Diciembre 31, 2004
2k4+1
Siempre que se acaba un año siento la tremenda tentación de hacer balance. Cuentas estúpidas que no sirven para nada, y cuyo resto siempre es un saco de promesas vacías. Declaraciones de intenciones que servirán para alimentar el brasero en los días fríos de principios de enero. Así que este año he prometido no mirar atrás, tampoco pensaré en lo que está por venir. No, esta vez voy a dejar que las cosas ocurran, me limitaré a ser un mero espectador de mi propia vida, ajustando un poco los engranajes cada día. No quiero hacer planes que, el año que viene, no sean más que un número rojo en el balance.
[deudas existenciales]
Quiero pasar página y quemar el calendario que, durante estos doce meses, no ha martirizado. Un calendario que aún sigue en la página de septiembre, cuando decidí que lo mejor sería que los meses siguientes no existieran.
No repetiré otra vez que odio las navidades, un odio visceral que no tiene explicación. Muchos detalles que, apilados, conforman la gran torre de babel del consumismo.
No, hoy no es un día de lamentos, prefiero sonreírle al nuevo año y esperar que todo lo que me traiga sea bueno.
Dijo un sabio que para no decir nada es mejor callarse. Así que me aplico el cuento.
Feliz Año Nuevo.
[a tod@s]
Citas anuales
Diciembre 26, 2004
In extremis
Como los planes que se preparan con antelación salen siempre mal, aquello no me cogió por sorpresa. Tres amigos tomando unas pintas en un pub irlandés, tres de los tantos que íbamos a ser. Todos los planes alternativos flotaban a la deriva en un mar de alcohol y promesas rotas.
Así que, sin pensarlo, me encontré diciendo:
¬ ¿Y si nos vamos a Alcorcón con unas amigas?
Uno de mis amigos me miró con esos ojos que dicen: "antes muerto".
¬ Yo estoy griposo y no sé... ¡Alcorcón!.
Este chico no sabía que unas horas después estaría bailando casi desnudo entre los cuerpos neumáticos de tres gogós.
[caminos inciertos]
El tercero en discordia no se oponía a la idea, así que no tardamos mucho en encaminarnos hacia tierras lejanas.
Esa ola de frío polar se colaba entre la ropa como queriendo insinuar que ese no era el mejor lugar, que lo más sensato era irse a casa. Hasta el viento lo decía mientras pinchaba con miles de alfileres. Pasamos media hora esperando en una parada de metro que se parecía mucho a una construcción alienígena. Después de las tonterías de rigor a este propósito vimos cómo llegaban a recogernos.
¬ ¡Tío, cómo vienes en chandal!
[parpadeo]
Me miro los pantalones, a ella y, nuevamente, a los pantalones.
¬ No es un chandal.
Hace tiempo que decidí ponerme la ropa que me apeteciera en cada momento e ignorar completamente a los porteros de las discotecas. Si en un bar no me dejan entrar es que ese bar no se merece que yo entre en él. Y así voy incluyendo lugares en mi lista negra. Revisé mentalmente mi indumentaria: sudadera negra, camiseta con una bandera de Inglaterra (un regalo traído desde la Gran Bretaña), pantalones vaqueros anchos de color negro y unas bonitas zapatillas. Y lo aprobé.
[pestañeo]
Mientras yo me dedicaba a divagar sobre mi ropa, una de mis amigas había aprovechado para tocar el pantalón y asegurarse de que no era un chandal como ella pensaba.
¬ Pues mira, si no es un chandal.
[perplejidad]
Esta frase podría haber sido un comentario aislado, podría haber pasado totalmente desapercibida, pero no fue así. Un par de horas después el portero de una discoteca hacía el mismo comentario:
¬ Con chandal no se puede entrar.
Mi ego:
¬ No es un puto chandal.
Yo:
¬ Hmmm... -mirando hacia los pantalones.
Entonces el portero tocó los pantalones y una luz en lo más profundo de su cerebro (fruto, sin duda, del instinto de supervivencia) se encendió:
¬ Anda, pues no es un chandal. Pasa.
Y yo entré con una sonrisa totalmente falsa y con cara de imbécil, que es la única que sé poner en estas circunstancias...
Pero dentro me esperaba lo peor...
En un momento de la noche, quizá después de beber aquel whisky de procedencia dudosa, salieron unas gogós a bailar y dos amigas propusieron que nos acercáramos. ¿Qué falló entonces en mi cerebro para descubrir que ahí había gato encerrado? ¿Por qué dos mujeres heterosexuales querrían ver de cerca como tres cuerpos neumáticos se contoneaban? Evidentemente tenían algo planeado, algo que a mi cerebro le costaba descubrir. Fuimos apartando a la gente hasta que nos situamos a dos metros del escenario y yo, entre tanta curva, casi me mareo. Al acabar la canción una de ellas dijo:
¬ Bueno, necesitamos un par de chicos que suban aquí.
Y en ese momento saltaron los resortes, la mecha había sido encendida y yo no podía apagarla. Mis dos amigas empezaron a gritar como posesas mientras me señalaban.
¬ ¡A él, a él!
Por tu cabeza pasan todas las alternativas posibles, y ves claramente cómo todas acaban en ridículo. El corazón latía más fuerte mientras aquella morena neumática se acercaba a mí. No sé si contoneaba o no porque yo sólo veía cómo su mano se cerraba sobre mi muñeca como la garra de un halcón y su lengua viperina articulaba sonidos estridentes.
¬ Venga, sube.
¬ No...
Y entonces se encendió la bombilla que llevaba unos minutos parpadeando, la idea que mi lento cerebro estaba buscando, el método de evasión.
¬ Sácale a él que es su cumpleaños.
Lo dije señalando a un amigo que me miraba perplejo con su copa en la mano. La chica parpadeo y al instante se acercó a por mi amigo. En ese momento me arrepentí un poco y una parte de mí, la que en las películas simbolizan con un diablillo, me llamaba fracasado. Busqué consuelo en el angelito que, se supone, debe aparecer flotando al otro de la cabeza...
... pero me cansé de esperar.
Ese arrepentimiento duró exactamente hasta el momento en que dos de las chicas le quitaban la camiseta a mi amigo y una de mis amigas comenzaba a inmortalizar todo con su cámara digital. Horrorizado asistí al espectáculo, imaginándome que aquel a quien aquellas chicas estaban dejando en calzoncillos podía haber sido yo. El diablillo volvió a aparecer en mi hombro:
¬ No te preocupes que aún no se van... el próximo eres tú. ¿Tendrás los calzoncillos limpios no?
[carcajadas]
Al terminar el show pude oír como una de las gogós le decía a mi amigo:
¬ ¿Es tu cumpleaños no?
¬ No... pero como si lo fuera.
[suspiré]
Yo, me, mí, conmigo
Diciembre 19, 2004
Carcajadas
Hoy quiero contaros un chiste...

... que no me hace nada de gracia.
Cosas que pasan
Diciembre 13, 2004
Improvisaciones
Eran casi las siete y media cuando salí de casa. Como persona despistada que soy, no había impreso una lista con los asistentes del beers&blogs y me cerebro me lo recordaba cuando ya estaba montado en el autobús. Es algo que me suele pasar con cierta frecuencia: mi cerebro va por un lado y la realidad por otro.
Compartiendo asiento conmigo viajaba un enano de jardín vestido con una camiseta de una conocida marca de whisky, era el enano de la resaca. Llevaba un pequeño martillo en la mano con el que golpeaba periódicamente mis sienes.
[y el mundo vibraba]
No había comido ni bebido nada en todo el día, así que consideré oportuno comprarme una botella de agua mineral antes de entrar en el Handyman, no debía ser bueno mezclar el alcohol del día anterior que aún viajara en mi sangre con las cervezas que, en breve, me iba a tomar.
Al aproximarme al pub miré horrorizado el cartel que había en la puerta:
Sábado 11 de Diciembre: Albacete - Barça
Entré apresuradamente en el local y me senté en la única mesa que había libre, una mesa circular que servía de planeta improvisado para cuatro sillas satélite. Como en todos los beers&blogs a los que he asistido, la gente va llegando con cuentagotas y cada uno se va encontrando con los que conoce, de forma que se montan unos grupos improvisados que, finalmente, se fusionan en uno. Al final tuvo tanto éxito la convocatoria que tuvimos que cambiar de mesa tres veces y hacer malabarismos con las sillas. Más de uno propuso que jugáramos al juego de las sillas musicales...
La primera vez que asistes a una reunión de este tipo te sorprende que a los cinco minutos de haber llegado la gente se trate como si se conociera de toda la vida. Yo ya conocía esta situación, pero no por ello me sorprendió menos. Aunque por mucha voluntad que le pongas es imposible que hables por igual con todo el mundo en un grupo de más de veinte personas (queda mejor que decir veintiuna), yo hice lo posible por compartir unos minutos con todo el mundo, alternando conversaciones con pintas de Guinness y picando de las omnipresentes palomitas de maíz que continuamente reponía la camarera.
[no me olvido de los bombones]
Del Handyman nos movimos al Gambrinus de la misma plaza, donde habíamos reservado veinte minutos antes...
[bendita organización]
... una mesa para quince (y éramos veinte)...
[bendita organización]
Para mí aquellas tapas eran el primer alimento sólido (sin contar las palomitas y el bombón) que entraba en mi estómago en las últimas veinticuatro horas. Hasta ese momento no me había dado cuenta del hambre que tenía.
Como era costumbre en nuestros beers&blogs, después de las cervezas y las tapas iríamos a tomar unas copas. Por votación popular terminamos en la Casa de Guadalajara, tomando copas baratas y de alcohol auténtico, nada de garrafón. Hablamos de romanticismo, de morcillas de Burgos y de sexo e instintos (todo ello relacionado), de la lucha constante del hombre con su cuerpo y de los hábitos de una alemana que aunque la mayoría no nos conocíamos, era ya muy popular.
Y entonces llegó Gallardón y fue cerrando sistemáticamente todos los pubs, entre las tres y las tres y media, obligándonos a ir a una discoteca o a marcharnos a nuestras respectivas casas. Yo estaba tentado en proponer la sala El Sol, pero había aprendido de anteriores experiencias, así que me dejé llevar. Alguien dijo:
¬ Vamos al Morocco.
Y nos faltó tiempo.
Llegamos, esperamos un poco de cola, fuimos a conocer el barrio por la noche buscando un bar que estaba cerrado y volvimos al Morocco.
[la historia es cíclica]
Si ya al salir del Handyman se habían marchado dos personas (y una andaba desaparecida en combate), el trayecto entre la Casa de Guadalajara y el Morocco fue un goteo de bajas. Y los pocos que quedábamos decidimos retirarnos cuando nos echaron del Morocco, después de habernos bebido las dos últimas copas y haber bailoteado un poco.
Y aunque la resaca del día anterior estuviera firmando una alianza con la que vendría al día siguiente y mi estómago estuviese haciendo puenting, supe que había merecido la pena. Fue una noche genial en todos los aspectos. Muchas gracias a todos los que la hicisteis posible, no quiero dar nombres porque seguro que olvidaré la mayoría.
Nos vemos en el siguiente.
Diciembre 04, 2004
Incertidumbres
Ayer, viernes, fue un día de muchas incertidumbres. Uno de esos días que parece no acabar nunca, que se alargan hasta el infinito por obra, arte u omisión, con premeditación, alevosía y algún término jurídico más.
[o todo junto]
Había amanecido con el moqueo habitual que llevo desde el miércoles, afectado por un virus cuya cepa desconozco pero que debe parecerse bastante al de la gripe. Fiebre, dolor de brazos, de espalda... de todo, moqueo incesante y una sensación de malestar persistente que ya estaba haciendo sus planes para acompañarme durante el puente de la constitución. Menos mal que entre mi amigo Clamoxil, una pastilla genérica parecida a la Aspirina (pero de proporciones colosales, casi imposible de tragar) hemos conseguido convencer al virus de que lo mejor es que se marche, que podíamos acogerle en mi cuerpo unos días hasta que encontrara otro huésped, pero que tanto tiempo era ya un abuso de confianza.
[y se está yendo]
Mi abuela pasó hace un mes por el quirófano para someterse a una intervención de estómago para extirparle un tumor maligno.
¬ El cáncer -nos decía una doctota- no es una enfermedad peligrosa en una persona de su edad. En una persona mayor los tumores se desarrollan con mucha lentitud, por lo que no es tan peligroso como en una persona joven.
[amén]
Aún así, la gran C siempre es algo temible, no sólo por sus efectos, sino por toda la mitología subyacente. La operación fue bien, pero el pre-operatorio y el post-operatorio fueron muy duros. Ella se había desubicado completamente y teníamos que pasar las veinticuatro horas del día con ella. De hecho, en los dos meses que pasó en el hospital, no estuvo ni un minuto sola. Al cabo de un tiempo le dieron el alta y la trajimos a casa, esperando a que se recuperara para llevarla de nuevo a la residencia. Eso era lo mejor para ella y, también, para nosotros. Mi madre se estaba consumiendo y mi abuela iba a recibir mejores cuidados en la residencia, donde había médicos, enfermeras, fisioterapeutas y tenía la compañía de personas conocidas, de su pueblo, del lugar donde nació.
Pero aún así nos era difícil llevarla.
Y ayer, una semana después de que reingresará en la residencia, nos llamaron. El teléfono sonó como lo hace siempre, con ese tono neutral que no dice nada. Yo estaba en la habitación y escuché cómo mi madre cogía el teléfono desde el salón y como, instantes después, empezaba a sollozar.
[me temí lo peor]
En ese momento sientes como un millón de agujas se clavan en cada rincón del cuerpo, allí donde más duele. Sientes como la realidad se tambalea y deseas agarrarte a un clavo ardiendo aunque te deje una señal de por vida. No podía escuchar lo que decía el interlocutor, pero en el aire flotaban las palabras de mi madre, entrecortadas por sollozos.
¬ Dios mío... en coma...
Coma... Esa otra temible C que, hasta el momento, sólo conocía por las películas. Sentí un ligero alivio al saber que su vida no había terminado, pero luego vino la incertidumbre, el pesar... Mi madre colgó el teléfono y la casa quedó en silencio. Mi hermana y yo hicimos lo posible por consolarla, pero todos estábamos llorando por dentro. En esos momentos lo único que intentaba era mantenerme sereno porque mis lágrimas sólo podían ahondar en la tristeza de mi madre, debía aguantar. Nunca olvidaré la imagen de mi madre intentando limpiar dos pescados que estaba preparando cuando recibió la llamada mientras lloraba desconsoladamente, mientras las lágrimas salían como dos torrentes de sus ojos. Yo anduve como un zombi por el pasillo y me puse a hacer la cama sin poder evitar el llanto silencioso.
Pero luego pensé: ¿qué posibilidades hay de que un médico distinga a simple vista entre un coma y un desfallecimiento? Pero claro, yo no soy un médico, ni siquiera sé hacer el boca a boca (hace mucho que no practico, con o sin lascivia).
Todos nos fuimos tranquilizando, aceptando lo que tuviera que venir, esperando estoicamente. Mi madre partió hacia el pueblo, camino del hospital donde mi abuela, supuestamente, agonizaba. Convenimos que lo mejor es que yo esperara en Madrid para ir al día siguiente si la situación se complicaba, si realmente era tan grave como lo pintaban.
Fue un día duro, un día de incertidumbre. Esperando noticias que no podían llegar aún con mi madre inmersa en un atasco. Horas en las que no sabía si mi abuela se encontraba al borde de la muerte o si se estaba recuperando de un desfallecimiento, desmayo o un pequeño coma...
[todo llega]
Y entonces sonó el teléfono otra vez. Llevaba toda la tarde sintiendo auténtico pavor cada vez que aquel endemoniado aparato sonaba, con cada falsa alarma. Pero esta vez era mi madre. Mi abuela estaba mejor, no había abierto los ojos aún pero se estaba recuperando. Mi madre no me dijo si realmente había entrado en coma alguna vez o no, pero pude leer entre líneas que lo que nos habían dicho era exagerado. Mi abuela tenía una infección (no sé de qué tipo), pero se estaba recuperando. Tendrían que hacerle unas pruebas, pero la cosa no era tan grave como nos habían hecho creer.
Por un lado sentí un gran alivio y, por el lado más incontrolado, una gran rabia. Nadie tenía derecho a hacernos pasar un día como aquel sin saber a ciencia cierta lo que estaba diciendo. Quizá sea porque cuando escuchamos la palabra coma se nos ponen los pelos de punta, quizá un coma pueda durar minutos o quizá, sólo quizá, lo que le había pasado era un desmayo, desfallecimiento o como lo quieran llamar.
Y ahora ella se estaba recuperando.
Yo me dejé caer en la cama después de uno de los días más duros que había vivido en mucho tiempo. Esa noche el virus se retiró a sus dominios, ya renovaría sus ataques al día siguiente.
Y, por suerte, la vida sigue.
[para todos]
Yo, me, mí, conmigo





