Marzo 30, 2005

Broken

¬ El sentido de la vida se esfuma cuando empiezas a buscarlo.
Aquellas palabras resonaban como una plegaria monótona, impregnando las paredes de delicados azulejos con manchas de grasa existencial. Vestida con un camisón andrajoso y transparente, retorciendo un mechón de su larga melena, intentaba crear bucles que nunca existieron. Rizos. Su peluquero, psicólogo frustrado, le habría dicho que su vida necesitaba un par de rizos, algún giro inesperado que desmontara los pilares de la monotonía. Se lo habría dicho si no hubieran encontrado su cadáver unos días atrás, aún supurando alcohol, antidepresivos y toda suerte de sustancias psicotrópicas. Parece que a él le habían hecho la permanente.
[el último viaje]
Contempló el reflejo de su ojo, más negro que el original, y siguió el cauce de una lágrima reseca. El espejo que la reflejaba insolente no era más que una caricatura de lo que fue, y los pedazos que quedaban eran la prueba de que hubo un día en que la decadencia aún no había llamado a su puerta.
[otros tiempos]
Un mal día, la muerte quiso instalarse en su casa, ser su vecina... y a mucha gente le dio por morirse. La corriente autodestructiva no apareció de la nada, fue la consecuencia de una sucesión de fracasos y sinsabores, una colección completa de frustraciones, compradas por fascículos de suplementos dominicales. Pequeñas tazas de odio y apatía que, en dosis regulares, creaban y confirmaban el diagnóstico. Con cada muerte, ella se hundía un poco más en la miseria.
La muerte mostró su rostro más bromista. Hubo intoxicaciones etílicas, todo tipo de sobredosis, atropellos, homicidios involuntarios y hasta alguna caída desafortunada. Infartos varios, enfermedades fulminantes y tumores que salieron de la nada. A su alrededor no crecían ni las plantas, todas acababan mustias, sin vida.
[into the void]
Sólo el amor la mantenía viva. Aquel torbellino de amor adolescente era su único sustento. Hacía tiempo que el resto de razones que tenía para continuar viviendo se habían desmoronado como un castillo de naipes, y el amor no era más que un clavo ardiente.
Pero la vida, siempre perra, le tenía reservado un último revés. Una última muerte contra la que ni siquiera el amor pudo luchar. Era la gota que desbordaría el vaso, relleno de un líquido negro, viscoso y maloliente. No pudo resistirlo, una muerte más era demasiado.
Dejó que el teléfono resbalara de su mano y se rompiera en pedazos al chocar contra el suelo. Dedicó un último instante a contemplar su reflejo en el espejo y se dispuso a cumplir su última voluntad.
El cristal fragmentado de la ventana se desintegró a su paso mientras su cuerpo se precipitaba desde un sexto piso, cayendo como lo haría un saco lleno de trastos. Si hubiera dedicado un segundo en mirar hacia la calle habría visto que la muerte le deparaba una última sorpresa.
Él, el clavo ardiendo al que se había agarrado tanto tiempo, no tuvo tiempo de gritar cuando recibió el brutal impacto. Su cráneo golpeó contra el piso y se partió como una nuez, con el crujir seco de las ramas de un árbol. Una caja de bombones rodaba feliz por el suelo mientras los chocolates variados salían de su prisión. Doce rosas rojas y dos azules hicieron los homenajes y, solemnes, flanquearon el cuerpo sin vida del atormentado amante. Ella notó como sus huesos también se partieron y como su alma se rompía en mil pedazos. Tendida en el suelo, sin poder moverse, se maldijo una y mil veces. Después, perdió el conocimiento.
A lo lejos se escucharon los lamentos de la ambulancia. La muerte, satisfecha, asintió con la cabeza y se alejó chascando los dedos.

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Realismo ficticio
by milio a las 11:20 PM | Enlace Permanente

Marzo 16, 2005

Pedestrians

Cuando pisé Londres me di cuenta de que no tenía ni puta idea de inglés. Podía entender a duras penas lo que me decían, pero expresar lo que pensaba era un auténtico infierno. Claro, yo no pensaba en inglés. Mi cerebro fabricaba las frases en español y un pequeño y destartalado anexo de mi mente intentaba realizar una traducción simultánea. Así, iba desechando frases a medida que me daba cuenta de que no podía traducirlas, y elegía composiciones más sencillas. Me sentía como un indio de las películas de vaqueros (aquellos que nos pintaban tan malos, que arrancaban las cabelleras al benévolo hombre blanco).
¬ Hao!
Londres es una ciudad enorme, una urbe en constante movimiento, un conglomerado de culturas que se mezclan sin orden ni concierto aparente. Esta sensación de desorden desaparece cuando ves los entresijos de esa máquina que no para nunca. En cada lugar que visitábamos había alguien que hablaba español (y árabe, y francés, y alemán...). Todo el mundo podía sentirse como en casa durante unos instantes.
[sweet home]
Los primeros días los pasamos viendo monumentos, plazas y calles que, a veces, no salían en los mapas turísticos. Anduvimos por todo el centro de Londres hasta la extenuación, gastando nuestras libras a la misma velocidad que llenábamos la memoria de la cámara digital. Y el dinero no lo puedes recuperar con tanta facilidad...
Lidiando con un transporte que al principio no entendíamos. Llegamos a quedarnos en un autobús cuando ya habían apagado las luces y el bus se dirigía a las cocheras, con el consiguiente enfado del perplejo conductor.
¬ What are you doing guys? I'm not in service!
Salimos del bus riéndonos de nosotros mismos y seguimos nuestro camino hacia las entrañas de Londres.
Nos dio tiempo a salir por la noche y apreciar, en pleno apogeo, la cultura del alcohol que hay por estos lares. Bien, en España también bebe todo el mundo, es normal comer bebiendo una copa de vino y, los fines de semana, el número de borracheras aumenta exponencialmente. Pero aquí es algo continuo. A todas horas se ve a gente bebiendo cerveza por la calle (y comiendo cualquier suerte de fast food). Por la noche los pubs están llenos hasta la bandera, las familias beben juntas y, todos a la vez, entonan el himno del borracho.
¬ Hip!
Y luego llega la noche con sus clubs. Encontramos de rebote un club llamado Borderline donde ponían buena música y, lo más importante, era barato. Allí encontramos nuestro refugio nocturno durante los dos días que salimos, añorando las medidas y los precios de Madrid.
Después de cinco días en Londres emprendimos el viaje hacia el sur, donde haríamos de okupas en la casa de una amiga, un lugar llamado Bournemouth, en un piso que comparten seis estudiantes de varios lugares de Europa. Bournemouth es una ciudad de estudiantes donde, la mayoría, son latinos. Cada noche hay una fiesta en un lugar distinto y, por el día, todo está muerto y triste, tras un manto de lluvia perpetua.
Seguiremos aquí unos días más y dejaremos, seguro, un poco de melancolía en estas tierras.

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Yo, me, mí, conmigo
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Marzo 08, 2005

On my way (London)

Dentro de unas horas estaré, si todo sale como está previsto, volando hacia Londres. Quizá pueda ver un trozo de Francia desde la ventanilla del claustrofóbico avión, o quizá me tenga que conformar con ver la inmensidad del océano.
[que no es poco]
El domingo volví a la realidad (a veces cruda, otras casi mágica) tras haber pasado un fin de semana en una isla llamada Umbralis, con millones de agujetas y cientos de calambres, acompañado por un constipado que quería quedarse unos días como huésped en mi cuerpo. Espero que la siempre sabia automedicación (coloque una pizca de sarcasmo en este paréntesis) ayude a ganar la batalla contra tan molesto visitante.
Casi como si fuera la confesión de un secreto irrisorio, he de decir que jamás he salido de España. Ni siquiera he pisado el peñón de Gibraltar. Lo más cerca que he estado del extranjero ha sido en la terminal internacional del aeropuerto y, si cabe, en alguna embajada. Así que mañana, cuando pise el aeropuerto de Luton, podré hacer tachar una línea en aquella lista de propósitos que uno se marca, de caducidad indefinida y de naturaleza personal e intransferible.
[o no]
Tendré oportunidad de practicar mi inglés gutural, más para entender lo que me digan que para intentar transmitir algo. Quizá intente hacer un pequeño chiste de ese humor absurdo que tanto me gusta. Podré decirle a un transeúnte al azar algo así como:
¬ In my horniest opinion...
Y reírme yo sólo. El inglés (o la inglesa) de turno pensará que soy un estúpido e intentará evitarme. Eso sí, con mucha educación.
Aún no tenemos claro cuál va a ser el itinerario. Pasaremos cinco días en Londres y, de ahí, iremos a otra parte de la isla que nos pille de camino entre Londres y el sur de Inglaterra, donde un alma caritativa nos dará cobijo un par de días. Hemos pensado en Canterbury (por aquello de la catedral y el arzobispo) y en Stonehenge (por aquello de las piedras y el misticismo). Quién sabe si al final no nos volveremos locos y acabaremos en Edimburgo, con faldas y a lo loco.
[tocando la gaita]
Al final, como casi todo lo que hago, este viaje es una gran incógnita. Una experiencia que hay que saborear poco a poco, llena de situaciones que, quizá, se conviertan en pequeños calvarios. En fin, ¿qué sería un viaje sin una pizca de incertidumbre?
No sé si podré hacer de corresponsal en Inglaterra, pero lo que es seguro es que me tomaré una cerveza negra a vuestra salud.
Y ahora voy a seguir con mi repaso de inglés...
¬ When you pound?
¬ I book on mondays.
[tributo a Gomaespuma]

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Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 11:13 PM | Comentarios (4) | Enlace Permanente

Marzo 04, 2005

Spiderman de los baños

Lo peor de hacer reformas en casa es que, automáticamente, te conviertes en un refugiado en tu propio hogar. Los escombros, dotados de vida propia, se reproducen como conejos, trayendo consigo montañas de polvo blanquecino y molesto por definición.
Había un dicho que rezaba algo así como: "No valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos". Quizá sea un poco grotesco utilizar este dicho para un cuarto de baño, pero en este caso se ajusta como un guante. El hecho de no poder darse una ducha en tu propia casa hace que recuerdes con melancolía aquellos tiempos pasados donde, cada mañana, te ponías bajo el chorro de la ducha y, de pura felicidad, cantabas lo que se te pasara por la cabeza (con mayor no menor fortuna).
[pasado]
Y miras el amasijo de escombros en que se está convirtiendo aquel antiguo santuario y, cuando menos, te dan ganas de suspirar. Ahí empieza verdaderamente la vida del refugiado por obras, en el momento en que tienes que pedir una ducha donde poder quitarte ese mal olor imaginario que, si no lidias con él, acabará haciéndose realidad.
Los albañiles, impasibles, son los dueños de la situación. En su mano está que todo llegue a buen término. De los dos dicharacheros trabajadores, el que más me impactaba era el que bauticé como Spiderman de los baños, con su sempiterno puro entre los dientes. El día en que decidí darle un apodo tan pintoresco fue, precisamente, el día en que tenían que pasar un tubo por el patio de luces. Yo dormía, y mi madre me llamó con una mezcla de horror, histeria e indignación, pidiéndome que fuera a ver algo que, en ese momento, se mezclaba con un sueño que no podía recordar. Me desperté del todo y seguí los pasos de mi madre hasta la cocina. Y, al mirar por la ventana, me quedé blanco (aún más). Vi a aquel haciendo equilibrios en el vacío mientras colocaba la tubería. Tenía un pie apoyado en la ventana de la cocina del piso de abajo y otro pie en la ventana del baño de ese piso, que formaban un ángulo de noventa grados. Con una mano ponía la tubería y con la otra... ¡el puro! Por supuesto, sin ningún tipo de arnés o sujeción. Un paso en falso y su cuerpo desde una altura volaría cuatro pisos hasta estrellarse en el suelo con un ruido sordo.
[y breve]
Pero, contra todo pronóstico, él aparentaba tranquilidad. Afortunadamente al final salió todo bien y no hubo que lamentar ninguna catástrofe, aunque a mi madre aún le dure el susto. No es la primera vez que observo conductas de inseguridad (por usar el término más suave) laboral y, por suerte, nunca ha pasado nada. Una vez, hace algunos años, se mató un albañil en mi barrio cuando cayó desde un tercer piso. Por lo visto, la red de seguridad estaba mal instalada y el pobre hombre acabó atravesándola. Unos chicos del barrio se jactaban de haberlo visto con sus propios ojos. Seguramente mentían.
[lo decían sus ojos]
Después del episodio del baño, todo transcurrió con normalidad. Y, por fin, ayer acabaron con las obras.
Así que, desde hoy, mi casa y el blog están nuevamente operativos (justo a tiempo para Umbralis). Esperemos que no haya ninguna gotera.
[en ninguno de los dos]

by milio a las 10:03 AM | Comentarios (4) | Enlace Permanente