Noviembre 29, 2007

El hombre que no sabía llorar

Érase una vez, en un tiempo remoto, un hombre de carencias singulares. Un antihéroe cuyos poderes (o falta de ellos) se perdieron en la bruma de las historias no escritas. En el ruido de murmullos que debían haberse transmitido de una generación a la siguiente. Su peculiaridad: no sabía llorar.

Cuentan las leyendas, confirman los rumores, que el día de su nacimiento, cuando la comadrona le dio un cachete para provocar su llanto, más que con lágrimas ésta se encontró con una expresión de indiferencia, una ceja levantada, la mirada sostenida.

Toda su infancia la pasó entre algodones. Sus padres, extrañados por la ausencia de llanto, daban cada noche, en silencio, gracias a su dios. Por el plácido sueño, por la felicidad de su retoño.

No era este hombre, sin embargo, incapaz de sentir tristeza o desamparo. De hecho eran dos constantes en su vida. Pero jamás sus ojos se humedecieron con el paso de las lágrimas.

Tragedias cercanas o remotas, películas de índole lacrimógena, emociones personales, triunfos estratosféricos, fracasos contundentes e incluso sueños rotos en mil pedazos no le arrancaron ninguna lágrima. Jamás.

Cada situación en la que buscaba el llanto sin encontrarlo era un granito de arena más en la montaña de penalidades que se acumulaba en cada giro de su vida.

Asistió a más entierros que nacimientos, conoció el amor, el despecho y todas las situaciones intermedias. Perdió más de una vez lo que más había querido. Sufrió en sus propias carnes las consecuencias de todos los refranes agoreros que navegan a la deriva en el océano de sabiduría popular. Y no lloró ni una sola vez.

Concluyen las malas lenguas que su historia, como la mayoría, escribió su último capítulo en su lecho de muerte. Solo y vadeando la oscuridad llegó al final del camino. En sus últimos momentos recordó los hechos más notables de su vida, con imperceptible temblor. Le escocían los ojos como siempre que su alma intentaba desahogarse, llorar sin conseguirlo. Absorto en su epitafio no se dio cuenta de que una lágrima fluía desde su ojo como un torrente. Y entonces su boca se llenó con un sabor salado que nunca había conocido.

Nunca se supo si este hombre desdichado, protagonista de esta historia sin moraleja, tuvo tiempo para alegrarse o sentirse desdichado por su primer y último llanto. Lo que sí cuentan los más viejos del lugar es que murió con el mismo gesto con que vino al mundo: la ceja levantada y la mirada, de indiferencia, sostenida en el infinito.

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Realismo ficticio
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Noviembre 26, 2007

Cobaya

Entré en el ambulatorio con prisas, como una exhalación. No necesité mirar el reloj para saber que era muy tarde y que la hora de mi visita se había pasado hacía rato. Me senté en una silla y al rato me llamaron.
La enfermera me mira por encima de sus gafas, en precario equilibrio sobre su nariz.
¬ ¿Usted a qué hora tiene?
¬ A las once menos veinte...
Ahora me fulmina con su mirada:
¬ Llega un poco tarde. Pase.
Dentro de la consulta, desde su sillón que parece un trono, el médico me observa con curiosidad. En su dedo luce un sello con el emblema de alguna universidad que se me antoja casi tan grande como la mano entera. Flanqueando la mesa dos estudiantes en prácticas me observan con aire profesional, intentando imitar los gestos de su maestro.
[qué bien...]
El médico disfruta con toda la parafernalia y, cuando cree que ha llegado su momento, comienza a actuar. Me pregunta y le cuento que, a parte de tener una alergia en la piel, venía porque tengo la uña del pulgar derecho un poco maltrecha. Pero no me deja acabar la frase y, como en un libro de texto, se pone a recitar ante los dos estudiantes en qué consiste mi alergia. Su anillo refulge. Y me señala.
¬ Pueden apreciar como la piel del sujeto se seca en algunas zonas como por ejemplo aquí. Observen la textura de la piel bajo el ojo derecho.
¿Me había llamado sujeto? Pestañeé.
¬ Siéntese en la camilla.
[sujeto!]
Estuve tentado de preguntarle que si para una uña era necesario. Temí que me pidiera que me desnudara.
¬ Y lo de la uña. Vean que es un... (palabra técnica que no he podido descifrar aún)... Se requiere una extracción.
Los dos estudiantes no emitían palabra alguna y se dedicaban a mirar mi uña.
El médico dio por concluida la clase magistral y a mí me faltó poco para aplaudirle.
[y pedir un bis]
Una vez fuera me tomé un café mientras recordaba la escena. Intenté acordarme de la última vez que me habían llamado sujeto pero no fui capaz, quizá fuese la primera.
Un rato después, en el gimnasio, mientras corría sobre la maldita cinta, se me cayó el mp3 y me olvidé de donde estaba. Me agaché a cogerlo como si estuviera corriendo por la calle y acabé revolcándome en el suelo ante la atónita mirada de todos los presentes.
[recluta patoso]
Y entonces me dí cuenta de que en la consulta del médico me habían quitado algo: el sentido común.

¬ Como pueden apreciar, esa glándula que este sujeto en cuestión tiene tan pequeña, es la que controla el sentido común.
Los becarios asienten. El anillo vuelve a refulgir.
¬ Extraigámosla para observarla mejor.
[horreur!]

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Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 11:42 PM | Comentarios (2) | Enlace Permanente

Noviembre 21, 2007

Fitness Life

Ya no hay vuelta atrás, y me alegro. Voy a sellar mi pacto con el Diablo del Fitness que me prometió un cuerpo danone a cambio de unos meses de sacrificio.
[y una porción de mi alma]
¬ Como Moisés, haré que el océano de michelines se abra con una sola palabra...
¬ ¿Es necesaria toda esta parafernalia?
¬ Imprescindible. Ya sabes lo que dicen de mí, que soy la antítesis del bueno de la película...
¬ Vale, vale. Dame el contrato.

Ayer visité el que será mi campo de torturas particular. Cintas sobre las que corren cuerpos sudorosos, bicicletas que hacen de potros de tortura para los incautos que decidieron que así debía ser. Duchas vaporosas, personas en ebullición. Me sorprendí pensando que aquel lugar no parecía tan terrible.
[las apariencias...]
Así que hoy, armado con mi tarjeta de crédito, he ido a comprar todo el atrezzo deportivo. En el probador, mientras me llegaban ecos de conversaciones banales, me he dado cuenta de que todo este atuendo tiene propiedades mágicas y, además, me hace sentir totalmente ridículo. Como un dominguero en chandal en una reunión de ejecutivos.
No sé dónde me llevará todo esto. Quizá a un estado de trascendencia que me convierta en una versión actualizada de mí mismo. O puede que se quede en otro proyecto inconcluso flotando a la deriva en un mar de hastío y desidia.

¬ ... y entonces te diré: "¡Milio, levántate y anda!".
¬ Joder, cuando quieres puedes ponerte muy pesado, satánica majestad.
¬ ¡Amén!
[peg]

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Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 09:46 PM | Comentarios (11) | Enlace Permanente

Noviembre 13, 2007

La elasticidad del tiempo

Hay una ley no escrita que habla de la elasticidad del tiempo. Como casi todas las leyes que se me ocurren y que seguramente hayan pasado más de una vez por la cabeza de la mente-colmena de la sociedad, los términos en que se enuncia varían dependiendo del momento en que las pienso. Como muchas otras cosas en mi mente-chistera, depende del azar.
[caprichoso]
Y hoy, por la mañana, mi estado de ánimo era un tanto borrascoso, con pocos claros y una probabilidad de precipitaciones del ochenta por ciento. El vagón de metro estaba casi vacío, como cualquier día a media mañana en Madrid. Yo iba con prisas, como siempre (o tarde, también como siempre). A cada minuto miraba el reloj esperando que hubiera pasado medio, intentando estirar la línea del tiempo más de lo aconsejable. Le daba vueltas, en silencio, al primer postulado de la ley de elasticidad del tiempo: "cuanta más prisa tengas, más tarde llegarás".
[si es que llegas]
Me imaginaba como uno de esos forzudos de las películas en blanco y negro, con sus bigotes puntiagudos y su torso desarrollado hasta el absurdo, en contraste con una cintura de avispa. Y así, de esa guisa, tiraba de una cuerda con todas mis fuerzas intentando vencer el empuje de un enorme reloj de cuco.
[cu cu]
Había abierto la caja de Pandora y ahora era capaz de ver la auténtica realidad que subyace tras la que captan nuestros ojos.

Al fondo del vagón había una pareja. Él miraba con ojos vacíos su reflejo en el cristal y ella acariciaba con gesto desvalido la mano de su chico, siguiendo con su índice todas las líneas de la palma, buscando quizá dónde sus vidas confluían y en qué punto debían separarse. Pero yo, con mi clarividencia recién adquirida, podía ver mucho más. Me dí cuenta de que la mirada vacía del chico escondía un mar de dudas y que se revolvía entre la incertidumbre y la paciencia autoimpuesta, de índole bíblica y proverbial. Ella era tan transparente como un cristal de bohemia y sus ojos, como en un libro abierto, proclamaban a gritos amor desinteresado. Pero él no podía verlo.
[sonreí]
No muy lejos de la joven pareja un hombre anciano se sentaba hundido en su asiento. Pantalones y chaqueta de pana, ropa limpia pero raída, vestigio de tiempos pasados. Un sombrero a juego que parecía estar en precario equilibrio y una mano arrugada pero firme mesando su barba blanca y descuidada. En su interior pude ver resignación y autocomplacencia. La serenidad de una vida que había dado para mucho y el orgullo de conservar los recuerdos que debían definirle, los que se van forjando a lo largo de toda una existencia. El tiempo había dejado de ser una preocupación para convertirse en una mera anécdota, porque la paciencia era su forma de vida. Vivir sin esperar nada más a cambio.
[asentí]
Un chico con gafas leía un enorme libro de anatomía aunque, en realidad, era el libro el que lo devoraba a él con sus fauces de papel que sólo dejaban ver la montura de las gafas. Entré en su mente con cuidado, sin hacer el menor ruido que pudiera perturbar la concentración del estudiante, y me encontré en un acantilado donde rompían las olas de un océano de conocimiento inabarcable. Las gaviotas graznaban frases inconexas de las que sólo se entendían palabras sueltas. Eran palabras que hablaban de miedo al fracaso y responsabilidades titánicas. A lo lejos, en la costa, cascos partidos de barcos hundidos arañaban las playas con restos de podredumbre y, en ellos, se podían leer siglas malditas.
[suspiré]
Un bebé, apenas recién nacido, lo miraba todo con curiosidad. Sus ojos atrapaban la esencia de las cosas mientras en su interior iba tomando forma el gran rompecabezas que es el mundo. Su madre le miraba con ojos cansados y una débil sonrisa atenuada por las horas en vela. En sus ojos había alegría y cansancio, una pizca de tristeza y mucha determinación. No opuso resistencia a mi escrutinio místico y me dejó bucear en sus recuerdos y anhelos, manipular las manecillas del reloj de sus recuerdos. Vi una sala de partos y noté una ausencia. Se hizo la luz y lo llenó todo con su llanto primerizo. Y ella supo que su universo acababa de cambiar de eje, que ahora debía girar alrededor de esa estrella recién nacida.
[lloré]
La corbata le traía por el camino de la amargura, como la soga que se ajusta al cuello de los ahorcados. Gotitas de sudor perlaban su frente y él, siguiendo una coreografía muchas veces ensayada, se secaba el sudor con un pañuelo de cuadros. Como un limpiaparabrisas. Sujetaba su maletín con pulso firme y una fuerza desproporcionada que denotaban sus nudillos blanquecinos. Su vida estaba en ese maletín porque un día decidió que su trabajo era más importante que su propia felicidad o que, quizá, era el mejor medio para lograrla. Y hoy, justamente hacía unas horas, se había dado cuenta de lo equivocado que estaba. Alguien con más poder, a quién su conciencia me había dibujado como una criatura con cuerpo deforme y cabeza de caja registradora, le había despedido. Toda una vida de dedicación a su trabajo fulminada por unas palabras llenas de odio. Años de automatismos que, aún cuando ya nada importaba, seguían rigiendo su conducta y apretando, más si cabe, el nudo de su corbata.
[rabié]

Las puertas del metro, al abrirse, me sacaron de mi viaje astral. No importaba que se hubiera cumplido el primer postulado de la ley de la elasticidad del tiempo, no importaba que me hubiera pasado de parada. Me dí cuenta de que, durante unos minutos, el tiempo se había distorsionado y me había enseñado que mi vida era una parte de todo lo que había visto: la incertidumbre del amante y la transparencia de la amada, la resignación del anciano, el miedo del estudiante, la curiosidad del bebé y la determinación de la madre, el hastío del ahorcado.
[caleidoscopio]
Y entonces supe quién era... pero lo olvidé cuando las puertas se cerraron tras de mí y me encontré, desorientado, en mitad de ninguna parte.

by milio a las 11:55 PM | Comentarios (4) | Enlace Permanente

Noviembre 07, 2007

Ánima

Cada día, desde que abría los ojos hasta que viajaba al reino de los sueños, debía luchar contra un enemigo incansable. Médicos de bata blanca, psiquiatras y psicólogos de jeringuilla o diván, cirujanos con traje y corbata, matasanos de costumbres estrafalarias, todos decían conocer su enfermedad pero ninguno tenía una cura. Pastillas blancas y azules, monólogos y más pastillas, bisturíes afilados, ungüentos viscosos y malolientes. Había probado todo pero aquella maldición seguía robándole la vida. Despacito y sin piedad iba borrando todos sus recuerdos.
[difuminando su vida]
Todo empezó con algunos pequeños olvidos. Algún fantasma se dedicaba a esconder cosas cotidianas en sitios que él nunca habría imaginado. Paulatinamente fue olvidando detalles concretos cogidos de lugares al azar de su memoria. ¿Cómo se llamaba aquel restaurante? ¿Quién era esa mujer que le miraba fijamente? ¿Qué pretendía el hombre que le observaba desde su garita cada vez que entraba en su portal?
[el que todo lo sabe]
Y entonces, un buen mal día, se dio cuenta de que su vida ya no le pertenecía. La apisonadora que iba destruyendo sus recuerdos, el gusano que había dejado su mente como un queso gruyere, se había apropiado de lo que una vez le importó y que ahora, por desgracia, no recordaba. La deforestación de su mente era tal que no daba abasto plantando nuevos recuerdos.
Era como volver progresivamente a la infancia, desaprendiendo todo lo que sabía. Embutido en su traje espacial, con una escafandra de colores, se sumergía en su mente buscando respuestas, intentando hallar el lugar donde, según dicen, reside el alma. Temía que la enfermedad, un día cualquiera, se llevara la última y más importante pieza de su rompecabezas y le dejara vacío como un botijo, fuera lo que fuera ese artefacto desconocido.
[¿recipiente?]
Los días trascurrían uno tras otro con una lentitud pasmosa pero, por alguna extraña razón, las semanas parecían durar algo más que instantes. Si hubiera podido recordar cuándo empezó su enfermedad habría caído en la cuenta de que estaba viviendo el aniversario de los primeros olvidos.
[efeméride]
Se levantó de la cama. Ya era media mañana y su viaje por las entrañas no había resultado nada productivo. Algunos días conseguía rescatar algún recuerdo antes de ser engullido por la podredumbre, otros encontraba alguno malherido y podía aplicarle una suerte de primeros auxilios y esperar que, contra todo pronóstico, sobreviviera. Pero hoy, esa mañana, no había sido capaz de salvar nada. Ninguna fecha señalada, nada de caras conocidas o canciones que por alguna razón debía recordar. Ningún beso o amor de juventud, todos habían desaparecido. Nada en absoluto.
[vacío]
Intentó descifrar los papeles que él mismo había pegado hace meses en todos los rincones de la casa. Pero eran jeroglíficos sin sentido, escritos posiblemente en algún lenguaje arcano olvidado por la humanidad hacía siglos. Los libros se apilaban en las estanterías y, aunque tenían los mismos jeroglíficos, podía pasarse horas mirando sus ilustraciones con auténtico asombro. Recorría cada habitación sorprendiéndose a cada paso por las cosas nuevas que descubría.
Su casa era fría y él no tenía ni la más remota idea de que con sólo girar una manecilla podía acabar con esos temblores. Pero su cuerpo no entendía de recuerdos y ejecutaba mecánicamente la misma rutina todos los días. Si hubiera podido recordarlo habría notado que cada día, más o menos a la misma hora, su cuerpo le empujaba a la calle, a sentir el sol de la mañana.
[por instinto]
En la ciudad, la fauna anónima y la flora metálica le esperaban con los brazos abiertos. Sonreía a cada paso como un niño que acaba de entender una adivinanza, como cada día. ¿Cómo podía saber si cada día era distinto al anterior si apenas era capaz de recordar nada? No, no podía. Y por esa razón no se dio cuenta de que su cuerpo había hecho planes por su cuenta. Su paso se fue acelerando hasta convertirse primero en un trote ligero y, más tarde, en una carrera desenfrenada. Agitaba los brazos y gritaba al sentir el aire fresco deslizándose sobre sus mejillas. No pudo escuchar el frenazo del coche que se le echaba encima y éste no pudo frenar a tiempo. Un golpe seco en sus rodillas y una pirueta imposible y mortal de necesidad. Contra el suelo se partieron huesos y rompieron tejidos. Y en décimas de segundo se dio cuenta de que el final había llegado y de que su alma, dondequiera que estuviera, seguía siendo suya.

Y era lo único que le quedaba.

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Realismo ficticio
by milio a las 11:58 PM | Comentarios (7) | Enlace Permanente