Diciembre 26, 2007
A solas
Con una vela agonizante como única compañera en la cena de Nochebuena la vida se veía un poco más gris. Odiaba las navidades con todas las fuerzas que podía sacar de un alma podrida, oxidada por el alcohol y macerada en una barrica mohosa en la bodega del olvido.
Era una noche parda y los gatos, oscuros, campaban a sus anchas. El fino cristal de la única ventana, inexplicablemente intacto, no bastaba para silenciar el soniquete de los villancicos eléctricos que torturaban, incansables, los oídos de los incautos. Hacía rato que había descubierto que le era imposible comer y taparse los oídos a la vez, así que tuvo que rendirse ante el hambre y seguir escuchando la cacofonía navideña que debía salir del mismísimo averno.
Una lata de atún de tamaño familiar y un tomate medio podrido eran los únicos manjares que se podía permitir. Todo regado por un tinto despreciable y de postre el sabor de la bilis que le llegaba desde su maltrecho estómago.
¬ Así es como sabe el odio.
Hubo tiempos mejores pero la desidia había acabado con ellos, borrando esos recuerdos de forma selectiva. Un pasado en el que vivía feliz y con una venda en los ojos, la bendita ceguera. Hasta que llegó el día en que al perderlo todo se dio cuenta de lo poco que tenía. El artificio de una vida en apariencia perfecta y que en realidad estaba vacía por dentro. Perdida la venda asomó a sus ojos la realidad más cruda: la que no tiene un final feliz, la que no se cita en los cuentos. En su universo sin estrellas había aparecido un agujero negro dispuesto a devorarlo todo.
[vacío]
Y desde entonces, un año tras otro, llegaba la navidad para recordarle que estaba más sólo que ayer pero menos que mañana. Sin familia que reunir, sin regalos que comprar con dinero de plástico, sin motivos por los que alegrarse, en navidades se sentía más vacío que nunca.
[al margen]
Imaginaba a los hombres que habían inventado el circo de la navidad sentados en torno a una lujosa mesa en el ático de algún lujoso rascacielos, fumando puros carísimos y con calvas tocadas por bombines estrafalarios. Buscando la mejor forma de canalizar el capitalismo feroz en las autopistas del consumismo. Cómo hacer que el primer mundo se convirtiera en una pescadilla y se mordiera la cola.
[lo habían logrado]
En ese momento el juez que le quitó su empresa estaría comiendo marisco con las manos, la abogada que le desplumó en su divorcio habría bebido ya más copas de la cuenta y su ex mujer quizá tuviera la mala suerte de atragantarse y tener una muerte lenta y dolorosa. Por lo que a él respectaba se podía pudrir en el infierno. La red ponzoñosa que había tejido su ex mujer había ya envuelto por completo a sus hijos años atrás y era tan efectiva que, en la práctica, él había dejado de existir.
Con el último trago al tetrabrick de vino barato le sobrevino la revelación, y la locura. Cogió un cuchillo de cocina, mellado y oxidado, y se dispuso a dar rienda suelta a su locura para hacer el mundo un lugar peor. Ante la puerta cerró los ojos con fuerza y apretó los puños hasta tener los nudillos blancos. Entonces suspiró y abrió la puerta.
Perdido en pensamientos delirantes no se percató de que su pie pisaba en un lugar donde no había escalera. Agitó los brazos como una gallina que aún no ha asumido que no puede volar y rodó escaleras abajo. Sintió una punzada de dolor mientras su brazo se partía pero no llegó a oír el crujido de su cuello al romperse: el cuchillo oxidado se había clavado en su pecho hasta la empuñadura. De haber seguido vivo se habría sorprendido al comprobar que en sus venas, en lugar de alcohol, había realmente sangre.
A la mañana siguiente, cuando encontraron su cuerpo frío y rígido como un pescado en salazón, no hubo palabras de despedida ni comentarios para programas sensacionalistas.
[nada perdurable]
El mundo se había convertido, si cabe, en un lugar un poco mejor.
Realismo ficticio
Diciembre 05, 2007
El Reflejo
Su pelo descansaba sobre cama y la almohada yacía inerte en el suelo. Bucles castaños dibujaban un abanico abierto sobre su cabeza en el reflejo que, sobre el espejo del techo, observaba atentamente. Finas gotas de sudor le concedían a su cuerpo un brillo antinatural a la luz de la luna y de algún luminoso que, como una estrella urbana, titilaba insistentemente.
¬ Maldito el día en que te hice caso y pusimos este espejo indiscreto.
Completamente desnuda, con mirada descuidada, repasaba una y otra vez la sucesión de fracasos que le había conducido a la situación en que se encontraba.
[desamparo]
Pensando en el futuro, intentando cambiar hechos pasados, había destruido su presente.
Abrazado a su almohada, en posición fetal, contemplaba su patético reflejo en el espejo que hacía de puerta corredera del armario. Un mechón negro se agitaba con el viento que la ventana, entreabierta, dejaba entrar para arrullarlo en sus sueños. Porque ella no estaba, ni estaría nunca más. Lágrimas negras se agolpaban en sus ojos, luchando por ser las primeras en salir. "El llanto es femenino, que nadie te engañe", le recordaba la voz de su padre, ya muerto y sepultado, en su cabeza. Cuánto daño le habían hecho esas palabras durante toda su vida. Las odiaba pero las obedecía.
Una ráfaga de aire helado se coló bajo bajo la sábana, que ondeaba como una bandera de rendición, blanca como la indiferencia. Tembló ligeramente pero no se resistió. Sentir el frío le reconfortaba, le confirmaba que seguía despierto y que no estaba en mitad de una pesadilla.
[sin final]
Evitando repetir errores pasados, sometiendo sus actos a un escrutinio censor, había hipotecado su futuro.
Sus dedos acariciaban una botella de un alcohol tan caro y exótico que no era capaz de recordar su nombre. En la licorería aseguraban que era el mejor y más suave, un capricho de ricos. Por alguna razón que no terminaba de comprender aquella botella estilizada se le antojaba la bebida más efectiva para ahogar el mal de amores. Y ya llevaba casi media repartida, a partes iguales, con las sábanas. Le gustaba el olor dulzón que confundía sus sentidos con cada trago y odiaba, casi en la misma medida, el sabor de aquel brebaje.
Acercó la botella a sus labios y bebió un largo trago. La mitad del alcohol había acabado resbalando por su barbilla. Torció el gesto, tosió, tuvo arcadas y rió.
[con voz queda]
Dejó la botella sobre la mesilla de madera y, palpando sin mirar, cogió su teléfono con gestos torpes.
Buscó un nombre en la agenda esforzándose por no pulsar las teclas equivocadas, y llamó.
Al tercer escalofrío soltó la almohada y se giró lo suficiente para que su brazo llegara a la mesilla que, junto con el mueble y una mesa antediluviana, constituía el único mobiliario del triste cuarto. Buscaba a tientas un paquete de tabaco que, si sus cálculos no fallaban, debía estar medio vacío. Con un gesto ágil sacó un cigarrillo de la caja. Un instante después estaba encendido y, de su boca, salía una lengua de humo. La nicotina no aplacaba su pena, como tampoco lo había hecho la botella vacía que yacía bajo su cama.
[exhausta]
Maldijo a los fantasmas del pasado y se prometió, mientras exhalaba el humo de la última calada, que no volvería a tropezar otra vez en esa piedra que siempre estaba en su camino, que había nacido con él y le seguía allá por donde iba.
En ese momento su teléfono empezó a vibrar frenéticamente y cayó al suelo desde la mesilla. Lo recogió al momento.
Al otro lado de la línea no había más que silencio. Un silencio que valía más que mil imágenes y un millón de palabras. Un silencio que, por más que se empeñaba, no podía romper. Declaraciones, pensamientos, excusas y promesas luchaban por escapar de aquella prisión sin palabras. Por su cabeza pasaron mil y una excusas, al menos un millón de disculpas y no más de dos reproches.
Pero ya era demasiado tarde.
En un único movimiento secó una lágrima furtiva que ya quería salir de su cárcel y colgó el teléfono. Ya iba siendo hora de derrumbar el presente para construir, con otras piezas, un futuro nuevo.
[otro ciclo]
Realismo ficticio
Noviembre 29, 2007
El hombre que no sabía llorar
Érase una vez, en un tiempo remoto, un hombre de carencias singulares. Un antihéroe cuyos poderes (o falta de ellos) se perdieron en la bruma de las historias no escritas. En el ruido de murmullos que debían haberse transmitido de una generación a la siguiente. Su peculiaridad: no sabía llorar.
Cuentan las leyendas, confirman los rumores, que el día de su nacimiento, cuando la comadrona le dio un cachete para provocar su llanto, más que con lágrimas ésta se encontró con una expresión de indiferencia, una ceja levantada, la mirada sostenida.
Toda su infancia la pasó entre algodones. Sus padres, extrañados por la ausencia de llanto, daban cada noche, en silencio, gracias a su dios. Por el plácido sueño, por la felicidad de su retoño.
No era este hombre, sin embargo, incapaz de sentir tristeza o desamparo. De hecho eran dos constantes en su vida. Pero jamás sus ojos se humedecieron con el paso de las lágrimas.
Tragedias cercanas o remotas, películas de índole lacrimógena, emociones personales, triunfos estratosféricos, fracasos contundentes e incluso sueños rotos en mil pedazos no le arrancaron ninguna lágrima. Jamás.
Cada situación en la que buscaba el llanto sin encontrarlo era un granito de arena más en la montaña de penalidades que se acumulaba en cada giro de su vida.
Asistió a más entierros que nacimientos, conoció el amor, el despecho y todas las situaciones intermedias. Perdió más de una vez lo que más había querido. Sufrió en sus propias carnes las consecuencias de todos los refranes agoreros que navegan a la deriva en el océano de sabiduría popular. Y no lloró ni una sola vez.
Concluyen las malas lenguas que su historia, como la mayoría, escribió su último capítulo en su lecho de muerte. Solo y vadeando la oscuridad llegó al final del camino. En sus últimos momentos recordó los hechos más notables de su vida, con imperceptible temblor. Le escocían los ojos como siempre que su alma intentaba desahogarse, llorar sin conseguirlo. Absorto en su epitafio no se dio cuenta de que una lágrima fluía desde su ojo como un torrente. Y entonces su boca se llenó con un sabor salado que nunca había conocido.
Nunca se supo si este hombre desdichado, protagonista de esta historia sin moraleja, tuvo tiempo para alegrarse o sentirse desdichado por su primer y último llanto. Lo que sí cuentan los más viejos del lugar es que murió con el mismo gesto con que vino al mundo: la ceja levantada y la mirada, de indiferencia, sostenida en el infinito.
Realismo ficticio
Noviembre 13, 2007
La elasticidad del tiempo
Hay una ley no escrita que habla de la elasticidad del tiempo. Como casi todas las leyes que se me ocurren y que seguramente hayan pasado más de una vez por la cabeza de la mente-colmena de la sociedad, los términos en que se enuncia varían dependiendo del momento en que las pienso. Como muchas otras cosas en mi mente-chistera, depende del azar.
[caprichoso]
Y hoy, por la mañana, mi estado de ánimo era un tanto borrascoso, con pocos claros y una probabilidad de precipitaciones del ochenta por ciento. El vagón de metro estaba casi vacío, como cualquier día a media mañana en Madrid. Yo iba con prisas, como siempre (o tarde, también como siempre). A cada minuto miraba el reloj esperando que hubiera pasado medio, intentando estirar la línea del tiempo más de lo aconsejable. Le daba vueltas, en silencio, al primer postulado de la ley de elasticidad del tiempo: "cuanta más prisa tengas, más tarde llegarás".
[si es que llegas]
Me imaginaba como uno de esos forzudos de las películas en blanco y negro, con sus bigotes puntiagudos y su torso desarrollado hasta el absurdo, en contraste con una cintura de avispa. Y así, de esa guisa, tiraba de una cuerda con todas mis fuerzas intentando vencer el empuje de un enorme reloj de cuco.
[cu cu]
Había abierto la caja de Pandora y ahora era capaz de ver la auténtica realidad que subyace tras la que captan nuestros ojos.
Al fondo del vagón había una pareja. Él miraba con ojos vacíos su reflejo en el cristal y ella acariciaba con gesto desvalido la mano de su chico, siguiendo con su índice todas las líneas de la palma, buscando quizá dónde sus vidas confluían y en qué punto debían separarse. Pero yo, con mi clarividencia recién adquirida, podía ver mucho más. Me dí cuenta de que la mirada vacía del chico escondía un mar de dudas y que se revolvía entre la incertidumbre y la paciencia autoimpuesta, de índole bíblica y proverbial. Ella era tan transparente como un cristal de bohemia y sus ojos, como en un libro abierto, proclamaban a gritos amor desinteresado. Pero él no podía verlo.
[sonreí]
No muy lejos de la joven pareja un hombre anciano se sentaba hundido en su asiento. Pantalones y chaqueta de pana, ropa limpia pero raída, vestigio de tiempos pasados. Un sombrero a juego que parecía estar en precario equilibrio y una mano arrugada pero firme mesando su barba blanca y descuidada. En su interior pude ver resignación y autocomplacencia. La serenidad de una vida que había dado para mucho y el orgullo de conservar los recuerdos que debían definirle, los que se van forjando a lo largo de toda una existencia. El tiempo había dejado de ser una preocupación para convertirse en una mera anécdota, porque la paciencia era su forma de vida. Vivir sin esperar nada más a cambio.
[asentí]
Un chico con gafas leía un enorme libro de anatomía aunque, en realidad, era el libro el que lo devoraba a él con sus fauces de papel que sólo dejaban ver la montura de las gafas. Entré en su mente con cuidado, sin hacer el menor ruido que pudiera perturbar la concentración del estudiante, y me encontré en un acantilado donde rompían las olas de un océano de conocimiento inabarcable. Las gaviotas graznaban frases inconexas de las que sólo se entendían palabras sueltas. Eran palabras que hablaban de miedo al fracaso y responsabilidades titánicas. A lo lejos, en la costa, cascos partidos de barcos hundidos arañaban las playas con restos de podredumbre y, en ellos, se podían leer siglas malditas.
[suspiré]
Un bebé, apenas recién nacido, lo miraba todo con curiosidad. Sus ojos atrapaban la esencia de las cosas mientras en su interior iba tomando forma el gran rompecabezas que es el mundo. Su madre le miraba con ojos cansados y una débil sonrisa atenuada por las horas en vela. En sus ojos había alegría y cansancio, una pizca de tristeza y mucha determinación. No opuso resistencia a mi escrutinio místico y me dejó bucear en sus recuerdos y anhelos, manipular las manecillas del reloj de sus recuerdos. Vi una sala de partos y noté una ausencia. Se hizo la luz y lo llenó todo con su llanto primerizo. Y ella supo que su universo acababa de cambiar de eje, que ahora debía girar alrededor de esa estrella recién nacida.
[lloré]
La corbata le traía por el camino de la amargura, como la soga que se ajusta al cuello de los ahorcados. Gotitas de sudor perlaban su frente y él, siguiendo una coreografía muchas veces ensayada, se secaba el sudor con un pañuelo de cuadros. Como un limpiaparabrisas. Sujetaba su maletín con pulso firme y una fuerza desproporcionada que denotaban sus nudillos blanquecinos. Su vida estaba en ese maletín porque un día decidió que su trabajo era más importante que su propia felicidad o que, quizá, era el mejor medio para lograrla. Y hoy, justamente hacía unas horas, se había dado cuenta de lo equivocado que estaba. Alguien con más poder, a quién su conciencia me había dibujado como una criatura con cuerpo deforme y cabeza de caja registradora, le había despedido. Toda una vida de dedicación a su trabajo fulminada por unas palabras llenas de odio. Años de automatismos que, aún cuando ya nada importaba, seguían rigiendo su conducta y apretando, más si cabe, el nudo de su corbata.
[rabié]
Las puertas del metro, al abrirse, me sacaron de mi viaje astral. No importaba que se hubiera cumplido el primer postulado de la ley de la elasticidad del tiempo, no importaba que me hubiera pasado de parada. Me dí cuenta de que, durante unos minutos, el tiempo se había distorsionado y me había enseñado que mi vida era una parte de todo lo que había visto: la incertidumbre del amante y la transparencia de la amada, la resignación del anciano, el miedo del estudiante, la curiosidad del bebé y la determinación de la madre, el hastío del ahorcado.
[caleidoscopio]
Y entonces supe quién era... pero lo olvidé cuando las puertas se cerraron tras de mí y me encontré, desorientado, en mitad de ninguna parte.
Noviembre 07, 2007
Ánima
Cada día, desde que abría los ojos hasta que viajaba al reino de los sueños, debía luchar contra un enemigo incansable. Médicos de bata blanca, psiquiatras y psicólogos de jeringuilla o diván, cirujanos con traje y corbata, matasanos de costumbres estrafalarias, todos decían conocer su enfermedad pero ninguno tenía una cura. Pastillas blancas y azules, monólogos y más pastillas, bisturíes afilados, ungüentos viscosos y malolientes. Había probado todo pero aquella maldición seguía robándole la vida. Despacito y sin piedad iba borrando todos sus recuerdos.
[difuminando su vida]
Todo empezó con algunos pequeños olvidos. Algún fantasma se dedicaba a esconder cosas cotidianas en sitios que él nunca habría imaginado. Paulatinamente fue olvidando detalles concretos cogidos de lugares al azar de su memoria. ¿Cómo se llamaba aquel restaurante? ¿Quién era esa mujer que le miraba fijamente? ¿Qué pretendía el hombre que le observaba desde su garita cada vez que entraba en su portal?
[el que todo lo sabe]
Y entonces, un buen mal día, se dio cuenta de que su vida ya no le pertenecía. La apisonadora que iba destruyendo sus recuerdos, el gusano que había dejado su mente como un queso gruyere, se había apropiado de lo que una vez le importó y que ahora, por desgracia, no recordaba. La deforestación de su mente era tal que no daba abasto plantando nuevos recuerdos.
Era como volver progresivamente a la infancia, desaprendiendo todo lo que sabía. Embutido en su traje espacial, con una escafandra de colores, se sumergía en su mente buscando respuestas, intentando hallar el lugar donde, según dicen, reside el alma. Temía que la enfermedad, un día cualquiera, se llevara la última y más importante pieza de su rompecabezas y le dejara vacío como un botijo, fuera lo que fuera ese artefacto desconocido.
[¿recipiente?]
Los días trascurrían uno tras otro con una lentitud pasmosa pero, por alguna extraña razón, las semanas parecían durar algo más que instantes. Si hubiera podido recordar cuándo empezó su enfermedad habría caído en la cuenta de que estaba viviendo el aniversario de los primeros olvidos.
[efeméride]
Se levantó de la cama. Ya era media mañana y su viaje por las entrañas no había resultado nada productivo. Algunos días conseguía rescatar algún recuerdo antes de ser engullido por la podredumbre, otros encontraba alguno malherido y podía aplicarle una suerte de primeros auxilios y esperar que, contra todo pronóstico, sobreviviera. Pero hoy, esa mañana, no había sido capaz de salvar nada. Ninguna fecha señalada, nada de caras conocidas o canciones que por alguna razón debía recordar. Ningún beso o amor de juventud, todos habían desaparecido. Nada en absoluto.
[vacío]
Intentó descifrar los papeles que él mismo había pegado hace meses en todos los rincones de la casa. Pero eran jeroglíficos sin sentido, escritos posiblemente en algún lenguaje arcano olvidado por la humanidad hacía siglos. Los libros se apilaban en las estanterías y, aunque tenían los mismos jeroglíficos, podía pasarse horas mirando sus ilustraciones con auténtico asombro. Recorría cada habitación sorprendiéndose a cada paso por las cosas nuevas que descubría.
Su casa era fría y él no tenía ni la más remota idea de que con sólo girar una manecilla podía acabar con esos temblores. Pero su cuerpo no entendía de recuerdos y ejecutaba mecánicamente la misma rutina todos los días. Si hubiera podido recordarlo habría notado que cada día, más o menos a la misma hora, su cuerpo le empujaba a la calle, a sentir el sol de la mañana.
[por instinto]
En la ciudad, la fauna anónima y la flora metálica le esperaban con los brazos abiertos. Sonreía a cada paso como un niño que acaba de entender una adivinanza, como cada día. ¿Cómo podía saber si cada día era distinto al anterior si apenas era capaz de recordar nada? No, no podía. Y por esa razón no se dio cuenta de que su cuerpo había hecho planes por su cuenta. Su paso se fue acelerando hasta convertirse primero en un trote ligero y, más tarde, en una carrera desenfrenada. Agitaba los brazos y gritaba al sentir el aire fresco deslizándose sobre sus mejillas. No pudo escuchar el frenazo del coche que se le echaba encima y éste no pudo frenar a tiempo. Un golpe seco en sus rodillas y una pirueta imposible y mortal de necesidad. Contra el suelo se partieron huesos y rompieron tejidos. Y en décimas de segundo se dio cuenta de que el final había llegado y de que su alma, dondequiera que estuviera, seguía siendo suya.
Y era lo único que le quedaba.
Realismo ficticio
Julio 03, 2007
Insectos
// spider legs //
Aquellas piernas, con todos sus músculos en tensión, eran pistones que movían un cuerpo de araña. Arriba y abajo, describiendo trayectorias verticales imperfectas, dejando estelas invisibles y proyectando sombras siniestras sobre la pared de aquella pensión de novela negra. Sus ojos la miraban, fuera de sus órbitas, con un brillo de impotencia y gesto de derrota. Era una perfecta desconocida que vendía su cuerpo por billetes de color anaranjado y que, con sus patas, tejía el final de una telaraña que ya le había atrapado hacía mucho tiempo
Ella, la araña; él, una víctima.
[otro insecto más]
El sonido de la lluvia repicando contra el suelo se filtraba a través de las ventanas, ayudada por abundantes agujeros en el cristal, que hacían de silbatos improvisados tocados por un viento que traía promesas de libertad.
A los insectos no les gusta el invierno.
Ni a él le gustaba el dolor que le causó el latigazo de la regla de madera sobre la palma distraída de su mano. El maestro era una mosca que, mientras revoloteaba nervioso a su alrededor, se frotaba las fauces con sus patas de comer. ¿O eran brazos? ¿Las moscas tenían brazos? Nada importaba cuando uno está a punto de convertirse en comida para moscas.
[el primero]
Funcionaba una farola de cada cinco. Las había contado mil veces, en noches de aburrimiento como aquella. Las calles, solitarias, devolvían el eco de pasos lejanos que se perdían en la distancia. En las novelas siempre había personajes misteriosos que recorrían las calles de madrugada, que guardaban secretos inconfesables bajo sombreros de ala ancha y caminaban encorvados por el peso de sus remordimientos. Pero en aquella ciudad, por la noche, no había más que pasos distantes y algún maullido de advertencia.
Y los insectos, en pleno verano, campaban a sus anchas.
Pero esa noche había algo distinto en el soniquete de las pisadas. Se escuchaban dos ritmos parejos que bajaban por la calle. La luz de una farola alejada proyectaba dos sombras y, aunque no podía ver los cuerpos, sabía que una de ellas era femenina. Se detuvieron e iniciaron el cortejo de tintes chinescos. Los brazos de ella, alargados en la sombra, se enroscaban en el cuello de su víctima y, entre risas, los dos personajes se entrelazaban en un abrazo que quizá fuera el preludio del clímax que precede a la muerte. Ella era una mantis y lo que su víctima fuera no importaba.
Y la sombra monstruosa miró hacia el cielo nocturno y ya sólo se escuchaba su risa.
[maquiavélica]
Chispa, gas, fuego. Una columna irregular de humo llegaba hasta el techo de la habitación para convertirse en una nube gris, difuminada por la escasa luz que escupía agonizante la lámpara de la mesilla de noche. La araña-meretriz se había ido, dejándole encerrado en su urdimbre de frustraciones. Cerró los ojos e imaginó cómo cientos de gusanos reptaban por las sábanas y cómo aquello, visto desde arriba, parecería una marea pestilente. Las cucarachas salían de sus escondites para observar el festín y, desde el aire, las moscas revoloteaban como cuervos venidos a menos, emitiendo zumbidos de regocijo. Apagó el cigarro aún con los ojos cerrados, con suerte morirían un par de gusanos.
Parecía un buen final.
[no para una novela negra]
Realismo ficticio
Noviembre 04, 2006
Escapar
El motor del coche ronroneaba suavemente, cómodo en aquella carretera a la que el calificativo secundaria se le quedaba grande. La ventana engullía el aire acallando todo sonido procedente del mundo exterior.
El estruendo estaba dentro. Como un volcán, creía tener el pecho abierto en canal y que de él manaban torrentes de un líquido viscoso que debía ser parte de su alma podrida. En su interior ya no quedaba nada que salvar de aquella debacle, todo el odio y el orgullo que albergaba estaba ahora mismo hirviendo en el mismísimo infierno. Todo debía volver a su lugar de procedencia.
Hechos, palabras, imágenes que se sucederían como flashes en la mente de una persona con un mínimo de conciencia. Pero ese no era su caso. Los remordimientos quedaron atrás, las consecuencias se dibujaron antes que las causas y los daños colaterales, cuantiosos, debían haber explotado como bombas de racimo.
[lejos]
El ser humano necesita creer que las cosas tienen una explicación, que todo lo que ocurre tiene una causa y que, en algún momento, será la chispa que desencadene otros acontecimientos. Podía haberse remontado a su tierna infancia si no hubiera decidido un mal día que aquellos recuerdos debían ser borrados de su vida. Quizá porque fueran dolorosos o, simplemente, porque no debían aparecer en una biografía que nunca nadie se molestaría en escribir. Otra historia más para satisfacer la curiosidad morbosa de individuos vacíos. Aquellos que necesitan ponerse en lugar de unos pocos desviados para experimentar lo que nunca se atreverían a confesar.
[malicia]
Personas anónimas que se imaginaban empuñando cuchillos que estuvieron en otras manos, apretando botones rojos que sólo aparecen en sus pesadillas, encarnando el papel de monstruos. Después, pasada la catarsis, podían tomarse una taza de café o irse a dormir con la conciencia tranquila.
[sin remordimientos]
Podía buscar una explicación, considerarse un mártir y pensar que su mal era por el bien de muchos. De nada serviría.
Gotas minúsculas empezaban a caer sobre el asfalto. A ambos lados de la carretera se dibujaban árboles borrosos formando una estampa otoñal propia de una postal barata. La radio, ignorada completamente, protestaba con un soniquete monocorde y rancio, plagado de interferencias.
¿Cómo escapar de la vida? Podía construirse una artificial, imaginarse como un tipo con suerte que llevaba una vida rutinaria de la que estaba muy orgulloso. Una bonita mujer y quizá algún descendiente. Ellos cantarían las canciones que cantan las familias felices en los utilitarios de serie. Sonríe con complicidad y de su boca sólo salen palabras de amor. La vida perfecta del ciudadano medio imaginario. Cinco días de trabajo y dos de descanso, vacaciones en verano y algún día suelto. Regalos en los cumpleaños, reuniones con viejos amigos para recordar tiempos vetustos. Alguna cana y pequeños síntomas de alopecia, quizá una figura un tanto descuidada. Incluso puede que alguna amante para vivir una mentira que sirviera para evadirse de la verdad.
[doble vida]
Hasta ahí la curva ascendente en el gráfico de la felicidad. Un despido, un divorcio, quizá la muerte de un ser querido. Cuesta abajo y sin frenos. No era capaz de imaginar finales felices. Se había demostrado a sí mismo que no hay forma de escapar de la vida. Escupió por la ventana y se maldijo otra vez. A estas alturas el volcán que se alimentaba de sus entrañas se había quedado casi sin sustento.
¬ Esto debe ser lo que se siente al morirse.
Sí, sólo había una forma de escapar de la vida y era buscar la muerte. Como el que toma una decisión trivial, el que elige vainilla en lugar de fresa en una heladería cualquiera, supo que las cartas estaban sobra la mesa. Omitió una curva cerrada y dejó que su coche hiciera algo para lo que no había sido concebido.
[volar]
Se dio cuenta de que aún era capaz de sentir cuando el coche se estrelló contra un árbol que nunca debió estar ahí, contra toda lógica en medio de la ladera. Vueltas de campana, cristales rotos, huesos hechos pedazos y oscuridad. Aquel maldito árbol había amortiguado la caída.
Captó el eco del valle antes de caer inconsciente. El eco de las sirenas y su propia risa burbujeante.
La vida, al final, no le había dejado escapar.
¬ Señor, le hemos cogido. El pobre diablo se ha estrellado al fondo de un pequeño precipicio.
[chasquido]
Las palabras volaban en forma de ondas. Al cabo de unos segundos se escuchó la respuesta.
¬ Un final feliz. La ambulancia está en camino, y la prensa. Dales la historia que han ido a buscar y vete a casa.
Realismo ficticio
Septiembre 25, 2006
Finales Felices
La rutina es una máquina ruidosa. Tubos oxidados expulsan gases malolientes, engranajes insidiosos que nunca se detienen aplastan cualquier atisbo de esperanza. Durante años aquella máquina había moldeado su vida, construida a base de pedazos de un metal gris y maleable.
[implacable]
La imaginaba como una gran picadora de carne que iba devorando con sus horribles fauces todo lo que quedaba de lo que un día había sido su vida.
Solía posar su cabeza entre dos barrotes y mirar con ojos enrojecidos lo que se extendía más allá de su celda de metal.
Las cárceles nunca tienen vistas al mar.
Su imaginación era lo único que aún conservaba algo de libertad. Podía pasar hora reclinado sobre la minúscula ventana con vistas a ninguna parte mientras su mente volaba hacia parajes más cálidos. Dejaba que su mente se desprendiera del cuerpo inservible (prisionero de su destino) y emprendiera el vuelo.
En el libro de su vida los renglones escritos en primera persona estaban tan torcidos que era imposible encontrar nada bueno.
[ni siquiera entre líneas]
¬ Los finales felices, hijo mío, sólo existen en los libros... y en las películas.
Cuánta razón tenía su madre, enterrada a varios metros bajo tierra.
¬ Caven un hoyo bien profundo, no se le ocurra salir...
El sacerdote le había mirado en aquel momento como si fuese el mismísimo Ángel Caído pero su conciencia estaba tranquila. El mundo no estaba preparado para tanto odio.
Ahora, desde la humedad de su celda, inmerso en una particular experiencia extracorpórea, supo que su madre no podía tener más razón. En toda historia real siempre hay matices que empañan el supuesto (y esperado) final feliz. Y lo que es bueno para unos es irremediablemente fatal para otros. Su historia, sin ir más lejos, había tenido una feliz conclusión...
[relativa]
... pero no para él. Un epílogo políticamente correcto: Cadena perpétua es algo que siempre queda bien en los libros.
[en cursiva y bien centrado]
La sociedad puede estar tranquila: otro monstruo que se pudrirá en la cárcel. El mal de uno por el bien de muchos. Todo por estar en el lugar equivocado y en un momento en que al destino le pareció gracioso hacer de rey Salomón. La sociedad no puede permitir que nada ni nadie se interponga en su camino.
En su mente se dibujó, con trazos borrosos, una obra de un artista contemporáneo. Varias personas, vestidas con trajes de personal de limpieza recogían con escobas figuras humanas de papel. La sociedad necesita que alguien se ocupe de recoger todos los deshechos que bloquean su camino. Esos hombres de uniformes rojos (el color del odio) eran parias a los que se les había dado una segunda oportunidad.
A menudo soñaba que él era uno de aquellos monigotes sin personalidad y que era arrastrado por una escoba gigantesca hacia una celda oscura en el país de Nunca Jamás. Al despertar se veía en su prisión, el punto de partida y el final de un viaje sin sentido por los confines de su imaginación.
Comprobaba entonces que, efectivamente, las historias nunca tienen un final feliz.
[para todos]
Realismo ficticio
Enero 18, 2006
Miedo endémico
"Tengo cinco años. Es de noche y me muero de frío. Bajo las sábanas me revuelvo, intentando encontrar un poco de calor. Odio la oscuridad porque es donde él vive y sé que cuando llega la noche sale de su armario para atormentarme. Oigo pasos. Ligeros a veces y pesados otras, pero siempre los oigo. Acechando."
"Mamá y papá discuten en el salón. No puedo escuchar lo que dicen, pero oigo llorar a mamá. Si ellos se pelean nadie podrá ahuyentar al monstruo del armario. Estoy tiritando."
"Llueve en la calle. La tormenta silba en cada esquina. Las ramas de un árbol que nunca estuvo ahí golpean contra el cristal de mi ventana y la sombra de las hojas se proyecta en las paredes. Estoy encogido, abrazado a mi peluche, y bajo las sábanas jadeo con la respiración entrecortada. Sí, es inútil resistirse, seguro que me comerá. Voy a morir."
[miedo]
"Trece años. Las puertas del colegio se balancean de forma siniestra y, a mis pies, las hojas secas forman remolinos caprichosos. La bufanda me cubre la nariz y respiro con dificultad, la boca se me llena de hebras de lana y tengo los ojos llenos de lágrimas provocadas por el frío. Las dos hojas metálicas del portón me parecen las fauces de un lobo gigantesco. Oscurece y las farolas se van encendiendo sin orden aparente, menos las dos que flanquean las puertas, que parpadean frenéticamente. Electricidad. El primer escalón no se me resiste pero el segundo me hace trastabillar. Es inútil agitar los brazos o intentar corregir la postura, el suelo me golpea con fuerza. Tengo una ceja abierta."
"El pasillo es gris y la vida, mientras lo cruzo, se ve en blanco y negro. Los pocos alumnos que aún están en la escuela fingen no verme: nadie me mira. Soy como el viento, aunque no agite sus ropas cuando paso. Me sigue una estela de silencio y sé que, cuando paso, todo el mundo me observa. Y yo miro al suelo."
"La puerta del despacho está abierta, como un agujero negro deseando engullirme. Mi madre y el profesor, que charlaban animadamente, callan cuando notan mi presencia. El cuello del maestro se gira lentamente, sus ojos se posan en los míos, su bigote se arquea y su inmensa papada aún gira por la inercia. Me recuerda a uno de esos perros que ponen todo perdido de babas cuando centrifugan su cabeza. Me hace gracia la imagen y me río. Mi madre cambia el gesto y su cara se convierte en una plancha de acero. Desconecto. Durante los siguientes minutos sólo oigo palabras sueltas que ni me molesto en descifrar. Mi madre asiente con los ojos llenos de lágrimas y ya no se molesta en disimular el pómulo ennegrecido y el labio roto. Suplica. Él se expande tanto que llena la habitación con su presencia miserable, cruza los dedos y mira al techo. En sus labios se dibuja un no."
"Mi madre llora mientras su mano atenaza la mía y me lleva casi a rastras por el pasillo. De vuelta al mundo real. Sé que me odia, sé que me mataría con sus propias manos. Y sé que no volveré a pisar una escuela en la vida. La herida en la ceja se abre de forma espontánea y un hilillo de sangre llega hasta mis labios. Sabe a metal."
[fracaso]
"Han pasado diecisiete años desde que nací y, por fin, he podido sentirme como si estuviera aún en el útero de mi madre. Drogas, paraísos, infiernos. Los cinco Jinetes del Apocalipsis se están cenando a los doce apóstoles. Sufro espasmos, mis extremidades tienen vida propia. Hace demasiado calor. Apoyé la espalda en una pared sin mirar y eso me pone nervioso. Podría haber cualquier cosa en aquella pared, incluso un puñal que se haya clavado en mi espalda. No me importa. Huele a orín y a aceite recauchutado, se oyen ambulancias a lo lejos y los gruñidos de algún sin techo. El infierno no puede ser muy distinto... ni el cielo. Le digo a mi cerebro que mueva las piernas y que las coordine con los brazos para sacarme de este agujero. Me incorporo, me caigo, me río. Un vagabundo con pinta de pordiosero intenta ayudarme, debo parecer un deshecho humano, o tan sólo un yonki desfasado. Me apoyo en su brazo y acabo levantándome. No le doy las gracias y me alejo tambaleándome. A lo lejos, me gruñe."
"He vuelto al bar donde están mis amigos. Noto sus miradas de reprobación mientras intento disimular que no estoy en ese bar, sino en el útero de mi madre en posición fetal. Intento besarla y tropiezo, le he tirado su bebida por encima y ella se ha puesto hecha una furia. Dice cosas que no entiendo, grita y me ataca con una lluvia de saliva. Si fuera capaz de recordar sabría si alguna vez la había visto así. No quiere saber nada de mí, me deja de forma unilateral y quiere que me pudra en el averno. Tú te lo pierdes, ahora sí que no pienso enseñarte a volar. Le saco la lengua y ella empieza a llorar. Pienso que quizá no la vuelva a ver pero, en ese momento, no es ninguna tragedia. Yo sé volar, puedo irme lejos... muy lejos."
[desidia]
"Un cuarto de siglo, se dice pronto. El trabajo en la fábrica es todo a lo que pude aspirar. Todos los días veo a hombres trajeados reptando por las calles y sé que ellos ocupan una parte del mundo cuya entrada me está vetada. No pertenezco a su club social, no tengo nada en común con ellos. Oigo una voz autoritaria y algo que suena como mi nombre. Vuelvo a ser un autómata, a trabajar con una máquina que me maneja como una marioneta durante diez horas al día."
"El despacho del capataz huele a puros y a alcohol adulterado. Una calva reluciente descansa sobre un cuerpo amorfo que, a su vez, está encajado en un sillón de piel. El ordenador, que lleva apagado más de diez años, es un adorno más de la estancia. Simula estar haciendo algo muy importante sólo por el gusto de tenerme esperando de pie, tanto ritual para un simple despido. Quizá haberle agredido no fue la solución, nunca fui un experto en tomar decisiones."
"Mañana ya me preocuparé."
[furia]
"Tres décadas. No puedo mantener los ojos abiertos. Mis manos sujetan tan fuerte el volante que mis dedos se han quedado sin circulación. El coche da ligeros bandazos en la carretera cada instante que mis ojos permanecen cerrados. Los abro y corrijo la posición, nada que no se pueda controlar. La calzada que va del infinito a ninguna parte serpentea en el corazón de un bosque quemado. Debo ser la única persona en kilómetros a la redonda. Intento recordar la sucesión de acontecimientos que me han llevado a estar en esta situación tan precaria pero sólo logro atraer vagas imágenes de una película sin argumento. Una pareja discutiendo. El rostro de furia de aquel hombre, las venas que se hinchaban en su cuello. El sonido seco que había provocado la cabeza de aquella mujer al golpearse contra el suelo, como el de una nuez partida en mil pedazos. El grito visceral que salió de mis entrañas y otro sonido de fruto seco resquebrajado. Un chorro de sangre a presión y unos gritos que sólo podían augurar muerte. El pulso apenas perceptible de aquella mujer inconsciente y mi mano ensangrentada retirando el cabello de su cara. La tos seca del motor de mi viejo coche y los gorgeos de felicidad de un motor en funcionamiento. Después, kilómetros y más kilómetros."
"Me rindo, no puedo luchar contra unos ojos que no quieren abrirse. Me abandono a mi suerte y cierro el telón. Noto el mismo vacío en el estómago que noté cuando tenía diecisiete años, el día que aprendí a volar. Siento el mismo miedo que experimenté con cinco años mientras esperaba que el monstruo del armario me devorara. Al final, antes de que el coche terminara de caer por el barranco, me sentí tan eufórico como el día que estampé mis nudillos en la nariz del capataz. Mi viejo y maldito profesor no habría sido capaz de imaginar un mejor final. Después todo fue oscuridad."
[desenlace]
Dos palmadas.
¬ Despierta.
¬ ¿Ha conseguido algo? Yo sigo sin recordar... en fin, lo que se supone que debería recordar.
Ella cruzó las piernas mientras apartaba la vista de sus notas.
¬ No, ha sido una sesión infructuosa. Tendremos que seguir la semana que viene -su voz sonaba profesional, sin ningún sentimiento patente.
Él se puso la chaqueta y se apresuró a marcharse.
¬ Hasta la semana que viene pues.
¬ Hasta el martes.
Cuando él hubo salido ella se apresuró a garabatear una frase en su cuaderno de notas: miedo endémico.
Y después lloró.
Realismo ficticio
Octubre 16, 2005
Rotten
Paseaba, segura de sí misma, por el camino que une los sueños esperanzadores con las más oscuras pesadillas. En la vereda, haces de luz de retorcían moribundos en espirales sanguinolentas absorbidos por agujeros negros, puntos muertos en la carretera de los sueños donde van a parar los deseos formulados de mil formas absurdas. Un pincel sin dueño pintaba la escena sobre un óleo putrefacto, con la tinta de suspiros que nunca nacieron y de algún susurro despistado que jamás llego a ser escuchado.
[desperdicios]
Una sonrisa amagó en sus labios y, por un instante, todo pareció cambiar de color. Las apariencias se desintegraron y la oscuridad lanzó su mortífera respuesta. Aquellos labios que segundos antes se curvaban en una preciosa sonrisa, ahora se abrían para formar un círculo grotesco e imperfecto. Y de aquel pozo hediondo, que hasta hacía unos instantes aparecía en los sueños de más de un mortal, surgieron cientos de gusanos que apestaban a muerte.
Y su voz, ronca y delirante, sonaba como mil truenos.
En la fábrica de los sueños nunca se vio salir el sol. Para los trabajadores de aquella factoría de historias desmembradas, la estrella no era más que una leyenda. La maquinaria de los sueños se encendía cada noche y con los desechos de toda una vida, los deseos incumplidos y las aspiraciones imposibles, se construían historias dignas de no ser recordadas. Aquí y allá se escuchaban las risas de los operarios, las canciones de los carceleros y los lamentos de los actores frustrados. Y las máquinas nunca callaban.
[imperecederas]
Todo empezó tan rápido como siempre ocurren las catástrofes. Un rayo de luz se filtró por una ventana y se posó en el ojo de un sorprendido operario que, desconcertado, no supo reaccionar. Al instante siguiente estaba cubierto por algo que cegó sus ojos y aterrorizó su alma. Aquello debía ser el sol... Las paredes se deshicieron como chocolate fundido mientras el caos y la destrucción se apoderaban de la fábrica. Lo último que alcanzó a ver un desdichado enano antes de morir fue el desierto avanzando a pasos agigantados, engullendo el mundo de fantasía que daba sustento a la factoría de los sueños. Si en el mundo de la fantasía hubiera memoria, aquella fecha se habría recordado como el día en que los sueños dejaron de existir, enterrados bajo toneladas de podredumbre.
La iglesia estaba abarrotada. Parroquianos vestidos de tonos oscuros camuflaban su odio bajo miradas de bondad. Las sonrisas eran amagos que se quedaban a mitad de camino entre la tranquilidad y la ira, fotogramas de los momentos inmediatamente anteriores a un grito desesperado. Al fondo del templo, oculto tras una sombra eterna, un órgano contemplaba el paso del tiempo. Sus tubos habían existido más años de los que cualquier parroquiano osaba imaginar.
El sacerdote, vestido de negro riguroso, juntaba sus manos por detrás de la espalda y perdía su mirada en el infinito. Mientras, el novio recorría los últimos metros hacia el altar.
[la hoguera estaba lista]
Un siglo después, la novia hizo su aparición en el lugar sagrado. Sus labios sostenían una rosa negra y sus espinas provocaban pequeños hilos de sangre. Torrentes minúsculos que discurrían por su barbilla y se precipitaban al vacío. Gotitas rojas en su vestido blanco. Los feligreses se giraron al unísono, como una sola entidad, y clavaron sus ojos en los de ella.
[frío]
Él, desde el altar, perdió su mirada en las baldosas del suelo. Los pasos de unos pies descalzos ganaban terreno a su desesperación. Ella, desde su posición, se movía como una serpiente. En su campo de visión fue creciendo una sombra femenina. Se hizo el silencio mientras una mano huesuda y helada como un témpano de hielo acariciaba su mejilla y levantaba su cabeza con suavidad. Su mirada recorrió el cuerpo de su amada hasta que sus ojos se cerraron y sus bocas se unieron en un beso desesperado.
[el último]
El sacerdote aclaró su garganta y los amantes separaron sus labios. Todos contuvieron las respiración mientras la voz del pastor llenaba el recinto.
¬ Bien, hija mía, puedes sacrificar al novio.
Una puñalada rápida y certera en la boca del estómago. Desgarro ascendente de varios órganos vitales. Trauma mortal de necesidad. Y en los ojos del novio, lejos de dibujarse una mirada de ira, incredulidad u odio, apareció una expresión de infinita tristeza.
El ruido sordo que emitió el cuerpo al desplomarse dio por concluida la ceremonia.
En algún lugar de un mundo al azar alguien abría los ojos sobresaltado, deseando que todo lo que había visto no fuera más que un mal sueño. Justo a tiempo para darse cuenta de que sus sueños habían desaparecido.
[para siempre]
Realismo ficticio
Marzo 30, 2005
Broken
¬ El sentido de la vida se esfuma cuando empiezas a buscarlo.
Aquellas palabras resonaban como una plegaria monótona, impregnando las paredes de delicados azulejos con manchas de grasa existencial. Vestida con un camisón andrajoso y transparente, retorciendo un mechón de su larga melena, intentaba crear bucles que nunca existieron. Rizos. Su peluquero, psicólogo frustrado, le habría dicho que su vida necesitaba un par de rizos, algún giro inesperado que desmontara los pilares de la monotonía. Se lo habría dicho si no hubieran encontrado su cadáver unos días atrás, aún supurando alcohol, antidepresivos y toda suerte de sustancias psicotrópicas. Parece que a él le habían hecho la permanente.
[el último viaje]
Contempló el reflejo de su ojo, más negro que el original, y siguió el cauce de una lágrima reseca. El espejo que la reflejaba insolente no era más que una caricatura de lo que fue, y los pedazos que quedaban eran la prueba de que hubo un día en que la decadencia aún no había llamado a su puerta.
[otros tiempos]
Un mal día, la muerte quiso instalarse en su casa, ser su vecina... y a mucha gente le dio por morirse. La corriente autodestructiva no apareció de la nada, fue la consecuencia de una sucesión de fracasos y sinsabores, una colección completa de frustraciones, compradas por fascículos de suplementos dominicales. Pequeñas tazas de odio y apatía que, en dosis regulares, creaban y confirmaban el diagnóstico. Con cada muerte, ella se hundía un poco más en la miseria.
La muerte mostró su rostro más bromista. Hubo intoxicaciones etílicas, todo tipo de sobredosis, atropellos, homicidios involuntarios y hasta alguna caída desafortunada. Infartos varios, enfermedades fulminantes y tumores que salieron de la nada. A su alrededor no crecían ni las plantas, todas acababan mustias, sin vida.
[into the void]
Sólo el amor la mantenía viva. Aquel torbellino de amor adolescente era su único sustento. Hacía tiempo que el resto de razones que tenía para continuar viviendo se habían desmoronado como un castillo de naipes, y el amor no era más que un clavo ardiente.
Pero la vida, siempre perra, le tenía reservado un último revés. Una última muerte contra la que ni siquiera el amor pudo luchar. Era la gota que desbordaría el vaso, relleno de un líquido negro, viscoso y maloliente. No pudo resistirlo, una muerte más era demasiado.
Dejó que el teléfono resbalara de su mano y se rompiera en pedazos al chocar contra el suelo. Dedicó un último instante a contemplar su reflejo en el espejo y se dispuso a cumplir su última voluntad.
El cristal fragmentado de la ventana se desintegró a su paso mientras su cuerpo se precipitaba desde un sexto piso, cayendo como lo haría un saco lleno de trastos. Si hubiera dedicado un segundo en mirar hacia la calle habría visto que la muerte le deparaba una última sorpresa.
Él, el clavo ardiendo al que se había agarrado tanto tiempo, no tuvo tiempo de gritar cuando recibió el brutal impacto. Su cráneo golpeó contra el piso y se partió como una nuez, con el crujir seco de las ramas de un árbol. Una caja de bombones rodaba feliz por el suelo mientras los chocolates variados salían de su prisión. Doce rosas rojas y dos azules hicieron los homenajes y, solemnes, flanquearon el cuerpo sin vida del atormentado amante. Ella notó como sus huesos también se partieron y como su alma se rompía en mil pedazos. Tendida en el suelo, sin poder moverse, se maldijo una y mil veces. Después, perdió el conocimiento.
A lo lejos se escucharon los lamentos de la ambulancia. La muerte, satisfecha, asintió con la cabeza y se alejó chascando los dedos.
Realismo ficticio
Febrero 13, 2005
Favores
El Príncipe de las Tinieblas me miraba nervioso desde su trono de obsidiana. Reflexionando sobre la petición que acababa de hacerle.
¬ No puedo aceptar tu trato. Nadie vende su alma por terminar la carrera.
¬ Ya, pero tú me debes un favor...
Me había envalentonado y quise recordarle aquella ocasión en que solicitó mi ayuda.
¬ Verás, no te creas todo lo que cuentan. Los humanos, dentro de vuestra infinita estupidez, pensáis que vuestra alma vale mucho y que podéis pedir lo que queráis. Y no es así. No pienso aceptar el trato. Lo que tú pides te costaría tu alma y la de todos tus descendientes...
¬ Vaya, no puedo hipotecar la vida de mis futuros hijos...
El macho cabrío estalló en carcajadas. Yo me mantuve en silencio mientras observaba como su cuerpo se convulsionaba entre espasmos durante lo que me pareció una eternidad.
¬ Tus hijos... ¿Creéis que soy tan estúpido como vosotros? ¿Piensas que no sé que muchos harían ese trato y luego no tendrían descendencia?
Su voz se había convertido en un estruendo, de su boca salían llamas y una fina columna de humo ascendía desde la mediatriz de su cornamenta. Olía a pelo chamuscado.
¬ Y ahora vete de aquí antes de que me arrepienta de dejarte con vida...
Comencé a caminar hacia atrás sobre mis talones mientras la estupidez congénita de la raza humana me empujaba a hacer una última pregunta.
¬ ¿Y el favor?
Se levantó de su trono y, me lanzó una mirada que a punto estuvo de pararme el corazón.
¬ Considéralo devuelto. Te dejaré vivir. Ahora vete... ¡y no vuelvas!
Me desperté sobresaltado. Me había quedado dormido y ahora mis apuntes estaban diseminados por el suelo, como las semillas que un agricultor esparciría por el campo con la esperanza de recoger sus frutos unos meses después. Yo llevaba esparciendo semillas desde las siete de la tarde del día anterior pero sospechaba que más que cosechas iba a recoger tempestades. Me maldije por dejarlo todo siempre para el final y por tener que estudiarme una asignatura entera en una noche o, lo que es lo mismo, el tiempo que tarda un humano medio en beberse un termo de café con garantías de que no afectará a su buen mal juicio.
[o inexistente]
Y además, estaba ese maldito sueño que no podía ser más absurdo. Seguí engullendo temario a la misma velocidad a la que olvidaba lo que había estudiado unas horas antes. Los conceptos flotaban como pompas por mi mente, unidas por una fragil red llena de remiendos. Cada rotura en la malla significaba perder unos cientos de palabras en el océano de lo ilógico, datos inconexos que acabarían en la papelera mental que era mi memoria.
Fui al examen, vomité mis conocimientos recién adquiridos sobre unos folios inmaculados con el correspondiente sello de autenticidad, y me esfumé cuando hube terminado.
Y ayer, cuando me comunicaron la nota de aquel examen, me dominó la risa histérica y tontorrona. Había sacado un maldito seis, casi no me lo podía creer... Y entonces retumbó en mi mente una voz cavernosa que, de haber persistido unos segundos más, habría acabado con mi lucidez.
¬ Ya estamos en paz -dijo la voz.
Abrí los ojos hasta que casi se escaparon de sus cuencas, sin entender muy bien lo que pasaba.
¬ ¿Estás bien?
¬ Sí, estaba soñando despierto.
[o no]
Realismo ficticio
Enero 22, 2005
Paredes de cartón
Aquellos altavoces pequeños que había robado la semana anterior vibraban frenéticos sobre la mesa. De ellos escapaba una voz rota que se abría paso entre guitarras que sonaban a metal. El sonido era tan malo que parecía como si el cantante estuviera encerrado en una alcantarilla y su voz saliera por los pequeños orificios de la tapa.
[apestando]
La señal de un teléfono se acopló a la de la radio y terminó por estropear la canción. En la habitación contigua aquella mujer tan atractiva (pero triste) recibía la llamada que llevaba toda una vida esperando. La misma que recibía todos los días.
Las paredes, que parecían de cartón, no alcanzaban a distorsionar los sonidos.
¬ Eres tú... -la voz de aquella mujer era casi un lamento.
Ya no había interferencias en la señal de la radio. Ahora sonaba una canción instrumental de alguna famosa banda sonora. Como le pasaba siempre, no pudo recordar el nombre de la canción, ni siquiera pudo adivinar si alguna vez lo supo. El regulador de volumen estaba en el punto justo: un poco más alto y la señal se distorsionaría hasta hacerla irreconocible, un poco más bajo y no sería capaz de distinguir la canción del sonido rítmico del reloj.
[una de las pocas cosas que tenía]
Así que no pudo evitar escuchar retazos de la conversación entre aquella extraña y melancólica mujer y su interlocutor.
¬ Llevaba tanto tiempo esperando tu llamada que pensé..., en fin, que pensé que nunca llamarías.
[silencio]
Articuló las palabras que, sabía, iba a pronunciar aquella mujer. Todas las noches se repetía la misma situación. Y su mente se distraía imaginando cada día una historia diferente.
[pasatiempos]
Algunas veces aquella mujer se convertía en una dama adinerada casada con algún político. Ella, cansada de que él no le hiciera caso, se buscaba un amante y soñaba con escaparse algún día, irse con lo puesto y vivir la aventura de su vida. Pero cada día ella volvía a su casa y compartía las miserias del que era su marido. Se dormía soñando con lugares desconocidos y despertaba a la mañana siguiente para darse cuenta de que nunca se iría, que la rutina de su vida era inquebrantable. Y lloraba. Y después, por la tarde, volvía a recibir la llamada de su amante y acudía en busca de sueños que, por la noche, se romperían en pedazos.
[repeat on]
Otras veces imaginaba que era una mujer fugitiva que huía de algo o de alguien. Una mujer que había hecho algo terrible en su pasado y que un día quiso escapar de su infierno. Que huía a un lugar lejano y todas las tardes recibía la misma llamada, en cualquier lugar, estuviese en un país o en otro. Siempre la misma llamada que la advertía de que ellos sabían donde estaba y conocían cuál iba a ser su próximo movimiento. Entonces ella rompía en sollozos y, al día siguiente, partía hacia otro destino incierto...
[errante]
La mujer comenzó a sollozar, dando por terminada la conferencia. Él recorrió con la vista la mugrienta habitación donde tenía la desgracia de malvivir. Un pequeño zulo del que sólo se podía decir que era barato. Una cama, una mesilla de noche y un olor a morgue que no se quitaría aunque alguien volara aquel maldito motel. Las paredes parecían la obra de un artista paranoico que usaba las manchas como medio de expresión, un artista que rehacía sus obras cada día.
Cerró los ojos y se dejó caer en un sueño inquieto porque, aunque no se tenga nada, siempre quedan los sueños. Dormiría hasta que, el día siguiente, aquella mujer recibiera la llamada de un confidente, un amante o del mismísimo Jesucristo.
[amén]
Realismo ficticio
Enero 05, 2005
Arañas
¬ Dicen que, cuando mueres, los recuerdos de tu vida pasan ante tus ojos como si fuera una película conceptual, de esas que te hacen pensar. Toda una vida acumulando metraje para que, al final, sólo podamos montar unos míseros instantes...
¬ ¿Decías algo cariño? Se me están cerrando los ojos.
¬ Nada, estaba pensando en alto.
Se guardó el final de la frase para sí: "... y tú me estabas ignorando".
¬ Y yo llevo años recopilando recuerdos para que mi vida tenga un gran final, para que esa secuencia sea apoteósica. Conseguir que el público se levante de sus asientos y que todos aplaudan hasta romperse las muñecas... Para eso vivo: para construir un desenlace digno de una superproducción. Un final que tendrá muchos efectos especiales aunque le falte contenido.
¬ ¿Ya estás otra vez con la dichosa película? Si lo sé te dejo elegir a ti...
Ella tenía una habilidad innata para escuchar fragmentos de las conversaciones y quedarse con lo que menos importaba. A partir de esos retazos formaba un argumento imaginario que, normalmente, no tenía nada que ver. Él sabía que en aquellas situaciones era mejor no contestar, dejar que las palabras fluyeran como un torrente desde su boca hasta la ventana más próxima. Ignorarla en la misma medida en que ella no le prestaba atención.
[aislarse]
Había sido una noche larga donde el sueño se había entrelazado con sesiones de sexo descafeinado. Ahora yacían los dos en una cama demasiado pequeña que, durante el día, servía de hogar a decenas de peluches. Nunca había entendido aquella obsesión que tenía ella por poner un peluche allá donde hubiera sitio. Para él los peluches eran casi tan siniestros como los payasos y a veces había intentado protestar ante semejante proliferación de aquellos pequeños monstruos inertes, pero siempre sin resultado.
[genocidio]
Ella le daba la espalda, señal de que daba por zanjada cualquier conversación y que quería que no la molestaran. Estaría, según calculaba él, apunto de dormirse. En esa fase del sueño en la que las palabras llegan distantes a los oídos y se pierde un poco el contacto con la realidad. Lo que le irritaba era que aquel estado de duermevela fuera perpetuo.
¬ Las arañas nunca duermen -le había dicho su abuelo cuando él apenas era un crío. ¿Has visto alguna vez a una araña durmiendo?
Y él se guardaba aquellas palabras como un descubrimiento del que algún día podría sacar provecho, en ese rincón de la memoria donde se almacenan las cosas útiles que nos pueden sacar de un aprieto. Ahora, muchos años después, rescató ese conocimiento.
Ella era una araña. Sus besos le atrapaban en una red, dejándole indefenso ante el depredador que acechaba en su escondrijo. Primero le atrapaba y luego le devoraba lentamente, anulando primero su voluntad, cortando sus alas.
[atado]
¬ Eres como una araña -el susurro apenas era audible.
Ya no se preguntaba por qué seguía conviviendo con ella, qué era lo que hacía que dos personas tan distintas llevaran una vida común. Dejó de preguntárselo el día que cayó atrapado en sus redes y, desde entonces, ella le estaba devorando.
[lentamente]
Se levantó sin prisas de la cama y dejó que el sol que entraba por la ventana le iluminara. Realizó los últimos apaños en la película de su vida, quitó un par de escenas y añadió un final inesperado.
¬ Sólo hay una forma de evadirse...
Y saltó por la ventana.
Cerró los ojos y se dispuso a contemplar el final de la película que había estado montando toda una vida. Las imágenes no acudieron a su mente y sólo pudo pensar, mientras se sentía como un estúpido, en las malditas arañas: "Las arañas nunca duermen".
¬ Eso es que no me muero -pensó.
Impactó contra el suelo un segundo después de haberse lanzado desde un bajo.
Un par de segundos después escuchó una voz familiar que venía de arriba. No había tunel con una luz blanca al final ni películas comprimidas, la muerte le había decepcionado.
¬ ¿A que no te has tomado la medicación?
¬ Eres como una araña...
Ella se rió y le ayudó a entrar nuevamente por la ventana, a volver a la tela de araña.
[a la cárcel]
Realismo ficticio
Noviembre 29, 2004
Wake up
//crónicas de la autodestrucción//
Motas de polvo revoloteaban libremente por toda la habitación, y en ellas impresos recuerdos remotos y olvidados. Papeles amarillentos que crujen como papiros, tickets anónimos borrados por el paso del tiempo, y decenas de cartas escritas a mano.
[pasado]
Tres pilas de libros danzaban con gráciles movimientos de torsión, torres que amenazan con derrumbarse al menor suspiro. Una figura se movía torpemente por la estancia, maldiciendo y tosiendo a causa del polvo.
Sentía una pereza extrema sólo de pensar que algún día tendría que poner un poco de orden en aquel cuarto insidioso, un lugar que parecía apacible pero que ocultaba secretos del pasado. Susurros que una vez fueron gritos, voces que mejor estarían calladas para siempre.
Aquel cuarto había permanecido cerrado durante meses, desde aquel día en que ella se fue y causó que un torbellino de mentiras arrasara su vida de naturaleza inestable. Cinco minutos después de que la puerta se hubiera cerrado con un estruendo, él la volvía a abrir para salir, como un autómata, a la ferretería. Aún retumbaban los te odio y nunca te quise en el descansillo, como pruebas no tangibles de la destrucción emocional. En el plano físico, la más tangible de todas las realidades, quedaban como prueba un par de ceniceros de cristal hechos añicos que habían sido objeto de una furia postmenstrual y desmedida.
[implacable]
Compró una cadena y un candado. Sabía perfectamente que aquella cadena no le hacía falta, pues podía colocar el candado en unas escuadras que alguien colocó, con ese propósito, en la puerta. Pero le parecía más trágico comprar el pack completo. Su vida era una tragicomedia sin risas.
Y así fue como aquel día había cerrado aquella puerta y todo lo que implicaba y se había trasladado, humildemente, al salón. No se hizo promesas, simplemente se echó a dormir. La ignoró hasta tal punto que aquella habitación había dejado de existir y su puerta no era más que una broma de principiante que ocultaba una pared.
[ilusión]
Pero ahora, un número indeterminado de meses después, las cosas habían cambiado. Pasó de la crisis existencial tras la pérdida de la pareja a un período de actividad febril en el que buscaba en cada rincón esperando encontrarse a sí mismo.
¬ Reestructuración vital -le diría un amigo pedante en una noche de borrachera-. ¿Por qué no abres de una vez esa condenada puerta? ¿Qué esperas? ¿Encontrarte allí su fantasma?
Y eso hizo. Como había tirado la llave en un lugar donde no pudiera encontrarla, tuvo que comprar las mismas herramientas que usaría un vulgar ladrón para forzar su propia puerta. Y, tras aquel último obstáculo, la habitación estaba tal y como había quedado aquel fatídico día con una capa de polvo añadida, el polvo del olvido.
La cama estaba deshecha y sólo una mente despechada podría adivinar la silueta de una mujer en aquella sábana sacra. Juraría que, cuando abrió la puerta, algo pasó silbando sobre su cabeza, quizá el fantasma del que hablaba aquel amigo de bar al que el alcohol hacía pedante.
[en una primera fase]
Pasó todo el día empaquetando lo que una vez habían sido sus recuerdos, amontonando libros y papeles. Dicen que no dejas de querer a alguien hasta que ya no aparece en tus sueños, y ella llevaba meses sin presentarse de improvisto en sus ensoñaciones. Colocando los libros recordó aquellos que ella le había regalado y, lo que empezó como el juego de recordar la dedicatoria que ella le había puesto, terminó como una tortura china que llenaría sus ojos de lágrimas suicidas.
[afluentes]
Las dedicatorias habían abierto una puerta en su memoria que, hasta ese momento, estaba cerrada con mil candados. Cierres que habían saltado por los aires en mitad de una explosión de dimensiones colosales.
[matar moscas a cañonazos]
Y de ahí había pasado a las cartas. Tumbado en una cama que ya no era doble, leyendo unos folios amarillentos, descifrando las frases estilizadas entre cascadas de lágrimas. Promesas de amor eterno que se habían quedado en bromas pesadas, sentimientos que ya no valían nada. Y entre párrafo y párrafo se fueron cerrando sus ojos. Esa noche soñó que ella venía flotando a su lecho, como un fantasma, incorpórea y levitando. Hacían el amor mientras él se convulsionaba en escalofríos presa de una frío mortal. Y al acabar él abría los ojos en momento justo en que ella abandonaba la habitación, en el instante preciso para escuchar una risa que helaba el corazón.
[estridente]
El hielo se combate con fuego y, al despertar, supo que tenía que quemar la casa. En el piso de abajo una radio permanecía encendida mientras el piso de consumía entre las llamas.
Wake up young man, it's time to wake up
Your love affair has got to go
For 10 long years, for 10 long years
The leaves to rake up
Slow suicide's no way to go, oh
Blue, clouded grey
You're not a crack up
Dizzy and weakened by the haze
Moving onward
So an infection not a phase
Yeah, oh
Mad Season - Wake Up
Un mes después ya dormía bajo otro techo.
[en un psiquiátrico]
Realismo ficticio
Noviembre 18, 2004
Life Hurts
¬ Salta...
Un soplo de aire estancado agitó su bufanda mientras su mente volaba por otros parajes, estaba demasiado lejos como para percatarse de lo que pasaba en su plano de existencia.
¬ ... y acaba con esta farsa....
Sus ojos vidriosos miraban sin ver hacia un cartel publicitario que prometía una conexión de velocidades supersónicas a precios irrisorios. Pero él había adoptado esa expresión de abandono que se imprime en los rostros de los que están sin estar.
[absorto]
Aquella voz susurrante no había conseguido sacarle de sus divagaciones, estaba tan acostumbrado a ella que había aprendido a ignorarla. Sus pies, en un movimiento regido por su subconsciente, se acercaban a la línea amarilla que marcaba la frontera entre el andén y el abismo.
[la nada]
Y entonces, como siempre, una alarma retumbó en su mente. Se encendieron todas las sirenas y las bocinas gimieron estridentes. Sus ojos dejaron de mirar el infinito y casi se salieron de sus cuentas cuando un vagón del metro casi le rozó la nariz. Dentro del convoy, los viajeros ocasionales le miraban sorprendidos. Aquello había sido otro suicidio inducido abortado en el último momento.
En el hemisferio sur de su mente un juez dieciochesco dictaba su veredicto:
¬ Este juzgado estima que el acusado actuó con premeditación y alevosía al querer llevar a su propio cuerpo al suicidio sin consultar con la otra parte de su ser. El veredicto es de culpabilidad, se le condena a permanecer indefinidamente en el mismo cuerpo.
[la cárcel]
No era la primera vez que su cuerpo se lanzaba de forma autónoma hacia la exterminación. Lo que en un principio había confundido con accidentes causados por su estado de eterno despiste se habían convertido en sutiles atentados contra su intimidad.
Era esa misma voz la que, ya de niño, le había inducido a beber lejía de una botellita blanca muy apetecible para asombro de su madre, que había conseguido evitar la catástrofe. Había crecido en un entorno más parecido a una cárcel de alta seguridad que a la habitación de un niño que luchaba, inconscientemente, por no envejecer. Una casa roma porque las esquinas mataban.
Y aquella voz en su cabeza convertía un simple enchufe en una tentación demasiado grande como para ser ignorada. Llevaba toda su vida luchando contra sí mismo.
[siempre quedaba la incertidumbre]
Y la situación empeoraba por momentos porque, de un tiempo a esta parte, se había dado cuenta que la muerte, al no poder atraparle, escogía siempre al más cercano. En su presencia se habían producido accidentes múltiples surgidos de la nada, inundaciones de proporciones bíblicas e incluso, en una ocasión, algo que se parecía mucho a la combustión espontánea. Se había convertido en una especie de heraldo de la muerte.
[adalid]
No podía evitar sufrir remordimientos al escuchar unos gemidos lastimeros que le llegaban desde las vías. Esta vez la suerte había acompañado y el hombre había caído después de que pasara el tren, en la parte final del andén. Decían los testigos que estaba sentado en un banco metálico leyendo el periódico y, como luchando consigo mismo, se había levantado del banco y corrido hacia las vías para saltar al vacío. Por suerte había sido bastante lento y sólo se llevo un golpe contra las vías. En algún programa de televisión algún hermano bastardo diría que lo había hecho para buscar protagonismo y, de una forma u otra, se habrían de convertir los dos en ídolos mediáticos de la infratelevisión.
[pero esa es otra historia]
Y ahora la voz se retiraría a un segundo plano hasta que llegara el momento de actuar otra vez, de librar otra batalla en aquella guerra que ya duraba toda una vida. Echó una última mirada al andén antes de entrar en el vagón con pasos dubitativos y comenzar la inmersión en el planeta de las divagaciones.
Y al otro lado del mismo vagón una adolescente luchaba contra el chupa-chup que, por razones inexplicables, se acababa de tragar.
[con palo incluido]
Realismo ficticio
Septiembre 21, 2004
Página en blanco
Abrió los ojos y supo al instante que no recordaba nada del día anterior. Podría haber nacido ese mismo día y tendría los mismos recuerdos que en ese momento. La única certeza que había en su vida eran esas pérdidas de memoria, era lo único que podía recordar.
Harto de vivir en un universo donde el pasado caducaba a las veinticuatro horas, un día decidió que lo anotaría todo en un cuaderno. Narraría lo que recordara de cada jornada en papel cuadriculado, con la esperanza de que ese orden cuadriculado que gobernaba el papel se le contagiara de algún modo. Aquel cuaderno contenía los últimos cinco meses de su vida, sin comienzo, nudo o final. Una serie de folios de contenido inconexo que pretendían servir de recordatorio.
Se incorporó lentamente y se sobresaltó al escuchar el sonido de una respiración pausada y casi inaudible: alguien dormía en la misma cama. Las sábanas ejercían de censores ante aquel desnudo integral, sugiriendo más de lo que mostraban. Necesitaba saber quién era esa mujer que compartía su lecho y que, obviamente, no había venido sólo para dormir.
[¿o sí?]
Maldijo aquella amnesia que cada día acudía, puntual, al borrado de su memoria. Extrajo el cuaderno de un cajón con movimientos lentos, temiendo despertar a su improvisada compañera. Cuando comenzó a escribir aquel particular diario se dio cuenta de que la mayoría de los días no era capaz de recordar que debía apuntar sus vivencias, así que había llenado la casa de notitas con todo aquello que quería recordar, incluyendo la ubicación del cuaderno y su cometido, como había leído en un libro.
[cuyo nombre era incapaz de recordar]
Comparó la fecha que marcaba el despertador digital con la que había escrita en el último apunte de su cuaderno. Entonces miró a la mujer que dormía plácidamente y supo por qué el día anterior no había anotado nada. Quizá cuando él quiso escribir ella le susurró al oído que ya habría tiempo más tarde. Quizá le besó y entonces el torbellino se tragó su voluntad, la aplastó como un elefante a un mosquito: quizá sin querer. Cabía la posibilidad de que no hubiera escrito nada porque no se le hubiera ocurrido una explicación convincente para interrumpir una noche íntima por un miserable cuaderno. ¿Y si ella lo había leído?
Entonces todas esas ideas se mezclaron en su cabeza y de ellas surgió una conclusión, no muy halagüeña: había perdido un día de su vida. Alguien le dijo una vez que somos lo que recordamos. Probablemente había sido su padre, como pasa en las películas, o aquel abuelo arquetípico que siempre contaba batallitas en la hora de la siesta. Habría sido alguna de esas personas desconocidas que protagonizaban las fotos dispersas por toda la casa. Aunque él no fuera capaz de recordarlo, siempre que alguien le preguntaba "quién era aquella chica tan delgada que sonreía a la cámara" o "quién era aquel anciano entrañable que posaba con un enfado monumental", él se inventaba una respuesta. Unas veces eran parientes lejanos que lucharon en alguna guerra olvidada, otras veces eran modelos posando para un fotógrafo costumbrista. Y siempre reía por dentro de aquella ocurrencia suya que para él era totalmente nueva, aunque no supiera que la repetía cada vez que tenía la ocasión.
[reinventarse cada día]
Así pues, si somos lo que recordamos, él había perdido un día de su vida. Mejor dicho, aquel día nunca había existido. No intentaría recordar cómo sedujo a aquella mujer, si cenaron en un restaurante o si acabaron en un bar de copas intercambiando saliva al ritmo de la música de algún cantante prefabricado. ¿Qué le habría contado sobre su pasado? Había leído en sus apuntes todas aquellas historias que había inventado sobre su pasado. A veces lacrimógenas, otras épicas. Siempre algo que no fuera la verdad.
Tenía la sensación de estar viviendo una ficción continua, de ser el personaje que todo escritor habría querido para su novela, un individuo que puede reinventarse cada día, sin importar que así diera al traste con todo el argumento del libro. Un personaje comodín.
En la calle llovía copiosamente. Se acercó a la ventana y leyó la nota que había pegada junto al marco con las fechas de las estaciones. Era un día de otoño, no era extraño que lloviese, aunque el verano se hubiera marchado hacía apenas unos días. Un niño cruzaba sin mirar la calle y estuvo a punto de ser atropellado por un coche que, bajo la intensa lluvia, parecía un delfín bajo las olas, un Moisés moderno separando las aguas de un mar que casi era negro.
¬ ¿Moisés? ¿Quién diablos era Moisés? Quizá algún cantante de esa música que en el canal de vídeos musicales llamaban rap.
Desde la cama llegó un pequeño quejido. La figura menuda de aquella mujer se revolvía entre las sábanas y, de entre su pelo largo, surgieron dos ojos negros que le miraron fijamente.
¬ Buenos días... Ufff, qué resaca. Maldito alcohol, la noche de ayer es ahora una gran laguna etílica.
Él la miró enigmático.
¬ A mí me ha borrado toda mi vida, hasta esta mañana.
Ella rió con ganas.
¬ ¡Qué cosas tienes! Tengo que irme a trabajar, ¿me llamarás mañana?
¬ Descuida.
Ella no dijo nada más y se limitó a vestirse, exhibiendo unas curvas que le dejaron sin respiración. Para él era la primera vez que las veía y, sin embargo, llevaba meses disfrutando de aquellos despertares. La acompañó a la puerta y tras un beso breve de despedida ella se giró una última vez.
¬ Y si no me llamas te llamaré yo, que ya no me creo ese juego tuyo de hacerte el duro y no llamarme.
Le guiñó el ojo y se fue, sin saber que la noche siguiente el vería en ella una persona totalmente nueva y desconocida, un nuevo misterio que resolver.
[una página en blanco]
Realismo ficticio
Septiembre 05, 2004
Regresión
Llovía a mares. Esta idea hizo que se le escapara una risita nerviosa porque nunca había visto el mar y, sin embargo, se atrevía a postular que llovía a mares. La delgada línea que delimitaba la frontera entre la cordura y la sinrazón estaba más difuminada que nunca en aquellos momentos. Los cambios repentinos que el mismísimo azar había introducido en su vida hacían peligrar su estabilidad emocional.
[y mental]
El coche se deslizaba suavemente por la autopista, desplegando dos pequeñas olas como insignificantes simulacros del paso del mar rojo.
¬ Religión, esa gran mentira.
Por su cabeza pasaba la educación en un colegio de monjas y el recuerdo que tenía de éstas. Una monja no te pega con su cinturón, pero tiene métodos más sutiles para atemorizarte. Aún recordaba aquellas hileras interminables donde los niños se mantenían más rígidos que un pilar de granito mientras entonaban los rezos de cada mañana. Ya podía nevar o caer el mismísimo diluvio universal, que aquella rígida costumbre jamás se quebrantaría. Las monjas, algunas con su hábito de temporada y otras con su vestimenta de siempre (aquellas que nunca cambiaban el color de su hábito aunque tuvieran que viajar al centro del Sáhara) observaban hasta el más mínimo detalle como sargentos con mano de hierro harían con sus tropas en formación.
¬ Las legiones de Dios.
Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no escuchaba su propia voz. Recordó el día en que se fue para no volver de aquel colegio-para-niños-conflictivos, las caras de los que, como él, se iban para siempre. Aquel puzle de expresiones que no cambiarían a lo largo de los años, acaso envejecerían. El niño lobotomizado y convertido en misionero por obra y gracia de Dios, la niña a la que habían lavado el cerebro y sería, cien años depués, firme candidata a la santidad. Y él, reflejado en el espejo de niños que pensaban como él, sabiéndose libre de una prisión, condenado a una pena sin haber cometido ningún delito.
[por obra u omisión]
Y esperar encontrarse en casa con unos brazos abiertos y una sonrisa para, en lugar de eso, ver rostros de preocupación. Podía leer en los ojos de su madre el resultado de las cábalas para deshacerse de él. Mantenerle alejado hasta que la ley permitiera que se deshicieran de él. Esos ojos hacían que siempre se sintiera diferente del resto de sus hermanos, que le inyectaban ríos de lodo en su torrente sanguíneo, disfrazados de falsa piedad.
[camuflajes]
Su memoria viajó hasta llegar a aquella tarde en la que buscaba frenético un papelillo que no sabía, ni remotamente, qué aspecto tendría. Algo que acreditara que realmente estaba vivo y que no era más que un borrón que la historia no había podido eliminar del todo. Y lo encontró, pero no esperaba dar con aquello. Un certificado de adopción escondido en el fondo de un cajón olvidado. Escapó de aquella estancia que le escupía el olor acre y dulzón de la heroína. Su padre, cuyo cuerpo descansaba en el sofá mientras su mente se encontraba de viaje. En algún mundo creado gracias a una cuchara, su mechero y una jeringuilla, con la aparición estelar de aquel maldito condimento. Su padre, que ni siquiera pudo ver como su hijo desaparecía por la puerta para no volver.
[ausente]
Aquella interminable recta invitaba a la regresión. Las gotas de agua que morían en el techo del coche expiraban una letanía monótona que atraía a la somnolencia de la que tanto hablan en los anuncios de medicamentos. Y era esa misma lluvia la que empapaba la cara de aquella anciana que intentaba achicar el agua de su rincón con una taza mutilada. Con la templanza del que no tiene nada que perder, sabiendo que aquellos cartones mojados no ahuyentarían el frío de aquella noche de noviembre. Ella era la única vagabunda que se había establecido su modesta casa ambulante en la puerta del cementerio.
Hacía tan sólo una hora que él mismo entraba por aquellas místicas puertas para visitar la tumba del que no fue su padre, de aquel hombre que ni siquiera lo intentó. No sabía que le había llevado hasta allí, quizá había ido para despedirse de él como no lo hizo la última vez que se fue.
¬ ¿Qué lleva a un yonki acabado a adoptar un hijo? ¿Alguna subvención para comprar drogas?
Nadie podía contestar a aquella pregunta y menos su padre que, de seguir vivo, no lo recordaría. Como cantaba Lennon: "The answer, my friend, is blowing in the wind". Pero aquella tarde de noviembre no había viento, sólo una agradable lluvia casi vertical.
Salió del camposanto tan vacío como había entrado, y tiró, por inercia, una moneda al plato de aquella indigente.
¬ Que Dios le bendiga.
Y entonces vio en aquellos ojos la misma expresión que su madre, antaño, había disfrazado de compasión. Y supo que ese rostro envejecido era el suyo.
¬ Me maldijo hace años.
Realismo ficticio
Agosto 11, 2004
La presencia ausente
Al principio su presencia era tan silenciosa que no se dejaba notar. Serpenteaba a sus anchas por sus entrañas y susurraba palabras gentiles cargadas de odio encubierto. Y cuando a ella le parecía escuchar algo, haber oído algún ruido sospechoso, él se sumergía en la oscuridad de su organismo. A veces dejándose llevar por el torrente sanguíneo, y otras nadando en contra de la corriente.
[navegante]
El tiempo pasaba y ella cada vez tenía menos fuerza. Apatía llegó con su bártulos y se instaló en la habitación contigua, añadiendo día a día un poco de peso a la carga que ella soportaba sobre sus hombros. Llegó un momento en que le parecía tener el mundo entero colgando de su cuello con una soga que, por más esfuerzos que hacía, no podía romper.
[sin retorno]
Los médicos no se ponían de acuerdo y, mientras estudiaban su caso, se entretenían jugando al ping-pong con ella, mandándola de un lado a otro, a otro hospital, a otro país. Ella siempre pensaba, con sarcasmo, que al menos no la habían mandado nunca al otro mundo.
[caminante no hay camino]
Y en la oscuridad donde sólo se escuchaban los latidos de su corazón, aquel intruso se iba haciendo más fuerte. Alimentándose de su vitalidad, chupando su humanidad hasta dejarla en una caricatura retorcida de lo que fue. Ella notaba como aquel maldito polizonte estaba destruyéndola, y ella se desmoronaba poco a poco, como un edificio que se desploma en cámara lenta ante la atenta mirada de miles de curiosos.
[caída libre]
¬ ... pero mientras tanto, amiga, me temo que eres parte de ese 1%.
Era el comentario que le había hecho uno de los numerosos médicos que la había tratado.
¬ Nadie invierte dinero en parar una enfermedad desconocida, no es rentable. Y nosotros sólo podemos esperar de brazos cruzados y dedicarnos a investigar lo que se nos dice que investiguemos. Lo máximo que podemos hacer es ponerle un nombre...
Un maldito nombre. Y, mientras los médicos discutían con otros médicos y los políticos almorzaban con otros políticos, y los empresarios pasaban sobres anónimos bajo mesas con faldones, ella se moría. Lenta pero inexorablemente.
[agonía]
Antes de que el intruso se colara en su vida nunca se había planteado cómo sería su propia muerte. Deseaba que, el día que se produjera, fuera de forma rápida y sin dolor. Pero alguien le había dado mal su dirección a la Muerte y ésta llevaba demasiado tiempo dando rodeos. Sabía que no llegaría en un día, ni en una semana y, quizá, ni en unos años. Hasta que un día se presentara ante ella ensayando una patética sonrisa.
[un esbozo]
Mientras tanto sus músculos se agarrotaban y su mente se sumía en delirios cada vez más prolongados. Ella caía postrada en una silla de ruedas mientras aquel extraño volaba libremente en sus entrañas, en su mente, en su vida.
Teletiendas, telepredicadores, telebasura, teletrabajo y televisión por satélite. Sí, la sociedad estaba obsesionada en que ella no se apartara del redil. Pero ella se sentía cada vez más hundida en sí misma, ocultándose en su propia sombra de las miradas inquisitivas del gran hermano. ¿Locura? No, quizá fuera una sobredosis de lucidez.
[curiosas contradicciones]
Conocía cada detalle, por insignificante que fuera, del techo de su habitación. Podría cerrar los ojos y dibujar, sin equivocarse, cada pizca de gotelé. Había tomado una decisión, la primera que recordaba en toda su vida (su memoria, ahora, tenía sólo un mes de capacidad). En su mano derecha sostenía un botecito transparente con un líquido que, según le habían prometido, haría que la muerte encontrara de una vez su calle en el plano, en un par de minutos. Cuando se disponía a quitarle el taponcito dé corcho a la botella (¿quién diablos ponía un taponcito de corcho en una botellita de veneno?) el teléfono comenzó a sonar. Se sobresaltó y levantó el auricular con las escasas fuerzas que le quedaban.
¬ ¿Hola? ¿Estás ahí?
¬ Por poco... —pronunció estas palabras tan bajo que para su interlocutor no fueron más que un suspiro.
¬ Te llamo para decirte que ya le hemos puesto nombre a tu enfermedad.
Hizo una pausa de suficiencia.
¬ La hemos llamado...
No quiso seguir escuchando a aquel estúpido médico. Intentó tirar el frasco contra la pared pero, sin fuerzas, lo más que consiguió fue que se le resbalara de sus dedos fríos como témpanos de hielo.
Y entonces comenzó a llorar.
[la muerte debería esperar]
Realismo ficticio
Julio 15, 2004
Sin noticias de Milio 1
«Ciertamente, este es un planeta extraño. Después de una exploración profunda (de unos veinte minutos), hemos llegado a unas conclusiones que, cuando menos, nos parecen asombrosas. Los habitantes de este planeta, que se hacen llamar humanos, son muy peculiares. Su estado de evolución parece muy sofisticado teniendo en cuenta que sus cuerpos y mentes son comparables a las de un niño de dos años en nuestro planeta. No obstante, su evolución es de un 11% en la escala Oilim. Sus movimientos son increíblemente torpes y hablar de rapidez mental en su caso es una exageración.»
«Ciñéndonos al protocolo usual de actuación, pasaremos a detallar los pormenores de la misión. Normalmente utilizamos el lenguaje nativo que se habla en el planeta de exploración y, hasta ahora, nunca se nos había planteado una situación como ésta: se hablan multitud de lenguas. Hemos optado, finalmente, por el dialecto usado por el sujeto al que abducimos (curiosa palabra), conocido como Castellano.»
«Aterrizamos en suelo terrestre el día 16 de julio (Viernes) del año 2004 (en contra de todo pronóstico, el año cero no es el año en que nació esta civilización), hora local, en un lugar que, según nos dijeron después, recibe el nombre de vertedero. Un vertedero es un lugar donde los humanos (como se llaman a sí mismos estos curiosos personajes) almacenan sus deshechos y, posteriormente, los queman o reciclan (aún no han aprendido a reciclarlos usando su estómago, los caminos de la evolución son inescrutables...). Aterrizar en ese lugar nos hizo sentirnos como en casa. A mi compañero se le escapó alguna lagrimilla y yo me contuve a duras penas.»
«Una vez activado el mecanismo de camuflaje, emprendimos el camino a la ciudad buscando un sujeto de análisis. No fue difícil encontrarlo, escogimos a un individuo que parecía desorientado, haciéndonos pasar por lo que aquí llaman policías. Pudimos comprobar, de primera mano, lo que se siente al descargar adrenalina con una porra, algo que deberíamos aplicar en nuestro mundo. Nos llevamos al sujeto a la base de operaciones e iniciamos el análisis. Pero vayamos por partes.»
«Una de las cosas que más nos chocó del sujeto, es que ingería religiosamente dosis de un líquido llamado whisky. Observamos que conforme se aumentaba la dosis en sangre, el sujeto perdía la capacidad de la coordinación, el habla y, al final, el equilibrio. Comprobamos, asimismo, que no sólo respiraba oxígeno, sino que mezclaba este gas con una mezcla de compuestos inexplicable que tiene el nombre de tabaco. Parece expulsar el humo por la boca casi con veneración, quizá hayamos encontrado signos de un culto o religión, deberíamos investigar más sobre ello. Fue después de observar al sujeto durante un par de horas cuando decidimos que era una muestra idónea y procedimos a la captación. Aquí es donde usamos el truco de la policía.»
«El sujeto no disponía de medio de transporte, al contrario que muchos de sus semejantes, que se desplazaban en unas cajas extrañísimas que expulsaban humos similares al tabaco. Creemos que esa puede ser la causa de un olor tan peculiar. Después de descargar varios golpes sobre el sujeto, como habíamos visto en la documentación audiovisual (Volumen LXIX, disolver manifestaciones contra la guerra, métodos y consejos.), procedimos a arrastrar al sujeto a la nave. Al despertar en la camilla de abducciones (usaremos el término terrícola), comenzó a pedir agua a gritos y a quejarse de algo que llaman garrafón. Más tarde, cuando le examinamos sus órganos vitales, encontramos diversos productos de limpieza, anticongelantes e incluso ácido sulfúrico en lo que ellos llaman hígado; supusimos que era a causa del garrafón. Mi compañero apuntó que ese garrafón podría servir para limpiar motores oxidados, y yo me mostré de acuerdo.»
«El scanner cerebral arrojó unos resultados insólitos. Estos sujetos no cooperan con el resto de la especie para conseguir la supervivencia, disfrutan más matándose unos a otros. Además, la imagen que tienen de lo que llaman vida inteligente extraterrestre es repulsiva, seguramente fruto del delirio de algún antepasado.»
«Consideramos, a la vista de los resultados, que estos sujetos no son válidos ni como esclavos. Descartando, por supuesto, cualquier trato diplomático. Seguramente nos recibirían de forma hostil y tendríamos que aniquilarlos, lo cual es un gasto de energía innecesario, pues ellos serán quienes se suiciden como especie. Aconsejamos, pues, volver a este planeta en un lapso de mil o dos mil años.
«Fdo: Paco (puesto que mi nombre no tiene traducción en este lenguaje, he optado por elegir uno fácil de pronunciar).»
[vaya, parece que he salvado el mundo]
Realismo ficticio
Junio 29, 2004
El Sentido de la Vida
«Una figura oculta tras una capucha revoloteaba ligeramente, como una pluma, por la estancia. Una habitación inmensa de paredes blancas, sin ventanas ni techo, un espacio abierto al cielo. En una de las esquinas había un escritorio que alguien debió colocar ahí por azar. Parecía como si nada en mundo fuera capaz siquiera de inmutarla. La túnica que vestía rasgaba el aire con suaves silbidos y la guadaña, que llevaba siempre encima, refulgía con el brillo que le había prestado el sol. Un sol que estaba en su punto más alto, fundiendo con sus rayos los ánimos de todos los mortales. Mortales que, por otro lado, no había en esa estancia. Muerte era una más en aquella empresa atípica, una vieja gloria venida a menos en un mundo donde las acciones de la vida han caído en picado. Muerte, que casi nunca erraba un golpe, solía visitar una vez en la vida a sus pobres víctimas y, en la mayoría de las ocasiones, éstas ni se enteraban.»
[sorpresas]
«Desde el principio de los tiempos había dado caza a las almas que expiraban. Antiguamente todo era más profundo, rozando el misticismo. Pero ahora, de un tiempo a esta parte, trabajaba como en una cadena de montaje: en serie. Cortes certeros a un conductor ebrio y las cuatro víctimas inocentes que había dejado en la carretera, sicaria de un asesino a sueldo que con sus balas zanja un ajuste de cuentas, cómplice de un marido venido a menos que justifica con sus golpes lo que no podría hacer con la razón.»
[porque no tiene]
«Un Demonio se pasea de un lado a otro de la estancia agitando la cola y sonriendo con muecas maliciosas: está practicando para meterse en el papel. En su escritorio descansa el sobre con la última paga, que ni siquiera abrió, y unos papeles revueltos de pleitos con la santa Iglesia. Cuentan quienes lo conocen que en tiempos remotos se dedicaba a vivir una vida despreocupada y feliz, sin meterse con nadie, disfrutando de su inmortalidad en legendarias orgías. Hasta que un buen día a alguien se le ocurrió darle su imagen al malo más malo que una mente humana (y católica) podía imaginar, entonces se acabó su chollo. Ahora subsiste asustando a fervorosos creyentes ansiosos de la protección que da el miedo a lo desconocido, lo mismo que su religión satanizó como perverso. No nació siendo malo pero desde hace unos siglos estaba aficionándose por el lado oscuro que delimita la moral religiosa.»
[doble]
«Apoyado en la silla con ruedas descansaba un tridente. Un objeto curioso a la par que ridículo pero que tenía que llevar por exigencias su trabajo. Antes de continuar vagando por la estancia se detuvo un instante a pasar la hoja del calendario, para cerciorarse de que, efectivamente, ese día estaba marcado en rojo.»
«Un ángel cuyo cuerpo sin hormonas aún no habría llegado a la pubertad de tenerlas, cerraba meticulosamente un sobre poco abultado. Miraba con desprecio el ridículo arco que colgaba de la pared con un clavo que parecía iba a caerse en cualquier momento. Si hubiera podido maldecir lo habría hecho sin dudarlo pero, en su mente sin maldad, lo más parecido a una maldición era quedarse en blanco. El espejo de mano que llevaban todas las mesas de serie estaba hecho añicos. Lo había roto él mismo porque odiaba contemplar su ridícula apariencia, una figura que alguien debió perfilar en un día de borrachera. Puso los pies sobre la mesa, satisfecho, sin darse cuenta de que en su movimiento mandó al suelo una placa que rezaba: "Sr. Cupido".
[encasillado]
Hoy iba a ser un gran día.»
«En el resto de la sala se amontonaban personajes que, aunque secundarios, son igualmente importantes. Fantasmas del pasado y del presente conviviendo en armonía, personajes temidos y amados a la vez, figuras que sólo existen en nuestra imaginación. Muerte que, cuando quería, podía ser tan silenciosa como una sombra, se acercó disimuladamente a la pared. Desde otro ángulo apareció el Demonio que, cogiendo impulso, saltó sobre la espalda de Cupido, que ya estaba listo para emprender el vuelo. Sus pequeñas alas no podían remontar el peso de Demonio hasta superar la pared, ese era el lugar donde encajaba Muerte en todo el plan: como punto de apoyo. Una vez arriba Demonio rompió la barrera invisible que los mantenía confinados en aquella cárcel y, finalmente, ayudó a Muerte a llegar hasta arriba.»
[eran libres]
«Poco tiempo después, tres figuras descendían por una pradera charlando animadamente:
¬ Tengo que buscarme un vestuario nuevo, esta túnica con capucha no me favorece nada — dijo Muerte mientras tiraba la guadaña a sus espaldas.
¬ Y no te vendría mal un poco de piel, más que nada para pasar desapercibido. Quizá podrías hacerte segador, con el manejo que tienes de la guadaña... — Demonio intentaba contener su risa.
Muerte estalló en una carcajada sincera y de felicidad.
¬ Tienes suerte de que haya tirado mi guadaña. Y tú, renacuajo, ¿qué vas a hacer?
¬ ¿Yo? Bueno, supongo que pagarme una de esas operaciones en las que te implantan un pene, estoy harto de no tener sexo.
Y así, perdidos en conversaciones sin sentido pero reconfortantes, las tres figuras se perdieron en la noche. Y nunca más se supo de ellas.»
[se esfumaron]
¬ Vale, muy bonito. Pero, ¿qué tiene esto que ver con el sentido de la vida?
¬ No sé, anoche estuve viendo El Sentido De La Vida, de los Monty Python. Me apetecía llamarlo así.
¬ Bueno.... vale, ya te llamaremos.
[piiiiiiiiii]
Junio 23, 2004
El Viaje
«Sentado en las escaleras de tu casa fumo un cigarro aparentemente distraído. Pienso en el por qué de los cómos y en todos los cuándos que jamás llegaron a ser pasado, que ni siquiera han acariciado las mieles del presente. Un hipopótamo vestido de policía le está poniendo una multa a un trapecista albino, pero yo no presto demasiada atención, sé que es algo que ha fabricado mi imaginación en plena desconexión de sistemas.»
[parpadeo]
«Hace tiempo que ya no pienso en ti (más de diez minutos), prefiero andar sobre la hierba con los pies descalzos. Los pájaros cavan túneles para escapar de los vuelos rasantes de algún perro carroñero mientras una sardina mafiosa tiene atemorizados a un par de gatos y yo... yo me limito a observar. Aprendo las leyes de un mundo que yo he inventado y le dicto mis conclusiones a una máquina de escribir que registra mis palabras en la espalda de un ejecutivo agresivo vestido de tuno.»
[sonrío]
«Ya es de noche y el sol sigue brillando porque la luna se ha quedado dormida (me susurra). Miro en derredor y no veo nada, alguien debería incluir manuales en las gafas de sol para avisar que hay que quitarles la funda antes de ponérselas. Una farola venida a menos ha tenido la gentileza de avisarme, y ahora veo todo con más claridad.»
[suspiro]
«Son las tantas de la madrugada, entendiendo las tantas como una medida de cantidad. Un hobbit de casi dos metros me agradece que le haya salvado la vida (un árbol lo agarró cuando se disponía a ordeñarlo para extraer cerveza con que alimentar a sus retoños) y me ofrece un baile regional como prueba de gratitud.»
[me desmayo]
«Es más tarde aún que en el último párrafo, es lo que tiene el paso del tiempo. Mi cuerpo está rematando a los últimos supervivientes de la horda psicotrópica que me atacó ayer. Se acabaron las sustancias alucinógenas y el mundo es, si cabe, un poco más gris. Si pudieras leer esta carta te preguntarías qué me ha llevado a escribirte algo que jamás recibirás. Con esa pregunta sólo conseguirías dejarme sin respuesta. Ayer quise conocer el mundo en el que, hasta no hace mucho, nadabas. Quería saber qué podría ser tan fascinante como para llevarte a la tumba sin pasar por la casilla de salida. Quizá haya sido una tontería, pero pensé que debía despedirte repitiendo lo que más te gustaba hacer: autodestruirte.»
«Aunque no lo creas, he aprendido una cosa: hoy sé menos que ayer. Quizá así es como uno comienza el viaje, quizá sea como una regresión paulatina donde cada día eres menos que el anterior, donde la muerte juega contigo como si fueras una piñata. Nunca he sido bueno para las despedidas, jamás me gustó decir adiós porque suena a algo definitivo. »
«Te dejo con un hasta pronto.»
Realismo ficticio
Junio 17, 2004
Finales
¬ ¿Qué pasaría si el policía bueno con poderes que rozan lo irrisorio sobrenatural sufriera un infarto cuando persigue al malo malísimo? Un ladrón al que el guionista quiso envilecer atribuyéndole la muerte de toda una familia risueña o el robo de unos cuantos millones de dólares que un empresario neoyorquino iba a destinar a la lucha contra el parkinson (después de que él mismo empezara a mostrar síntomas a una temprana edad).
[nada es gratuito]
«El malo de la película daría esquinazo a la policía y se fugaría a un paraíso fiscal natural donde acabaría felizmente sus días.»
[realidad y ficción]
¬ Los humanos, que hemos maltratado el planeta durante siglos, que hemos agotado sus reservas naturales y agujereado la capa de ozono sin miramientos, buscamos en un héroe la salvación y redención de nuestros pecados. El típico personaje que, a los diez minutos de película, ya sabes que salvará el mundo y se reconciliará con su ex mujer, el típico ejemplo de superación sobre el que los americanos tanto saben. Pues bien, ¿qué pasaría si la película acabara con la extinción del ser humano? La escena final podría ser un primer plano de una rata o de una cucaracha, que todos sabemos (por ciencia más o menos infusa) que sobrevivirían a una catástrofe así.
[saber popular]
¬ Podríamos cambiar al adolescente sentimental y comprensivo de las películas de instituto por un chico musculoso y hormonado, de pocas ideas y personalidad simple, un tipo que trate fatal a la guapa y sensible protagonista. La chica, lejos de elegir a cualquier chico políticamente correcto, a alguien que la trataría como a una reina, prefiere al personaje que el guionista se encargó de montar con las piezas de un cromagnon.
¬ ¿Qué pasaría si las películas no acabaran siempre bien?
En el otro extremo de la habitación una figura se giró sobre su asiento. Parecía que no había prestado atención a lo que le estaban diciendo, pero su mirada y la determinación en su voz indicaban lo contrario.
¬ Amigo mío, la gente no va al cine para deprimirse. Por eso el policía siempre atrapa al villano, la humanidad se salva y el adolescente sentimental siempre se liga a la guapa protagonista.
Aquel comentario le dejó con una frase atragantada en el cielo del paladar. Se sumergió nuevamente en las páginas de un libro mientras mascullaba mentalmente una respuesta.
[se quedó sin argumentos]
Realismo ficticio
Junio 13, 2004
Líneas
Lo que tenía delante de sus ojos, aquellas líneas que trazaban un curioso dibujo de trazos paralelos, era quizá lo último tangible que le quedaba en su vida. El único asidero al que agarrarse, un tronco en el curso de un río que no sabes por dónde te llevará, que puede lanzarte contra unas rocas o depositarse mansamente en el lecho del mar.
[incertidumbre]
El cristal de la mesa estaba bastante sucio, todo excepto aquel rectángulo que acababa de limpiar en ese mismo momento. Por el resto de la mesa aparecían los arañazos que la fiesta, un animal moribundo, había dejado en la superficie transparente. Cercos alcohólicos de vasos exhaustos, ceniza desprendida indistintamente por cigarrillos o por algún porro furtivo. Cajetillas de tabaco vacías, mecheros pegajosos y un panfleto de la iglesia enrollado. A alguien le había parecido graciosa la idea de esnifar y blasfemar al mismo tiempo.
[dos pájaros de un tiro]
Se sentía torpe y a la vez tan activa que podría volar si movía los brazos con la suficiente rapidez. El resto de la estancia estaba poblada por un cúmulo de errores, pasos en falso que dormían o parecían inconscientes. Al fondo una pareja que se creía apasionada tanteaba con manos de trapo el cuerpo de su compañero, montando una escena bastante patética. En el mismo sofá que ella descansaba su pareja ocasional, el afortunado que había compartido esa noche con ella y que, por alguna razón desconocida, se había quedado dormido antes de la culminación, con el brazo extendido como queriendo llegar a tocarla, un esfuerzo que le había dejado, al parecer, exhausto.
Cogió delicadamente el canuto de papel con consignas sacras y lo tensó para adaptarlo a su gusto. Cuando comenzó a preparar las rayas blanquecinas su pareja circunstancias aún balbuceaba, por lo que habia decidido añadir otra para él con la esperanza de que despertara. Ahora, una vez que el desdichado había caído inconsciente, dos voces le decían que era inútil despertarle: la cordura y la avaricia. Intentó calcular qué orificio de su maltrecha nariz había esnifado más durante toda la noche pero no llegó a ninguna conclusión.
¬ Qué más dará con cuál empezar... ¡Si son dos!
Con gestos automáticos hizo desaparecer los dos trazos de la mesa, con tanta rapidez que olvidó cambiar de orificio. Aprovechando el segundo impulso se dejó caer en el respaldo del sofá, sintiendo cómo aquellos polvos se mezclaban con algo dentro de ella. Aspiró sonoramente los restos que quedaban en su nariz y se dedicó a esperar. En breves momentos bajaría aquel torrente psicotrópico, que iría adormeciéndolo todo a su paso. El corazón se revolucionaría y todo, la realidad y su vida, cambiaría de color. El techo no le permitía ver las estrellas pero, de igual modo, orientó su mirada hacia el infinito con el misticismo del que se cree en el Nirvana.
[el cielo en la tierra]
La cocaína nunca le había parecido una buena droga para pensar, para reflexionar sobre cualquier cosa que se le pasara por la cabeza. Pero, ¿lo era alguna? Echó una mirada de soslayo a su acompañante, que emitía pequeños ronquidos en el sofá. La vida era injusta, de eso estaba segura. Ese chico llevaba mucho tiempo intentando salir con ella, estaba completamente segura de que era amor lo que él sentía. Cuántas veces habría soñado con ella desde el día en que, por azar, se conocieron. Ese mismo azar, quizá en distintos términos, había sido el causante de que aquella noche hubieran acabado juntos. Quizá fue la emoción lo que le había llevado a beber compulsivamente, ingiriendo tal cantidad de alcohol que ni la cocaína podía atenuar. Culpabilidad era una palabra que hacía tiempo se borró de su diccionario. Si la hubiera recordado, en ese preciso instante estaría utilizándola para describir lo que sentía.
[oscuridad]
Era ese extraña generosidad del que consume drogas la que le había llevado a ofrecérsela a aquel chico. Él, que nunca la había probado, seguramente lo hizo por ella, por demostrarle algo inexplicable, por ganarse una metafórica chapa metálica que le acreditaba como miembro del clan. Y ahora dormía un tronco...
Sí, la vida era injusta. Quizá a ese chico le habría dado un dulce esa noche, pero ese mismo azucarillo se transformaría en algo nauseabundo cuando se enterara de la verdad. Un vínculo que para ella nunca había existido se rompería en unas horas dentro de la mente de aquel infeliz. Infeliz por querer a alguien que jamás le corresponderá. Curiosas cadenas las que se forman caprichosamente en esta vida que nos ha tocado vivir, a su juicio la vida no sólo era injusta, era mucho peor: cruel. Conocía perfectamente aquellos vínculos que hacían que quisieras a una persona que nunca te querría, al mismo tiempo que tú serías el amor platónico de alguien a quién, quizá, nunca te dignarías a mirar. El despecho por el despecho, cadenas de anhelos y despechos inconfesables, medias tintas un tanto borrosas y súplicas disfrazadas de falsas intenciones.
[la vida]
Notó como su garganta comenzaba a dormirse y como esa sensación de falsa libertad la invadía lentamente, la petite mort, como algunos llamaban al orgasmo. Cerró los ojos y se abandonó a los designios de una conciencia podrida, sin intención de dormirse. Sabía que el sueño y la cocaína eran amantes despechados e irreconciliables, cuando aparecía una el otro se esfumaba. Después, cuando la dama blanca durmiera, el sueño se acercaría a su lecho para asesinarla.
A su lado se produjo un leve movimiento y una mano aterrizó en su pecho. No se molestó en apartarla, su dueño estaba tan dormido que ni siquiera recordaría que su subconsciente estaba intentando consumar una relación que, de tan efímera, no existía.
[lapsos]
Su cerebro procesó un sonido que su mente habría querido escuchar. Una canción que no sonaba más que en su cabeza:
[...]
How many times must a man look up
Before he can see the sky
[...]
The answer, my friend, is blowing in the wind
The answer is blowing in the wind
Bob Dylan - Blowin' in the wind
Realismo ficticio
Junio 10, 2004
The other side
¬ La locura, al igual que el frío, no existe. Aunque no es el mismo caso, ya que hay una diferencia que puede parecer sutil pero que no lo es en absoluto, algo que legitima el frío y echa por tierra cualquier razonamiento sobre la existencia de la locura.
La mujer, avisada por sus tímpanos de las palabras que flotaban en el aire, desvió su mirada desde el infinito al rostro de su interlocutor. En su cara apareció el rictus del psicólogo que lo es sin quererlo, del oyente circunstancial que querría estar a miles de kilómetros de un confidente espontáneo.
[suspiró]
¬ La locura se define como la ausencia de cordura y, los grados en que puede manifestarse se miden por el nivel cordura ausente. Pero, ¿quién puede medir la cordura? El calor, sin embargo, se puede medir. Y el frío no es más, amiga mía, que la ausencia de calor.
La mujer, con cara de circunstancias, mascullaba una razonamiento en su cabeza. Lo mejor en esos casos, como le dictaba la experiencia, era esgrimir un argumento convincente que diera por finalizada la conversación (si podía llamarse así) por k.o. técnico. Pensó durante un segundo en argumentar que los aparatos de aire acondicionado medían su potencia en frigorías, pero desechó la idea al instante porque no estaba segura de si esa magnitud era una invención de los publicistas. Y es que, como decía su abuelo, de los publicistas no había que fiarse nunca...
¬ Y es que esta sociedad tiene el afán d
