Diciembre 31, 2007

Otra hoja en el calendario

La vida no se detiene ni en el cambio de año. El destino no nos concede un respiro mientras suenan las doce campanadas y la mente, siempre inquieta, comienza a firmar propósitos en pergaminos de ceniza.
[principio y fin]
Echo la vista atrás y me doy cuenta de que este año ha sido como una montaña rusa invertida. En los momentos bajos, lejos de viajar a velocidades vertiginosas, el tiempo se ha ralentizado hasta el umbral de lo insoportable. Y cuando mi vida ha llegado a cotas altas mi vagoneta, caprichosa y miserable, ha alcanzado velocidad terminal.
[relativo]
Dicen que lo bueno, cuando es breve, es dos veces bueno. Y yo digo que quien afirmó eso era un infeliz que nos quería amargar la existencia. Yo prefiero que lo bueno no acabe nunca y me atrevo a pensar que lo malo, si breve, no es tan malo.
[la mitad]
Tras mi silla se agazapan todos mis fantasmas, buenos y malos, cumpliendo sus últimas horas de servicio antes de cogerse la noche libre. Vestidos de gala me recuerdan que aunque esta noche irán a emborracharse a algún cotillón del inframundo volverán muy pronto, que no es tiempo ni lugar para revoluciones. Que el tiempo es una sucesión de instantes que nacen en el futuro y mueren en el pasado y que el hecho de cambiar la hoja del calendario no significa absolutamente nada. Los infelices no lo serán menos por tomarse doce uvas y hacer propósitos vacíos. Y los afortunados que vivan tiempos felices no lo serán más por olvidar el año que muere.
[si acaso menos]
Del año nuevo no espero nada porque al que nada espera todo le sorprende. Así que tengo trescientos sesenta y cinco seis días para escribir el siguiente capítulo de mi vida. Espero que no se me quede nada en el tintero.
[borrón y cuenta nueva]

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Citas anuales
by milio a las 09:39 PM | Comentarios (3) | Enlace Permanente

Diciembre 26, 2007

A solas

Con una vela agonizante como única compañera en la cena de Nochebuena la vida se veía un poco más gris. Odiaba las navidades con todas las fuerzas que podía sacar de un alma podrida, oxidada por el alcohol y macerada en una barrica mohosa en la bodega del olvido.
Era una noche parda y los gatos, oscuros, campaban a sus anchas. El fino cristal de la única ventana, inexplicablemente intacto, no bastaba para silenciar el soniquete de los villancicos eléctricos que torturaban, incansables, los oídos de los incautos. Hacía rato que había descubierto que le era imposible comer y taparse los oídos a la vez, así que tuvo que rendirse ante el hambre y seguir escuchando la cacofonía navideña que debía salir del mismísimo averno.
Una lata de atún de tamaño familiar y un tomate medio podrido eran los únicos manjares que se podía permitir. Todo regado por un tinto despreciable y de postre el sabor de la bilis que le llegaba desde su maltrecho estómago.
¬ Así es como sabe el odio.
Hubo tiempos mejores pero la desidia había acabado con ellos, borrando esos recuerdos de forma selectiva. Un pasado en el que vivía feliz y con una venda en los ojos, la bendita ceguera. Hasta que llegó el día en que al perderlo todo se dio cuenta de lo poco que tenía. El artificio de una vida en apariencia perfecta y que en realidad estaba vacía por dentro. Perdida la venda asomó a sus ojos la realidad más cruda: la que no tiene un final feliz, la que no se cita en los cuentos. En su universo sin estrellas había aparecido un agujero negro dispuesto a devorarlo todo.
[vacío]
Y desde entonces, un año tras otro, llegaba la navidad para recordarle que estaba más sólo que ayer pero menos que mañana. Sin familia que reunir, sin regalos que comprar con dinero de plástico, sin motivos por los que alegrarse, en navidades se sentía más vacío que nunca.
[al margen]
Imaginaba a los hombres que habían inventado el circo de la navidad sentados en torno a una lujosa mesa en el ático de algún lujoso rascacielos, fumando puros carísimos y con calvas tocadas por bombines estrafalarios. Buscando la mejor forma de canalizar el capitalismo feroz en las autopistas del consumismo. Cómo hacer que el primer mundo se convirtiera en una pescadilla y se mordiera la cola.
[lo habían logrado]
En ese momento el juez que le quitó su empresa estaría comiendo marisco con las manos, la abogada que le desplumó en su divorcio habría bebido ya más copas de la cuenta y su ex mujer quizá tuviera la mala suerte de atragantarse y tener una muerte lenta y dolorosa. Por lo que a él respectaba se podía pudrir en el infierno. La red ponzoñosa que había tejido su ex mujer había ya envuelto por completo a sus hijos años atrás y era tan efectiva que, en la práctica, él había dejado de existir.
Con el último trago al tetrabrick de vino barato le sobrevino la revelación, y la locura. Cogió un cuchillo de cocina, mellado y oxidado, y se dispuso a dar rienda suelta a su locura para hacer el mundo un lugar peor. Ante la puerta cerró los ojos con fuerza y apretó los puños hasta tener los nudillos blancos. Entonces suspiró y abrió la puerta.
Perdido en pensamientos delirantes no se percató de que su pie pisaba en un lugar donde no había escalera. Agitó los brazos como una gallina que aún no ha asumido que no puede volar y rodó escaleras abajo. Sintió una punzada de dolor mientras su brazo se partía pero no llegó a oír el crujido de su cuello al romperse: el cuchillo oxidado se había clavado en su pecho hasta la empuñadura. De haber seguido vivo se habría sorprendido al comprobar que en sus venas, en lugar de alcohol, había realmente sangre.
A la mañana siguiente, cuando encontraron su cuerpo frío y rígido como un pescado en salazón, no hubo palabras de despedida ni comentarios para programas sensacionalistas.
[nada perdurable]
El mundo se había convertido, si cabe, en un lugar un poco mejor.

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Realismo ficticio
by milio a las 02:10 AM | Comentarios (7) | Enlace Permanente

Diciembre 11, 2007

Mi Lugar en el Cosmos

Miedo huía despavorido por el laberinto de corredores construidos en el principio de los tiempos mis tiempos. Corredores que Cordura había derruido en parte, inmerso en la batalla sin fin por el control de mi mente.
Con ropas andrajosas y un sombrero que se caía a cada momento, Miedo miraba sin ver, con ojos vacíos, el camino que debía llevarle al destierro. El rey de mis fantasmas sentía, por primera vez en su existencia, la puñalada gélida del pánico.
Pero aún había una alternativa al destierro.

Caos sonreía a medias. Una parte de su rostro mostraba una mueca de satisfacción mientras que la otra se contraía en una expresión de rabia.
¬ Cómo se atreve ese infeliz...

Indecisión caminaba cabizbajo y cejijunto, rumiando delirios de grandeza que nunca se vieron realizados. Recordando momentos estelares que había truncado con un único pensamiento, con la ponzoña de reflexiones insidiosas entrevenadas magistralmente en una secuencia de ilusiones.
¬ Maldito inconsciente...

Amor, el fantasma tímido y de apariencia benévola, rugía de rabia y desconcierto en la cima de un túmulo funerario. Bajo sus pezuñas yacían los cadáveres de amores olvidados, algunos muertos violentamente, otros por desgaste.
El camino que serpenteaba en las laderas del desengaño, por el que solían peregrinar los idilios en estado terminal, estaba vacío y descuidado, invadido por las malas hierbas.
[cementerio de elefantes]
El ciclo se había roto, otra vez.

Desidia descansaba bajo la sombra de un ciprés. Sus manos, cruzadas sobre el pecho, temblaban ligeramente. Un sombrero de paja ensombrecía sus ojos con la proyección de la luz mortecina de un sol moribundo. Sabía que las cosas habían cambiado y que pasaría mucho tiempo ocioso.
[bostezó]
¬ ¿Qué es una temporada en comparación con toda la eternidad? Iluso.

Memoria se mesaba su larguísima barba blanca con aires reflexivos. Sentado en un tajo de madera, con la melena gris descuidada y dispersa a su alrededor, revisaba sus apuntes con atención. Algunos eran tan antiguos que llevaban años sin considerarse siquiera recuerdos. Otros tan recientes que aún estaban siendo escritos. Le había costado mucho esfuerzo reunir vivencias tan dispersas de la gran biblioteca sin catalogar de la mente-sujeto.
Y quizá estaba cometiendo el mayor error de su existencia. Había sido una decisión arriesgada y tendría que asumir las consecuencias. Debía poner fin al período de turbulencias que había convertido su existencia en un sinvivir plagado de momentos miserables. Tanto caos le estaba matando.
Ya estaba hecho. Los recuerdos habían sido dispuestos en el orden apropiado y la conciencia del sujeto había sido bombardeada con armas de racimo. Sólo quedaba esperar. Y la paciencia le sobraba.

En una cafetería al azar, tomando el enésimo café del día, encontré el camino hacia la trascendencia. Recuerdos recientes e imágenes que creía ya olvidadas aparecieron mágicamente ante mis ojos.
Aprendí de mis errores pasados y pude predecir algunos del futuro. Aposté por el caballo perdedor para probar hasta donde llegaban mis limitaciones. Soñé con un futuro oculto en una niebla de improvisación. Decidí recobrar el control de mis actos y luchar por cosas que merecieran la pena, sin medir las consecuencias de resultados inesperados.
Y entonces, sólo entonces, encontré mi lugar en el cosmos. La voz de un poeta me confirmó que no estaba equivocado:

"Vivir a la deriva
sentir que todo marcha bien"
1

[cogí el timón]

Los fantasmas desaparecen cuando son desterrados y sólo una situación específica, como si de un ritual se tratara, puede devolverlos a la vida. Miedo sabía que su destierro era inminente y que sólo le quedaba una alternativa: pedir un indulto al Innombrable.
El que vivía en los confines de la nada, antes de la luz que marca el final del camino, lo esperaba en su trono de obsidiana. Aquel al que los sólo temerarios y los borrachos llamaban por su nombre verdadero sin estremecerse: Muerte.
Miedo arrastraba sus pies cuando llegó al último peldaño de la escalera negra. No necesitó levantar la vista para saber que Él le estaba mirando con los ojos, de tenerlos, inyectados en sangre, evaluando si debía destruirle en ese momento o después de escuchar lo que debía decirle. En su cabeza retumbó una voz profunda:
¬ Sé lo que buscas y conozco lo que has de encontrar. La respuesta a todo vendrá con el tiempo. El cuándo será tu incógnita, no oses preguntarlo. Vuelve a tus dominios y espera el momento apropiado.
Tras un largo silencio Miedo se dio la vuelta y, cuando ya se marchaba, la voz volvió a meterse en su cabeza:
¬ Nada dura para siempre. Todo muere, algún día.



1 Parte de Quemando tus recuerdos de Extremoduro, del disco Somos unos Animales.
by milio a las 01:34 AM | Comentarios (5) | Enlace Permanente

Diciembre 05, 2007

El Reflejo

Su pelo descansaba sobre cama y la almohada yacía inerte en el suelo. Bucles castaños dibujaban un abanico abierto sobre su cabeza en el reflejo que, sobre el espejo del techo, observaba atentamente. Finas gotas de sudor le concedían a su cuerpo un brillo antinatural a la luz de la luna y de algún luminoso que, como una estrella urbana, titilaba insistentemente.
¬ Maldito el día en que te hice caso y pusimos este espejo indiscreto.
Completamente desnuda, con mirada descuidada, repasaba una y otra vez la sucesión de fracasos que le había conducido a la situación en que se encontraba.
[desamparo]
Pensando en el futuro, intentando cambiar hechos pasados, había destruido su presente.

Abrazado a su almohada, en posición fetal, contemplaba su patético reflejo en el espejo que hacía de puerta corredera del armario. Un mechón negro se agitaba con el viento que la ventana, entreabierta, dejaba entrar para arrullarlo en sus sueños. Porque ella no estaba, ni estaría nunca más. Lágrimas negras se agolpaban en sus ojos, luchando por ser las primeras en salir. "El llanto es femenino, que nadie te engañe", le recordaba la voz de su padre, ya muerto y sepultado, en su cabeza. Cuánto daño le habían hecho esas palabras durante toda su vida. Las odiaba pero las obedecía.
Una ráfaga de aire helado se coló bajo bajo la sábana, que ondeaba como una bandera de rendición, blanca como la indiferencia. Tembló ligeramente pero no se resistió. Sentir el frío le reconfortaba, le confirmaba que seguía despierto y que no estaba en mitad de una pesadilla.
[sin final]
Evitando repetir errores pasados, sometiendo sus actos a un escrutinio censor, había hipotecado su futuro.

Sus dedos acariciaban una botella de un alcohol tan caro y exótico que no era capaz de recordar su nombre. En la licorería aseguraban que era el mejor y más suave, un capricho de ricos. Por alguna razón que no terminaba de comprender aquella botella estilizada se le antojaba la bebida más efectiva para ahogar el mal de amores. Y ya llevaba casi media repartida, a partes iguales, con las sábanas. Le gustaba el olor dulzón que confundía sus sentidos con cada trago y odiaba, casi en la misma medida, el sabor de aquel brebaje.
Acercó la botella a sus labios y bebió un largo trago. La mitad del alcohol había acabado resbalando por su barbilla. Torció el gesto, tosió, tuvo arcadas y rió.
[con voz queda]
Dejó la botella sobre la mesilla de madera y, palpando sin mirar, cogió su teléfono con gestos torpes.
Buscó un nombre en la agenda esforzándose por no pulsar las teclas equivocadas, y llamó.

Al tercer escalofrío soltó la almohada y se giró lo suficiente para que su brazo llegara a la mesilla que, junto con el mueble y una mesa antediluviana, constituía el único mobiliario del triste cuarto. Buscaba a tientas un paquete de tabaco que, si sus cálculos no fallaban, debía estar medio vacío. Con un gesto ágil sacó un cigarrillo de la caja. Un instante después estaba encendido y, de su boca, salía una lengua de humo. La nicotina no aplacaba su pena, como tampoco lo había hecho la botella vacía que yacía bajo su cama.
[exhausta]
Maldijo a los fantasmas del pasado y se prometió, mientras exhalaba el humo de la última calada, que no volvería a tropezar otra vez en esa piedra que siempre estaba en su camino, que había nacido con él y le seguía allá por donde iba.
En ese momento su teléfono empezó a vibrar frenéticamente y cayó al suelo desde la mesilla. Lo recogió al momento.

Al otro lado de la línea no había más que silencio. Un silencio que valía más que mil imágenes y un millón de palabras. Un silencio que, por más que se empeñaba, no podía romper. Declaraciones, pensamientos, excusas y promesas luchaban por escapar de aquella prisión sin palabras. Por su cabeza pasaron mil y una excusas, al menos un millón de disculpas y no más de dos reproches.
Pero ya era demasiado tarde.
En un único movimiento secó una lágrima furtiva que ya quería salir de su cárcel y colgó el teléfono. Ya iba siendo hora de derrumbar el presente para construir, con otras piezas, un futuro nuevo.
[otro ciclo]

Clasificado en:
Realismo ficticio
by milio a las 12:34 AM | Comentarios (7) | Enlace Permanente