Junio 29, 2004

El Sentido de la Vida

«Una figura oculta tras una capucha revoloteaba ligeramente, como una pluma, por la estancia. Una habitación inmensa de paredes blancas, sin ventanas ni techo, un espacio abierto al cielo. En una de las esquinas había un escritorio que alguien debió colocar ahí por azar. Parecía como si nada en mundo fuera capaz siquiera de inmutarla. La túnica que vestía rasgaba el aire con suaves silbidos y la guadaña, que llevaba siempre encima, refulgía con el brillo que le había prestado el sol. Un sol que estaba en su punto más alto, fundiendo con sus rayos los ánimos de todos los mortales. Mortales que, por otro lado, no había en esa estancia. Muerte era una más en aquella empresa atípica, una vieja gloria venida a menos en un mundo donde las acciones de la vida han caído en picado. Muerte, que casi nunca erraba un golpe, solía visitar una vez en la vida a sus pobres víctimas y, en la mayoría de las ocasiones, éstas ni se enteraban.»
[sorpresas]
«Desde el principio de los tiempos había dado caza a las almas que expiraban. Antiguamente todo era más profundo, rozando el misticismo. Pero ahora, de un tiempo a esta parte, trabajaba como en una cadena de montaje: en serie. Cortes certeros a un conductor ebrio y las cuatro víctimas inocentes que había dejado en la carretera, sicaria de un asesino a sueldo que con sus balas zanja un ajuste de cuentas, cómplice de un marido venido a menos que justifica con sus golpes lo que no podría hacer con la razón.»
[porque no tiene]

«Un Demonio se pasea de un lado a otro de la estancia agitando la cola y sonriendo con muecas maliciosas: está practicando para meterse en el papel. En su escritorio descansa el sobre con la última paga, que ni siquiera abrió, y unos papeles revueltos de pleitos con la santa Iglesia. Cuentan quienes lo conocen que en tiempos remotos se dedicaba a vivir una vida despreocupada y feliz, sin meterse con nadie, disfrutando de su inmortalidad en legendarias orgías. Hasta que un buen día a alguien se le ocurrió darle su imagen al malo más malo que una mente humana (y católica) podía imaginar, entonces se acabó su chollo. Ahora subsiste asustando a fervorosos creyentes ansiosos de la protección que da el miedo a lo desconocido, lo mismo que su religión satanizó como perverso. No nació siendo malo pero desde hace unos siglos estaba aficionándose por el lado oscuro que delimita la moral religiosa.»
[doble]
«Apoyado en la silla con ruedas descansaba un tridente. Un objeto curioso a la par que ridículo pero que tenía que llevar por exigencias su trabajo. Antes de continuar vagando por la estancia se detuvo un instante a pasar la hoja del calendario, para cerciorarse de que, efectivamente, ese día estaba marcado en rojo.»

«Un ángel cuyo cuerpo sin hormonas aún no habría llegado a la pubertad de tenerlas, cerraba meticulosamente un sobre poco abultado. Miraba con desprecio el ridículo arco que colgaba de la pared con un clavo que parecía iba a caerse en cualquier momento. Si hubiera podido maldecir lo habría hecho sin dudarlo pero, en su mente sin maldad, lo más parecido a una maldición era quedarse en blanco. El espejo de mano que llevaban todas las mesas de serie estaba hecho añicos. Lo había roto él mismo porque odiaba contemplar su ridícula apariencia, una figura que alguien debió perfilar en un día de borrachera. Puso los pies sobre la mesa, satisfecho, sin darse cuenta de que en su movimiento mandó al suelo una placa que rezaba: "Sr. Cupido".
[encasillado]
Hoy iba a ser un gran día.»

«En el resto de la sala se amontonaban personajes que, aunque secundarios, son igualmente importantes. Fantasmas del pasado y del presente conviviendo en armonía, personajes temidos y amados a la vez, figuras que sólo existen en nuestra imaginación. Muerte que, cuando quería, podía ser tan silenciosa como una sombra, se acercó disimuladamente a la pared. Desde otro ángulo apareció el Demonio que, cogiendo impulso, saltó sobre la espalda de Cupido, que ya estaba listo para emprender el vuelo. Sus pequeñas alas no podían remontar el peso de Demonio hasta superar la pared, ese era el lugar donde encajaba Muerte en todo el plan: como punto de apoyo. Una vez arriba Demonio rompió la barrera invisible que los mantenía confinados en aquella cárcel y, finalmente, ayudó a Muerte a llegar hasta arriba.»
[eran libres]

«Poco tiempo después, tres figuras descendían por una pradera charlando animadamente:
¬ Tengo que buscarme un vestuario nuevo, esta túnica con capucha no me favorece nada — dijo Muerte mientras tiraba la guadaña a sus espaldas.
¬ Y no te vendría mal un poco de piel, más que nada para pasar desapercibido. Quizá podrías hacerte segador, con el manejo que tienes de la guadaña... — Demonio intentaba contener su risa.
Muerte estalló en una carcajada sincera y de felicidad.
¬ Tienes suerte de que haya tirado mi guadaña. Y tú, renacuajo, ¿qué vas a hacer?
¬ ¿Yo? Bueno, supongo que pagarme una de esas operaciones en las que te implantan un pene, estoy harto de no tener sexo.
Y así, perdidos en conversaciones sin sentido pero reconfortantes, las tres figuras se perdieron en la noche. Y nunca más se supo de ellas.»
[se esfumaron]

FIN

¬ Vale, muy bonito. Pero, ¿qué tiene esto que ver con el sentido de la vida?
¬ No sé, anoche estuve viendo El Sentido De La Vida, de los Monty Python. Me apetecía llamarlo así.
¬ Bueno.... vale, ya te llamaremos.
[piiiiiiiiii]

by milio a las 11:13 PM | Enlace Permanente

Junio 23, 2004

El Viaje

«Sentado en las escaleras de tu casa fumo un cigarro aparentemente distraído. Pienso en el por qué de los cómos y en todos los cuándos que jamás llegaron a ser pasado, que ni siquiera han acariciado las mieles del presente. Un hipopótamo vestido de policía le está poniendo una multa a un trapecista albino, pero yo no presto demasiada atención, sé que es algo que ha fabricado mi imaginación en plena desconexión de sistemas.»
[parpadeo]
«Hace tiempo que ya no pienso en ti (más de diez minutos), prefiero andar sobre la hierba con los pies descalzos. Los pájaros cavan túneles para escapar de los vuelos rasantes de algún perro carroñero mientras una sardina mafiosa tiene atemorizados a un par de gatos y yo... yo me limito a observar. Aprendo las leyes de un mundo que yo he inventado y le dicto mis conclusiones a una máquina de escribir que registra mis palabras en la espalda de un ejecutivo agresivo vestido de tuno.»
[sonrío]
«Ya es de noche y el sol sigue brillando porque la luna se ha quedado dormida (me susurra). Miro en derredor y no veo nada, alguien debería incluir manuales en las gafas de sol para avisar que hay que quitarles la funda antes de ponérselas. Una farola venida a menos ha tenido la gentileza de avisarme, y ahora veo todo con más claridad.»
[suspiro]
«Son las tantas de la madrugada, entendiendo las tantas como una medida de cantidad. Un hobbit de casi dos metros me agradece que le haya salvado la vida (un árbol lo agarró cuando se disponía a ordeñarlo para extraer cerveza con que alimentar a sus retoños) y me ofrece un baile regional como prueba de gratitud.»
[me desmayo]
«Es más tarde aún que en el último párrafo, es lo que tiene el paso del tiempo. Mi cuerpo está rematando a los últimos supervivientes de la horda psicotrópica que me atacó ayer. Se acabaron las sustancias alucinógenas y el mundo es, si cabe, un poco más gris. Si pudieras leer esta carta te preguntarías qué me ha llevado a escribirte algo que jamás recibirás. Con esa pregunta sólo conseguirías dejarme sin respuesta. Ayer quise conocer el mundo en el que, hasta no hace mucho, nadabas. Quería saber qué podría ser tan fascinante como para llevarte a la tumba sin pasar por la casilla de salida. Quizá haya sido una tontería, pero pensé que debía despedirte repitiendo lo que más te gustaba hacer: autodestruirte.»
«Aunque no lo creas, he aprendido una cosa: hoy sé menos que ayer. Quizá así es como uno comienza el viaje, quizá sea como una regresión paulatina donde cada día eres menos que el anterior, donde la muerte juega contigo como si fueras una piñata. Nunca he sido bueno para las despedidas, jamás me gustó decir adiós porque suena a algo definitivo. »
«Te dejo con un hasta pronto

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Realismo ficticio
by milio a las 11:49 PM | Comentarios (4) | Enlace Permanente

Junio 20, 2004

Suffering

No sé qué tendrá el fútbol que es capaz de postrar a un país entero ante un televisor. A mí, particularmente, nunca me ha entusiasmado el fútbol. Exceptuando la época preadolescente donde la afición al fútbol se manifiesta como por arte de magia (quién sabe, podría ser algo hormonal), el fútbol me da un poco igual. Cuando uno está en la adolescencia tiende a asimilar los gustos de otros hasta casi convencerse de que son suyos. A mí me pasó algo parecido con el fútbol, seguía la liga con el único fin de poder hablar de ello con mis amigos y veía los partidos con mi padre como si aquello fuera una tradición inculcada por herencia. Me planteaba la situación con más curiosidad que devoción, haciendo de antropólogo de oficio con la cobaya en que, por momentos, se convertía mi padre. Me resultaba gracioso ver cómo algo tan simple (y tan complejo) como meter una pelota entre tres palos era capaz de cambiar el humor de mi padre. Aprendí deprisa que el mejor momento para pedirle algo suelto era cuando ganaba su equipo.
[estratega]
Pasaron los años y cada vez me interesaba menos el mundo de la pelota, convirtiéndome casi en bicho raro. Hay momentos en los que si no sabes de coches o de fútbol, te conviertes en un cero a la izquierda en una conversación. Los pocos partidos que veía eran los que aprovechábamos para montar una reunión improvisada de amigos, adorando al esférico y al botellín, encuentros a los que yo asistía más por la compañía que por el partido en sí. ¿Habéis intentado mantener una conversación con alguien que está prestando total atención a otra cosa? Es muy divertido.
La diferencia entre un aficionado al fútbol y yo es que el aficionado puede entretenerse viendo tres partidos el mismo día, aunque sean de la tercera división etíope. Yo, sin embargo, sólo aguanto los partidos con máxima tensión.
[como el de hoy]
Es difícil de explicar la sensación que te atenaza cuando tu equipo va perdiendo y ves que se le escapa el partido. Algo a caballo entre la ansiedad, el optimismo, la decepción y, en el fondo, la resignación ante la idea de una derrota. La eterna esperanza que siempre se convierte en decepción.
Al final, como todos esperábamos, se ha cumplido la crónica de una muerte anunciada. España se va a casa, lo que implica que en mi casa veremos menos fútbol y no tendré que preocuparme del calendario de la Eurocopa cada vez que quiera ver una película.
Tendremos que esperar al próximo mundial para que nos cuelguen la banda de favoritos.
[y romper los pronósticos]

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Cosas que pasan
by milio a las 11:40 PM | Comentarios (3) | Enlace Permanente

Junio 17, 2004

Finales

¬ ¿Qué pasaría si el policía bueno con poderes que rozan lo irrisorio sobrenatural sufriera un infarto cuando persigue al malo malísimo? Un ladrón al que el guionista quiso envilecer atribuyéndole la muerte de toda una familia risueña o el robo de unos cuantos millones de dólares que un empresario neoyorquino iba a destinar a la lucha contra el parkinson (después de que él mismo empezara a mostrar síntomas a una temprana edad).
[nada es gratuito]
«El malo de la película daría esquinazo a la policía y se fugaría a un paraíso fiscal natural donde acabaría felizmente sus días.»
[realidad y ficción]
¬ Los humanos, que hemos maltratado el planeta durante siglos, que hemos agotado sus reservas naturales y agujereado la capa de ozono sin miramientos, buscamos en un héroe la salvación y redención de nuestros pecados. El típico personaje que, a los diez minutos de película, ya sabes que salvará el mundo y se reconciliará con su ex mujer, el típico ejemplo de superación sobre el que los americanos tanto saben. Pues bien, ¿qué pasaría si la película acabara con la extinción del ser humano? La escena final podría ser un primer plano de una rata o de una cucaracha, que todos sabemos (por ciencia más o menos infusa) que sobrevivirían a una catástrofe así.
[saber popular]
¬ Podríamos cambiar al adolescente sentimental y comprensivo de las películas de instituto por un chico musculoso y hormonado, de pocas ideas y personalidad simple, un tipo que trate fatal a la guapa y sensible protagonista. La chica, lejos de elegir a cualquier chico políticamente correcto, a alguien que la trataría como a una reina, prefiere al personaje que el guionista se encargó de montar con las piezas de un cromagnon.
¬ ¿Qué pasaría si las películas no acabaran siempre bien?
En el otro extremo de la habitación una figura se giró sobre su asiento. Parecía que no había prestado atención a lo que le estaban diciendo, pero su mirada y la determinación en su voz indicaban lo contrario.
¬ Amigo mío, la gente no va al cine para deprimirse. Por eso el policía siempre atrapa al villano, la humanidad se salva y el adolescente sentimental siempre se liga a la guapa protagonista.
Aquel comentario le dejó con una frase atragantada en el cielo del paladar. Se sumergió nuevamente en las páginas de un libro mientras mascullaba mentalmente una respuesta.
[se quedó sin argumentos]

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Realismo ficticio
by milio a las 11:47 PM | Comentarios (2) | Enlace Permanente

Junio 13, 2004

Líneas

Lo que tenía delante de sus ojos, aquellas líneas que trazaban un curioso dibujo de trazos paralelos, era quizá lo último tangible que le quedaba en su vida. El único asidero al que agarrarse, un tronco en el curso de un río que no sabes por dónde te llevará, que puede lanzarte contra unas rocas o depositarse mansamente en el lecho del mar.
[incertidumbre]
El cristal de la mesa estaba bastante sucio, todo excepto aquel rectángulo que acababa de limpiar en ese mismo momento. Por el resto de la mesa aparecían los arañazos que la fiesta, un animal moribundo, había dejado en la superficie transparente. Cercos alcohólicos de vasos exhaustos, ceniza desprendida indistintamente por cigarrillos o por algún porro furtivo. Cajetillas de tabaco vacías, mecheros pegajosos y un panfleto de la iglesia enrollado. A alguien le había parecido graciosa la idea de esnifar y blasfemar al mismo tiempo.
[dos pájaros de un tiro]
Se sentía torpe y a la vez tan activa que podría volar si movía los brazos con la suficiente rapidez. El resto de la estancia estaba poblada por un cúmulo de errores, pasos en falso que dormían o parecían inconscientes. Al fondo una pareja que se creía apasionada tanteaba con manos de trapo el cuerpo de su compañero, montando una escena bastante patética. En el mismo sofá que ella descansaba su pareja ocasional, el afortunado que había compartido esa noche con ella y que, por alguna razón desconocida, se había quedado dormido antes de la culminación, con el brazo extendido como queriendo llegar a tocarla, un esfuerzo que le había dejado, al parecer, exhausto.
Cogió delicadamente el canuto de papel con consignas sacras y lo tensó para adaptarlo a su gusto. Cuando comenzó a preparar las rayas blanquecinas su pareja circunstancias aún balbuceaba, por lo que habia decidido añadir otra para él con la esperanza de que despertara. Ahora, una vez que el desdichado había caído inconsciente, dos voces le decían que era inútil despertarle: la cordura y la avaricia. Intentó calcular qué orificio de su maltrecha nariz había esnifado más durante toda la noche pero no llegó a ninguna conclusión.
¬ Qué más dará con cuál empezar... ¡Si son dos!
Con gestos automáticos hizo desaparecer los dos trazos de la mesa, con tanta rapidez que olvidó cambiar de orificio. Aprovechando el segundo impulso se dejó caer en el respaldo del sofá, sintiendo cómo aquellos polvos se mezclaban con algo dentro de ella. Aspiró sonoramente los restos que quedaban en su nariz y se dedicó a esperar. En breves momentos bajaría aquel torrente psicotrópico, que iría adormeciéndolo todo a su paso. El corazón se revolucionaría y todo, la realidad y su vida, cambiaría de color. El techo no le permitía ver las estrellas pero, de igual modo, orientó su mirada hacia el infinito con el misticismo del que se cree en el Nirvana.
[el cielo en la tierra]
La cocaína nunca le había parecido una buena droga para pensar, para reflexionar sobre cualquier cosa que se le pasara por la cabeza. Pero, ¿lo era alguna? Echó una mirada de soslayo a su acompañante, que emitía pequeños ronquidos en el sofá. La vida era injusta, de eso estaba segura. Ese chico llevaba mucho tiempo intentando salir con ella, estaba completamente segura de que era amor lo que él sentía. Cuántas veces habría soñado con ella desde el día en que, por azar, se conocieron. Ese mismo azar, quizá en distintos términos, había sido el causante de que aquella noche hubieran acabado juntos. Quizá fue la emoción lo que le había llevado a beber compulsivamente, ingiriendo tal cantidad de alcohol que ni la cocaína podía atenuar. Culpabilidad era una palabra que hacía tiempo se borró de su diccionario. Si la hubiera recordado, en ese preciso instante estaría utilizándola para describir lo que sentía.
[oscuridad]
Era ese extraña generosidad del que consume drogas la que le había llevado a ofrecérsela a aquel chico. Él, que nunca la había probado, seguramente lo hizo por ella, por demostrarle algo inexplicable, por ganarse una metafórica chapa metálica que le acreditaba como miembro del clan. Y ahora dormía un tronco...
Sí, la vida era injusta. Quizá a ese chico le habría dado un dulce esa noche, pero ese mismo azucarillo se transformaría en algo nauseabundo cuando se enterara de la verdad. Un vínculo que para ella nunca había existido se rompería en unas horas dentro de la mente de aquel infeliz. Infeliz por querer a alguien que jamás le corresponderá. Curiosas cadenas las que se forman caprichosamente en esta vida que nos ha tocado vivir, a su juicio la vida no sólo era injusta, era mucho peor: cruel. Conocía perfectamente aquellos vínculos que hacían que quisieras a una persona que nunca te querría, al mismo tiempo que tú serías el amor platónico de alguien a quién, quizá, nunca te dignarías a mirar. El despecho por el despecho, cadenas de anhelos y despechos inconfesables, medias tintas un tanto borrosas y súplicas disfrazadas de falsas intenciones.
[la vida]
Notó como su garganta comenzaba a dormirse y como esa sensación de falsa libertad la invadía lentamente, la petite mort, como algunos llamaban al orgasmo. Cerró los ojos y se abandonó a los designios de una conciencia podrida, sin intención de dormirse. Sabía que el sueño y la cocaína eran amantes despechados e irreconciliables, cuando aparecía una el otro se esfumaba. Después, cuando la dama blanca durmiera, el sueño se acercaría a su lecho para asesinarla.
A su lado se produjo un leve movimiento y una mano aterrizó en su pecho. No se molestó en apartarla, su dueño estaba tan dormido que ni siquiera recordaría que su subconsciente estaba intentando consumar una relación que, de tan efímera, no existía.
[lapsos]
Su cerebro procesó un sonido que su mente habría querido escuchar. Una canción que no sonaba más que en su cabeza:

[...]
How many times must a man look up
Before he can see the sky

[...]
The answer, my friend, is blowing in the wind
The answer is blowing in the wind

Bob Dylan - Blowin' in the wind

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Realismo ficticio
by milio a las 11:29 PM | Comentarios (3) | Enlace Permanente

Junio 10, 2004

The other side

¬ La locura, al igual que el frío, no existe. Aunque no es el mismo caso, ya que hay una diferencia que puede parecer sutil pero que no lo es en absoluto, algo que legitima el frío y echa por tierra cualquier razonamiento sobre la existencia de la locura.
La mujer, avisada por sus tímpanos de las palabras que flotaban en el aire, desvió su mirada desde el infinito al rostro de su interlocutor. En su cara apareció el rictus del psicólogo que lo es sin quererlo, del oyente circunstancial que querría estar a miles de kilómetros de un confidente espontáneo.
[suspiró]
¬ La locura se define como la ausencia de cordura y, los grados en que puede manifestarse se miden por el nivel cordura ausente. Pero, ¿quién puede medir la cordura? El calor, sin embargo, se puede medir. Y el frío no es más, amiga mía, que la ausencia de calor.
La mujer, con cara de circunstancias, mascullaba una razonamiento en su cabeza. Lo mejor en esos casos, como le dictaba la experiencia, era esgrimir un argumento convincente que diera por finalizada la conversación (si podía llamarse así) por k.o. técnico. Pensó durante un segundo en argumentar que los aparatos de aire acondicionado medían su potencia en frigorías, pero desechó la idea al instante porque no estaba segura de si esa magnitud era una invención de los publicistas. Y es que, como decía su abuelo, de los publicistas no había que fiarse nunca...
¬ Y es que esta sociedad tiene el afán de medirlo todo, cuantificar lo inconmensurable. Olvidamos a los individuos, perdidos en un mar de caos, y perseguimos conceptos como la globalización que no hace sino extender la estupidez congénita del primer mundo al resto de habitantes del planeta. Construimos moles de hormigón para mentes blindadas, donde con gusto rehabilitaremos a los pacientes a base de descargas eléctricas o, lo que es peor, monólogos sobre psicología, una ciencia donde todo se descubre a tientas. Atendemos dolencias que no conocemos, cambiamos a los individuos para que lleguen a lo que nosotros entendemos como normalidad.
La mujer analizó la situación sin dejar de observar a aquel extraño personaje. Parecía como si pudiera pasar horas hablando en círculos, quejándose sobre una sociedad de la que no se sentía miembro, alimentando su propio odio con palabras que el viento se encargaría de hacer perecederas. A unos metros de distancia había un banco donde sentarse. Caminó lentamente hacia él sin mirar atrás, sabía perfectamente que aquel personaje la seguiría e imitaría sus movimientos. El hombre sacó un cilindro de plástico del bolsillo de su camisa y extrajo de él una cápsula, que tragó con gran maestría.
¬ No, no se preocupe, esto no es ningún tipo de droga. Son unas pastillas que compré en un herbolario para contrarrestar el efecto un tratamiento que sigo desde hace tiempo. Es que las otras pastillas me dejaban en estado catatónico. Bueno, como le iba diciendo... ¿Qué le estaba diciendo?
La mujer, aprovechando la duda de su interlocutor, decidió que era el momento de finalizar la conversación. Sacó las gafas de su bolso, buscó a tientas la calculadora que llevaba desde el cambio de moneda y se enderezó en su asiento.
¬ Verá, su conversación es muy interesante pero, como puede apreciar, esto es un supermercado y yo soy una cajera. No puedo permitirme semejantes conversaciones con todos los clientes porque si no acabaría en la calle, y con razón. Así que si me disculpa...
Entonces él entorno la mirada y se quedó pensativo por un momento. Incapaz de discernir si lo que estaba viviendo era real o, de otro modo, el banco del parque no pertenecía al plano de su imaginación, se levantó y se dispuso a marcharse. Tras dar un par de pasos, su mente se iluminó y se giró en redondo.
¬ Perdone, no me ha dicho que le debo.
La mujer, sobresaltada, buscó en su cerebro una salida que no echara por tierra su estrategia.
¬ Claro, son ochenta céntimos. Y tome, no se deje aquí el paquete de kleenex.
El hombre se acercó con la mirada clavada en el suelo y tendió la mano hacia la extraña mujer que le ofrecía el paquete de pañuelos de papel, perfumados con olor a menta. Se alejó por donde había venido con el ánimo un poco más bajo y la mente, si cabe, más confusa. De fondo, atenuada por el canto de los pájaros, se escuchaba una voz femenina:
¬ ¡Siguiente!
"Extraño lugar para montar un supermercado. Maldita globalización...", dijo para sus adentros.

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Realismo ficticio
by milio a las 11:52 PM | Comentarios (3) | Enlace Permanente

Junio 07, 2004

Confusiones

La soledad, como la venganza, se sirve siempre fría. No sabía exactamente cuál de los dos platos se estaba comiendo en ese momento, pero los dos le parecían igualmente insípidos. Las paredes de la habitación se le antojaban insultantemente blancas aunque sus ojos aún no fueran capaces de verlas, y aquella bata que le habían puesto le quedaba demasiado holgada. Siempre había sido un hombre de costumbres y, en el atardecer de la vida, es demasiado tarde para cambiar. El efecto de la anestesia se estaba pasando, aunque todavía tenía embotados los sentidos y se sentía como flotando en un mar de esterilidad.
[aséptico]
¿Por qué nadie se había interesado por su salud? Nadie parecía haberse acordado de aquel viejo decrépito y eso le producía una mezcla de rabia y dolor que apenas atenuaban los restos de anestesia.
Escuchó unas voces en el exterior de la sala, demasiado amortiguadas por la droga que habían inyectado en su cuerpo como para reconocer en ellas un atisbo de humanidad.

Vivir en la calle nunca fue para él un problema. Había pasado media vida entre cartones y periódicos, usando el mobiliario urbano como morada improvisada, hablando con las palomas del tiempo y con los perros de la vida en general. Ya tenía un lugar privilegiado en su universo particular. Hacía ya demasiado tiempo que desistió de preguntarse sobre su familia, esas preguntas sólo llevaban a conjeturas más o menos improbables cuya veracidad jamás comprobaría.
"Los ignorantes son más felices", le decía muchas veces a cualquier gato callejero.
Todos los años, por uno u otro motivo, hacía una visita al hospital: caídas tontas, fracturas inverosímiles, infecciones varias y, en alguna ocasión, una paliza de alguien que se ensañó con él porque no tenía un buen día. Esta vez habían sido los golpes de terceros los que le habían llevado a esa cama. Nada sin importancia, un golpe no más fuerte de los que muchas veces le había dado la vida.
[a traición]
Su compañero de habitación era muy silencioso. Había intentado más de una vez entablar una conversación con él pero parecía demasiado afectado por la anestesia. "El chute de su vida", reía para sus adentros.
Parecía que un grupo de personas había venido a ver a su compañero. En la puerta los médicos dividieron el grupo y sólo dejaron entrar a dos de ellos. Para su sorpresa, en lugar de dirigirse hacia la otra cama, fueron directos a la suya. En la habitación reinaba la penumbra, impuesta por los médicos para que los ojos de su compañero no sufrieran en el postoperatorio.
¬ ¿Qué tal estás, abuelo?
Por un momento pensó en deshacer el malentendido, decir que él no era a quien venían a buscar, pero su mente lo evitó, poniendo en jaque a su conciencia. Se limitó a tender la mano hacia la cabeza de la niña que con tanto cariño se dirigía a él y acariciarle el pelo.
¬ Creo que el abuelo está todavía medio dormido por la anestesia. Hija, dale los regalos que le hemos traído, y después le dejamos descansar.
No pudo mirar a los ojos de aquella chiquilla ni a los de su madre. Se limitó a hacerse el dormido y esperar a que se alejaran. Se imaginó que eran su verdadera hija y su nieta quienes le habían traído esos regalos, y lloró. Por primera vez en mucho tiempo echó en falta una familia que creía olvidada.
[y sepultada]

En la otra punta de la habitación también había lágrimas. El anciano había reconocido el timbre de voz de su nieta y pasó de la perplejidad al dolor.
¬ Eres lo que la gente recuerda de ti. Y yo, ahora, no soy nada.
[olvido]

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Realismo ficticio
by milio a las 11:45 PM | Comentarios (4) | Enlace Permanente

Junio 02, 2004

Encerrada

En la calle, la noche ya había borrado toda prueba de que no hace mucho era de día. El calor estaba volviendo de su retiro invernal, convirtiendo la noche en una pequeña cazuela donde se cuecen miles de vidas a fuego lento.
[algunas se queman]
Dos gatos bufaban mientras intentaban ahuyentar a su competidor por las atenciones de una hembra en celo, un perro caminaba solitario contoneándose tocado, no por la presunción, sino por el hambre. En el cuarto piso, una luz rompía la armonía del edificio durmiente. Una ventana solitaria que emitía una luz mortecina provocada, probablemente, por una bombilla moribunda.
No quiso mirar el reloj. Sabía, por experiencia, que se encontraba en esas horas indefinidas del día: demasiado tarde para acostarse y aún pronto para despertar. Horas tan muertas como algo dentro de ella, tan cansadas como lo estaría ella misma si hubiera cumplido los planes que siempre tuvo para su vida.
Mientras observaba, sin inmutarse, cómo una gota de agua ascendía pesadamente por la pared, se formulaba las mismas preguntas que asaltaban su mente cada noche. Era un viejo juego que nadie le había enseñado: las preguntas sin respuesta. Encadenaba una cuestión con otra, respondía cada una con otra nueva pregunta, creaba una sucesión de despropósitos que debían llevarla hasta el sueño.
[en círculos]
Mientras buscaba alguna emisora desconocida en el dial de una vieja radio, miraba despreocupada hacia la ventana abierta, donde la sonrisa (su sonrisa) que se había marchado hace tiempo amenazaba con lanzarse al vacío. Y, en su mente, una voz le decía: "¿qué harás?".
Un calcetín sucio la miraba desde el suelo, protestando por el olvido forzado. Con los brazos en jarras y agitando la cabeza, parecía lanzar un ultimátum al viento. Un zapato de tacón que llevaba postrado bajo la cama unos días, parecía despertar de su letargo. Caminando como caminan los zapatos cuando les falta su par, se acercó renqueante al calcetín. "Curiosa combinación", debió pensar.
Ajena a la rebelión que se estaba gestando en su dormitorio, cerró los ojos para comenzar la improvisación de un cuento. Las preguntas podrían esperar al día siguiente, su imaginación necesitaba mantenerse ocupada, negar la existencia de un zapato rebelde y un calcetín ultrajado, de una gota de agua con vocación de alpinista y de una sonrisa perdida con aires suicidas.
[imaging]
¿Cómo empezaría un cuento que hablara de ella sin decir nada? ¿Cuál sería el principio del final? Entonces se hizo a la idea de que estaba sentada en un escritorio que nunca tuvo, sosteniendo una pluma que jamás supo usar y comenzó a escribir unas líneas solitarias:
"Sostenía una espada de gomaespuma, perfecta para luchar contra los problemas inexistentes."
Sintiéndose satisfecha cerró el cuaderno en su imaginación, apagó la luz de sus ideas y cerró los ojos.
¬ Mañana será otro día.

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Realismo ficticio
by milio a las 10:54 PM | Comentarios (3) | Enlace Permanente