Si se me hubiera aparecido alguien, como en una mala película navideña, y me hubiera dicho hace algo más de un año que intentara imaginar cómo iba a ser mi futuro inmediato, nunca habría podido acertar. Parece como si durante mis treinta primeros años de vida hubiera estado cogiendo impulso para este año, por fin, saltar bien alto.
[sin cuerda]
Maravillosas contradicciones, avatares del destino, posos leídos en el fondo de una taza de café, cartas tiradas al aire. Destino se aburría contemplando el océano cuadriculado en que se había convertido mi vida y un día decidió que merecía la pena darle la vuelta a la tortilla y esperar pacientemente a ver qué ocurría.
[tenía la eternidad]
Un poquito de ansiedad aquí, una pizca de crisis de los treinta adelantada allá, una cucharadita de dudas planteadas en voz baja y un salteado de “se te pasa el arroz”. La receta perfecta.
[bingo]
Podría pensar que la determinación surgió de forma espontánea, pero en realizad fue un movimiento totalmente orquestado, y en apenas un año conseguí todo lo que durante todos los años anteriores había estado aplazando.
[rush]
Y ahora, en mi cabeza, todos mis fantasmas debaten en torno a una mesa cómo pueden recuperar el control, cómo meterme de nuevo el miedo (de lo que se alimentan) en el cuerpo.
Lo que no saben es que el eterno ausente, Soledad, es el único que hoy por hoy pueda hacerme frente. Espero que no lo descubran a tiempo.