Tengo la sensación de llevar toda la vida dejándome a deber. Haciendo planes que nunca cumplo, prometiendo cosas que después ignoro y obligándome con plazos estúpidos que sé que, por descontado, no cumpliré.
Desidia, desde las sombras, se ríe de mí.

Dicen que uno debe coger las riendas de su vida y gobernarla a su antojo, no dejar que el azar dirija la orquesta, ser quién decida con qué paleta pintar su futuro. El mío, hasta hace poco, lo pintaba un niño con los dedos.

Uno pasa toda su vida viéndolas venir, navegando por los mares de la incertidumbre sin más ayuda que las corrientes pasajeras que discurren bajo sus pies, tomando decisiones por inercia.
Hasta que un día la sociedad se encarga de devolverte a tu sitio y recordarte que “yo a tu edad ya tenía la vida resuelta”.
[amén]

Tachas años en el calendario y cuando te quieres dar cuenta ya andas cerca de los treinta. Y es entonces cuando llegan esas malas consejeras que son las prisas para recordarte que el tiempo apremia y apenas has tachado cosas de la lista de deseos que has ido confeccionando con los años.

En apenas tres meses no podré ni recorrer el mundo ni escribir un libro, ni pasar a la historia ni comprarme una casa, ni encontrar o redescrubrir en un pajar la aguja que debe ser mi media naranja ni, por supuesto, tener descendencia. Algunos de estos propósitos pueden esperar, quizá al próximo punto de control, pero quedan otros que sí están a mi alcance.

Y por todos estos propósitos y los que olvidé incluir en la lista lucharé hasta el último aliento porque, por suerte o por desgracia, he cogido las riendas.

Y el azar ha sido desterrado, temporalmente, al olvido.