Enero 24, 2005
2 Años
Podría empezar este post con un "Parece mentira que hayan pasado dos años...", pero prefiero no recurrir a los tópicos. Mi blog, personificado en una presencia etérea y, por lo tanto, intangible, me mira de forma severa.
¬ ¿Es eso todo lo que sabes decir? Dos años no se cumplen todos los días...
Y es que este hijo me salió parlanchín. Nació sin dolor y, apenas respiró por primera vez, comenzó con su incesante monólogo que, aún hoy, no ha dado por concluido.
[y lo que le queda]
Ha pasado por migraciones, caídas traumáticas y un conato de pérdida de memoria que se solucionó con mucho trabajo y una pizca de suerte. Desde aquel primer post ha llovido mucho. En este mundo que llaman la blogosfera y en mi planeta particular. En el pequeño universo que es mi vida donde yo no soy más que un planeta sin estrella que orbitar.
[celeste]
Contadores que suben y bajan, concursos en los que paso sin pena ni gloria (cabría decir que ni siquiera paso) y listas endogámicas que lo indexan todo. Una sucesión irregular (en el tiempo y en el espacio) de escritos que, en conjunto, definen esta pequeña choza virtual. Historias ficticias en las que hay más realidad de la que parece y situaciones reales distorsionadas por el prisma de mi escasa (y transitoria) lucidez.
Si alguien me preguntara qué es exactamente mi bitácora, no podría responderle con una sola palabra. Ni quizá con mil... Tiene vida propia y, a la vez, es una parte de mí.
[ente]
Podría seguir con este ejercicio de egocentrismo pero nunca me gustó hablar de mí mismo más de lo necesario... y creo que ya he pasado el umbral de lo permitido, adentrándome en los territorios de la egolatría.
¬ Tu afán de protagonismo te ha hecho olvidar que quién cumple años soy yo...
Y tiene mucha razón. Lleva dos años teniendo más razón que yo mismo.
Enero 22, 2005
Paredes de cartón
Aquellos altavoces pequeños que había robado la semana anterior vibraban frenéticos sobre la mesa. De ellos escapaba una voz rota que se abría paso entre guitarras que sonaban a metal. El sonido era tan malo que parecía como si el cantante estuviera encerrado en una alcantarilla y su voz saliera por los pequeños orificios de la tapa.
[apestando]
La señal de un teléfono se acopló a la de la radio y terminó por estropear la canción. En la habitación contigua aquella mujer tan atractiva (pero triste) recibía la llamada que llevaba toda una vida esperando. La misma que recibía todos los días.
Las paredes, que parecían de cartón, no alcanzaban a distorsionar los sonidos.
¬ Eres tú... -la voz de aquella mujer era casi un lamento.
Ya no había interferencias en la señal de la radio. Ahora sonaba una canción instrumental de alguna famosa banda sonora. Como le pasaba siempre, no pudo recordar el nombre de la canción, ni siquiera pudo adivinar si alguna vez lo supo. El regulador de volumen estaba en el punto justo: un poco más alto y la señal se distorsionaría hasta hacerla irreconocible, un poco más bajo y no sería capaz de distinguir la canción del sonido rítmico del reloj.
[una de las pocas cosas que tenía]
Así que no pudo evitar escuchar retazos de la conversación entre aquella extraña y melancólica mujer y su interlocutor.
¬ Llevaba tanto tiempo esperando tu llamada que pensé..., en fin, que pensé que nunca llamarías.
[silencio]
Articuló las palabras que, sabía, iba a pronunciar aquella mujer. Todas las noches se repetía la misma situación. Y su mente se distraía imaginando cada día una historia diferente.
[pasatiempos]
Algunas veces aquella mujer se convertía en una dama adinerada casada con algún político. Ella, cansada de que él no le hiciera caso, se buscaba un amante y soñaba con escaparse algún día, irse con lo puesto y vivir la aventura de su vida. Pero cada día ella volvía a su casa y compartía las miserias del que era su marido. Se dormía soñando con lugares desconocidos y despertaba a la mañana siguiente para darse cuenta de que nunca se iría, que la rutina de su vida era inquebrantable. Y lloraba. Y después, por la tarde, volvía a recibir la llamada de su amante y acudía en busca de sueños que, por la noche, se romperían en pedazos.
[repeat on]
Otras veces imaginaba que era una mujer fugitiva que huía de algo o de alguien. Una mujer que había hecho algo terrible en su pasado y que un día quiso escapar de su infierno. Que huía a un lugar lejano y todas las tardes recibía la misma llamada, en cualquier lugar, estuviese en un país o en otro. Siempre la misma llamada que la advertía de que ellos sabían donde estaba y conocían cuál iba a ser su próximo movimiento. Entonces ella rompía en sollozos y, al día siguiente, partía hacia otro destino incierto...
[errante]
La mujer comenzó a sollozar, dando por terminada la conferencia. Él recorrió con la vista la mugrienta habitación donde tenía la desgracia de malvivir. Un pequeño zulo del que sólo se podía decir que era barato. Una cama, una mesilla de noche y un olor a morgue que no se quitaría aunque alguien volara aquel maldito motel. Las paredes parecían la obra de un artista paranoico que usaba las manchas como medio de expresión, un artista que rehacía sus obras cada día.
Cerró los ojos y se dejó caer en un sueño inquieto porque, aunque no se tenga nada, siempre quedan los sueños. Dormiría hasta que, el día siguiente, aquella mujer recibiera la llamada de un confidente, un amante o del mismísimo Jesucristo.
[amén]
Realismo ficticio
Enero 16, 2005
Requiestat in Pace
Tengo una pantalla en blanco y no sé cómo empezar... Tengo tantas imágenes en la cabeza que soy incapaz de ordenarlas. Con el cerebro entumecido nunca pude pensar con claridad. Y siento como miles de alfileres se clavan bajo mis uñas, haciendo jirones lo que me queda de lucidez.
Creo que nunca olvidaré la voz de mi hermana cuando me comunicaba por teléfono que mi abuela se había muerto. No hacía falta usar eufemismos, la muerte prefiere que la llamen por su nombre.
[lo impone]
Viajaba camino del barrio gótico de Barcelona en un coche que hacía escasos minutos rebosaba risas y esperanzas. Siempre te imaginas cómo reaccionarás ante algo así, si llorarás desconsoladamente o simplemente te encerrarás en un silencio sepulcral. Mi cerebro se sacó de la manga cientos de placebos y alguna que otra receta magistral, dejó que el estado de shock se extendiera como una nube pestilente.
Me llevó cinco minutos decidir algo tan sencillo como si ir a casa de mi amiga a hacer la maleta o si ir al aeropuerto a cambiar el billete, provocando que diéramos un par de vueltas a la misma manzana. Intenté aparentar tranquilidad y no sé si lo conseguí.
Aquel fin de semana, que debería haber sido idílico, se había convertido en una pesadilla de la que es imposible despertar. Me recuperé de esos dos primeros minutos de indecisión y con la inestimable ayuda de mi amiga, que me guió mientras yo daba palos de ciego, conseguí recoger mis cosas y encaminarme al aeropuerto para que me cambiaran el billete.
El avión despegó con retraso y yo me encogí en mi asiento de clase turista con restricciones dejando que mi mente volara hacia el pasado, proyectando momentos que creía olvidados de una vida que ya no parecía la mía. Fue una hora escasa en la que tuve mucho tiempo para pensar, una hora para sentirme la persona más miserable sobre la faz de la tierra.
Mi abuela llevaba un mes en su nueva residencia y yo aún no la había ido a visitar. Siempre aplazaba la visita pensando que cualquier momento futuro sería mejor, y ahora conocía la verdadera razón de mis ausencias: soy un cobarde.
[el rey de los cobardes]
Cada vez que la imaginaba en aquella silla de ruedas, que le compramos cuando dejó de caminar, se me caía el alma al suelo. Algo dentro de mí no quería recordarla como aquella anciana que no podía valerse por sí misma, como aquella pobre falsificación de una persona que había sido tan importante en mi vida. Y ahora había pasado casi un mes desde la última vez que la vi, y me di cuenta de que jamás la volvería a ver.
Y lloré. Lloré por dentro mientras de mis ojos no escapaba una sola lágrima. Pasados unos minutos decidí serenarme porque me esperaban dos días muy duros, reponer fuerzas con la comida que me había preparado mi amiga. En el momento intenté convencerla de que no tenía hambre, que no me preparara nada, y ahora, en el avión, le agradecí en silencio que lo hubiera hecho.
Arrastré mi cuerpo como buenamente pude hacia el metro, una vez que el avión hubo aterrizado. Encendí un cigarro en una zona de apestados (esos recintos minúsculos del aeropuerto donde nos hacinamos los fumadores porque el vil tabaco nos asalta con su adicción) y puse mi mente en blanco.
Mi abuela había fallecido a las cinco de la tarde en los servicios de la residencia. El forense hizo su trabajo y después se puso en marcha la maquinaria comercial de la muerte. Una maquinaria que hizo una parada en el tanatorio, lugar en el que entré a formar parte del macabro sistema.
¬ Al menos no ha sufrido -dijo alguien.
¬ Ya se esperaba... -argumentó otro.
Mi personalidad caótica se permitió un momento de respiro, un pequeño guiño de humor negro con ciertas dosis de ridículo. En la cafetería del tanatorio me encontré con algunos familiares y amigos que estaban descansando mientras tomaban un café. Me puse a besarlos a todos sin darme cuenta de que, cuando acabé con el grupo de conocidos, le di dos besos a un hombre que no venía con nosotros. Él se quedó mirándome como un niño al que descubren robando dinero del monedero de su madre, pero no me dijo nada. Al menos ahora soy capaz de reírme un poco de mi torpeza.
En el velatorio me sumí más en mis pensamientos, sentado en un sofá de piel entre conocidos que habían ido a acompañar a la familia en aquel espectáculo dantesco en que se convierten los velatorios, que yo tanto odio. De entre todas las personas que había en aquella sala, más de la mitad sobraban. Eran todas aquellas que iban por cumplir y que, a los cinco minutos, habían olvidado el propósito de todo aquello.
[consolar]
La gente se fue marchando poco a poco y, los que quedábamos, intentamos dormir un poco en aquellos sofás. Una cabezada, una ducha en casa y vuelta al infierno, el orden del día de aquel circo de los horrores.
Estaba planeado que el coche fúnebre partiera a las once de la mañana hacia el pueblo natal de mi abuela, encabezando una macabra caravana. Mirara donde mirara siempre veía aquel coche fúnebre. En aquel viaje no había paisajes ni cielo, no había monumentos, sólo ese coche negro que no era más que la muerte motorizada.
En el pueblo nos recibió un frío polar que intentaba congelar un dolor que creía por momentos. Recordé el entierro de mi abuelo y pensé que aquello sería más de lo que podía soportar, que debía aislarme del mundo y ascender a un estado superior de catatonía.
[los dominios de la catalepsia]
En la plaza ya se había congregado un grupo de personas que fue desfilando ante nosotros con las fórmulas de cortesía que acostumbran las más arcaicas reglas de comportamiento en un funeral. Había familiares y amigos, pero el grupo más numeroso era el de aquellos que van a los entierros por cumplir, como el que va a un club social. Recibí las condolencias como un autómata mientras el nudo que había en mi estómago crecía hasta alcanzar dimensiones colosales. El cura se acercó al féretro y, tras un par de rezos, nos hizo señales para que lo introdujéramos en la iglesia, donde entré por despedir a mi abuela como ella habría esperado, aunque todas mis creencias (o la ausencia de ellas) me decían que era estúpido participar en un ritual en el que no creías.
[pero entré]
No repetí las salmodias del sacerdote y me limité a levantarme y tomar asiento cuando lo hacía el resto de los parroquianos. La voz del cura llegaba hasta mis oídos como el sonido monótono de un arroyo. Miles de pensamientos intentaban romper el estado de catalepsia en que me había refugiado y no supe si sería capaz de aguantar el envite...
La ceremonia concluyó y nos dirigimos hacia el cementerio. Me temblaban las piernas y mis ojos, rojos como el mismísimo infierno, suplicaban al cerebro su permiso para llorar. Mi mente seguía cerrada en sí misma y no atendió la petición de llanto.
Apoyado en una pared vi en primera persona cómo el sacerdote dirigía la pequeña ceremonia de sepultura.
Una lágrima silenciosa resbaló por mi mejilla cuando el albañil de turno colocaba el primer ladrillo en el nicho. Cuando el sacerdote dio por concluido el enterramiento fui consciente de todo lo que había pasado en apenas veinticuatro horas. Un ciclo que había empezado antes de que mi madre naciera y que ahora estaban cerrando con una pared de ladrillos, yeso y cemento.
Cuando todos abandonamos el cementerio dentro sólo quedó el frío. Un frío perpetuo que, aún hoy, sigue congelando mis entrañas. Los muertos no leen bitácoras pero, si mi abuela leyera esto, se enfadaría si no me despido de ella cuando se marcha.
¬ Adiós.
[intentando no llorar]
Enero 12, 2005
Documentos del azar
¬ ¿... y te ha servido ese DNI hasta ahora? Aquí pone que lo tenías caducado desde el año dos mil.
La funcionaria de la policía me miraba por encima de sus gafas, que mantenían un precario equilibrio sobre el puente de su nariz.
¬ Bueno... ayer vine a hacerme otro DNI. Es que lo perdí...
¬ ¡¿Hace cinco años?!
Esta situación era la que yo había esperado cuando, el día anterior, había ido a pedir un DNI nuevo. La funcionaria que atendió el día anterior no prestó mucha atención a ese detalle. Ni siquiera se sorprendió cuando vio que la foto que salía impresa en mi solicitud de DNI era de cuando casi era niño.
[orígenes]
Yo, que sí me percaté del detalle, intenté distraerla lo suficiente como para que no se diera cuenta. Y funcionó.
Mi DNI llevaba caducado desde el año dos mil. Después de todos los problemas que me había ocasionado este hecho, sobre todo cuando fui a Castelldefels, decidí que era el momento de renovarlo. Aunque, para ser sinceros, el verdadero motivo era el viaje de mañana a Barcelona, no quería más peripecias en los aeropuertos...
La mujer seguía mirándome con aire de suficiencia mientras las personas que estaban detrás mío en la cola empezaban a impacientarse. Ante la duda de si el justificante que te dan mientras hacen el nuevo carné valdría para volar, decidí hacerme el pasaporte. Un mero trámite que no llevaba más que unos minutos. Borré mi expresión de superioridad ante el engaño no percibido y puse en su lugar una mueca de arrepentimiento.
¬ Hmmm, no exactamente. Lo perdí hace algún tiempo.
Una respuesta más imprecisa requeriría mucho esfuerzo.
¬ Entiendo...
La funcionaria, aunque quisiera, no podía hacer nada ya. La solicitud del nuevo DNI estaba cursada el día anterior y, a mi entender, era demasiado tarde como para ponerme una multa. Aún así quiso tener la última palabra.
¬ Pero si es que ni te pareces al de la foto...
Dejé que un apropiado silencio la devolviera a la rutina de hacer mi pasaporte y esperé pacientemente a tener tan codiciado papel. Finalmente me lo entregó mientras unas palabras salían de su boca como lo hace una tos seca.
¬ Siguiente.
[suspiro]
Dada la naturaleza caótica de mis acciones tengo la total certeza de que este viaje no será, ni mucho menos, tranquilo. Hasta el momento en el que pise el suelo de Barcelona no dejaré de desconfiar. Situaciones que ahora no se me pasan por la cabeza surgirán mañana en el aeropuerto: mis billetes no estarán por un error en la base de datos, mi vuelo saldrá con retraso o el piloto se confundirá y nos llevará a Mauritania... Así que no me queda más remedio que resignarme y esperar a ver con qué truco me sorprende el maldito azar.
[y reaccionar a tiempo]
Deseadme suerte.
Yo, me, mí, conmigo
Enero 05, 2005
Arañas
¬ Dicen que, cuando mueres, los recuerdos de tu vida pasan ante tus ojos como si fuera una película conceptual, de esas que te hacen pensar. Toda una vida acumulando metraje para que, al final, sólo podamos montar unos míseros instantes...
¬ ¿Decías algo cariño? Se me están cerrando los ojos.
¬ Nada, estaba pensando en alto.
Se guardó el final de la frase para sí: "... y tú me estabas ignorando".
¬ Y yo llevo años recopilando recuerdos para que mi vida tenga un gran final, para que esa secuencia sea apoteósica. Conseguir que el público se levante de sus asientos y que todos aplaudan hasta romperse las muñecas... Para eso vivo: para construir un desenlace digno de una superproducción. Un final que tendrá muchos efectos especiales aunque le falte contenido.
¬ ¿Ya estás otra vez con la dichosa película? Si lo sé te dejo elegir a ti...
Ella tenía una habilidad innata para escuchar fragmentos de las conversaciones y quedarse con lo que menos importaba. A partir de esos retazos formaba un argumento imaginario que, normalmente, no tenía nada que ver. Él sabía que en aquellas situaciones era mejor no contestar, dejar que las palabras fluyeran como un torrente desde su boca hasta la ventana más próxima. Ignorarla en la misma medida en que ella no le prestaba atención.
[aislarse]
Había sido una noche larga donde el sueño se había entrelazado con sesiones de sexo descafeinado. Ahora yacían los dos en una cama demasiado pequeña que, durante el día, servía de hogar a decenas de peluches. Nunca había entendido aquella obsesión que tenía ella por poner un peluche allá donde hubiera sitio. Para él los peluches eran casi tan siniestros como los payasos y a veces había intentado protestar ante semejante proliferación de aquellos pequeños monstruos inertes, pero siempre sin resultado.
[genocidio]
Ella le daba la espalda, señal de que daba por zanjada cualquier conversación y que quería que no la molestaran. Estaría, según calculaba él, apunto de dormirse. En esa fase del sueño en la que las palabras llegan distantes a los oídos y se pierde un poco el contacto con la realidad. Lo que le irritaba era que aquel estado de duermevela fuera perpetuo.
¬ Las arañas nunca duermen -le había dicho su abuelo cuando él apenas era un crío. ¿Has visto alguna vez a una araña durmiendo?
Y él se guardaba aquellas palabras como un descubrimiento del que algún día podría sacar provecho, en ese rincón de la memoria donde se almacenan las cosas útiles que nos pueden sacar de un aprieto. Ahora, muchos años después, rescató ese conocimiento.
Ella era una araña. Sus besos le atrapaban en una red, dejándole indefenso ante el depredador que acechaba en su escondrijo. Primero le atrapaba y luego le devoraba lentamente, anulando primero su voluntad, cortando sus alas.
[atado]
¬ Eres como una araña -el susurro apenas era audible.
Ya no se preguntaba por qué seguía conviviendo con ella, qué era lo que hacía que dos personas tan distintas llevaran una vida común. Dejó de preguntárselo el día que cayó atrapado en sus redes y, desde entonces, ella le estaba devorando.
[lentamente]
Se levantó sin prisas de la cama y dejó que el sol que entraba por la ventana le iluminara. Realizó los últimos apaños en la película de su vida, quitó un par de escenas y añadió un final inesperado.
¬ Sólo hay una forma de evadirse...
Y saltó por la ventana.
Cerró los ojos y se dispuso a contemplar el final de la película que había estado montando toda una vida. Las imágenes no acudieron a su mente y sólo pudo pensar, mientras se sentía como un estúpido, en las malditas arañas: "Las arañas nunca duermen".
¬ Eso es que no me muero -pensó.
Impactó contra el suelo un segundo después de haberse lanzado desde un bajo.
Un par de segundos después escuchó una voz familiar que venía de arriba. No había tunel con una luz blanca al final ni películas comprimidas, la muerte le había decepcionado.
¬ ¿A que no te has tomado la medicación?
¬ Eres como una araña...
Ella se rió y le ayudó a entrar nuevamente por la ventana, a volver a la tela de araña.
[a la cárcel]
Realismo ficticio





