Enero 23, 2007

Decretazos contables

Si por un día fuera algo así como el Emperador del Mundo, Rey de Los Humanos o cualquier otro título rimbombante, mi primer decreto sería desterrar la contabilidad y artes similares del archivo del conocimiento humano. Borraría de un decretazo todo atisbo de partida y contrapartida, balances y libros, mayores y menores, cuadrados y circulares. Sí, la economía mundial se sumergiría en el caos contable y quizá volviéramos a los tiempos del trueque, pero pagaría el precio gustoso y, a la postre, la humanidad acabaría siendo mejor.
[libertad descuadrada]
Hoy, mientras bostezaba por enésima vez en la iésima clase de la emésima asignatura que me queda, mi mente me imaginaba en un trono de hierro. Me llegaba el rumor sordo de la voz monocorde del profesor. Para mi desconsuelo, había mil lugares mejores donde estar. Al final de la clase (de asistencia obligatoria, al menos dos tercios de las horas) el profesor tenía que confirmarme si me era posible llegar al mínimo estipulado para poder presentarme en febrero. El profesor exhibía, como diría un amigo, su mejor sonrisa de perdonavidas.
¬ Lo he estado revisando y creo que no llegas ni al cincuenta porciento. Vamos a ver tu caso.
[el verdugo prepara la soga]
¬ Si asistieras a las horas que quedan y descontando el tiempo que estuviste de baja, llevarías nueve de las catorce posibles. ¿Alguien tiene una calculadora?
Uno de los pocos que aún quedaban en clase le dio el resultado: cero con sesenta y cuatro. Mi suerte en esa asignatura la decidiría un punto escaso. El profesor se tomó su tiempo, se humedeció los labios y, una vez meditado, leyó el veredicto.
¬ Está bien, si vienes a todas las clases podrás presentarte.
[pulgar hacia arriba]
Salí de la universidad ya de noche y me encontré en mitad de un paisaje apocalíptico. Las farolas de la avenida estaban apagadas y el viento cortaba la respiración de los pocos insensatos que se atrevían a desafiarlo. En el camino hacia la parada de autobús me dio por pensar en los peldaños descendentes que llevo pisando, a tientas, desde hace un tiempo. Pequeñas catástrofes que me arrebatan el control y me arrastran, lentamente, hacia el fondo del desagüe. Objetivamente cualquier observador diría que no paso por un buen momento pero, a pesar de ello, soy relativamente feliz.
[¿puede ser de otra forma?]
Ni siquiera un contable experimentado podría cuadrar un balance de mi tiempo. Tiempo que no podía alargar para ver a mi sobrina neonata a menos que alguien hubiera inventado el teletransporte y yo no me hubiera enterado (difícil, llevo años pidiéndolo a gritos).
Olaia nació el domingo pasado. Después de hacerse de rogar por fin pudimos ver su carita y oír su primer llanto de protesta. No nos importó no haber dormido, ni las esperas llenas de incertidumbre. Esas cuatro vocales y esa consonante y, sobre todo, lo que su nombre representa, nos han cambiado la vida.
Y es por eso que por mucho que empíricamente se demuestre que mi vida necesita un cambio de rumbo, por muchas esperanzas artificiales que se disuelvan en una nube de humo de palabras nunca pronunciadas, por mucho que se empeñen los contables en amargarme la existencia, no me resisto a pensar que mi vida es hoy mucho mejor que hace una semana.
[que se jodan las cuentas]
Mientras me voy quitando los ropajes imperiales y pongo una chincheta en el trono para que mi sucesor se acuerde de mí, intentaré improvisar algún otro decreto estúpido que, al menos, me haga sonreír.

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Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 11:20 PM | Comentarios (10) | Enlace Permanente