Abril 28, 2004

C'est la vie

Un buen día el espejo te mira y se ríe de ti. El grifo, en lugar de agua caliente, te escupe un chorro glaciar en la espalda. El cepillo de dientes intenta meterse en tu estómago y la espuma de afeitar mancha el cuello de tu camisa nueva. Bufas contrariado y te cortas con la cuchilla, provocando una de esas heridas que sangran eternamente.
[gritas]
Las manecillas del reloj tienen prisa y por cada segundo cuentan dos. Sacas el café del microondas y te das cuenta...
[tarde]
...de que lo pusiste más tiempo de la cuenta. No necesitas ahogar un grito: la corbata lo hace por ti.
Cambias el café de taza-sigue caliente-maldices-te vas
Entre un peldaño y otro, tu pie decide ponerse en huelga y reivindicar un calzado justo (y no los zapatos asesinos que llevas puestos) y se cruza con el otro en una cumbre bilateral que te lleva, irremediablemente, al suelo.
[huelga]
El conductor del autobús decide que necesita dos cafés en lugar de uno, decide también llamar a su nueva novia y decirle lo guapa, simpática e inteligente que es, encargar un ramo de flores y asegurarse de que esa noche cenarán en un restaurante exclusivo, los dos solos. Esto se traduce en casi una hora de espera. Al final divisas la caja roja y te entra el hambre, pero no se te ocurre pedirle explicaciones al conductor, no quieres perder media hora más.
Y entonces, sentado en el único asiento libre y que es, además, un solarium gratuito, ves cómo la vida adelanta al autobús en una carrera frenética. Y tú, metido en un atasco, no puedes alcanzarla.
[y no espera eternamente]

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Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 11:52 PM | Comentarios (3) | Enlace Permanente

Abril 26, 2004

Nebulosa

Un bucle de pelo le caía sobre el hombro desnudo, todos y cada uno de sus rizos filtraban la luz y reflejaban sus matices, como un calidoscopio natural. Arañaba la realidad sin deformarla, aportando pequeños matices que podrían pasar desapercibidos para un observador poco cuidadoso. Estaba amaneciendo, el día comenzaba a aclarar, a definir su personalidad emergiendo de una oscuridad deliciosa. Dirigía el timón de su mirada con una mano que sujetaba su cabeza, ayudada por el ángulo de flexión justo de su codo.
[precisión milimétrica]
Él no escuchaba sus palabras, mecido por el movimiento de un pecho desnudo a medio definir en los límites de su visión periférica, desenfocado en toda su grandeza, luchando por salirse de los dominios de la sábana censora. Aquel movimiento pendular encendió una chispa en sus pensamientos. No podía sentir ninguno de sus logros como algo suyo, todos eran fruto de una suerte desmedida, la sonrisa irónica de la diosa fortuna. Ni siquiera esa mujer morena y escultural que yacía junto a él podía considerarse un logro, había sigo cuestión de suerte.
[la maldita suerte]
Su madre se lo dijo una vez: "dios te tocó el día que naciste, estás destinado a tener lo que pidas". Circunstancias, contextos, hechos aislados, efectos colaterales... eufemismos al fin y al cabo. Una parte de su don que su madre nunca le contó, ese sentimiento de vacío que acompañaba a cada logro. El desaliento de no poder comprar la felicidad porque a alguien se le olvidó tasarla en la subasta de la vida.
¬ ... y lo más interesante del mundo de la danza es que...
Palabras y más palabras. Un pecho que se mecía y un mundo que se derrumbaba, como si una demoledora derrumbara sus principios con una enorme esfera rosa.
[de un plumazo]
Algunas horas atrás surcaba la pista de baile como un pájaro herido, zigzagueando mientras intentaba bailar. Convencido de que era el personaje más patético de aquel microcosmos sometido a los designios de un DJ, el implacable maestro de ceremonias. Se tropezó con algo, emitió una disculpa y, al alzar la vista se encontró con un par de ojos negros que le miraban con asombro, casi desorbitados. Las palabras se mezclaban con sus propios pensamientos, provocando risas nerviosas ante incongruencias nacidas en el seno de su mente. Intentó balbucear una despedida y se alejó tambaleándose mientras apartaba cuerpos con sus manos de mantequilla. Un brazo en su cintura, una sonrisa condescendiente y los increíbles ojos de aquella mujer guiándole hasta la salida.
[de emergencia]
Y en ese punto comenzaba una laguna mental insondable, de aguas oscuras y fondo inexistente. La historia desembocaba en una cama, ese era el desenlace o, quizá, el comienzo. Ya nada importaba. Le habían pasado cosas así en tantas ocasiones que ya no le sorprendía nada.
¬ ...desde que terminé mis estudios no he hecho otra cosa que trabajar, pero nunca en mi campo...
"¿Y cómo se llama? ¿Sabrá ella cuál es mi nombre? ¿Por qué ha venido a mi casa? ¿Por qué se ha metido en mi cama?". Y aquel pecho seguía moviéndose con el compás de las palabras de aquella extraña, y su mundo se tambaleaba con cada sacudida.
¬ ... y bueno, las cosas funcionan siempre así, por desgracia. ¿Puedo usar tu ducha?
El pecho se había detenido en mitad del proceso de demolición. Un segundo, dos segundos, una eternidad. Dejó de jugar con aquel mechón desconocido y fingió no haber entendido la pregunta.
¬ Que si puedo usar tu ducha.
¬ Sí, claro. Estás en tu casa.
"Y en mi cama... pero, ¿por qué?". Ella se levantó lentamente de la cama, consciente de que él observaba cada uno de sus movimientos. No sabía, sin embargo, que la lujuria no estaba presente en aquella observación, era más un afán empírico que rozaba el fatalismo. Cuando se escuchó el golpe de la puerta al cerrarse, se levantó sin prisas. El grifo se encendía, la caldera de activaba. Hizo un seguimiento mental del proceso por mantener su mente entretenida. Ahora mismo, aquella misteriosa mujer estaría estudiando el mecanismo de su ultramoderna ducha con hidromasaje. Al final sucumbiría al frío y se daría una ducha normal, como pasaba siempre.
[ciencias exactas]
Se estiró en una posición imposible y cogió el mando del televisor. Recostado contra la almohada encendió la caja tonta y cambió de canal compulsivamente.
Y entonces apareció él. Parecía como si alguien hubiera colocado un espejo en lugar del televisor. La misma barba de dos días, las mismas gafas, el pelo alborotado formando los mismos accidentes... pero una mirada que distaba años luz de la suya. Un rótulo rezaba "Carlos Blissnoff, eminente psicólogo".
[¿eminente? ¿psicólogo?]
Una sensación de vértigo se apoderó de su estómago mientras el sudor frío perlaba su frente. ¿Qué estaba pasando? El grifo había dejado de sonar en algún momento indeterminado que no alcanzaba a precisar. Se abrió la puerta del baño y una nube de vapor denso comenzó emergió de la nada con en un espectáculo de magia americano. En el marco de la puerta se adivinaba la figura de una mujer con una toalla a modo de turbante y otra escondiendo el cuerpo que, minutos atrás, ejecutaba junto al suyo la coreografía de la satisfacción mutua.
¬ ¿Ya estás más despierto?
¬ ¿Cómo me llamo? Dime que recuerdas mi nombre.
Aunque la pregunta parecía desesperada, la sonrisa que dibujaron aquellos labios carnosos era jovial.
¬ ¿Otra vez con el mismo juego? Eres Carlos, Carlos Blissnoff.
A Carlos no le habrían quedado dudas si hubiera entrado en su despacho a leer la inscripción que presidía su mesa de trabajo, o alguno de los diplomas que colgaban de su pared.
¬ ¿Y yo? ¿Quién soy yo?
Carlos no tenía intención de contestar a aquella pregunta y dejó que el silencio se prolongara hasta el infinito.

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Realismo ficticio
by milio a las 11:55 PM | Comentarios (4) | Enlace Permanente

De blogueros y princesas

Este es un cuento atípico, de esos que no empiezan con un érase una vez. Un cuento en el que no hay nudos, todo son comienzos y desenlaces. La noche anterior, entre unos monologuistas y un par de gadgets me entretuvieron hasta altas horas de la madrugada.
Al día siguiente estaba en el Hard Rock Café, sujetando el artilugio vibroluminoso que te avisa de que tu mesa está lista mientras esperaba a Sole y a Raquel.
En la puerta había un grupo de turistas, estadounidenses a juzgar por sus pintas, posando para una foto. Pensé que quizá sería gracioso sentarse con ellos y abrazar al individuo más cercano, sonriendo al tiempo para la foto. Inmediatamente deseché esta idea y seguí esperando bajo un sol de justicia, rogando que aquel aparato no comenzar a vibrar antes de que llegaran.
[poco probable]
Entonces, en lontananza, vi acercarse a dos chicas cargadas con sus bultos de viaje (o quizá eran los bultos los que cargaban de ellas). Sonreí con cautela, pensando que quizá no fueran ellas, no me apetecía hacer el ridículo antes de tiempo.
Una vez reunidos, seguimos esperando que nos dieran una mesa mientras nos sumergíamos en una especie de bucle espacio-temporal donde siempre quedaba media hora para que nuestra mesa estuviera lista.
Una breve despedida hasta la noche y unas vueltas por Madrid para hacer tiempo hasta que llegara Teresa, con quién había quedado un poco antes de la hora oficial. Paseaba por Gran Vía, echando un vistazo a los puestos de libros sin intención de comprar nada. Entonces llegué a uno donde vendían libros viejos por tres euros. ¿Congo? No, mejor Eclipse Total. En ese momento, antes de pagar, no sabía que el libro que acababa de comprar iba a viajar a Jaén el día siguiente por uno de mis frecuentes olvidos.
Coca cola con Teresa-Handyman-Cervezas&Bitácoras-Tapas&Bitácoras-Caipirinhas (ya las bitácoras estaban olvidadas)-Música de los 80-Sala El Sol
Haciendo mi papel de Maquiavelo moderno, convencí a todos de que la mejor opción era la sala El Sol, incluso al poble Jose, que tenía que irse al rato. Me sentí un poco culpable por arrastrar a las huestes blogueras hacia una cola de tres cuartos de hora para que entraran en un bar que quizá no les iba a gustar, aunque yo pensé que sí. Nada, la próxima vez nos ceñimos a los clásicos: bares donde pongan el bulería, bulería, eso sí, me llevaré una bolsa de papel para aguantar las turbulencias.
[y unos tapones para los oídos]
Aunque con Sole se marchaba la última bloguera, un amigo y yo nos quedamos para mantener la noche viva.
[hasta el amanecer]
En fin, podría contar muchas cosas del beers&blogs, podría llenar esta hoja binaria de líneas y aburriros con mis divagaciones. A todos los que vinisteis: encantado de conoceros o de volveros a ver; a los que no pudisteis venir: brindamos por vosotros más de una vez (y no era una excusa para beber); a los que no os enterasteis o no quisisteis venir: os digo que es una experiencia increíble y os animo a que os apuntéis al siguiente...
[¿en Jaén? ¿en Barcelona? Donde sea]
Fue genial.

Asistentes:

Milio (Cartas Desde Mi IP)
Pizco (Un lugar donde dejar volar tu imaginación...)
El Fer (Perdido en la ciudad)
Juan (Apuntes a vuelapluma)
Jose (El Cajón de Pensamientos)
Teresa (Desde Mi Ventana)
angurTH (efervescente)
Lian (¿Lianta yo? que va ¡¡¡¡¡)
Ana (Ana escribe -atrapando sentimientos-)
Y los acompañantes, que tuvieron la misma culpa de que la noche fuera un éxito.

PD: nunca más propondré un bar al que ir, hay que dejar que los guías experimentados (léase ElFer) hagan su trabajo, que lo hacen mejor que yo.

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Citas anuales
by milio a las 01:01 AM | Comentarios (16) | Enlace Permanente

Abril 22, 2004

Fobias

¬ Ese maldito resplandor que me persigue dondequiera que vaya. Esa luz infernal que distorsiona mi visión, que nubla mis sentidos, que anula mi orientación. Y todas aquellas miradas que buscan en mí algo que nunca van a encontrar.
[mi secreto]
>>Miles de ojos que me observan, palabras que no entiendo y que me sugieren mensajes que nunca querré comprender. Voces, gestos, mensajes perdidos en una nebulosa de mentiras y falsas promesas. Ecos del presente que me llegan como fantasmas del pasado, reminiscencias de un futuro que a cada momento se convierte en presente. Bucles que se cierran precipitadamente, antes de completar un recorrido medianamente lógico.
[caos]
>>Mi habitación, mi reino, mis dominios. Todo es blanco y el blanco me mata, no soporto tanta claridad. No soporto los rayos que se cuelan por los huecos que un desaprensivo colocó en la persiana. Mis pasos siguen una línea imaginaria de curvas caóticas pero bellas mientras mis ojos comprueban que siempre hay alguna escapatoria posible de aquella cárcel esterilizada.
[opresiva]
>>Mi cuerpo descansa ahora sobre el marco de la puerta. Observo a la enfermera con el mismo desdén que ella pone en sus palabras cuando habla de mí. El de las fobias, me llama. Guío mis dedos hacia la mascarilla con sumo cuidado, intentando colocarla en su lugar, asegurándome de que me aísle de los millones de parásitos invisibles para el ojo humano y que amenazan mi vida a cada segundo. Río por dentro, controlando mis músculos faciales para que no dejen entrever el menor signo de jocosidad. ¿Cómo será la cara de aquella desdeñosa enfermera cuando, exhalando su último suspiro, me diga que se había equivocado? Que todas aquellas medidas de protección que yo uso contra el ambiente asesino no eran absurdas, que yo no estoy loco y que la perdone. Me pedirá perdón por todos y cada uno de los comentarios que hacía a las demás enfermeras mientras me atendía, pensando que yo estaba sumido en el sueño.
[superioridad]
>>La enfermera me mira durante unos instantes, antes de bajar la cabeza avergonzada, como si yo pudiera leer sus pensamientos. La situación ya no me divierte, así que opto por dar media vuelta y volver a mis dominios. Un lugar del que hace mucho, demasiado, que no salgo.
>>La vida es una toma constante de decisiones donde lo importante no es decidir correctamente, sino hacerlo rápido. Mi abuelo siempre me lo decía: "Ya tendrás tiempo para rectificar, lo importante es no quedarse estancado". ¿Loco? No, yo no estoy loco, simplemente estoy rectificando todas aquellas decisiones que un día tomé y que ahora me pasan factura.
[al mismo tiempo]
>>Mira a esa anciana a la que llevan de un lado a otro en su silla de ruedas. En sus ojos está el reflejo mismo de la locura, en sus actos el caos que se instaló (para quedarse) cuando la cordura se marchó. ¿Acaso no ven la diferencia? Yo no estoy loco. Pero se empeñan en meterme en esta cárcel blanca, jodidamente blanca, enterrarme bajo toneladas de sábanas que huelen a muerte embotellada bajo un eslogan pegadizo de producto de limpieza. Ahora ya no soy una persona, soy simplemente un objeto de estudio, una muestra, una parte más del mobiliario de este siniestro hospital.
>>No quiero vivir más.

El sol se escondía tras un manto de nubarrones ennegrecidos. Unos pocos rayos de luz conseguían atravesar el telón de acero para iluminar, moribundos, una ciudad que aún despertaba. La realidad aún no se había instalado completamente en su trono, aún se podían apreciar los toques irreales de un amanecer en la ciudad, del nacimiento de un nuevo día en un hospital donde la desesperación ocupaba cada rincón. Médicos, enfermeras, albañiles, camareras y el resto de la fauna del entorno comenzaban a interaccionar sirviéndose de cafés calientes, informes de primera hora, revisiones rutinarias y un poco de azúcar o sacarina.
Una de esas revisiones rutinarias llevaba a la enfermera a recorrer los pasillos de la cuarta planta, hacia la habitación de las fobias. Se preparaba mentalmente para el reto de convencer al paciente de que esa enfermedad que acababa de inventar no existía y que los síntomas que parecían manifestarse sólo eran reales en su imaginación.
[trastornada]
Sus zapatos, que se asemejaban a unos zuecos de goma porosos, se deslizaban por el piso emitiendo un sonido característico y fácilmente reconocible. No le gustaba pasar desapercibida, prefería que sus pacientes supieran que se acercaba, que estuvieran preparados. Y más cuando se trataba de ese paciente en concreto, al que detestaba. Le inquietaba esa forma que tenía de mirarle y casi podía notar como un rayo de odio salía de sus ojos cuando dirigía su mirada hacia ella. Abrió la puerta de la habitación 433, ubicada en la planta de los pacientes poco peligrosos, y se dispuso a ejecutar un saludo casi ritual.
El paciente estaba tumbado en la cama, dándole la espalda. Una chispa de inteligencia brilló en su mente, le parecía raro que una persona con tantas fobias le diera la espalda al mundo en lugar de dársela a la pared, pero no podía asociar esta idea a nada coherente.
Si inclinó sobre la cama para despertarle. En el mismo momento en que iba a posar una mano sobre su hombro él se giró rápidamente, blandiendo algo que no pudo identificar. No hubo tiempo de reacción, ni siquiera una fracción de segundo para gritar. Un instante después tenía clavado un cristal alargado y afilado en la boca del estómago. Levantó las manos intentando detenerle mientras se tambaleaba. Él se lanzó sobre ella otra vez, la tiró en la cama y la apuñaló hasta la muerte, una y otra vez, arriba y abajo. Y con cada pinchazo un chorro de sangre, sangre que se mezclaba con la de sus propias manos, dolor que había sido desterrado de su mente.
[aniquilación]
La enfermera había conseguido emitir una serie de gritos burbujeantes, le quedaba poco tiempo. Se quitó cuidadosamente la mascarilla y se la puso a la enfermera ya muerta. Extrajo el improvisado puñal cristalino del pecho de su víctima. Sin vacilar ni un sólo instante y ya escuchando los pasos que venían a la carrera por el pasillo, se cortó las venas y se clavó el puñal lo más hondo que pudo, cerca del corazón.
Su vida ahora valía menos que antes
[menos que nada]

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Realismo ficticio
by milio a las 10:40 PM | Comentarios (1) | Enlace Permanente

Abril 20, 2004

Inside out

¬ ¿Ve algo doctor?
¬ Sí, tenemos que operar...
¬ ¿Operar de qué?
¬ De olvido...

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Cosas que pasan , Locuras
by milio a las 07:58 PM | Comentarios (3) | Enlace Permanente

Abril 18, 2004

El efecto mariposa

En el mismo momento en que yo dejaba mi copa cuidadosamente sobre la barra, quizá en otra parte del mundo se estaba produciendo un terremoto. El alcohol no había hecho mella en mi percepción de la realidad, no hacía ni una hora que había salido de casa de forma inesperada y sorprendente.
[sin haberlo planeado]
Mientras intentaba fundirme con la música que llegaba de todas partes y de ninguna en particular y encendía un cigarrillo, pensé que quizá esa pequeña colisión entre el vaso de tubo y la barra de algún tipo de madera podría ser la causante del terremoto en aquel lugar que se me antojaba desconocido. Era mi particular efecto mariposa. Obviamente, era una soberana gilipollez, pero dibujó una sonrisa en mis labios.
A mi derecha, subido en una palestra, bailaba un travesti, ajeno a lo que pasaba a su alrededor. Todas las miradas que podía haber recibido habían sido robadas por la otra gogó: una chica semidesnuda que bailaba mucho peor. Más tarde, una amiga me diría los nombres (el masculino y el femenino) del travesti, pero los olvidé antes siquiera de haberlos asimilado. Observé las reacciones de todos los parroquianos que allí se reunían, incluyéndome a mí mismo en el estudio. Todos, aunque bailábamos, dirigíamos de vez en cuando una mirada furtiva a la otra gogó. Pocas veces mirábamos al travesti que, además, estaba en un lugar marginal, cediendo todo el protagonismo (no merecido) a su compañera.
Me acordé que tan sólo una hora antes yo estaba en mi casa tranquilamente. Era la una y media de la madrugada cuando una amiga me mandó un mensaje al móvil. Había sido una tarde normal de sábado, un tanto apagada. Cena en un Kebap, sesión de cine con Starsky y Hutch y vuelta a casa. Me lo pensé un par de veces pero cuando me dijeron que no me preocupara por los transportes que me irían a buscar a casa, desaparecieron todos los impedimentos.
[no había excusa]
Y ahí me encontraba yo, yendo de un bar a otro de Alcorcón con una sonrisa en los labios (cuyo tamaño es directamente proporcional a la cantidad de alcohol ingerida) y comenzando mi noche cuando otr@s la acababan. Adoro los planes que no se planean...
[las contradicciones]
... porque siempre suelen salir bien.
Espero que en el beers&blogs salga todo tan bien como la última vez. Y si no, no será porque no lo hayamos intentado.

Clasificado en:
Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 11:48 PM | Comentarios (1) | Enlace Permanente

Abril 14, 2004

Tiranía de etiqueta

El traje, descansando en su percha, me mira con gesto insolente.
[e indolente]
En su naturaleza inerte, su categoría de cosa, no podía expresar nada más que indiferencia. Pero yo, movido por el odio irracional que le profeso, le veo como una artefacto infernal que me martiriza a cada momento.
La chaqueta usa sus solapas para ensayar una sonrisa grotesca, la corbata se me asemeja a una horca que me asfixia sin descanso y los zapatos son como dos pequeños caimanes hambrientos que devoran mis pies en cada paso que doy. Ayer ya acabé con heridas en los pies de los dichosos zapatos y hoy los miraba aterrorizado mientras mis pies descalzos se reunían en una asamblea extraordinaria para estudiar si me ponían una moción de censura. Finalmente me puse los zapatos y ensayé unos pasos por el pasillo.
[calvario]
Parecía un gigante de una atracción de feria, incapaz de articular las rodillas correctamente, viviendo una vida de rozaduras y fricciones innecesarias. Me he tenido que resignar porque el traje y las zapatillas no le quedaban bien ni a Emilio Aragón (aunque él se empeñara).
Estoy seguro de que la gente me miraba de forma extraña cuando me veían por la calle. Con esa sensación que tenemos cuando miramos algo raro pero no sabemos ubicar el rasco que nos resulta extraño. Me arrastraba por las calles tirando de la mochila con el portátil como si fuera un cuerpo inerte que tengo que hacer desaparecer de la escena del crimen.
Cumpliendo esa regla no escrita que postula que todas las fatalidades tienden a agruparse el mismo día atraídas por un epicentro común, mi móvil ha continuado en estado catatónico durante todo el día, como era de esperar (gentileza de Amena y Vodafone).
Curiosamente, si alguien ve a un tipo trajeado dándole golpes a una cabina e implorando a alguna deidad desconocida mientras descarga su furia, pensará automáticamente que ese-buen-hombre tendrá algún motivo lícito para golpear la cabina. Sin embargo, si hubiera ido vestido de paisano, los transeúntes habrían pensado que intentaba sacar el dinero de la caja o que estaba trucando la cabina.
[hábito y monje, condenados a entenderse]
Al llegar a casa me he quitado el traje a le velocidad de una interrupción y lo he dejado cuidadosamente en su percha al mismo tiempo que tiraba las pocas fuerzas que me quedaban en la papelera más cercana.
Pero el traje nunca se da por vencido, sabe que mañana tendrá otra oportunidad de hacerme la vida imposible.
[y disfrutar como un enano]
Yo, por mi parte, seré feliz el día en que todos (incluyéndome a mí) miremos de la misma forma a un individuo trajeado que a uno que no lo está. El día en que no agarremos con más fuerza la mochila cuando veamos que una persona harapienta se acerca. En el momento en que no nos asustemos porque alguien que nació al sur del estrecho deje su macuto en el suelo mientras espera el cercanías.
[el día que enterremos unos cuantos tópicos]

by milio a las 11:54 PM | Comentarios (5) | Enlace Permanente

Abril 12, 2004

Beers&Blogs en Madrid (ni el primero ni el último)

Estaba Pizco mirando atentamente la pantalla de su ordenador mientras barruntaba un nuevo post para su blog cuando entró por casualidad en mis dominios. Fue a parar a un post sobre el último beers&blogs. Entonces se le ocurrió que ella tenía que estar en uno de ésos.
[de organizadora]
Se inventó un viaje a Madrid para solucionar unos asuntos igualmente ficticios. Buscó una presa fácil que organizara el evento con ella, un sujeto pardillo (pardillus horribilis) al que, eventualmente, echar las culpas si todo salía mal. Le sobraron unos minutos para sonreír satisfecha por tan ocurrente idea.
[here we go]
Bueno, en el fondo las cosas no pasaron exactamente así, pero sí es cierto que vamos a organizar los dos un beers&blogs en Madrid al que estáis tod@s invitad@s. Alguna historia tenía que montarme para encabezar la propuesta...
[licencias blogueras]
Como hice en el otro post-convocatoria (cuyos comentarios voy a cerrar para evitar confusiones entre las dos entradas) iré manteniendo una lista de los asistentes (posibles o confirmados) en este mismo post. Así que si piensas asistir, aunque no lo sepas con seguridad, deja un comentario en esta entrada y yo me encargaré de apuntarte en la lista.
Pongo además el cartel y el banner oficiales de la convocatoria, junto con el código para que quien quiera ponerlo en su bitácora no tenga más que copiar y pegar.
[el mejor invento del siglo XX]
Os veo en el beers&blogs.

El cartel:

Código:

El botón:

Código:

Los Asistentes:

Confirmados:
Milio (Cartas Desde Mi IP)
Pizco (Un lugar donde dejar volar tu imaginación...)
El Fer (Perdido en la ciudad)
Juan (Apuntes a vuelapluma)
Jose (El Cajón de Pensamientos)
Teresa (Desde Mi Ventana)
angurTH (efervescente)
Lian (¿Lianta yo? que va ¡¡¡¡¡)
Ana (Ana escribe -atrapando sentimientos-)

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Citas anuales
by milio a las 09:43 PM | Comentarios (23) | Enlace Permanente

Abril 11, 2004

Bloqueos periglaciares

Me acerqué con cautela a aquel cajero con la cabeza repleta de escenas de películas cuyo nombre no recuerdo. Secuencias en las que el protagonista pasa por algún tipo de trance que provoca emociones encontradas en el afortunado espectador. Es como ese sexto sentido que te avisa de que algo va a pasar. Pero tú no quieres creer en una posible clarividencia, en un sexto sentido que no haría más que complicar la vida con más decisiones de las que estás dispuesto a afrontar. No, mejor no fiarse de unas premoniciones que rozan casi un déjà vu.
[reiterativo]
Introduzco la tarjeta y tecleo el código, cerciorándome (toda mi vida pensando que cerciorar se escribía con n, y resulta que no) antes de que no hay instalado ningún dispositivo que grabe lo que yo tecleo. Pienso entonces que, si mis sentidos estuvieran alterados por alguna bebida alcohólica (lo de alguna es retórico, mejor decir cierta cantidad, también retórico) o sustancia psicotrópica, estaría buscando la tecla asterisco (*) mientras me reía de mi gracia.
Me río.
[poco]
Miro hacia todas partes, esperando que nadie haya observado mi comportamiento extraño y un tanto estrafalario. Sonrío, no hay nadie cerca.
[me avergüenzo]
Respondo a las preguntas que sistemáticamente formula la máquina tonta y codiciosa que tengo ante mí. Miro mi cartera y cuando sólo veo un billete de cinco, busco más.
[no hay]
Sin echar muchas cuentas tecleo veinte euros y le digo al cajero que sí, que quiero sacar sólo veinte. A lo que él me contesta (un tanto borde), que saque mi tarjeta, el dinero y que me pierda, que no tiene todo el día. El mecanismo de extracción de la tarjeta chirría y yo, interpretando la señal, coloco la mano en la posición justa para coger, diestramente, cualquier cosa que se ese agujero saliera.
[automatismo]
No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que algo iba mal: la tarjeta no salía, el mecanismo no paraba de chirriar y hacía un frío polar. Estudio el mecanismo y me doy cuenta de que algún timador gracioso y un tanto chapucero había ideado (y puesto en práctica) un dispositivo para afanar las tarjetas de los confiados usuarios. Aumento la presión que mi mano derecha ejerce sobre una botella de whisky escrupulosamente envuelta en unas bolsas (de plástico). Pienso por un momento hacer como en las películas: abrir la botella y pegarle un trago largo mientras imito la expresión de Clint Eastwood (ya que la de El Fary es bastante menos glamourosa aunque, en el fono, diga lo mismo).
[descarto la idea de inmediato]
Sin embargo, la forma de agarrar la botella se me antoja bastante práctica en caso de que se personara el timador en cuestión en el lugar de los hechos. Hurgo en mi cartera y saco una tarjeta de visita con mi nombre impreso, pensando que nunca le daría mejor uso. Manipulo la tarjeta intentado que mi Visa (no es platino, ni oro, ni siquiera hojalata: es Electrón) consiga superar el obstáculo que la retiene ahí por la fuerza.
La gente se aparta cuando pasa cerca. Los perros me ladran. Las cámaras de seguridad me graban.
Viendo que la primera estrategia no da resultado, me dispongo a afrontar el plan B. Le doy una serie de golpes secos, rítmicos y con grandes dosis de cabreo al cajero, que empieza a pitar como pidiendo socorro.
Las mujeres se cambian el bolso de mano. Los perros me muerden. Los conductores me miran como el que mira un siniestro en la M-30. El De Arriba se descojona.
Me giro esperando encontrarme al señor estafador con una sonrisa en los labios. Pero no, no hay más que un puesto de la Once cerrado hace varias horas. Llamo al teléfono de atención al cliente para anular mi tarjeta mientras me acuerdo de Murphy, sus leyes y de la respetable familia del señor timador.
[no son buenos pensamientos]

Clasificado en:
Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 02:02 AM | Comentarios (2) | Enlace Permanente

Abril 06, 2004

One of us

Los rayos de sol aún no derrochaban toda su fuerza. A esas horas la luz empezaba a dominar el entorno pero aún se desarrollaban los últimos coletazos de la eterna lucha entre el día y la noche. Un reloj incrustado en una pequeña rotonda marcaba alternativamente la hora y la temperatura: siete menos diez, quince grados centígrados. Los coches llenaban la ciudad como si fueran hormigas, desplazándose en escrupuloso orden hacia su destino.
[el de siempre]
Rutina manejaba los acontecimientos diarios con sus hilos invisibles, luchando por una tranquilidad que representaba el centro de su vida como entidad abstracta, intrínseca de la propia ciudad, de cualquier ciudad. Algunas persianas se retiraban a sus refugios, dejando que el aire de esa mañana primaveral se llevara de un plumazo los ambientes cargados tras una noche demasiado larga.
Cada noche la pasaba en un lugar distinto, en un cuerpo diferente. Todo aquel que posara su mirada por un instante en aquella figura sólo vería a un indigente bajo sus cartones. No dormía, hacía rato que el ruido de los coches le había despertado. Yacía en su lecho improvisado. Un codo sostenía el peso de su cabeza, una sucia mata de pelo le caía sobre ese mismo brazo, ocultándolo casi por completo.
[sonreía]
Un cartón blanco descansaba sobre su tripa, garabateado con trazos prácticamente ilegibles. El texto cambiaba a placer, había un mensaje para cada persona, una imagen para cada par de ojos que miraran aquel cartoncillo, y él controlaba cada detalle en todo el proceso.
Un hombre enfundado en su traje, sometido a la voluntad de una corbata caprichosa, intentó aparentar como si no hubiera visto nada, como si sobre aquellos cartones no hubiera nadie. Su curiosidad le llevó a mirar de reojo el cartel:
Por muy largas que puedan parecer las noches, siempre terminan con el amanecer
Intrigado, detuvo sus pasos y buscó en su bolsillo algo de calderilla. Dejó un par de monedas en el vaso de papel y continuó su camino sin mirar atrás. No se dio cuenta de que, unos segundos después, las monedas aparecían nuevamente en su bolsillo.
En sentido contrario avanzaba un sacerdote vestido con el uniforme del trabajo.
[fichando para Dios]
Dirigió una mirada condescendiente al despojo humano que le miraba desde el suelo. Se sacó unas monedas del bolsillo y, mientras las depositaba en el vaso, miró el cartel:
¿A quién crees representar? Evoluciona
El sacerdote se puso pálido. De no ser porque las monedas ya descansaban en el fondo del vaso se lo habría pensado dos veces antes de dejar su donativo. Se incorporó bruscamente y se alejó con paso rápido, moviendo la cabeza de un lado al otro en un gesto de incredulidad.
El vagabundo se aseguró de que nadie estuviera le estuviera viendo en ese momento, miró al cielo y desapareció fundido en un rayo de luz mientras la radio de un coche cantaba One of us1:

What if God was one of us
Just a slob like one of us
Just a stranger on the bus
Trying to make his way home

[al día siguiente volvería]



One of us1 es una canción de Joan Osborne.
Clasificado en:
Realismo ficticio
by milio a las 02:30 PM | Enlace Permanente