Septiembre 27, 2004

Prisas

Mientras el Fórum daba sus últimos coletazos mediáticos yo buceaba entre montañas de papel. Folios que contenían cuentas y borrones a partes iguales. El toro que dicen que te pilla cuando lo dejas todo para el final estaba sentado al otro lado de la mesa, haciendo un solitario con mis apuntes (míos retóricamente, eran fotocopias). El transistor susurraba con voz ronca, manteniéndose en un segundo plano. Las palabras revoloteaban por la habitación sin llegar a formar frases, ronroneando como un gato enjaulado. Faltaban unas pocas horas para aquel fatídico examen y los conocimientos seguían resistiendo en su barricada. Una y otra vez embestía contra aquellas malditas hojas, agazapado en una esquina del papel para coger a aquel maldito teorema o a aquella maldita demostración por sorpresa. Pero resistían. Y mi cerebro no tenía hambre, estaba sentado con la espalda apoyada en el hueso occipital, rascándose la barriga con aire somnoliento.
[saturado]
Mi mente comenzó a volar por un mundo sin sentido, preguntándose cuál sería el caudal de información que es capaz de asimilar un cerebro en una noche, por qué el humo del cigarro creaba aquellas formas tan caóticas o qué provocaba que el agua al irse por el desagüe girara en un sentido o en otro. Sin ser consciente de ello ya había adoptado la posición de desvarío: mirada perdida en el infinito, puño izquierdo en la barbilla y bolígrafo golpeando rítmicamente el cristal de la mesa. Sentido Común me gritó al oído que todo aquello no era importante y que lo que tenía que hacer era estudiar un poco más. Acostumbrado a no hacerle caso casi no le presté atención, pero aún así me sacó de mis cavilaciones. El reloj marcaba las seis y media de la madrugada, el tiempo había pasado volando.
[relativo]
La universidad estaba aún desierta cuando llegué. El tiempo, tan loco como siempre, nos azotaba con un frío seco que luego cambiaría por un calor sofocante. Los que teníamos que presentarnos a aquella prueba nos íbamos congregando en la puerta del aula, después de pasar por la cafetería a por un café-laxante. Algunos engullían frenéticos sus apuntes, otros cambiaban opiniones sobre la materia del examen, intentando hacer un análisis previo de sus conocimientos. Yo apuraba un cigarro apoyado en la pared, deseando que aquello se acabara pronto. A ser posible antes de que todos los datos que llevaba prendidos con alfileres se desprendieran y dejaran mi mente en blanco.
[su estado natural]
Los profesores entraron en el aula y nosotros los seguimos como los prisioneros que acompañan a sus verdugos. Cerrando la comitiva entró Fracaso, dispuesto a hacer su agosto. Iba vestido con ropas harapientas, ocultando su mirada tras unas gafas de sol que habían perdido un cristal. Parecía un payaso sin maquillar. Luego, una vez el examen hubo empezado, le vi revolotear por el aula, tocando suavemente a aquellos que escribían menos y alejándose despavorido de los que aparentaban seguridad. Pasó un par de veces por mi lado pero no de detuvo, quizá porque yo no necesitaba nadie que me gafara para suspender por méritos propios.
El bolígrafo parecía pesar una tonelada y los folios estar hechos con papel de lija. Las ideas no fluían y yo me maldecía por haber pasado la noche sin dormir, aunque ya fuera demasiado tarde. No hay nada peor que ver que un examen es asequible que no sabes si aprobarás.
Después de pelearme durante una hora con un ejercicio y dar con una solución cuando ya lo daba por perdido, decido entregar el examen. Me acerco a la profesora (supongo que es ella, pues no la conozco).
¬ ¿Tengo que entregarle la ficha? Es que no he venido a clase y no se la entregué en su día.
Es un farol, no tengo ni fichas ni fotos para pegarlas...
¬ No te preocupes, pero enséñame el carnet de la facultad que no te conozco.
Algo normal cuando no me ha visto en su vida.
¬ Bueno, yo a usted tampoco.
Me maldigo por haber hecho un comentario tan estúpido, acompañado de una sonrisa de circunstancias (igualmente estúpida).
¬ Si quieres te enseño también mi carnet.
Y se ríe. Y en ese momento no sé si está riendo de mí o conmigo, lo que me hace parecer más estúpido aún. Decido dar por terminado el espectáculo del circo de los horrores.
¬ No hace falta.
Y salgo del aula haciendo balance del examen. Mi parte optimista dice que tengo posibilidades de aprobar y la pesimista... a la pesimista prefiero no escucharla.
[ahora queda esperar]

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Yo, me, mí, conmigo
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Septiembre 21, 2004

Página en blanco

Abrió los ojos y supo al instante que no recordaba nada del día anterior. Podría haber nacido ese mismo día y tendría los mismos recuerdos que en ese momento. La única certeza que había en su vida eran esas pérdidas de memoria, era lo único que podía recordar.
Harto de vivir en un universo donde el pasado caducaba a las veinticuatro horas, un día decidió que lo anotaría todo en un cuaderno. Narraría lo que recordara de cada jornada en papel cuadriculado, con la esperanza de que ese orden cuadriculado que gobernaba el papel se le contagiara de algún modo. Aquel cuaderno contenía los últimos cinco meses de su vida, sin comienzo, nudo o final. Una serie de folios de contenido inconexo que pretendían servir de recordatorio.
Se incorporó lentamente y se sobresaltó al escuchar el sonido de una respiración pausada y casi inaudible: alguien dormía en la misma cama. Las sábanas ejercían de censores ante aquel desnudo integral, sugiriendo más de lo que mostraban. Necesitaba saber quién era esa mujer que compartía su lecho y que, obviamente, no había venido sólo para dormir.
[¿o sí?]
Maldijo aquella amnesia que cada día acudía, puntual, al borrado de su memoria. Extrajo el cuaderno de un cajón con movimientos lentos, temiendo despertar a su improvisada compañera. Cuando comenzó a escribir aquel particular diario se dio cuenta de que la mayoría de los días no era capaz de recordar que debía apuntar sus vivencias, así que había llenado la casa de notitas con todo aquello que quería recordar, incluyendo la ubicación del cuaderno y su cometido, como había leído en un libro.
[cuyo nombre era incapaz de recordar]
Comparó la fecha que marcaba el despertador digital con la que había escrita en el último apunte de su cuaderno. Entonces miró a la mujer que dormía plácidamente y supo por qué el día anterior no había anotado nada. Quizá cuando él quiso escribir ella le susurró al oído que ya habría tiempo más tarde. Quizá le besó y entonces el torbellino se tragó su voluntad, la aplastó como un elefante a un mosquito: quizá sin querer. Cabía la posibilidad de que no hubiera escrito nada porque no se le hubiera ocurrido una explicación convincente para interrumpir una noche íntima por un miserable cuaderno. ¿Y si ella lo había leído?
Entonces todas esas ideas se mezclaron en su cabeza y de ellas surgió una conclusión, no muy halagüeña: había perdido un día de su vida. Alguien le dijo una vez que somos lo que recordamos. Probablemente había sido su padre, como pasa en las películas, o aquel abuelo arquetípico que siempre contaba batallitas en la hora de la siesta. Habría sido alguna de esas personas desconocidas que protagonizaban las fotos dispersas por toda la casa. Aunque él no fuera capaz de recordarlo, siempre que alguien le preguntaba "quién era aquella chica tan delgada que sonreía a la cámara" o "quién era aquel anciano entrañable que posaba con un enfado monumental", él se inventaba una respuesta. Unas veces eran parientes lejanos que lucharon en alguna guerra olvidada, otras veces eran modelos posando para un fotógrafo costumbrista. Y siempre reía por dentro de aquella ocurrencia suya que para él era totalmente nueva, aunque no supiera que la repetía cada vez que tenía la ocasión.
[reinventarse cada día]
Así pues, si somos lo que recordamos, él había perdido un día de su vida. Mejor dicho, aquel día nunca había existido. No intentaría recordar cómo sedujo a aquella mujer, si cenaron en un restaurante o si acabaron en un bar de copas intercambiando saliva al ritmo de la música de algún cantante prefabricado. ¿Qué le habría contado sobre su pasado? Había leído en sus apuntes todas aquellas historias que había inventado sobre su pasado. A veces lacrimógenas, otras épicas. Siempre algo que no fuera la verdad.
Tenía la sensación de estar viviendo una ficción continua, de ser el personaje que todo escritor habría querido para su novela, un individuo que puede reinventarse cada día, sin importar que así diera al traste con todo el argumento del libro. Un personaje comodín.
En la calle llovía copiosamente. Se acercó a la ventana y leyó la nota que había pegada junto al marco con las fechas de las estaciones. Era un día de otoño, no era extraño que lloviese, aunque el verano se hubiera marchado hacía apenas unos días. Un niño cruzaba sin mirar la calle y estuvo a punto de ser atropellado por un coche que, bajo la intensa lluvia, parecía un delfín bajo las olas, un Moisés moderno separando las aguas de un mar que casi era negro.
¬ ¿Moisés? ¿Quién diablos era Moisés? Quizá algún cantante de esa música que en el canal de vídeos musicales llamaban rap.
Desde la cama llegó un pequeño quejido. La figura menuda de aquella mujer se revolvía entre las sábanas y, de entre su pelo largo, surgieron dos ojos negros que le miraron fijamente.
¬ Buenos días... Ufff, qué resaca. Maldito alcohol, la noche de ayer es ahora una gran laguna etílica.
Él la miró enigmático.
¬ A mí me ha borrado toda mi vida, hasta esta mañana.
Ella rió con ganas.
¬ ¡Qué cosas tienes! Tengo que irme a trabajar, ¿me llamarás mañana?
¬ Descuida.
Ella no dijo nada más y se limitó a vestirse, exhibiendo unas curvas que le dejaron sin respiración. Para él era la primera vez que las veía y, sin embargo, llevaba meses disfrutando de aquellos despertares. La acompañó a la puerta y tras un beso breve de despedida ella se giró una última vez.
¬ Y si no me llamas te llamaré yo, que ya no me creo ese juego tuyo de hacerte el duro y no llamarme.
Le guiñó el ojo y se fue, sin saber que la noche siguiente el vería en ella una persona totalmente nueva y desconocida, un nuevo misterio que resolver.
[una página en blanco]

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Realismo ficticio
by milio a las 11:46 PM | Comentarios (6) | Enlace Permanente

Septiembre 13, 2004

Adicciones numéricas

Los blogueros (o webloggers, como dicen los anglosajones) padecemos una obsesión crónica por los números. Algunos lo disimulamos muy bien y otros lo dicen claramente.
Llegué a lo que llaman la blogosfera más por azar que por otra cosa y, cuando vi las posibilidades que tenía una bitácora, supe que era lo que llevaba mucho tiempo buscando. Fueron estos bits los que sustituyeron a mi viejo diario. Un diario que actualizaba una vez al mes y que guardaba con recelo en un diskette verde fluorescente, en una pequeña caja metálica que siempre tenía la llave puesta, como una señal de que ahí dentro no podía haber nada importante si cualquiera podía abrirla y mirar dentro.
[lógica inservible]
Empecé con Blogger y el espacio que, previo pago de mi línea ADSL, me regalaba Wanadoo. Un espacio que se asemejaba más a un agujero negro. A los pocos días puse mi primer contador de visitas, y fue entonces cuando comenzó la maldición. Ese número me provocaba más curiosidad de la que hubiera imaginado.
Empezó marcando doce visitas diarias (las que hacía yo y algún internauta que daba con mi territorio por equivocación) y fue subiendo poco a poco. Como aún no tenía un sistema de comentarios me inclinaba a pensar que todas esas visitas eran fruto del azar, destinos de un viaje que comenzaba por una pregunta al todopoderoso google y que terminaba con una respuesta que nada tenía que ver con lo que se buscó: mi web.
Después llegaron los comentarios y, más tarde, el siguiente paso hacia el elitismo: mi dominio y Movable Type. Te paras a pensar y te das cuenta de que no empezaste todo esto sólo porque quisieras escribir lo que se te pasaba por la cabeza, para tener un sitio donde volcarlo todo y poder consultarlo desde cualquier parte del mundo. No, porque entonces habrías seguido usando un diario. Lo hacías porque querías que otros leyeran tus divagaciones y, de vez en cuando, te dejaran un comentario. Y no fue ni un dominio ni Movable Type, ni siquiera una plantilla nueva los que te lo dijeron, fue el contador. Porque cada uno de esos números era una persona que llegaba a tu blog y que, quizá, repetía.
[o no volvía jamás]
Recuerdo que, hace aproximadamente un año y medio, bitacoras.net tenía un sistema de votaciones entre los blogs inscritos en su directorio, un top 10. Un día apareció mi web entre aquellos elegidos y, para mi sorpresa, fue subiendo. Sospecho que aquellos que me votaban lo hacían varias veces, sumado a mi voto diario que cada mañana depositaba religiosamente en la urna digital (decir lo contrario sería pura hipocresía). Si ya no tenía suficiente con el contador, ahora era esclavo de otro contador más. Pasé unos meses mirando a diario aquel maldito ranking, sonriendo si llegaba al primer puesto y lanzando maldiciones si salía del fatídico top 10. Hasta que lo quitaron...
[afortunadamente]
Era una época en la que leía muchas bitácoras, en la que dedicaba dos horas diarias a recorrer mis enlaces y dejar comentarios en todos y cada uno de los blogs. No eran comentarios-saludos-para-que-visites-mi-blog, sino pequeñas reflexiones sobre lo que había leído. En aquellos días tenía más ratos libres... Entonces dejé de tener tanto tiempo y tuve que conformarme con mantener (o medio mantener) mi weblog. La adicción al contador tuvo un período residual y, al poco tiempo, desapareció. Ya no tenía por qué comprobar cada día el número de visitas para ver si habían subido o bajado, no tenía que mirar diariamente mi posición en tal o cuál ranking, ya no me importaba.
Lo que sí que me chocó fue comprobar, como venía sospechando, que la blogosfera no es más que un reflejo reducido del mundo real. Un mundo donde también se pierde el contacto, donde nadie da nada gratuitamente. Me di cuenta de que cuando dejé de comentar en los weblogs que me encontraba por el camino, los comentarios en el mío bajaron drásticamente. Al principio me sorprendió y me pareció, incluso, una muestra de hipocresía. Pero luego pensé que si yo perdiera el contacto con mis amigos, si desapareciera, pasado un tiempo ellos terminarían por hacer lo mismo y desaparecerían. Así que lo asumí como algo normal.
[an eye for an eye]
Y ahora a l@s chic@s de bitácoras.com se les ha ocurrido implementar un Top500 de las bitácoras más populares en español. Una idea genial y que lleva mucha trabajo pero que, como todos los rankings, me parece elitista. Es cierto que el método para asignar la posición en el ranking es totalmente objetivo (el número de enlaces entrantes), pero también es verdad que la propia existencia de la lista será la que termine por corromperla. Los weblogs que aparezcan en las primeras posiciones serán visitados por gente que no los conocía y los enlazarán en sus propios sitios (aumentando así el ranking de dichas webs). Y no dudo al decir que las enlazarán porque una web que tiene tantos enlaces tiene que ser muy interesante. Aquí no se produce el caso de los contadores de visitas con obesidad mórbida (cebados hasta la saciedad por sus propios dueños o gracias a palabras de búsqueda muy comunes en los buscadores), en este caso cada enlace es un lector habitual.
[asiduo]
Sin embargo no ocurrirá lo mismo con los las bitácoras que se encuentren más abajo y que, quizá, no tengan nada que envidiar en cuanto a contenidos a las primeras de la lista.
Mi curiosidad me ha vencido y he acabado buscándome en el ranking, y sorprendiéndome. Pensé sinceramente que no aparecería, que mi desconexión unilateral de la blogosfera me había llevado al espacio neutral de los anónimos, en ningún momento imaginé que podría estar en el puesto ciento diecinueve.
Es ahora cuando una voz me susurra al oído:
¬ ¿Subirás?
Y sé que esa voz sibilina es del fantasma de los números, que me quiere atrapar en sus redes.
[¿subiré?]

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MetaCartas
by milio a las 09:32 PM | Comentarios (13) | Enlace Permanente

Septiembre 12, 2004

Mar Adentro

El viernes, después de una semana extraña que parecía no querer acabar, había planeado ir al cine con unos amigos. Había perdido el metro anterior y tendría que hacer malabarismos para llegar antes de que empezara la película. En el andén, libraba una lucha a vida o muerte con el discman, intentando desenredar los cables que, por momentos, parecían los tentáculos de una bestia marina que pugnaban por asfixiarme. Inmerso en mi ridícula escena heroica no percibí un movimiento a escasos metros por mi visión periférica, por eso el sonido de una voz patosa casi me hace dar un brinco.
¬ Me gustaría ser tu amigo.
La voz de aquel pobre borracho se dirigía a una chica neumática que intentaba ignorar su presencia como lo habría hecho con un insignificante mosquito, ni siquiera se dignó a apartarlo de un manotazo. Entonces el mosquito centró su atención en mí y se acercó con pasos zigzageantes, dejando tras de sí el mismo rastro que dejaría una serpiente.
¬ Me gustaría ser tu amigo.
El dulce olor de un tipo de alcohol que no supe especificar casi me hizo tambalearme. Me tomé mi tiempo mientras simulaba apagar el discman (que no había conseguido encender) e intentaba librarme de la presa de los cascos.
¬ Me llamo José, y soy de Ecuador.
Evalué la situación y llegué a la conclusión de que lo mejor sería seguirle el juego a aquel pobre borracho. Detesto a los borrachos excepto cuando yo mismo lo estoy, y aquel chico había bebido por él y por todos sus compañeros (y por mí el primero).
¬ Yo soy Emilio.
Me tiende su mano como el que sostiene un filete y se la estrecho con fuerza. Él me mira con ojos vidriosos.
¬ Yo es que quiero ser español de pura cepa. De verdad.
Se me ocurren mil respuestas, pero opto por el camino de la metafísica, ya que los locos y los borrachos son lo más parecido a un visionario.
¬ Cada uno es de donde elije ser. Si quieres sentirte español, adelante. Prefiero pensar que todos somos ciudadanos del mundo y que no importa dónde hayamos nacido, sino donde estamos.
Le dirijo una mirada al discman esperando que me llame pedante pero, en su naturaleza de objeto inanimado, se conforma con enroscar sus tentáculos en mi cuello.
[y presionar]
¬ Ya, pero yo quiero ser español, español.
Quizá no me haya escuchado o, simplemente, no quiera escucharme. Pienso en venderle la idea de que el papel que él desea no es más que eso: un papel. Y recuerdo las caras de los inmigrantes que mueren en el mar cada día, que vienen buscando un papel y se hunden en aguas traicioneras. Las voces de los emigrantes españoles que hace décadas tuvieron que irse con lo puesto y que tuvieron que trabajar en lo que otros no querían, obedecer órdenes pronunciadas en idiomas guturales y, para ellos, ininteligibles. Y el reflejo en el espejo del desarrollo de esos mismos emigrantes que, en su imagen especular, son los inmigrantes que vienen aquí a trabajar en lo que nosotros no queremos. Y sé que no puedo venderle un sueño, por mucho alcohol que lleve en sangre.
¬ Yo en Ecuador era algo, yo tenía reconocimiento. Y aquí no soy nada. Quiero ser el más español de todos, quiero que me reconozcan.
Nos llega el silbido del tren desde la oscuridad de los túneles. Un silbido que parece despertar a José de sus divagaciones etílicas. Por un momento desaparecen las cortinas de sus ojos.
¬ Bueno, ya hablaremos en otro momento. Adiós.
¬ Adiós, encantado.
Giro sobre mis talones y avanzo por el andén. El discman se rinde al fin y consigo encenderlo mientras me pregunto si el encantado que pronuncié es como ese perdón que se pide sin que a uno le importe que le perdonen, esa disculpa automática que nos sale cuando pisamos a alguien.
Llego al cine casi echando el estómago por la boca, después de subir corriendo los cinco tramos de escaleras mecánicas de la estación, y entramos justo a tiempo para que el acomodador nos haga la photo finish mientras con la mano libre mutila nuestras entradas.
[acrobacias]
En la sala nos esperaba Mar Adentro, una película que prometía sonrisas y lágrimas, una película que me encantó. Me hizo recordar aquellas imágenes de Ramón Sampedro pidiendo una muerte digna, clamando por su derecho a la eutanasia. Recuero que, durante un tiempo, todo el mundo hablaba de ello, en todos los telediarios había algún apunte sobre el tema. Hasta que un día, como pasó con la guerra de Irak, con las armas de destrucción masiva y con el último romance de una famosa septuagenaria, se dejó de hablar de aquello.
[cortinas de acero]
Después de haber contenido las lágrimas (a excepción de algún torrente furtivo que se me escapó), la película se acabó. Nadie se movió de su asiento, todos permanecimos mirando los créditos, recuperándonos poco a poco. Y cuando las letras de Mar Adentro bajaron como un telón sobre fondo negro, me acordé de José y pensé que sus problemas empezaron mar adentro, al otro lado de un mar venido a más y que llamamos océano.


Aquí puedes leer el testamento de Ramón Sampedro.
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Miradas de cine
by milio a las 11:59 PM | Comentarios (5) | Enlace Permanente

Septiembre 05, 2004

Regresión

Llovía a mares. Esta idea hizo que se le escapara una risita nerviosa porque nunca había visto el mar y, sin embargo, se atrevía a postular que llovía a mares. La delgada línea que delimitaba la frontera entre la cordura y la sinrazón estaba más difuminada que nunca en aquellos momentos. Los cambios repentinos que el mismísimo azar había introducido en su vida hacían peligrar su estabilidad emocional.
[y mental]
El coche se deslizaba suavemente por la autopista, desplegando dos pequeñas olas como insignificantes simulacros del paso del mar rojo.
¬ Religión, esa gran mentira.
Por su cabeza pasaba la educación en un colegio de monjas y el recuerdo que tenía de éstas. Una monja no te pega con su cinturón, pero tiene métodos más sutiles para atemorizarte. Aún recordaba aquellas hileras interminables donde los niños se mantenían más rígidos que un pilar de granito mientras entonaban los rezos de cada mañana. Ya podía nevar o caer el mismísimo diluvio universal, que aquella rígida costumbre jamás se quebrantaría. Las monjas, algunas con su hábito de temporada y otras con su vestimenta de siempre (aquellas que nunca cambiaban el color de su hábito aunque tuvieran que viajar al centro del Sáhara) observaban hasta el más mínimo detalle como sargentos con mano de hierro harían con sus tropas en formación.
¬ Las legiones de Dios.
Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no escuchaba su propia voz. Recordó el día en que se fue para no volver de aquel colegio-para-niños-conflictivos, las caras de los que, como él, se iban para siempre. Aquel puzle de expresiones que no cambiarían a lo largo de los años, acaso envejecerían. El niño lobotomizado y convertido en misionero por obra y gracia de Dios, la niña a la que habían lavado el cerebro y sería, cien años depués, firme candidata a la santidad. Y él, reflejado en el espejo de niños que pensaban como él, sabiéndose libre de una prisión, condenado a una pena sin haber cometido ningún delito.
[por obra u omisión]
Y esperar encontrarse en casa con unos brazos abiertos y una sonrisa para, en lugar de eso, ver rostros de preocupación. Podía leer en los ojos de su madre el resultado de las cábalas para deshacerse de él. Mantenerle alejado hasta que la ley permitiera que se deshicieran de él. Esos ojos hacían que siempre se sintiera diferente del resto de sus hermanos, que le inyectaban ríos de lodo en su torrente sanguíneo, disfrazados de falsa piedad.
[camuflajes]
Su memoria viajó hasta llegar a aquella tarde en la que buscaba frenético un papelillo que no sabía, ni remotamente, qué aspecto tendría. Algo que acreditara que realmente estaba vivo y que no era más que un borrón que la historia no había podido eliminar del todo. Y lo encontró, pero no esperaba dar con aquello. Un certificado de adopción escondido en el fondo de un cajón olvidado. Escapó de aquella estancia que le escupía el olor acre y dulzón de la heroína. Su padre, cuyo cuerpo descansaba en el sofá mientras su mente se encontraba de viaje. En algún mundo creado gracias a una cuchara, su mechero y una jeringuilla, con la aparición estelar de aquel maldito condimento. Su padre, que ni siquiera pudo ver como su hijo desaparecía por la puerta para no volver.
[ausente]
Aquella interminable recta invitaba a la regresión. Las gotas de agua que morían en el techo del coche expiraban una letanía monótona que atraía a la somnolencia de la que tanto hablan en los anuncios de medicamentos. Y era esa misma lluvia la que empapaba la cara de aquella anciana que intentaba achicar el agua de su rincón con una taza mutilada. Con la templanza del que no tiene nada que perder, sabiendo que aquellos cartones mojados no ahuyentarían el frío de aquella noche de noviembre. Ella era la única vagabunda que se había establecido su modesta casa ambulante en la puerta del cementerio.
Hacía tan sólo una hora que él mismo entraba por aquellas místicas puertas para visitar la tumba del que no fue su padre, de aquel hombre que ni siquiera lo intentó. No sabía que le había llevado hasta allí, quizá había ido para despedirse de él como no lo hizo la última vez que se fue.
¬ ¿Qué lleva a un yonki acabado a adoptar un hijo? ¿Alguna subvención para comprar drogas?
Nadie podía contestar a aquella pregunta y menos su padre que, de seguir vivo, no lo recordaría. Como cantaba Lennon: "The answer, my friend, is blowing in the wind". Pero aquella tarde de noviembre no había viento, sólo una agradable lluvia casi vertical.
Salió del camposanto tan vacío como había entrado, y tiró, por inercia, una moneda al plato de aquella indigente.
¬ Que Dios le bendiga.
Y entonces vio en aquellos ojos la misma expresión que su madre, antaño, había disfrazado de compasión. Y supo que ese rostro envejecido era el suyo.
¬ Me maldijo hace años.

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Realismo ficticio
by milio a las 11:27 PM | Comentarios (3) | Enlace Permanente