Julio 03, 2007
Insectos
// spider legs //
Aquellas piernas, con todos sus músculos en tensión, eran pistones que movían un cuerpo de araña. Arriba y abajo, describiendo trayectorias verticales imperfectas, dejando estelas invisibles y proyectando sombras siniestras sobre la pared de aquella pensión de novela negra. Sus ojos la miraban, fuera de sus órbitas, con un brillo de impotencia y gesto de derrota. Era una perfecta desconocida que vendía su cuerpo por billetes de color anaranjado y que, con sus patas, tejía el final de una telaraña que ya le había atrapado hacía mucho tiempo
Ella, la araña; él, una víctima.
[otro insecto más]
El sonido de la lluvia repicando contra el suelo se filtraba a través de las ventanas, ayudada por abundantes agujeros en el cristal, que hacían de silbatos improvisados tocados por un viento que traía promesas de libertad.
A los insectos no les gusta el invierno.
Ni a él le gustaba el dolor que le causó el latigazo de la regla de madera sobre la palma distraída de su mano. El maestro era una mosca que, mientras revoloteaba nervioso a su alrededor, se frotaba las fauces con sus patas de comer. ¿O eran brazos? ¿Las moscas tenían brazos? Nada importaba cuando uno está a punto de convertirse en comida para moscas.
[el primero]
Funcionaba una farola de cada cinco. Las había contado mil veces, en noches de aburrimiento como aquella. Las calles, solitarias, devolvían el eco de pasos lejanos que se perdían en la distancia. En las novelas siempre había personajes misteriosos que recorrían las calles de madrugada, que guardaban secretos inconfesables bajo sombreros de ala ancha y caminaban encorvados por el peso de sus remordimientos. Pero en aquella ciudad, por la noche, no había más que pasos distantes y algún maullido de advertencia.
Y los insectos, en pleno verano, campaban a sus anchas.
Pero esa noche había algo distinto en el soniquete de las pisadas. Se escuchaban dos ritmos parejos que bajaban por la calle. La luz de una farola alejada proyectaba dos sombras y, aunque no podía ver los cuerpos, sabía que una de ellas era femenina. Se detuvieron e iniciaron el cortejo de tintes chinescos. Los brazos de ella, alargados en la sombra, se enroscaban en el cuello de su víctima y, entre risas, los dos personajes se entrelazaban en un abrazo que quizá fuera el preludio del clímax que precede a la muerte. Ella era una mantis y lo que su víctima fuera no importaba.
Y la sombra monstruosa miró hacia el cielo nocturno y ya sólo se escuchaba su risa.
[maquiavélica]
Chispa, gas, fuego. Una columna irregular de humo llegaba hasta el techo de la habitación para convertirse en una nube gris, difuminada por la escasa luz que escupía agonizante la lámpara de la mesilla de noche. La araña-meretriz se había ido, dejándole encerrado en su urdimbre de frustraciones. Cerró los ojos e imaginó cómo cientos de gusanos reptaban por las sábanas y cómo aquello, visto desde arriba, parecería una marea pestilente. Las cucarachas salían de sus escondites para observar el festín y, desde el aire, las moscas revoloteaban como cuervos venidos a menos, emitiendo zumbidos de regocijo. Apagó el cigarro aún con los ojos cerrados, con suerte morirían un par de gusanos.
Parecía un buen final.
[no para una novela negra]
Realismo ficticio





