Agosto 31, 2004

Sopa de letras

//indecisiones//

No entiendo por qué me dices A cuando quieres decir B. Y, cuando pasa el tiempo, cambias A por B y dejas entrever que lo que realmente quieres es C. Y yo me siento en el diván de las reflexiones e intento solucionar una sopa de letras que termina en jaque ahogado, dejando la partida en tablas.
[empate técnico]
Te diré que no te entiendo, que si no me dices lo que te pasa jamás podré averiguarlo por mi cuenta. Pero tú aplicas el catenaccio y te cierras en banda:
¬ Tú sabrás.
Y no, yo no sé nada. Como decía una canción de cuyo nombre no quiero acordarme, repito mentalmente aquel axioma de lo-único-que-sé-es-que-yo-no-sé-nada y completo la sopa de letras con divagaciones absurdas que me llevarán siempre al principio y me alejarán aún más de la respuesta.
[tu respuesta]
Luchando contra molinos de viento que en tu imaginación son gigantes.
[o quizá en la mía]
Sepulto la sopa de letras bajo una montaña de hojas de papel donde alguien garabateó preocupaciones más concretas, exentas de jeroglíficos y dobles interpretaciones. La hipótesis no tiene demostración, el teorema cae siempre en el absurdo, me falta una variable.
Hasta que un día abres tu mente y me dices que en realidad no existen ni A, ni B, ni C, y que D no es más que un producto de mi imaginación. Que si te conociera habría descubierto que aquel día que te dije X y tú contestaste Z, no era eso lo que querías decir, sino G.
Añado todas estas variables a la ecuación y suspiro al pensar que todo habría sido más fácil si no hubieras supuesto que soy un ser superior y que, por ciencia infusa, puedo adivinar lo que se te pasa por la cabeza.
[el punto G]

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Filosofía casera
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Agosto 26, 2004

I'm broken

Los días se confundían con las noches y las noches parecen días sin sol. Las horas se convierten en meros recordatorios de lo que un día fue el paso del tiempo. Cuando los horarios se trastocan, la vida adquiere una nueva dimensión alucinógena, similar a una borrachera precipitada. Pero no es alcohol lo que fluye por mis venas, sino el sueño que sumerge mi cerebro en un mar de incertidumbre.
[profundo]
Desde el despacho improvisado en que he convertido el salón, miro por la ventana y sólo veo oscuridad. Una oscuridad apenas rota por alguna luz solitaria que juega a intercambiar mensajes con la mía. Mensajes de insomnio obligado o inevitable.
[siempre omnipresente]
Me concentro en el teclado y fijo mis maltrechos ojos en la pantalla del portátil. Intento hacer un programa pero es el ordenador el que me codifica a mí. Me mantiene en vela aunque mi mente clama por un descanso. El calendario da un salto desde la mesa camilla y se sitúa en mi línea de visión, casi puedo ver como agita unos brazos que mi imaginación ha creado y señala una fecha con saña. Pero cuando me froto los ojos el calendario está donde siempre y no señala ninguna fecha en concreto, es mi mente la que lo hace.
[espejismos]
Me acuesto cuando otros se levantan y cuando despierto siento que el día me resbala entre los dedos, como un niño bebiendo agua con las manos. Los altavoces escupen el principio de Hound Dog (Elvis Presley) y el subwoofer no da abasto con los graves. Mis ojos se abren como dos resortes, las paredes tiemblan en mi imaginación y todo es borroso visto a través de la cortina del sueño. Empieza un nuevo día, y lo hace como terminó el anterior.
[mal]
Einstein no podía haber acertado más con tu teoría de la relatividad. Pero no es necesario viajar a varios múltiplos de la velocidad de la luz, basta con estar un par de días sin dormir. ¿Cómo pueden pasar las horas tan rápido y los días tan despacio?
Pasan los días y, cuando parece que un duendecillo de sonrisa maligna ha coloreado la realidad con tonos grises, aparece una luz al final del camino. No es un resplandor de bondad, no son luces de neón, es simplemente una salida de la cueva.
[corro]
Y por más que avanzo la luz parece desplazarse a la misma velocidad que yo. Y no me preocupo. Sé que la luz existe y que un día de estos llegaré. Y se acabará el insomnio, se desintegrarán los problemas y saldrá el sol. Un pequeño período de calma.
[antes de la tempestad]

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Yo, me, mí, conmigo
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Agosto 22, 2004

Garabatos

Sentado en el sillón del tiempo garabateo en las hojas raídas del cuaderno de mi vida. Un separador amarillo marca el comienzo de un verano que está agonizando. Escribo la palabra Conjuntivitis y la rodeo con un círculo, instantes antes de tacharla con un trazo limpio y casi recto. La conjuntivitis, que vino tímidamente y se fue sin llegar a causar estragos, pero sí muchas molestias. Daños colaterales, como los llaman en las guerras, y que en esta ocasión no fueron bajas civiles sino aislamiento digital.
[eufemismos]
Dejo un espacio en blanco y escribo Exámenes con un trazo rabioso y tan profundo que creo que he perforado dos hojas. Y esta vez lo encierro en un óvalo apresurado, no perdiendo más tiempo del necesario en examinar esa fatídica palabra. Porque las connotaciones son tantas que me da miedo mirar hacia delante. Puede significar un año perdido (otro), quizá sea un signo de pereza y, sobre todo, es una señal luminosa de peligro como la que se dibujaría en la mente de un ludópata rehabilitado cuando contempla un suntuoso casino.
[neón]
Levanto la vista pensativo esperando encontrar alguna respuesta en la pared moteada de gotelé, pero no veo más que salpicaduras caóticas que se asemejan a la malla de azar en que se asienta mi vida.
¬ ¡Mierda!
Entonces, tras pronunciar esta exclamación, escribo una tercera palabra entre las dos anteriores: Entrega, y me echo a temblar. Tengo que entregar un trabajo dentro de escasos días y voy muy mal de tiempo. Ahora es cuando recuero las horas de trabajo que me ha quitado el maldito conato de conjuntivitis y me lamento por mi mala suerte. Vuelven las jornadas maratonianas, regresan las noches en vela.
¬ Hagan juego señores. Yo apuesto por el insomnio.
¬ Y yo por el fracaso.
¿Fracaso? Sí. Algún sabio dijo que el que mucho abarca poco aprieta y lo que al principio parecían dos objetivos asequibles, ahora son dos piedras en el camino que, cuando menos, me dejarán magullado. Y todo porque el azar quiso arañar mi ojo con su garra envilecida.
No sé cómo acabará esto, pero de una cosa estoy seguro: ya puedo notar la respiración de Presión en mi cuello.
[sea lo que tenga que ser]

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Yo, me, mí, conmigo
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Agosto 11, 2004

La presencia ausente

Al principio su presencia era tan silenciosa que no se dejaba notar. Serpenteaba a sus anchas por sus entrañas y susurraba palabras gentiles cargadas de odio encubierto. Y cuando a ella le parecía escuchar algo, haber oído algún ruido sospechoso, él se sumergía en la oscuridad de su organismo. A veces dejándose llevar por el torrente sanguíneo, y otras nadando en contra de la corriente.
[navegante]
El tiempo pasaba y ella cada vez tenía menos fuerza. Apatía llegó con su bártulos y se instaló en la habitación contigua, añadiendo día a día un poco de peso a la carga que ella soportaba sobre sus hombros. Llegó un momento en que le parecía tener el mundo entero colgando de su cuello con una soga que, por más esfuerzos que hacía, no podía romper.
[sin retorno]
Los médicos no se ponían de acuerdo y, mientras estudiaban su caso, se entretenían jugando al ping-pong con ella, mandándola de un lado a otro, a otro hospital, a otro país. Ella siempre pensaba, con sarcasmo, que al menos no la habían mandado nunca al otro mundo.
[caminante no hay camino]
Y en la oscuridad donde sólo se escuchaban los latidos de su corazón, aquel intruso se iba haciendo más fuerte. Alimentándose de su vitalidad, chupando su humanidad hasta dejarla en una caricatura retorcida de lo que fue. Ella notaba como aquel maldito polizonte estaba destruyéndola, y ella se desmoronaba poco a poco, como un edificio que se desploma en cámara lenta ante la atenta mirada de miles de curiosos.
[caída libre]
¬ ... pero mientras tanto, amiga, me temo que eres parte de ese 1%.
Era el comentario que le había hecho uno de los numerosos médicos que la había tratado.
¬ Nadie invierte dinero en parar una enfermedad desconocida, no es rentable. Y nosotros sólo podemos esperar de brazos cruzados y dedicarnos a investigar lo que se nos dice que investiguemos. Lo máximo que podemos hacer es ponerle un nombre...
Un maldito nombre. Y, mientras los médicos discutían con otros médicos y los políticos almorzaban con otros políticos, y los empresarios pasaban sobres anónimos bajo mesas con faldones, ella se moría. Lenta pero inexorablemente.
[agonía]
Antes de que el intruso se colara en su vida nunca se había planteado cómo sería su propia muerte. Deseaba que, el día que se produjera, fuera de forma rápida y sin dolor. Pero alguien le había dado mal su dirección a la Muerte y ésta llevaba demasiado tiempo dando rodeos. Sabía que no llegaría en un día, ni en una semana y, quizá, ni en unos años. Hasta que un día se presentara ante ella ensayando una patética sonrisa.
[un esbozo]
Mientras tanto sus músculos se agarrotaban y su mente se sumía en delirios cada vez más prolongados. Ella caía postrada en una silla de ruedas mientras aquel extraño volaba libremente en sus entrañas, en su mente, en su vida.
Teletiendas, telepredicadores, telebasura, teletrabajo y televisión por satélite. Sí, la sociedad estaba obsesionada en que ella no se apartara del redil. Pero ella se sentía cada vez más hundida en sí misma, ocultándose en su propia sombra de las miradas inquisitivas del gran hermano. ¿Locura? No, quizá fuera una sobredosis de lucidez.
[curiosas contradicciones]

Conocía cada detalle, por insignificante que fuera, del techo de su habitación. Podría cerrar los ojos y dibujar, sin equivocarse, cada pizca de gotelé. Había tomado una decisión, la primera que recordaba en toda su vida (su memoria, ahora, tenía sólo un mes de capacidad). En su mano derecha sostenía un botecito transparente con un líquido que, según le habían prometido, haría que la muerte encontrara de una vez su calle en el plano, en un par de minutos. Cuando se disponía a quitarle el taponcito dé corcho a la botella (¿quién diablos ponía un taponcito de corcho en una botellita de veneno?) el teléfono comenzó a sonar. Se sobresaltó y levantó el auricular con las escasas fuerzas que le quedaban.
¬ ¿Hola? ¿Estás ahí?
¬ Por poco... —pronunció estas palabras tan bajo que para su interlocutor no fueron más que un suspiro.
¬ Te llamo para decirte que ya le hemos puesto nombre a tu enfermedad.
Hizo una pausa de suficiencia.
¬ La hemos llamado...
No quiso seguir escuchando a aquel estúpido médico. Intentó tirar el frasco contra la pared pero, sin fuerzas, lo más que consiguió fue que se le resbalara de sus dedos fríos como témpanos de hielo.
Y entonces comenzó a llorar.
[la muerte debería esperar]

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Realismo ficticio
by milio a las 11:43 PM | Comentarios (2) | Enlace Permanente

Agosto 08, 2004

Amores canallas

Quizá nunca sepas que todos los días veo tu cara en el sol. Alzo las manos hacia ti y abrazo el aire. Las moscas se cuelan entre mis brazos mientras el vacío se convierte en una caricatura de tu voz.
[y suspiro]
El viento que en las poesías carga palabras de amor golpea en mis oídos. Pero esos aires no traen más que promesas nunca pronunciadas y que, por su naturaleza de incumplidas, sisean como si se encontraran dentro de mil caracolas.
[y la cabeza me estalla]
Camino por la playa y el sol que ya no es tu cara lanza sus rayos despiadados contra mi espalda. En esta película no hay escenas románticas, los besos a pie de playa desaparecieron y al guionista se le olvidó escribir aquella escena bañada por la luz de la luna. Y yo, que te esperaba en la escena nocturna que nunca se rodó, acabo quemado como una croqueta olvidada en la sartén.
[y grito]
En el parque no cabe ni una flor más, los pájaros entonan canciones de Sinatra y algún perro se une con su voz de barítono. Un tendero vende algodón dulce con forma de corazón mientras un vagabundo trajeado vende poemas al peor postor. Mi mente trabaja a toda velocidad para crear un lugar que se ajuste a los cánones de lo romántico y tiene tanto éxito que los diabéticos no se pueden ni acercar. Te veo llegar por el otro lado de la calle, radiante. El director ralentiza la secuencia como en una película lacrimógena. Tu pelo se mueve grotescamente, como sacado de un anuncio de champú pasado a cámara lenta. Entonces dejas de mirar tus zapatos nuevos y tus ojos se pierden en la espesura del parque. En tus labios se dibuja un no y todo se acelera...
[cambio de escena]
... y las flores arden presa de la combustión espontánea, los pájaros se ahogan con su propia voz y respiran por última vez mientras caen como fardos desde los árboles. El perro deja de cantar e inicia una frenética persecución de su propio rabo, ladrando rabioso de frustración. El vagabundo se clava el lápiz en un ojo y quema sus poesías en una flor llameante rubricando su última metáfora. Y yo, pasmado en el mismo centro del parque, me hundo en unas arenas movedizas creadas por mi imaginación.
[y no respiro]
Y vuelven las moscas, las promesas que se lleva el mar en caracolas sin fondo y el sol que un día fue tu cara estalla en carcajadas.
[y yo me quemo]

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Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 11:38 PM | Comentarios (7) | Enlace Permanente

Agosto 03, 2004

Subterfugio en Barcelona

Realidad:

Llevaba planeando esta escapada a Barcelona desde hacía demasiado tiempo. Quizá por eso no me explicaba por qué tenía que dejarlo todo para el final, aunque esta vez no fuera por mi culpa.
[a priori]
Tenían que alinearse demasiados planetas para que se dieran las conjunciones necesarias que me llevarían a Barcelona el mismo lunes. Pero uno de esos planetas tenía un gran signo grabado en su vientre: . Al final acabé comprando el billete de avión el miércoles, un vuelo que saldría a las nueve de la mañana del día siguiente. Todo parecía ir sobre ruedas, algo que no dejaba de inquietarme. Algo anormal en una vida controlada por el caos.
El día antes estuve haciendo el equipaje hasta las cuatro de la madrugada. Padezco un síndrome que no tiene nombre pero que muchos sufrimos en silencio (cualquier parecido con la publicidad de una crema antihemorroides es pura coincidencia), que me obliga a permanecer en vela la noche anterior a un viaje, presa de un nerviosismo inexplicable. Y, para más inri, a este síndrome se le unía la inquietud porque todo fuera tal y como había planeado.
[inusual]
Al día siguiente (ése que en las películas llaman el día D) y a la hora indicada (la hora H) estaba en el aeropuerto, perdido entre carteles, correspondencias, terminales y facturaciones: era la primera vez que viajaba en avión. Pregunté al primer empleado que encontré por el camino y me ayudó a sacar mi billete (comprado en una agencia fulera por internet). Después de sacar el billete y cuando se disponía a desearme un buen viaje, recordó algo de improvisto y me preguntó:
¬ ¿Tienes el DNI caducado?
[horror]
Es en este momento cuando uno se maldice por no haber renovado el carné... en cuatro años.
¬ Pues... pues sí, está caducado.
¬ ¿Tienes pasaporte? ¿Carné de conducir?
¬ No, nada...
¬ Pues me temo que no te van a dejar entrar en el vuelo...
[pánico]
Caos, oculto tras una papelera, se reía a carcajadas. El solícito empleado buscaba en su mente una solución.
¬ Verás, es que este vuelo es por la terminal 1, que corresponde a vuelos internacionales. Por eso te van a pedir la documentación. Intentaré cambiarte a un vuelo de la terminal 2.
¬ Joder, si en la agencia me dijeron que era de la terminal 2.
El empleado empezó a mover los hilos y a hacer llamadas mientras yo entonaba cánticos a alguna deidad pagana. Finalmente me miró, satisfecho con su eficiencia, y me dijo:
¬ Bien, te lo cambiamos. Vete a la ventanilla de ventas y cuéntales tu caso.
En ese momento pensé que me había salvado, como siempre, por los pelos. En el último momento el azar había cambiado la cara del dado que se tambaleaba sobre la mesa.
[o eso pensaba]
Llegué a la ventanilla de ventas y me coloqué religiosamente en la cola. La taquillera me miraba desde su búnker con los ojos entornados, en posición de defensa. Le expliqué mi caso mientras le suplicaba con los ojos. Ella se mantuvo impasible y me escupió:
¬ Tiene que abonar la diferencia, que son noventa euros.
¬ Pero si su compañero me dijo que no tenía que abonar nada... Además, el billete me ha costado setenta euros, ¿cómo voy a pagar noventa más?
¬ Es lo que hay. ¡Siguiente!
Me debatía entre la rabia y el desconcierto. Llamé a la agencia pero no habían abierto las oficinas, y la voz enlatada del contestador no parecía ofrecerme muchas soluciones. Quedaba menos de una hora para que saliera el siguiente vuelo y mis nervios ya estaban a flor de piel. Entonces salió en mi ayuda la picaresca que algunos llaman española pero que supongo que tendrán en otros países: iría directamente a la ventanilla de facturación. Allí me recibió una mujer con una sonrisa radiante. Realmente habría sido fácil perderme en sus ojos... o en su escote, pero no tenía tiempo. Le conté mi caso y ella me dedicó una carcajada sincera cuando le enseñé mi DNI caducado desde hace cuatro años.
¬ ¡Si no pareces ni tú! —me regaló una sonrisa y dos pestañeos.
¬ Bueno, es que no he tenido tiempo de renovarlo... —yo le regalé una sonrisa de sincera estupidez.
¬ Bueno, no te preocupes que te lo cambio.
Cogí mi billete y, mientras me alejaba, llegó a mis oídos la voz de la azafata contándole la anécdota del chico con el DNI caducado desde hace cuatro años a otra clienta. Me alejé sabiendo que aquella mujer tendría una anécdota que contar a sus amigos.
Por fin iba a volar por primera vez...

Un lugar secundario en mi mente:

Una luz mortecina se filtraba por las oquedades practicadas en la roca, que no eran más que toscas ventanas. En el interior de aquella estancia imposible un enano de jardín trabajaba sin descanso. Manipulando, con dedos expertos, una máquina ruidosa. En la puerta, un cartel se mecía con un viento irreal, sujeto por uno de sus clavos. El otro llevaba roto una eternidad. En el rótulo se podía leer: "Registro de las primeras veces".
Siempre llegaba información a aquella parte de la máquina grabadora de mi memoria, pero normalmente era trivial: "el primer helado de coco que prueba", "la primera vez que escucha tal canción"... Pero aquel día llegaba un encargo importante: "la primera vez que monta en avión". El enano de jardín (sólo una mente tan desviada como la mía podía poner a semejante personaje al cargo de una parte de su memoria). Este operario era el que se encargaba de suprimir las partes menos cinematográficas de la historia y convertir el suceso en un gran recuerdo.
¬ Vaya, vaya. ¿Qué debería suprimir? Hmm, quitaremos el incidente del DNI caducado. ¿Sería muy ambicioso insertar el recuerdo de una clase bisnes? No, no es buena idea, este infeliz sólo sabe lo que es la clase turista.
El enano, harto del silencio, se había acostumbrado a hablar consigo mismo.
[y con las paredes]
¬ Omitiremos el detalle de que se ha mareado en el despegue y pondremos en su lugar un subidón de adrenalina.
Hablaba mientras sostenía un cigarrillo en los labios, lo que le confería un extraño acento tejano. Iba cortando trozos de la película y añadiendo otros, sin importarle de que pareciera una película montada por un niño de dos años.
¬ Y, como nota final, cambiaremos al sobrio ejecutivo que iba a su lado por una mujer neumática que no paraba de mirarlo.

De vuelta a la realidad:

El plan de ruta estaba más o menos establecido y, como todos sabemos, es la única condición necesaria y suficiente para que no se cumpla. El primer día fuimos a Port Aventura pero llegamos a las cuatro de la tarde tras una serie de contratiempos que casi nos llevan a Tarrasa y que nos dejaron colgados en Tarragona. Esos benditos contratiempos que son la salsa de la vida.
Yo me iba a alojar en casa de un amigo, un bonito apartamento en Castelldefels, a pie de playa. Quizá fue por esto por lo que al final no he visto apenas Barcelona. Eso quizá fue lo único malo del viaje, pues llevo mucho tiempo queriendo conocer a fondo la ciudad de Barcelona, supongo que tendré que dejarlo para la próxima vez. Sólo estuve un par de veces en la ciudad, y una de ella fue de paso. Y la otra fue una noche que también estaba planificada desde hacía mucho: una visita al Razzmatazz. Allí fue donde mi mente trastornada inventó una palabra que aún me causa carcajadas tontas: waterparties (aguafiestas).
Si ya de por sí el fin de semana prometía, una amiga que estaba también en Barcelona se vino el fin de semana con nosotros, lo que nos acercó un poco más a la perfección, si cabe. Ir a la playa, quedarse horas hablando tirado en un colchón con vistas al mar, beberse una copa en la playa y aprender un poco más de las mujeres.
[la dolce vita]
Como no podía faltar nadie en el baile, Caos seguía agazapado entre las sombras. E hizo de trabajo con tanta eficiencia que no pude volverme en avión (por dejarlo todo para el final) y tuve que coger el tren. Incluso hizo que se averiara la máquina del tren y que estuviera parado el tiempo justo para que no nos devolvieran una cuarta parte del billete.
[un trabajo impecable]
Y en el viaje me vuelta tuve todo el tiempo del mundo para mirar por la ventanilla y recordar mi primer viaje en avión, sin marearme y con aquella rubia neumática de compañera.

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Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 11:21 PM | Comentarios (7) | Enlace Permanente