Febrero 20, 2008

El precio de una sin

La corbata quería convertirse en horca y el chaquetón en sudario. La marquesina de la parada de autobús me devolvía una imagen de mí mismo que, aún sabiendo que era especular, me seguía pareciendo extraña. El pelo recogido en una socorrida coleta, los zapatos limpios pero no impolutos, la camisa planchada a juego con la corbata y la sonrisa en paradero desconocido. Aún así ese individuo que se reflejaba en el cristal casi traslúcido no era yo, quizá fuera uno de mis dobles, el que nació en una familia acomodada.
[universo paralelo]
Un amigo me esperaba para comer y, por teléfono, habíamos quedado en la cafetería de un hotel cercano. Al cruzar las puertas me pareció raro que fuera ese lugar, y no otro, donde mi amigo solía comer. Aún así y enfundado en mi flamante vestimenta disfraz decidí entrar a tomar una cerveza sin alcohol a la que, por otra parte, ya me he acostumbrado.
Podía sentir las miradas de todos los parroquianos clavadas en mi espalda, evaluando a la víctima como tigres agazapados. Quizá otro día cualquiera, con mi atuendo habitual, me habrían echado a los leones, pero hoy no. Hoy era uno de ellos. Entré con la barbilla bien alta en la urna a prueba de fumadores y me senté en un sillón que debía tener al menos dos siglos. Sentí el peso de la historia bajo mis ilustres, por un día, posaderas.
Al rato apareció un camarero:
¬ ¿Qué va a tomar el señor?
¬ Una cerveza sin alcohol, por favor.
¬ En seguida se la traigo.
Mientras esperaba me recreé observando a los presentes. Allí debía haber gente ilustre pero no pude encontrar a nadie que fumara en pipa, llevara monóculo o vistiera sombrero de copa de corte inglés. Rumiaba aún mi desilusión cuando el camarero se acercó a mi mesa con gráciles movimientos.
[gacela]
¬ Aquí tiene señor.
¬ Gracias.
Estaba pensando que los caballeros distinguidos también toman aperitivo con la caña cuando el camarero, que aún seguía ahí, me interrumpió.
¬ Disculpe, ¿quiere que se lo cargue a la cuenta de su habitación?
¬ Eh... no, soy de fuera... quiero decir que no me alojo en el hotel.
Ese fuera rompió el hechizo y me devolvió a mi lugar en el cosmos de las clases sociales. Pero aún quedaba el golpe de gracia:
¬ Son cuatro con veintisiete.
[mon dieu!]
Estoy tentado a decirle que se ha equivocado de cuenta y que yo sólo tengo una cerveza sin alcohol o que me ha aplicado la tarifa de la garrafa de cinco litros de cerveza. Pero no, el camarero no se equivoca y yo tengo exactamente tres segundos para contestar con dignidad antes de que los leones descubran que hay una gacela entre ellos, y me devoren.
¬ Claro. Toma, quédate con la vuelta.
... que son veintitrés céntimos.
[perdonavidas]
A partir de ese momento observo con disimulo y dejo volar la imaginación hasta que mi amigo por fin llega. Parece que, efectivamente, me he confundido de sitio y que esta cafetería lujosa no es donde vamos a comer. Oigo a mi bolsillo suspirar de alivio y siento como mi corbata, hambrienta, se aprieta un poco más.

Lo que no te mata, según dicen, te hace más fuerte. Y yo sólo soy un poco más pobre que ayer.

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Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 09:54 PM | Comentarios (6) | Enlace Permanente