Abril 20, 2008
Lengua de trapo
En una hoja de papel que llevaba en su bolsillo demasiado tiempo había condensado, con unas líneas, decenas de anhelos y algún reproche. Con tinta azul y trazo inseguro, con algún pequeño remedo visible en los signos de puntuación y una interrogación sospechosamente perfecta, había resumido un millón de pensamientos.
[velados]
Esa hoja de papel era a la vez un triunfo y un fracaso. Le recordaba que seguía vivo y que el mundo no le había insensibilizado lo suficiente para erradicar su capacidad de soñar. Pero ese pequeño papel tenía un lado oscuro que aumentaba su peso hasta tal punto que casi debía andar arrastrando los pies: cada día que seguía en su bolsillo era una pequeña derrota en la batalla que se había obligado a librar.
En dos semanas no había sido capaz de trazar las líneas maestras de un plan que, de ocurrírsele, se le antojaría magistral. Aunque la historia universal fuera para su pequeña memoria un torrente inabarcable, estaba convencido de que los grandes éxitos y fracasos de la humanidad se habían planeado en menos de dos semanas. Y aquel papel, parapetado en la oscuridad de su bolsillo, pesaba ya varias toneladas.
Quiso el destino que las heridas se cerraran y que el tiempo se sacara de la manga una jugada ganadora en forma de ultimátum. Recorrió el camino hacia la resolución como tantas veces había hecho durante los días anteriores. Improvisaba discursos a cada paso para descartarlos al siguiente.
Y el tiempo, caprichoso, hizo su apuesta. Puso en escena a la verdadera protagonista de esta historia y él, degradado a figurante, sintió que su mente se nublaba y su lengua se convertía en un trozo de esparto. Lo que aconteció en esos momentos se convirtió, en su mente, en una masa informe de recuerdos inconexos. Sabía que había seguido alguna suerte de plan improvisado y que el dichoso papel había cambiado de bolsillo, sabía que su voz había sonado entrecortada y que había dicho más cosas sin sentido de las que podía tolerar. Pero lo demás se lo llevó el viento.
Todo había pasado tan rápido que se vio fuera de escena antes de haberse hecho a la idea de lo que acababa de ocurrir. Con la adrenalina por las nubes y el optimismo bajo mínimos.
[medio vacío]
Y mientras se alejaba de aquel lugar buscaba a tientas el papel que ahora bien podría estar en una papelera. O sostenido por dedos nerviosos. O arrugado en posición fetal precipitándose desde una ventana. O lo que era aún peor: olvidado en el fondo de un bolsillo esterilizado.
Y él, con la mirada fija en las calles vacías, se resignaba a no esperar nada y a desear todo. Aquel papel era un enlace entre dos mundos, un enlace unidireccional que sólo ella podía establecer: nueve números y una palabra con arroba intercalada. Un billete de ida cuyo destino quizá sería perderse en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.
Yo, me, mí, conmigo
Abril 07, 2008
Pecas
Las agujas del reloj se encajaron con un sonoro traqueteo para marcar, exactamente, las siete y cuarto. Un gallo tardío pregonaba el comienzo del nuevo día para todo aquel que quisiera escuchar.
Y el mundo, ajeno a devenires terrenales, seguía girando.
Las sábanas arrugadas raspaban mi piel como pequeños dardos somníferos y mis músculos se negaban a despertar.
Lento parpadeo.
[guiño, guiño]
¿Por qué estoy desnudo? Un movimiento a un lado de la cama me alerta de que no estoy solo. En las películas el bueno siempre saca su arma de debajo de la almohada, rueda grácilmente buscando cobertura y encañona al intruso mientras pronuncia una frase lapidaria.
Pero yo no tengo un as bajo la almohada, ni sé moverme grácilmente y, lo que es más importante, no suelo tener intrusos en mi cama. Y, ¡por los hados!, no se me ocurre ninguna frase lapidaria.
¬ ...las puertas de Tannhäuser...
[bah]
Intento evaluar la situación buscando un poco de cordura entre tanto sinsentido. Un sujetador se aferra a mi flamante ventilador de techo y me mira desde su órbita sideral. Un calcetín muy femenino se ríe enroscado en un picaporte y una bata blanca descansa en mi perchero victoriano.
¿Desde cuándo tengo un perchero? ¿Y un maldito ventilador de techo? ¡Pardiez! ¡Y una cama colosal!
No hay tiempo para más conjeturas, una voz suave que entona las palabras como si fueran disculpas me susurra promesas de eternidad. Una miríada de pecas me sonríe, unos ojos pícaros buscan los míos y un pecho emerge de un océano de sábanas, como un delicioso descuido y amenazando con abrir el camino hacia la tierra prometida.
[amén]
Un pecho sobre mi cama continental, bajo el ventilador de techo, orientado hacia mi perchero victoriano y situado a años luz de mi cordura. Una teta estratosférica.
Entonces toda mi escena triunfal se convirtió en un torbellino, en un torrente de colores que se colaba por el sumidero que tenía su centro en aquella glándula mamaria. Cerré los ojos esperando que, al abrirlos de nuevo, todo siguiera exactamente igual. Pero la máquina de sueños y su pequeño operario, el hacedor, decidieron que por hoy ya habían trabajado suficiente.
Por fin abrí los ojos y me encontré con la estampa gris de siempre: sin camas desproporcionadas, sin ventilador de techo ni perchero victoriano, sin gallos ni calcetines colgados de un pomo.
Y sin lo más importante: la enfermera de la que el viernes me sobraron diez minutos para enamorarme.
[como un niño]
Yo, me, mí, conmigo





