Febrero 27, 2006

Choricete

Estoy seguro de que el guionista de mi vida debe tener un gran sentido del humor. En otras palabras: debe ser un cachondo. Ya desde primera hora es capaz de sorprenderme con toque de humor negro, escribiendo en el guión que no debo oír el despertador hasta que no me quede más remedio que llegar tarde.
[humor negro]
Despierto sobresaltado, debe ser la quinta vez que suena el aparato infernal, azote de los sueños. Intento recordar el sueño que, se supone, ha fabricado mi cerebro esta noche, creyendo aún que si no eres capaz de revivirlos al despertar es que los has olvidado para siempre.
[ni rastro]
En el metro practico el arte de la guerra con los demás viajeros. La batalla es encarnizada y al final, como casi todas las mañanas, no consigo sentarme. Todos parecen mirarme desde la comodidad de sus asientos con aires de suficiencia.
Llego a la oficina y todo parece transcurrir con normalidad, incluso cuando un compañero me pide que le cambie el ticket de aparcamiento. En la oficina tenemos un acuerdo no escrito en el que me comprometo a cambiar los tickets de la hora y así poder fumarme mientras hago algo de provecho.
[por una vez]
Cojo mi abrigo y salgo de la oficina. Enciendo un cigarro furtivo en el portal. Las calles me reciben con un soplo de aire gélido, el viento susurra advertencias inaudibles. Cruzo la calle y llego hasta la expendedora de tickets, un engranaje más en la compleja maquinaria del mundo motorizado, una dimensión totalmente desconocida para mí. En lo que a coches se refiere, soy un completo ignorante. Soy incapaz de recordar la marca y el modelo de los coches de mis amigos e, incluso, olvido el color y la forma. En mi mente los coches son masas metálicas informes que responden a nombres en un lenguaje desconocido y gutural. Siempre que tengo que cambiar un ticket reconozco el vehículo a tientas, ayudado por el maravilloso mando del cierre (¿tendrá un nombre más específico?).
Después de sacar el correspondiente recibo comienzo a buscar el coche con la mirada. Viene a mi mente la referencia "en frente de la gasolinera" que me había dado mi compañero. Veo un coche azul y una chispa de inteligencia ilumina mi mente: lo encontré. Me acerco apretando el botoncito del mando y aquello no se abre. Pruebo diferentes ángulos y distancias e, incluso, entono unas plegarias al dios pagano de los utilitarios. Al final desisto y giro sobre mis talones, quizá me he confundido. Pero entonces..
[clac]
... el cierre salta y yo atribuyo el retraso a cuestiones que escapan de mi conocimiento.
¬ Va con retardo -me autoconvenzo.
Con la suficiencia que da el conocimiento aparentado, abro la puerta y alargo el brazo para cambiar el ticket. Estaba tocándolo con las yemas de los dedos...
¬ ¿¡Pero qué cojones estás haciendo!?
[horrerur!]
En las películas siempre hay pelea después de una frase como esta. Me maldigo por no haber visto más películas de Chuck Norris mientras busco en mi memoria un referente para esa situación... sin resultado. Levanto la vista y observo a aquel chico aparentemente alterado, que sujeta en la mano el mando del coche mientras exhibe una mueca a medio camino entre la perplejidad, la ira y la estupidez. Descartada la lucha apuesto por el diálogo tomando, sin querer, la misma decisión que siempre lleva a la muerte al amigo bueno del protagonista de una mala película.
¬ Hmm, ¿este coche es tuyo? -bien, han dado algún premio por menos.
Su cara, aún congelada en aquella mueca grotesca, lo dice todo. Debe ser su coche. Mi mente une los hechos como si se trataran de una comedia mala y la inteligencia, con escaso brillo, se refleja levemente en mis ojos. Decido no dejarle contestar.
¬ Anda, qué confusión... Me han mandado cambiar el ticket del coche de un compañero y lo había confundido con el tuyo. Se parecen tanto...
Me recuerdo a mí mismo que no tengo ni idea si realmente se parecen o no. Para reforzar mis palabras le enseño el dichoso papelito oficial mientras simulo estar ofendido porque me confundan con un ladrón de coches un tanto torpe. Simulo dignidad sin conseguirlo.
¬ Pensé que eras un choricete -contesta él.
Al escuchar estas palabras y analizar la situación me doy cuenta de que aquel tipo debe haber visto todo el proceso completo: desde mis intentos fallidos por abrir la puerta hasta mi entrada triunfal en el utilitario. Llego a la conclusión de que debe pensar que o soy un estúpido o soy el caco más descarado que ha visto en su vida. Le miro: pantalones de pinza, americana, camisa y corbata a juego. Me miro: zapatillas, pantalones varias tallas más grandes, abrigo de segunda mano (probablemente robado o de un muerto) comprado en Londres por diez libras. Sí, parece que según sus cánones debo parecer un delincuente. Finjo una sonrisa.
¬ Es que como se abrió, aunque con retardo...
Al final hago un gesto con la mano como si quisiera olvidar el tema, me despido y me marcho. Debía continuar la búsqueda del coche metamórfico que, al final, resulto ser de otra marca y de un color distinto.
Y mientras, en alguna especie de limbo jurídico y fiscal, el encargado del guión de mi vida se reía a carcajadas mientras se felicitaba por haber creado una pequeña secuencia de humor absurdo.

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Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 11:41 PM | Comentarios (7) | Enlace Permanente