Octubre 16, 2005

Rotten

Paseaba, segura de sí misma, por el camino que une los sueños esperanzadores con las más oscuras pesadillas. En la vereda, haces de luz de retorcían moribundos en espirales sanguinolentas absorbidos por agujeros negros, puntos muertos en la carretera de los sueños donde van a parar los deseos formulados de mil formas absurdas. Un pincel sin dueño pintaba la escena sobre un óleo putrefacto, con la tinta de suspiros que nunca nacieron y de algún susurro despistado que jamás llego a ser escuchado.
[desperdicios]
Una sonrisa amagó en sus labios y, por un instante, todo pareció cambiar de color. Las apariencias se desintegraron y la oscuridad lanzó su mortífera respuesta. Aquellos labios que segundos antes se curvaban en una preciosa sonrisa, ahora se abrían para formar un círculo grotesco e imperfecto. Y de aquel pozo hediondo, que hasta hacía unos instantes aparecía en los sueños de más de un mortal, surgieron cientos de gusanos que apestaban a muerte.
Y su voz, ronca y delirante, sonaba como mil truenos.

En la fábrica de los sueños nunca se vio salir el sol. Para los trabajadores de aquella factoría de historias desmembradas, la estrella no era más que una leyenda. La maquinaria de los sueños se encendía cada noche y con los desechos de toda una vida, los deseos incumplidos y las aspiraciones imposibles, se construían historias dignas de no ser recordadas. Aquí y allá se escuchaban las risas de los operarios, las canciones de los carceleros y los lamentos de los actores frustrados. Y las máquinas nunca callaban.
[imperecederas]
Todo empezó tan rápido como siempre ocurren las catástrofes. Un rayo de luz se filtró por una ventana y se posó en el ojo de un sorprendido operario que, desconcertado, no supo reaccionar. Al instante siguiente estaba cubierto por algo que cegó sus ojos y aterrorizó su alma. Aquello debía ser el sol... Las paredes se deshicieron como chocolate fundido mientras el caos y la destrucción se apoderaban de la fábrica. Lo último que alcanzó a ver un desdichado enano antes de morir fue el desierto avanzando a pasos agigantados, engullendo el mundo de fantasía que daba sustento a la factoría de los sueños. Si en el mundo de la fantasía hubiera memoria, aquella fecha se habría recordado como el día en que los sueños dejaron de existir, enterrados bajo toneladas de podredumbre.

La iglesia estaba abarrotada. Parroquianos vestidos de tonos oscuros camuflaban su odio bajo miradas de bondad. Las sonrisas eran amagos que se quedaban a mitad de camino entre la tranquilidad y la ira, fotogramas de los momentos inmediatamente anteriores a un grito desesperado. Al fondo del templo, oculto tras una sombra eterna, un órgano contemplaba el paso del tiempo. Sus tubos habían existido más años de los que cualquier parroquiano osaba imaginar.
El sacerdote, vestido de negro riguroso, juntaba sus manos por detrás de la espalda y perdía su mirada en el infinito. Mientras, el novio recorría los últimos metros hacia el altar.
[la hoguera estaba lista]
Un siglo después, la novia hizo su aparición en el lugar sagrado. Sus labios sostenían una rosa negra y sus espinas provocaban pequeños hilos de sangre. Torrentes minúsculos que discurrían por su barbilla y se precipitaban al vacío. Gotitas rojas en su vestido blanco. Los feligreses se giraron al unísono, como una sola entidad, y clavaron sus ojos en los de ella.
[frío]
Él, desde el altar, perdió su mirada en las baldosas del suelo. Los pasos de unos pies descalzos ganaban terreno a su desesperación. Ella, desde su posición, se movía como una serpiente. En su campo de visión fue creciendo una sombra femenina. Se hizo el silencio mientras una mano huesuda y helada como un témpano de hielo acariciaba su mejilla y levantaba su cabeza con suavidad. Su mirada recorrió el cuerpo de su amada hasta que sus ojos se cerraron y sus bocas se unieron en un beso desesperado.
[el último]
El sacerdote aclaró su garganta y los amantes separaron sus labios. Todos contuvieron las respiración mientras la voz del pastor llenaba el recinto.
¬ Bien, hija mía, puedes sacrificar al novio.
Una puñalada rápida y certera en la boca del estómago. Desgarro ascendente de varios órganos vitales. Trauma mortal de necesidad. Y en los ojos del novio, lejos de dibujarse una mirada de ira, incredulidad u odio, apareció una expresión de infinita tristeza.
El ruido sordo que emitió el cuerpo al desplomarse dio por concluida la ceremonia.

En algún lugar de un mundo al azar alguien abría los ojos sobresaltado, deseando que todo lo que había visto no fuera más que un mal sueño. Justo a tiempo para darse cuenta de que sus sueños habían desaparecido.
[para siempre]

Clasificado en:
Realismo ficticio
by milio a las 11:58 PM | Comentarios (7) | Enlace Permanente

Octubre 01, 2005

Réquiem por un sueño

// tempus fugit (la fugacidad del tiempo) //

A mí, con una estatura cercana a la media nacional, aquel chico me parecía altísimo. Su voz grave retumbaba en mis oídos como una invitación perpetua. Yo pasaba por aquella fase en la que, según dicen, uno está construyendo los cimientos de lo que algún día será, a la vez que revisa sus principios incipientes y convierte los nuevos en axiomas. Por aquel entonces, el pueblo era un oasis de diversión al que merecía ir cada verano. Tostarse durante el día para pasar frío por las noches.
Es por la humedad...
[repetían los lugareños]
...siempre ha sido así.
[susurraba cada esquina]

La ventana del coche, convertida en televisor improvisado, dibujaba un paisaje que nacía y moría a cada instante, presa de la velocidad. Los tonos verdes se confundían con los grises y el sol, radiante, se encargaba de poner un punto de alegría. Recorrer la distancia que me separaba del pueblo, apenas doscientos cincuenta kilómetros, siempre se convertía en un ritual. Me dejaba llevar, aún cuando no tenía motivos para hacerlo, por la melancolía. Recordaba momentos pasados y anhelos futuros y los mezclaba en mi memoria hasta crear el material del que, dicen, están hechos los sueños.
[y soñaba]
Unas veces olvidaba que olvidé y otras recordaba cosas que nunca existieron más que en mi imaginación. Evocaba amores pasados que se convirtieron en presentes y, me temo, en futuros. Repasaba vivencias de otros años para marcar la altura del listón que, ese verano, me tocaría superar. El final del camino, los últimos quince kilómetros, los pasaba intentando apreciar los cambios que se habían producido durante el último largo año. A veces me parecía que la misma vaca llevaba allí desde que yo había nacido, que era un figurante de cartón piedra que, cada verano, me daba la bienvenida. Contaba las curvas que quedaban para llegar y, con cada una, se me escapaba una sonrisa.
Y entonces el coche se detenía, alguien retiraba la aguja del vinilo y el mundo como tal giraba una vuelta más de rosca. Saludaba a muchos que ya no están y a otros que nunca se irán.
¬ Toh, ¿ya habéis venido?
Y mi rebeldía adolescente me dictaba responder: "No, aún seguimos en Madrid". Pero algo me hacía seguir el protocolo y contestar, a los ancianos del lugar, con la misma retahíla de siempre.
Sí, hemos venido hoy-estaremos aquí quince días-no, mis hermanas aún no han venido-sí, sí, estamos todos muy bien-hasta luego.
Subía al tercer piso de la casa donde mis abuelos pasaron toda su vida y, con una sonrisa, tiraba la maleta sobre la cama. Ya habría tiempo de recogerla. Cinco minutos después caminaba, con paso apresurado, por calles centenarias. Mi primer destino sería la casa de aquél que, por cosas de la vida, se había convertido en un gran amigo.
Yo siempre pensé, y pienso, que las amistades te eligen y que tú, simplemente, haces lo que puedes (o te apetece) por ganártelas. Yo tuve la inmensa suerte de ser elegido por gente que, a la postre, se convertirían en buenos amigos, y él es uno de ellos.
Al llegar a su casa saludaba a su familia y, rápidamente, pasaba a su habitación. Mientras nos poníamos al día sobre nuestra vida, él me enseñaba sus últimos descubrimientos musicales y yo, prendado de su guitarra, hacía que le pitaran los oídos al mismísimo Jimmy Hendrix.
[sueños de seis cuerdas]
Cada noche se convertía en una pequeña fiesta, un homenaje al hedonismo, un tributo a un presente que quemaba cada instante del futuro inmediato. Sentados en círculo en mitad de la nada, el tiempo parecía haber detenido su flujo. Sostenía un vaso de plástico con la misma mano con que rasgaba las cuerdas de su guitarra. En el ambiente flotaban conversaciones dulzonas con el aroma seco de un whisky barato, sin pretensiones, iluminadas tal vez por la luz ténue de algún cigarro, ambientadas con risas tímidas o carcajadas espontáneas. Nubes de hachís se colaban por mi nariz, humo de tabaco apestaba mi ropa y mi aliento a partes iguales, y mil y una sonrisas se grababan, con un cincel, en mis recuerdos. Él siempre estaba allí, con sus canciones y su risa inconfundible, con sus comentarios y sus gestos. Inventando melodías cuyos ritmos alguien, sin conocerlos, incluiría en un disco a miles de kilómetros.

Fueron tiempos locos...
[y deliciosos]
...donde todos experimentamos con la vida, aprendiendo el funcionamiento de algo sobre lo que nadie nos había dado un manual. Probamos sustancias de todos los gustos, sabores y colores. Escribimos miles de líneas en los libros del qué dirán, sin importarnos lo que un mundo que parecía no tenernos en cuenta, pensara de nosotros. Nos equivocamos un millón y medio de veces y rectificamos algunas más, para luego volver a errar y empezar desde el principio.

Y entonces, un día, nos hicimos mayores.

Se distanciaron las visitas, los veraneos en la España profunda se acortaron hasta casi desaparecer, nos echamos a los hombros responsabilidades estúpidas y dejamos que la desidia y la rutina transformaran nuestras vidas. Mientras yo estaba en Madrid dedicado a mil tareas sin atender a ninguna de ellas, mi amigo pasaba el tiempo viajando de un sitio a otro: Salamanca, Madrid, Londres, Canarias y todas las paradas intermedias de las que no tengo constancia. Y yo, mientras tanto, dejaba de visitar mi refugio estival, afectado de mi fiebre de conocer mundo. Y, de vez en cuando, me acordaba del tiempo que llevaba sin verle. Tiempo que ahora parece un siglo.

El teléfono vibraba indolente produciendo un ruido molesto al chocar sobre la mesa. En la pantalla aparecía el nombre de un amigo al que hacía tiempo que no veía.
¬ Buenas.
Su voz, como advertiría más tarde, estaba quebrada por algo que yo, en ese momento, no podía imaginar. Después de un breve cruce de comentarios, un silencio tenso se extiende como un gas tóxico.
¬ Verás, Carlos ha tenido un accidente de coche...
[frío, mucho frío]
¬ ...y bueno, se ha matado.
[mil agujas]
El resto de la conversación, para los dos, ya no importaba. Mis músculos se paralizaban y mi mente, por primera vez en mucho tiempo, se quedó completamente en blanco. Y el frío, aquel frío glaciar, me asestaba varias puñaladas.
Intenté recordar la última vez que nos habíamos visto, las miles de veces que me había prometido a mí mismo volver al pueblo y hablar con él. Necesitaba contarle tantas cosas... Necesitaba que él siguiera ahí. Retroceder en el tiempo dos años y llamar a su puerta, como había hecho tantas veces, y abrazarle como nunca había hecho. Creo que nunca le dije, como a otros buenos amigos que tengo, lo importantes que era para mí, el lugar que ocupaba en mi vida.
[no soy nadie sin ellos]
En ese momento pensé que había sido capaz de decírselo a una mujer y a mis compañeros, que siempre están ahí, nunca se lo había dicho. Pero para decírselo a él ya era demasiado tarde, y yo me maldecía por eso.
Aquella noche me sorprendí a mí mismo, me mostré frío como un témpano de hielo y no lloré. Estaba en estado de shock, quizá producto de algún mecanismo de defensa que los psicólogos llevan ocultándonos desde que lo descubrieron. Pensé en él y recordé las conversaciones sobrias o etílicas que habíamos tenido, sus sueños, sus anhelos, sus miedos. La muerte, con su guadaña ponzoñosa, rondaba mis dominios con su cantinela siniestra y yo, metido en mis recuerdos, fui capaz de ignorar su letanía.
Cada día, durante esta semana, intenté escribir lo que sentía, pero me fue imposible. El nudo que tenía en el estómago me asfixiaba cada vez que pensaba en él, y una tristeza infinita me invadía a cada momento. Los días, llenos del mundanales distracciones, me permitían evadirme. Pero cada noche, tras acostarme a altísimas horas de la madrugada, la muerte me visitaba en mi lecho para recordarme lo frágil que es la vida, que ella siempre gana y que todo lo demás no le importa.
[maldita seas]
Recuerdo la conversación que mantenía con un amigo un día de aquella época dorada. Los dos bebíamos alguna suerte de brebaje etílico mientras manteníamos una charla metafísica sobre el futuro. Él, pletórico de vida, quería vivir al máximo mientras pudiera hasta que la cruda realidad le cortara las alas. Después de ese momento, para él, lo mejor era estar muerto. No hemos sido nosotros los que ya no estamos, otro ocupó ese lugar. Ahora, entre lágrimas contenidas, sólo me queda pensar que Carlos, mientras pudo, disfrutó su vida al máximo. Tengo la certeza de que, si existe algo después de la muerte, le veré cuando me llegue el momento y brindaremos con una cerveza bien fría.
Hasta entonces: adiós amigo, en mi hay una parte de ti.

Sin tu aportación, esta despedida no sería lo mismo. Aunque desearía que bajo estas líneas figurara una foto tuya, ni quiero ni debo hacerlo. Es por eso que dejo aquí una foto que me hiciste en aquella época dorada que marcó nuestras vidas, hace ya cien años (de soledad).

Hasta siempre
Clasificado en:
Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 03:57 AM | Comentarios (9) | Enlace Permanente