Abril 04, 2005
Magnificando
Los altavoces, cuatro satélites y un subwoofer comprados de oferta hace un par de años, vibraban a la mitad de su capacidad. La estrofa, entonada con voz ronca y acompañada por acordes secos, no podía ser más oportuna.
[...]
Rock is deader than dead
Shock is all in your head
Your sex and your dope is all that we’re fed
So fuck all your protests and
Put them to bed
God is in the t.v. 1
[...]
Arrastré mis pies hasta mi habitación, envuelto en el rugido creciente del torrente de música, como un desgraciado que se acerca al epicentro de un terremoto. Tan cansado estaba que me había quedado dormido en el sofá, viendo el telediario, mientras el WinAmp ejercía de improvisado DJ. De vuelta al salón, el sofá me recibió con los brazos abiertos. La caja tonta, más absurda que nunca, continuaba con su letanía monótona.
[e interminable]
Parecía como si todos los realizadores del mundo, en todos los canales del espectro televisivo, se hubieran puesto de acuerdo. A alguien se le ocurrió no dejar morir al Papa. El pobre Wojtyla, al que la Iglesia Católica mantuvo hasta el último momento en su cargo. Más allá de los límites de lo soportable. Parecía que el que había muerto era el mismo Dios, encarnado en la figura de un pobre anciano, más frágil que un muñeco de trapo.
El presentador dio paso a unas imágenes que correspondían a la última aparición pública de Wojtyla. Se le veía sentado en su silla, haciendo gestos con las manos que quizá para un Católico signifiquen algo, pero que para mí no eran muy diferentes de las indicaciones de un guardia de tráfico agente de movilidad. Entonces intentaba hablar y, como por arte de magia, surgía de un lateral de la imagen un micrófono. Me recordaba a la parodia que, en la película de Airbag, hacían de las telenovelas los culebrones, cuando aparece un micrófono y golpea al protagonista en la cabeza. En el caso real, el pobre Wojtyla no podía emitir más que unos sonidos ininteligibles a medio camino entre un gorjeo y el croar de una rana. Finalmente le retiraron el micrófono y él, contrariado, siguió haciendo señas de circulación.
[para orientar al rebaño del señor]
Y me dio pena. Sentía haber presenciado un espectáculo tan grotesco que rozaba casi lo cómico. Aquel anciano debería haber terminado su vida mirando las obras con los jubilados o sentado en un banco, al sol, en cualquier pequeño parque de una localidad tranquila. Pero claro, los ateos no comprendemos esas cosas...
[o eso dicen]
Los documentos gráficos, inéditos y morbosos de dudoso interés general continuaron y yo, aburrido, apagué el televisor. En otros hogares, en otras ciudades, continuarían viendo ese programa durante varias horas más. La misma información rumiada de distinta forma, el mismo hecho enfocado desde puntos de vista infinitos, la misma biografía repetida hasta la saciedad.
¿Y el mundo? ¿Había dejado de girar? ¿Ya no había muertes por inanición? ¿Las guerras se habían detenido (alguien acalló los fusiles)? ¿Ya no había más noticias?
[no]
La agonía y posterior muerte de Wojtyla se había convertido en un Reality Show.
[mediático por definición]
Y al día siguiente la máquina de la saturación seguía funcionando a pleno rendimiento.
[interminable]
Harto de tanta ceremonia fúnebre y de tantas muestras de condolencia, me dirigí a la parada de autobús. Encendí un cigarrillo a escasos metros de la parada y, al otear a lo lejos, distinguí la figura del autobús. Esperé pacientemente, solo en la parada, hasta que el bus se colocó a mi altura. Entonces se produjo algo inesperado y, a la vez, ridículo. La puerta no se abría y, al mirar al conductor, descubrí cómo esa extraña criatura me escrutaba desde su trono mecánico. Pensé que quizá no me había visto pero descarté la idea al instante, no tenía sentido. Mantuvimos un pintoresco cruce de miradas que se prolongó durante treinta largos segundos. Yo, mientras tanto, apuraba el cigarro recién encendido, intentando rentabilizar la inversión hecha en tan minúsculo cilindro a cambio de unos segundos menos de vida. Para un hipotético observador aquella situación parecería de lo más absurdo. Finalmente, una chispa de inteligencia brotó en algún lugar olvidado de mi cerebro, y me di prisa en apagarla (no fuera a provocar un incendio). Apagué el cigarro por casualidad y continué con el escrutinio. El conductor, satisfecho, abrió la puerta, y yo entré en el redil como una oveja descarriada.
[y negra]
¬ ¿No sabes que no se puede fumar en el transporte público?
Todo encajaba como las piezas de un puzzle cómico cósmico. El conductor me había vomitado esas amigables palabras, apuntando a la cabeza. Florecieron miles de posibilidades, tantos argumentos y tenía que elegir uno que no sonara descortés. Escogí el más obvio... y diplomático.
¬ Iba a tirar el cigarro antes de entrar.
¬ Por eso no te he abierto, porque no habías tirado el cigarro.
¿En serio aquel personaje pensaba que entraría fumando en el autobús?
¬ Pero en la calle no está prohibido fumar...
El conductor emitió una especie de ronroneo y contraatacó.
¬ Eso decís siempre. Estoy seguro de que me habrías echado el humo en la cara.
Aquella discusión podía ser interminable y, además, no me aportaba nada. Así que, ante la mirada atenta de todos los pasajeros, metí el cupón del abono transporte en la máquina y me dirigí a mi asiento, dejando al conductor perdido en sus divagaciones ahumadas y, probablemente, con la palabra en la boca. Reflejada en el espejo retrovisor me llegaba la mirada del conductor, que memorizaba mis rasgos para no olvidar mi cara la próxima vez.
Sospecho que perderé más de un autobús de aquí en adelante...
[manía persecutoria]





