya, en la casa, nos esperaba una persona pintoresca a la par que impresentable: el casero. A primera vista parecía una persona normal que había tenido un mal día y, además, acababa de atravesar un pantano. Entre estos dos comentarios:
¬ Felicitad a este señor que tiene una casa preciosa.
¬ ¡Setenta mil pesetas al día!
...tan sólo pasaron diez segundos.
Aquel hombre de cromagnon pretendía engañarnos duplicando el precio de la casa. Yo, situado en una posición privilegiada, no tuve más remedio que respirar el aliento que se le quedó tras beber una botella de whisky.
[segoviano, seguro]
Y es que a este señor se le podía hacer un control de alcolemia (¿o es alcoholemia? duda existencial) a varios metros de distancia. Cuando vio que si nos duplicaba el precio se iba a quedar con la casa vacía cedió y nos subió sólo sesenta euros en total, mientras observaba con su sonrisa estúpidamente alcohólica cómo reuníamos el dinero.
La casa era enorme y, en manos de alguien que supiera sacarle el jugo, podría haber sido increible. Lástima que aquel hombre no tuviera la más mínima idea de lo que implica llevar una casa rural. Aparentemente todo estaba en orden, cada cosa estaba en el sitio que debía estar.
[sólo en apariencia]
No es muy agradable ir a lavarse las manos en un baño y comprobar que no hay pastilla de jabón, o salir de la ducha y sufrir congelaciones parciales en varios miembros porque la toalla más grande es del tamaño de un pañuelo. ¿Y qué decir de la maravillosa sensación de romper una telaraña con la cara?
[no tiene precio]
En los muebles nos esperaba otra jugosa sorpresa: estaban grasientos. Parecía como si los hubieran limpiado con un trozo de tocino. Es curiosa la sensación de yacer en un lecho de grasa. Pero al final, amig@s, lo que cuenta es la compañía, y eso no falló. Sincronización, buen rollo, risas, bromas y mucha química. Metemos todo eso en una coctelera y obtenemos un fin de semana genial.
Cuando llegó la hora de escoger la cama no pude resistir el embrujo de la buhardilla, eligiendo la cama más próxima a la pared.
Música alta, mucha fiesta y pocas ganas de dormir. Todo bajo la atenta mirada de unas fotos totalmente desafortunadas. Retratos en blanco y negro de mirada inquietante.
¬ Ostia tú, que estos son los de "Los Otros".
[y no estábamos exagerando]
A veces pienso que si me hubieran dejado sólo en esa casa, por la noche, habría acabado saltando por la ventana. Asustado por una presencia que no existe. Y es que creo que tentamos demasiado a la suerte. Este fin de semana me he convencido de que no existen los fantasmas porque, de existir, nos habrían degollado a todos después de besar las fotos guiados por los efluvios del alcohol.
Los lugareños nos miraban desconfiados.
¬ Esos deben ser los de la casa...
¬ Si es que tienen pinta de delincuentes...
¬ ¡Lapidación!
El domingo, cuando desperté, me contaron que habían hecho varios intentos para sacarme de la inconsciencia. Lo que sigue es un documento escalofriante:
¬ Emilio, despierta.
[sin reacción]
¬ ¡TODO EL MUNDO ARRIBA QUE NOS ECHAN!
[constantes vitales en orden, no se teme por su vida]
Completamente dormido, entonando una letanía inconsciente:
¬ ¿Por qué me hacéis esto? ¿Qué os he hecho? ¡Qué desgraciado soy!
Según los testigos esto es lo que repetí durante cinco minutos antes de caer en un segundo sueño más prolongado. Y es que cuando duermo puede caer una bomba de hidrógeno a un metro que no moveré ni un párpado. Cuando desperté no recordaba nada.
Por lo visto el dueño de la casa había decidido echarnos a la una y media, avisándonos con una hora de antelación. Después de acordarnos de su familia (con el mayor de los respetos por haber tenido un descendiente tan deshonroso) y recoger nuestras cosas nos llamó para decirnos que nos dejaba hasta las dos y media si metíamos las sábanas en bolsas de basura, y luego lo aplazó hasta las cuatro. Cansados de tanta tontería, decidimos irnos a las dos y cuarto.
[dejando atrás la extensión del infierno en la tierra]
¬ Sí, sí, a las cuatro de la madrugada aún se les oía.
¬ ¡Cantando! ¡Bailando! Criaturas del averno!
Me imagino al vecino a las cuatro de la madrugada, sentado en la mesa de la cocina con la escopeta de caza en una mano y apuntando en un cuaderno todo lo que veía con la otra. Para poder hacerle un resumen al casero. Lo mejor de todo es que nadie se quejó, sólo nos miraban con los ojos inyectados de odio.
Maranchón-Sigüenza-Parador-(bucle)-Madrid
[fin de semana inolvidable]
¬ ¿Y esto que es?
¬ Un celemín.
[el celemín de las ilusiones]
Octubre 12, 2003
El monte del olvido
Se apartó del mundo hacía demasiado tiempo. Olvidó todo lo que había aprendido, desterró de su memoria a todas las personas que había conocido. Se perdió a sí mismo porque quería reencontrarse.
[o perderse para siempre]
Desde el valle de las preguntas sin respuesta divisó las cumbres del monte del olvido y sus recuerdos comenzaron a difuminarse. Las viejas leyendas contaban que el camino no era más que una senda de regresión, donde uno iba olvidando todo lo que su mente había almacenado con una codicia sistemática. Limando las asperezas, perfilando los pensamientos, oscureciendo poco a poco el recuerdo.
Durante días ascendió por el sendero de los recuerdos perdidos. Como un globo que anhela llegar hasta las estrellas, cada vez tenía que soltar más lastre.
¬ Despréndete de ti mismo si quieres coronar el monte del olvido.
Los recuerdos dolorosos, aquellos que más pesaban, se desprendían como hojas en otoño. Echando la vista atrás podía ver cómo los restos putrefactos de su alma descansaban sobre el camino. Un montón de páginas descoloridas que alguien se olvidó de numerar sobre las que un trazo casual escribió la palabra desengaños. Aquel yunque de plomo con la palabra desilusiones grabada a fuego yacía incrustado sobre un lecho de hojas secas.
Fijó la vista delante de sus pasos y decidió no mirar atrás.
[nunca más]
No quiso fijarse en el momento en que un corazón sangrante se desprendía de su pecho, con un cartel clavado que clamaba: dolor. No hubo testigos que certificaran la muerte de sus ideales y ningún forense hizo la autopsia de sus principios.
Ningún alma vio el momento en el que un ángel llamado inocencia volvía a su viejo hogar: un cuerpo que abandonó años atrás.
Sus fantasmas huían despavoridos camino abajo, esperando poder asalar a cualquier otro caminante. Alguien que no fuera tan insensato de querer olvidarse a sí mismo, alguien que no quisiera abandonarse en el monte del olvido.
El mundo le dijo adiós mientras él no le dirigía ni una sonrisa. Aquel mundo que tanto daño le había hecho. Aquel planeta donde alguien colgó el letrero de reservado el derecho de admisión.
La última en abandonarle fue su propia sombra, a escasos metros de la cumbre.
El viento silbaba enfurecido ante tanta intromisión. Jugueteando con su ropa, colándose por cada abertura, hinchando lo poco que quedaba de lo que un día fue una capa. Alborotando su pelo, golpeando con fuerza sus ojos, produciendo eco en sus oídos. Los intrusos no eran bien recibidos.
[en el monte del olvido]
¿Acaso había hecho algo mal? ¿Qué había olvidado? ¿De qué tenía aún que desprenderse? Entonces comprendió que estaba encerrado en su propio cuerpo, un artificio que sobraba en el lugar donde nacen los vientos que azotan el mundo. Cerró los ojos y se lanzó al vacío. La gravedad se llevó su cuerpo, muerto antes de impactar contra el suelo mientras su alma sonreía satisfecha, libre de todas sus ataduras.
Y fue entonces cuando percibió cómo se fabricaba el mundo con cada amanecer. Como cada vez que moría un día se hacían los preparativos para que naciera el siguiente. Acompañó al viento mientras recorría el firmamento susurrando a cada persona lo que quería oír.
Desde su atalaya observaba el sendero del destino que serpenteaba en lo más bajo del valle. Vio cómo el futuro se mezclaba con el pasado para dar lugar a un presente fugaz. No lloró cuando divisó el lugar donde se fraguaba el dolor que más tarde se distribuiría en raciones desiguales. Ya no le quedaban sentimientos.
Lo último que escuchó fue el eco sordo de un cuerpo golpeando contra el suelo, al mismo tiempo que su alma se fusionaba con el viento perdiendo para siempre su propia identidad.
[dejando de existir]
Realismo ficticio
Octubre 10, 2003
Soul Seeker
Amanecía en la gran ciudad. El viento rugía, enfurecido con aquel Sol que osó sacarle de su sueño invernal. Stress despertó como cada mañana: con prisas. Debía hacer muchas visitas antes de completar su jornada.
¬ Sin mí, esta ciudad no despertaría.
Su despacho comenzaba a salir de la penumbra. Los rayos del Sol, aún medio dormido, regaban la estancia con su luz blanquecina. Había sido una noche dura y aún quedaban muchos casos sin resolver.
[nunca le faltaba el trabajo]
Una vida ajetreada, un destino incierto. Las manos apoyadas en la nuca, la espalda descansando sobre el respaldo, la mente en un mundo remoto aún por descubrir.
¬ Otro día más y sigo vivo, que no es poco.
Un haz de luz consiguió atravesar la resistencia de la oscuridad iluminando un letrero que yacía sobre su mesa: Buscador de Almas.
Alguien llamó a su puerta...
Cada amanecer era distinto, cada día que pasaba se sentía más lejos de lo que una vez fue. No era desdichada, no había decepción en su mirada. Simplemente se sentía distinta.
¬ ¿Qué es lo que fui?
[no podía recordarlo con exactitud]
En algún recóndito lugar de su memoria, en una habitación llena de recuerdos viajos y moribundos, se escondía alguien que nunca había dejado de sonreír.
[cerró la puerta con llave]
Quizá fuera ley de vida. Quizá el destino había erosionado su verdadero yo con los vientos de la responsabilidad. Puede que el fantasma de la rutina hubiera ahuyentado a su alma asustadiza.
Pero hoy era un día distinto, hoy empezaba la cuenta atrás. Eso es lo que sentía mientras sus nudillos golpeaban aquella puerta produciendo un sonido hueco.
¬ Quiero recuperar lo que fui, encontrarme a mí misma.
¬ Coge esta botella de oxígeno, la necesitarás cuando te sumerjas en el océano del olvido. Yo iré contigo.
Octubre 08, 2003
Participar
Cuando el 10 de Junio de este mismo año Tamayo y su acólita Sáez no aparecieron en la sesión constitutiva de la Asamblea de Madrid quizá no imaginaban las consecuencias de sus actos. Después de una investigación irrisoria donde cada uno tiró piedras al tejado que más le convenía, todo quedó como estaba.
[el esperpento]
Se convocaron nuevas elecciones y todos tan contentos. O eso pensaba yo hasta que ayer recibí una carta certificada donde se me comunicaba que debía ser Segundo Vocal (la misma por la que comienza mi nombre) en una mesa electoral de las elecciones del 26 de Octubre.
[participar activamente en eso que llaman Democracia]
Esto significa que ese domingo debo estar en el colegio electoral a las ocho de la mañana para dedicarme todo el día a subrayar nombres en una lista con un marcador fluorescente. Una apasionante jornada que acaba con el escrutinio de los votos.
[menos mal que soy de ciencias]
Todo ello envuelto de la pompa burocrática que nos caracteriza a los españoles. Pienso que si lo exageraran un poco más habría que nombrar votante a cada individuo usando una espada como hacía el Rey Arturo.
[al menos no soy el presidente y no tengo que ir vestido de época]
Las autoridades no son tontas y, adivinando tu tendencia a escaquearte en estas ocasiones cual Houdini contemporáneo, te explican las consecuencias de no presentarte:
"[...] incurrirá en la pena de arresto de siete a quince fines de semana y multa de dos a diez meses."
[me han leído el pensamiento]
Visto que no te apetece que te sometan a un arresto dominiciliario mientras tus vecin@s piensan que estás metido en sórdidos asuntos de drogas, prostitución o tráfico de cualquier cosa imaginable, decides descartar la evasión.
Piensas que podrías hacer muchas cosas para que no ganara ese partido que tantos quebraderos de cabeza te propone. Se te ocurren grandes ideas estúpidas que descartas a las primeras de cambio. Conciencia se alía con Principios y juntos llaman a la puerta de tu estupidez. Así, hasta olvidas haber pensado eso alguna vez.
Descartadas las enfermedades espontáneas (la resaca no está contemplada como eximente), viajes improvisados y una boda con una novia inexistente (aún no se ofician bodas con amores plantónicos e invisibles), te quedas sin excusa "justificada". No te queda más remedio que cumplir con tu deber como ciudadano y pringar.
¿Alguien conoce una buena excusa?
[se aceptan sugerencias]
Octubre 06, 2003
Ángel de la guarda
El día en que salí de la cadena de montaje donde, en el cielo, se ensamblan los humanos, el operario frunció el ceño pensativo. Algo en aquella construcción no había salido del todo bien.
¬ Este ser será perseguido por la pereza.
Desde entonces lo dejé todo para el final. En mi vida, las prisas son una constante. Nací tarde, no por hacerme de rogar, sino porque dejé para el último momento la tarea de buscar el camino hacia la luz.
[aún cuando yo no tenía que hacer mucho]
Como me aburría mucho descubriendo el mundo por mi cuenta, aprendí a hablar. Estaba deseoso de empezar a engañarme a mí mismo con el arte de las palabras. Inventarme tiempo inexistente manipulando las agujas de mi relog biológico.
En el colegio lo dejaba todo para el final. Siempre estudiaba el último día o la última hora. Las prisas, un amigo con el que tenía que aprender a convivir. Nunca nadie sospechó que lo dejara todo para el final. Mi talismán, mi ángel de la guarda, mi amigo invisible, lo planeaba todo para que siempre saliera airoso de la situación.
Así, empezó haciendo que sacara buenas notas.
Entonces llegó la pubertad y las hormonas comenzaron a guerrear en mi fuero interno. Desarrollé una habilidad innata para conocer gente y convertirme en un ser extremadamente sociable.
[quizá para enmascarar la timidez que nadie veía en mí]
¿Y dónde se quedó la pereza? Seguía acechando. Ella era la causante de que nunca me decidiera a decirle a aquella chica especial que ese cosquilleo que sentía no era fruto de una comida indigesta. Que aquel brillo que veía en sus ojos no había sido causado por un problema ocular. Que aquella atracción tenía algún significado. La pereza, disfrazada de miedo escénico, me hizo perder muchas oportunidades.
En la universidad ya no funcionaba el truco de estudiar el día antes. Noches en que uno se enfrenta con varios cientos de folios donde lo más estético es el símbolo de la integral. Noches de insomnio y frustración.
Aún así, y contra todo pronóstico, alguna vez me salió bien. ¿Inteligencia? ¿Suerte? No, mi ángel de la guarda.
Mercado laboral, trabajo, dinero. Dos caminos dispares: una carrera que amenzaba con truncarse y un trabajo del que uno no puede prescindir. La balanza no termina de inclinarse, se mantiene en perfecto equilibrio. Un equilibrio insultante, una decisión imposible. Al final, cual rey Salomón, adopté la vía auxiliar: carrera de menos años y trabajo a la misma intensidad.
Esta mañana, tras el rigor post sueño, con los músculos aún atenazados y la cabeza pensando en un idílico romance con la almohada, me he dedicado a mis quehaceres cotidianos, blandiendo un teclado y con la vista fija en una pantalla. El ángel de la guarda disfrazado de corazonada me ha susurrado al oído:
¬ Matrícula... Universidad... Ceporro.
Entonces he cogido el teléfono recordándome una y mil veces que se me olvidaría mi propio nombre si la gente no lo usara para llamarme continuamente.
¬ Hola, llamaba para preguntar cuándo se acaba el plazo de matrícula.
¬ Hoy.
[miedo]
¬ ¿Bueno, puedo entregarla por la tarde no?
¬ Cerramos a las dos.
[pánico]
El reloj marcaba las doce y media pasadas. Aquello parecía la película de Misión Imposible. Un desastre: no encontraba fotos mías más recientes que la de mi comunión (he estado realmente tentado a arrancarla del álbum, con rosario y todo), no tenía sobre de matrícula y me quedaba menos de hora y media para entregar todo sonriente y posar para la foto finish.
[¿quién dijo que la vida no es emocionante?]
Al salir de casa el fantasma del fracaso me puso los grilletes del miedo, sujetando la pesa de los años perdidos. Aquello se ponía emocionante.
Casa-Metro
[12:45]
6 estaciones
[13:00]
¬ Quiero un sobre de matrícula.
[13:01]
Repetir las indicaciones porque la dependienta no me ha entendido
[13:01]
Esperar al autobús-Trayecto-Caminar en mitad de la nada
[13:20]
Destino: Secretaría
[13:22]
La secretaria me mira pensando que mi cara le es familiar. Debo ser una de las personas que más veces ha pasado por esa ventanilla (y menos ha pisado una clase). Sonríe irónicamente mientras le cuento mi caso y me dice que rellene la matrícula echando ostias.
Reprografía:
¬ Hazme una fotocopia del DNI que tengo que entregar la matrícula. Me van a hacer la foto finish.
Entro en secretaría un minuto o dos antes de que cierren el plazo. Formalizan mi matrícula y me extienden la carta de pago con cara de felicidad. Triunfal, sonrío para mis adentros dejando que un poco de esa alegría trascienda.
¬ Menos mal, siempre lo dejo todo para el final.
En ese momento la voluntaria se gira, con gesto prepotente de yo-estoy-por-encima-de-ti-pringao y escupe:
¬ Pues a ver si nos acostumbramos -le faltó decir niñato.
¿Hay algún tratado internacional que exima de las consecuencias de cruzarle la cara a una estúpida prepotente y amargada? Al menos alguien debería decirle que su ombligo no es el centro del mundo y que el sol no orbita alrededor de sus caderas.
En fin, otra vez al límite. Contradiciendo las leyes de la lógica y las dosis de moralina que nos regala la televisión: en bote pequeño y transparente.
Niños, no hagáis esto en casa.
[suele salir mal]
Octubre 05, 2003
Escueto
Mis fines de semana, ultimamente, son de lo más extraño. No sé cómo me las apaño, pero siempre acabo durmiendo poco, mal y a destiempo. Mi cuerpo acaba conectando el piloto automático. Me dejo llevar y acabo convertido en un zombie paranoico y catatónico. Estoy convencido de que, si los fines de semana duraran más, acabaría perdiendo la cuenta de los días. Menos mal que siempre puedo buscar la luna en el cielo para saber cuándo es de noche.
[o notar su ausencia con el día]
El viernes alguna deidad decidió regalarme unas horas extras. Las cosas, cuando surgen de improvisto, sin planearlas, suelen salir mejor. Mi idea era cenar y volver a casa a reponer energías. La inercia de un vino llamado Turbino (nótese el juego de palabras, puro marketing) y una comida que tardaré lustros en digerir completamente, me llevaron a romper una fragil e innecesaria promesa y... salir.
¬ Vamos a ir a un bar que llevo trece años sin pisar...
[alguien debió avisarte de las consecuencias]
Un sexto sentido que no creías poseer emite señales luminosas (visibles a varios kilómetros de distancia) cuando lees el nombre del bar: Escueto. El puerta te saluda con su gorra y ni siquiera se fija en tus zapatillas. Empiezas a pensar que algo va mal. Y al entrar...
... al entrar te planteas si atravesaste un pliegue espacio-temporal, un bug en el gran programa que es el mundo. Algo te dice que, en un lugar donde nueve de cada diez mujeres podrían ser tu madre, encajas poco.
[o nada]
Deambulas por el local, das votes ocasionales y cantas canciones creadas antes de que aprendieras a hablar.
¬ Quizá el problema es que no hayan cambiado la cinta en trece años...
La situación te parece tan surrealista que esperas que, como ocurren en Abierto hasta el amanecer, todos se conviertan en vampiros y se produzca la esperada orgía de sangre y destrucción. En lugar de eso alguien baja la intensidad de las luces mientras unos actores comienzan su espectáculo.
Aquello que alguien llamó Variedades porque no encontraba ningún término que definiera tamaño espectáculo. Aquello que los americanos llaman miscelánea. Aquello podría ser perfectamente un ensayo del programa "Noche de Fiesta".
Aplausos.
¬ Éstos que aplauden deben ser amigos de los actores...
Cuando estas palabras salieron de mi boca un hombre que debía medir dos metros (a mí en ese momento me parecieron más de tres) me miró echando fuego por sus ojos.
[quizá él fuera amigo de los actores]
Salimos del bar atravesando nuevamente el tunel del tiempo (en sentido contrario), nos sometimos al típico período de indecisión dónde-vamos-ahora y al decidid-pronto-que-tengo-frío mientas alguien hacía el comentario de dónde-está-el-resto-se-han-perdido.
Acabamos al noche bailando en un sitio cuyo nombre no recuerdo hasta que los chicos de O.T. (mi casa, teléfono) dieron por finalizada mi noche. Escueta pero diferente.
[ya conozco un sitio donde volver dentro de trece años]
Yo, me, mí, conmigo
Octubre 02, 2003
Rollback
El papel, blanco desde que salió de la fábrica, esperaba paciente sobre el escritorio. El viento, libre de nacimiento, jugueteaba con sus bordes, elevando las esquinas peligrosamente. Estaba convencido de que si le dejaran más tiempo podría hacerle volar.
Una bombilla solitaria emitía una luz dorada, mucho más cálida que el halógeno, ahora apagado, que reinaba en la habitación. Un bolígrafo descansaba en posición fetal sobre el papel que, a su vez, servía de cama a un viejo portaminas con pocas ganas de escribir.
Ella, sentada sobre su cama, miraba el cuadro con curiosidad. Tejiendo la situación en su mente, creando un guión que ordenara tanto caos.
A veces le gustaría poder sacar su ojo y darle la vuelta, hacer que mirara en el otro sentido, que mirara hacia sus adentros.
¬ Un ojo vigilando cada mundo...
[y sonrió]
Se dejó caer en la cama mientras sus pies se columpiaban en el vacío. El techo, la lámpara apagada. Sombras chinescas ejecutadas por una cortina que jugaba con la luz. En la mesilla un libro que hablaba de sueños y realidades, que difuminaba la línea que los separaba hasta hacerla casi invisible. Un pasaje gratuito para el mundo de la fantasía.
El discman y los cascos, enrollados al azar. Otra lámpara, apagada.
Cerró los ojos y se dejó llevar por la marea. El mar, a lo lejos, se podía sentir. Se imaginó una noche cualquiera, bailando alrededor de una hoguera. Riéndose del mundo y dejando que el mundo se riera de ella. Oteando el horizonte mientras el mar se colaba por su nariz.
[la mer]
Cuántos sitios había conocido y cuántos más quería conocer. Mucha gente había pasado por su vida, todos importantes, nadie imprescindible. Las cadenas se rompieron hace demasiado tiempo.
Desde su falso sueño quiso mirar afuera, darle una vuelta más a la tuerca. Se desdobló como si alguien hubiera colocado un espejo delante suyo. Se miró mientras su reflejo la miraba. Entró en su propia mente como hacía tiempo que no hacía. Pasillos inmensos, puertas de todos los colores.
[había olvidado el código]
Olores que ya casi había olvidado, playas con la arena donde alguna vez durmió. Estrellas cogidas al azar del cielos muchas veces contemplados. El pasillo se fue llenando de notas musicales. No las oía, podía sentirlas, atraesando su cuerpo mientras causaban pequeñas descargas eléctricas.
Una sonrisa capaz de volar como una mariposa se cruzó con ella.
No recordaba la sensación de mirarse a sí misma, de bucear en sus entrañas, de descubrir lo que casi había olvidado.
Se incorporó de un salto para dejarse caer sobre la silla. Apartó el bolígrafo delicadamente, obvió el portaminas y cogió un lápiz moribundo. Tendría una muerte digna.
El viento decidió entretenerse con las páginas del libro, ya intentaría dar alas al siguiente papel que ella dejara sobre el escritorio; la bombilla encontró un motivo por el que lucir, centrando los haces dorados en las líneas que acababan de nacer; la cortina dejó de jugar porque ya nadie contemplaba sus sombras. Y la sonrisa, aquella que se cruzó con ella en los pasillos de su imaginación, se instaló en un sitio de donde nunca debería haber salido: su boca.
En el papel se podía leer:
"Cogiendo las riendas, blandiendo la espada, sujetando el timón, guiando mi vida.
Recuperar lo que nunca perdí pero estuve a punto de olvidar. Hoy empiezo a mirarme desde fuera para comprobar lo que siento por dentro..."
Y mientras, una voz cantaba:
"I've never wanted something rational"
Realismo ficticio
Octubre 01, 2003
Maybe Someday

Salió del cine como una sombra, inmerso en unos pensamientos que horas antes no existían. Se despidió de sus acompañantes, iniciando el tedioso camino de vuelta. Un camino en el que no estaba sólo: luchaba con sus pensamientos. Sentado en un vagón de metro de matrícula desconocida, mirando su reflejo en el cristal mientras se dejaba llevar por la música.
La lluvia ejerció de compañera de viaje mientras en su cabeza parpadeaba furioso un cartel con la inscripción: Things To Do Before I Die. La muerte siempre está ocupada estudiando cada vida, buscando el punto de rutpura, el momento exacto para cortar la línea con sus tijeras.
¬ La vida son dos días.
¬ Sí, pero yo sólo he consumido unos minutos.
Apresuradamente, se desvistió mientras se vestía. Todos dormían. No necesitaba luz, el mapa lo conservaba en su memoria. A tientas cogió todo lo necesario, se sentó en una mesa de cristal, encendió una ténue luz dorada y conectó el portátil. Las ideas bullían en su cabeza sin orden ni concierto, una caótica masa de pensamientos imposibles de organizar.
Desde su ventana se veía el mundo entero. Arriba el futuro, el presente era la fina línea que marcaba el horizonte y el pasado yacía enterrado bajo la línea de visión. Encendió un cigarro esperando que el humo ordenara sus ideas mientras su mirada se perdía en la contemplación de un punto inconcreto a medio camino entre la nada y el infinito.
Se puso los cascos y se dejó caer en la silla. Buscaba una canción, sabía lo que debía estar sonando en ese momento. Había encontrado una banda sonora para su película particular. Las notas de Maybe Someday (The Cure) rasgaban el silencio mientras sus labios subvocalizaban cada estrofa:
i'll see you smile as you call my name
start to feel, and it feels the same
and i know that maybe someday's come
maybe someday's come...
again!
Siempre asoció cada canción a un momento de su vida y cada vivencia, a una canción. Ahora lo tenía claro, ya sabía qué banda sonora debería sonar en esta etapa: Maybe Someday
[¿y por qué no?]







