Abril 20, 2008

Lengua de trapo

En una hoja de papel que llevaba en su bolsillo demasiado tiempo había condensado, con unas líneas, decenas de anhelos y algún reproche. Con tinta azul y trazo inseguro, con algún pequeño remedo visible en los signos de puntuación y una interrogación sospechosamente perfecta, había resumido un millón de pensamientos.
[velados]
Esa hoja de papel era a la vez un triunfo y un fracaso. Le recordaba que seguía vivo y que el mundo no le había insensibilizado lo suficiente para erradicar su capacidad de soñar. Pero ese pequeño papel tenía un lado oscuro que aumentaba su peso hasta tal punto que casi debía andar arrastrando los pies: cada día que seguía en su bolsillo era una pequeña derrota en la batalla que se había obligado a librar.
En dos semanas no había sido capaz de trazar las líneas maestras de un plan que, de ocurrírsele, se le antojaría magistral. Aunque la historia universal fuera para su pequeña memoria un torrente inabarcable, estaba convencido de que los grandes éxitos y fracasos de la humanidad se habían planeado en menos de dos semanas. Y aquel papel, parapetado en la oscuridad de su bolsillo, pesaba ya varias toneladas.
Quiso el destino que las heridas se cerraran y que el tiempo se sacara de la manga una jugada ganadora en forma de ultimátum. Recorrió el camino hacia la resolución como tantas veces había hecho durante los días anteriores. Improvisaba discursos a cada paso para descartarlos al siguiente.
Y el tiempo, caprichoso, hizo su apuesta. Puso en escena a la verdadera protagonista de esta historia y él, degradado a figurante, sintió que su mente se nublaba y su lengua se convertía en un trozo de esparto. Lo que aconteció en esos momentos se convirtió, en su mente, en una masa informe de recuerdos inconexos. Sabía que había seguido alguna suerte de plan improvisado y que el dichoso papel había cambiado de bolsillo, sabía que su voz había sonado entrecortada y que había dicho más cosas sin sentido de las que podía tolerar. Pero lo demás se lo llevó el viento.
Todo había pasado tan rápido que se vio fuera de escena antes de haberse hecho a la idea de lo que acababa de ocurrir. Con la adrenalina por las nubes y el optimismo bajo mínimos.
[medio vacío]
Y mientras se alejaba de aquel lugar buscaba a tientas el papel que ahora bien podría estar en una papelera. O sostenido por dedos nerviosos. O arrugado en posición fetal precipitándose desde una ventana. O lo que era aún peor: olvidado en el fondo de un bolsillo esterilizado.
Y él, con la mirada fija en las calles vacías, se resignaba a no esperar nada y a desear todo. Aquel papel era un enlace entre dos mundos, un enlace unidireccional que sólo ella podía establecer: nueve números y una palabra con arroba intercalada. Un billete de ida cuyo destino quizá sería perderse en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

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Abril 07, 2008

Pecas

Las agujas del reloj se encajaron con un sonoro traqueteo para marcar, exactamente, las siete y cuarto. Un gallo tardío pregonaba el comienzo del nuevo día para todo aquel que quisiera escuchar.
Y el mundo, ajeno a devenires terrenales, seguía girando.
Las sábanas arrugadas raspaban mi piel como pequeños dardos somníferos y mis músculos se negaban a despertar.
Lento parpadeo.
[guiño, guiño]
¿Por qué estoy desnudo? Un movimiento a un lado de la cama me alerta de que no estoy solo. En las películas el bueno siempre saca su arma de debajo de la almohada, rueda grácilmente buscando cobertura y encañona al intruso mientras pronuncia una frase lapidaria.
Pero yo no tengo un as bajo la almohada, ni sé moverme grácilmente y, lo que es más importante, no suelo tener intrusos en mi cama. Y, ¡por los hados!, no se me ocurre ninguna frase lapidaria.
¬ ...las puertas de Tannhäuser...
[bah]
Intento evaluar la situación buscando un poco de cordura entre tanto sinsentido. Un sujetador se aferra a mi flamante ventilador de techo y me mira desde su órbita sideral. Un calcetín muy femenino se ríe enroscado en un picaporte y una bata blanca descansa en mi perchero victoriano.
¿Desde cuándo tengo un perchero? ¿Y un maldito ventilador de techo? ¡Pardiez! ¡Y una cama colosal!
No hay tiempo para más conjeturas, una voz suave que entona las palabras como si fueran disculpas me susurra promesas de eternidad. Una miríada de pecas me sonríe, unos ojos pícaros buscan los míos y un pecho emerge de un océano de sábanas, como un delicioso descuido y amenazando con abrir el camino hacia la tierra prometida.
[amén]
Un pecho sobre mi cama continental, bajo el ventilador de techo, orientado hacia mi perchero victoriano y situado a años luz de mi cordura. Una teta estratosférica.
Entonces toda mi escena triunfal se convirtió en un torbellino, en un torrente de colores que se colaba por el sumidero que tenía su centro en aquella glándula mamaria. Cerré los ojos esperando que, al abrirlos de nuevo, todo siguiera exactamente igual. Pero la máquina de sueños y su pequeño operario, el hacedor, decidieron que por hoy ya habían trabajado suficiente.
Por fin abrí los ojos y me encontré con la estampa gris de siempre: sin camas desproporcionadas, sin ventilador de techo ni perchero victoriano, sin gallos ni calcetines colgados de un pomo.
Y sin lo más importante: la enfermera de la que el viernes me sobraron diez minutos para enamorarme.
[como un niño]

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Marzo 09, 2008

These Boots Are not Made For Walking

// and that's just what they'll do
One of these days these boots are gonna walk all over you //
(1)

Llueve en Londres. Caen gotas minúsculas que empapan por reiteración. Esta lluvia tan inglesa es traicionera, de grano fino y castiga a los incautos que, como yo, hemos dejado el paraguas en casa. Me dirijo a Camden Town a hacer unas compras de última hora. Objetos que serán recuerdos a los que recurrir cuando eche de menos esta urbe que me tiene hechizado.
En el viaje de ida me vine con mis Dr. Marteens porque no cabían en la maleta y tras patearme medio Londres con ellas mis pies acabaron completamente destruidos. Y hoy, como los demás días, se han quedado en casa aunque mis pies las siguen maldiciendo en silencio mientras me susurran al oído la canción que he cogido prestada para el título de este post.
Ahora, mientras contemplo Londres desde la ventana moteada de un tren cualquiera, mientras Roger Waters (de Pink Floyd) cantaba Comfortably Numb, sé que voy a echar de menos esta ciudad y que algún día, no sé cuándo, volveré para quedarme un tiempo.
[buscarme la vida]
Y yo, que ya me había acostumbrado a mirar para el lado anglosajón antes de cruzar, que ya empezaba a pensar en inglés y que incluso estaba haciéndome a la idea de fumar sólo al aire libre, tendré que volver a la insidiosa rutina. A mirar al revés antes de cruzar, a hablar marcando las jotas y convirtiendo algunas des en zetas, a fumar prácticamente donde me apetezca. Y sé que, aún así, me entrará la morriña.
Pero bueno, no vale de nada lamentarse. Id preparando la alfombra roja que el domingo aterrizo a media mañana. Y ponedme unos pasodobles de banda sonora.
[necesito una terapia de shock]
I'm on my way back home.

- Escrito el día ocho de marzo en un tren cualquiera de la Gran Bretaña -


(1) These Boots Are Made For Walking es una canción de Nancy Sinatra.
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Marzo 08, 2008

Inmersión

(1)Se me acaba el tiempo. Los días en Londres terminan antes que un suspiro y, por mucho que intento prolongarlos, se me escapan entre los dedos. Como un puñado de arena.
Hoy me había prupuesto madrugar aún más y comenzar el día con un típico desayuno inglés. El tiempo apremiaba y no he podido encontrar nigún pub medianamente tradicional y, al final, me he tenido que conformar con un Wetherspoons que no deja de ser una franquicia de una cadena de pubs.
[uno de tantos]
Mientras esperaba el desayuno y los camareros dejaban en evidencia la presupuesta puntualidad inglesa he ido marcando en el plano del metro las dos estaciones que utilizaría para llegar al Tate Modern (London Bridge) y al National Gallery (Green Park). Hoy me esperaba un día de museos.
[mis pies se resentían]
Encontrar el Tate Modern ha sido relativamente sencillo... sin mapa. En cuestión de viajes (y otras cosas que no vienen al caso) soy un auténtico desastre: no planifico ni un ápice las cosas y, en lugar de ello, me dejo llevar por la bendita improvisación.
[y así me va]
El Tate Modern me ha gustado y, o mi memoria me juega una mala pasada o lo he visto tan distinto que las obras parecían nuevas. Ni siquiera he sido capaz de encontrar The Oak Tree, esa obra que tan bien define el arte contemporáneo para alguien tan profano en la materia como yo. He recorrido el museo de forma un tanto apresurada y errática y he sacado un par de fotos a escondidas...
[spanish picaresca]
... y no me ha dado tiempo a mucho más. Mis pies y mi estómago se han sublevado y han tomado el control. Mis pasos me han llevado a Southwark, al Borough Market (un mercadillo de alimentos de todo tipo y procedencia que abre los viernes -o eso creo-) donde, después de dar una vuelta, he acabado comprando un vasito de gambas a un tipo con el acento más cerrado que he escuchado en mi vida. He seguido callejeando al azar, buceando en cada esquina, mientras buscaba un sitio barato donde terminar de saciar el hambre.

(2)

Encontrar el National Gallery ha sido un poco más complicado. Bajé del metro (técnicamente subí) en Green Park y al preguntar a un policía me ha mandado en otra dirección. No creo que mi inglés sea tan malo como para que no me haya entendido, quizá se le ha ocurrido que sería divertido ver a un español errante...
[humor inglés]
(3)Al final he conseguido rescatar recuerdos de hace un par de años y llegar más o menos sano y salvo... pero tarde. Tenía una hora para ver el museo y casi lo consigo, sólo me faltaron dos salas. El National Gallery no me ha disgustado, supongo que necesito saber apreciar un poco más el arte y poder verlo con más calma para llevarme una impresión distinta.
[quizá la próxima vez]
Era casi de noche cuando salí del museo. Debía coger el metro pero antes paré a fumar un cigarro. Liando el tabaco en Trafalgar Square se acercó un chico a pedirme tabaco. Me dijo que no le importaba que fuera de liar y rápido entablamos una conversación. Al principio en inglés y luego, al ver que él era también español, en castellano. Si algo te enseña Londres es que no nos podemos fiar de las apariencias y ahí estaba Mauricio, que tenía muy poca pinta de ser español y menos aún de llamarse Mauricio. Me contó que llevaba seis años en Londres, que era percusionista en un grupo (The Upfrom Band) y que esta ciudad está podrida por dentro. Hablamos de capitalismo, de mujeres, de los ingleses y de muchas cosas más mientras un tipo le cogía prestado el djembé (creo que se llama así) y nos deleitaba con un rítmico soniquete. Quizá estas cosas pueden pasar en cualquier lugar del planeta pero a mí, en ese momento, me pareció que sólo podía ocurrir en Londres. Me despedí con un adiós y me llevé, de regalo, un CD que, supongo, tendrá canciones de su banda.
El día podía haber acabado ahí y ya habría tenido experiencias para llenar tres o cuatro de mi vida en Madrid. Pero no, aún quedaba una cena en casa de una amiga con muchas risas, algo de alcohol y tabaco, un gato y varios idiomas. En la cena se me ha ido el santo al cielo y se me ha pasado la hora de irme para llegar al último tren así que me he resignado a coger los autobuses nocturnos sin saber qué trayecto hacía el que llega hasta el barrio de mi hermana. Tras un viaje en tensión porque es típico de mí acabar perdido en mitad de ninguna parte por haberme pasado (una o varias veces) de parada y un par de compañeras de asiento que no veían ni su sombra...
[ceguera etílica]
... he conseguido llegar sano y salvo. Mañana me espera un día largo que, seguramente, se fusione con el siguiente. Y después habrá que volver a la rutina. Pero hasta entonces intentaré no pensar mucho en ello, Camden me espera.


Las pinturas que adornan este post:
(1) Arnulf Rainer, Whine-Crucifix (Tate Modern)
(2) Emil Nolde, The Sea B (Tate Modern)
(3) Quinten Massys, Grotesque Old Woman (National Gallery)
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by milio a las 03:58 AM | Enlace Permanente

Marzo 06, 2008

No country for smokers

Londres huele a comida de todas las partes del mundo y, a la vez, de ninguna. A cada paso que doy me sumerjo más y más en la vorágine anglosajona. Adoro esta ciudad que vive con prisas, la cultura del take away y del smoking-not-allowed.
[por desgracia]
El lunes, aún en Madrid, hacía la maleta con nerviosismo y, como siempre, a última hora. El reloj marcaba una hora que no quería mirar y las horas de sueño se esfumaban: quedaban dos a lo sumo. Dormí poco y mal y desperté sobresaltado por alguna de las tres alarmas que puse, casi asustado por la posibilidad de quedarme dormido. Después llegarían las prisas, el duty free y el vuelo. Y el día no había hecho más que empezar.
Cuando ya llevábamos más de una hora volando hacia Londres nos comunicaron que había turbulencias y mi mente peliculera repasó mil escenas distintas de otras tantas películas en que los pasajeros se dejaban llevar por el pánico. Yo, que nunca había experimentado algo así, pensé que las turbulencias serían algo más dramático pero resultaron ser poco más que un pequeño bache en la carretera.
[menos mal]
A mi llegada me esperaba un viaje en tren y, sobre todo, muchos ingleses. Uno no termina de acostumbrarse al hecho de que aquí, en Londres, el guiri soy yo, y toda esa gente que habla en inglés son los que me miran, condescendientes, como a un turista.
Me quedan unos cuantos días (menos de los que me gustaría) para redescubrir Londres y beberme su esencia en pequeñas dosis. Hoy he repuesto fuerzas, mañana me beberé la ciudad. Así que, como dicen los ingleses:
¬ Cheers!
Lástima que no pueda fumar un cigarro mientras brindo, malditas restricciones.

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by milio a las 02:30 AM | Comments (4) | Enlace Permanente

Febrero 20, 2008

El precio de una sin

La corbata quería convertirse en horca y el chaquetón en sudario. La marquesina de la parada de autobús me devolvía una imagen de mí mismo que, aún sabiendo que era especular, me seguía pareciendo extraña. El pelo recogido en una socorrida coleta, los zapatos limpios pero no impolutos, la camisa planchada a juego con la corbata y la sonrisa en paradero desconocido. Aún así ese individuo que se reflejaba en el cristal casi traslúcido no era yo, quizá fuera uno de mis dobles, el que nació en una familia acomodada.
[universo paralelo]
Un amigo me esperaba para comer y, por teléfono, habíamos quedado en la cafetería de un hotel cercano. Al cruzar las puertas me pareció raro que fuera ese lugar, y no otro, donde mi amigo solía comer. Aún así y enfundado en mi flamante vestimenta disfraz decidí entrar a tomar una cerveza sin alcohol a la que, por otra parte, ya me he acostumbrado.
Podía sentir las miradas de todos los parroquianos clavadas en mi espalda, evaluando a la víctima como tigres agazapados. Quizá otro día cualquiera, con mi atuendo habitual, me habrían echado a los leones, pero hoy no. Hoy era uno de ellos. Entré con la barbilla bien alta en la urna a prueba de fumadores y me senté en un sillón que debía tener al menos dos siglos. Sentí el peso de la historia bajo mis ilustres, por un día, posaderas.
Al rato apareció un camarero:
¬ ¿Qué va a tomar el señor?
¬ Una cerveza sin alcohol, por favor.
¬ En seguida se la traigo.
Mientras esperaba me recreé observando a los presentes. Allí debía haber gente ilustre pero no pude encontrar a nadie que fumara en pipa, llevara monóculo o vistiera sombrero de copa de corte inglés. Rumiaba aún mi desilusión cuando el camarero se acercó a mi mesa con gráciles movimientos.
[gacela]
¬ Aquí tiene señor.
¬ Gracias.
Estaba pensando que los caballeros distinguidos también toman aperitivo con la caña cuando el camarero, que aún seguía ahí, me interrumpió.
¬ Disculpe, ¿quiere que se lo cargue a la cuenta de su habitación?
¬ Eh... no, soy de fuera... quiero decir que no me alojo en el hotel.
Ese fuera rompió el hechizo y me devolvió a mi lugar en el cosmos de las clases sociales. Pero aún quedaba el golpe de gracia:
¬ Son cuatro con veintisiete.
[mon dieu!]
Estoy tentado a decirle que se ha equivocado de cuenta y que yo sólo tengo una cerveza sin alcohol o que me ha aplicado la tarifa de la garrafa de cinco litros de cerveza. Pero no, el camarero no se equivoca y yo tengo exactamente tres segundos para contestar con dignidad antes de que los leones descubran que hay una gacela entre ellos, y me devoren.
¬ Claro. Toma, quédate con la vuelta.
... que son veintitrés céntimos.
[perdonavidas]
A partir de ese momento observo con disimulo y dejo volar la imaginación hasta que mi amigo por fin llega. Parece que, efectivamente, me he confundido de sitio y que esta cafetería lujosa no es donde vamos a comer. Oigo a mi bolsillo suspirar de alivio y siento como mi corbata, hambrienta, se aprieta un poco más.

Lo que no te mata, según dicen, te hace más fuerte. Y yo sólo soy un poco más pobre que ayer.

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by milio a las 09:54 PM | Comments (6) | Enlace Permanente

Enero 07, 2008

del revés

me sumergí en las profundidades
aguantando la respiración
me abandoné a tus brazos
con ojos cerrados
busqué oro entre tus labios
a tumba abierta
te rodeé con mis brazos
sin esperar nada a cambio
me encontré con tus ojos
y abrí bien los míos
me emborraché con tu sonrisa
y desperté, resacoso,
en un mundo, mi mundo, del revés

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by milio a las 01:48 AM | Comments (6) | Enlace Permanente | TrackBack (0)

Diciembre 11, 2007

Mi Lugar en el Cosmos

Miedo huía despavorido por el laberinto de corredores construidos en el principio de los tiempos mis tiempos. Corredores que Cordura había derruido en parte, inmerso en la batalla sin fin por el control de mi mente.
Con ropas andrajosas y un sombrero que se caía a cada momento, Miedo miraba sin ver, con ojos vacíos, el camino que debía llevarle al destierro. El rey de mis fantasmas sentía, por primera vez en su existencia, la puñalada gélida del pánico.
Pero aún había una alternativa al destierro.

Caos sonreía a medias. Una parte de su rostro mostraba una mueca de satisfacción mientras que la otra se contraía en una expresión de rabia.
¬ Cómo se atreve ese infeliz...

Indecisión caminaba cabizbajo y cejijunto, rumiando delirios de grandeza que nunca se vieron realizados. Recordando momentos estelares que había truncado con un único pensamiento, con la ponzoña de reflexiones insidiosas entrevenadas magistralmente en una secuencia de ilusiones.
¬ Maldito inconsciente...

Amor, el fantasma tímido y de apariencia benévola, rugía de rabia y desconcierto en la cima de un túmulo funerario. Bajo sus pezuñas yacían los cadáveres de amores olvidados, algunos muertos violentamente, otros por desgaste.
El camino que serpenteaba en las laderas del desengaño, por el que solían peregrinar los idilios en estado terminal, estaba vacío y descuidado, invadido por las malas hierbas.
[cementerio de elefantes]
El ciclo se había roto, otra vez.

Desidia descansaba bajo la sombra de un ciprés. Sus manos, cruzadas sobre el pecho, temblaban ligeramente. Un sombrero de paja ensombrecía sus ojos con la proyección de la luz mortecina de un sol moribundo. Sabía que las cosas habían cambiado y que pasaría mucho tiempo ocioso.
[bostezó]
¬ ¿Qué es una temporada en comparación con toda la eternidad? Iluso.

Memoria se mesaba su larguísima barba blanca con aires reflexivos. Sentado en un tajo de madera, con la melena gris descuidada y dispersa a su alrededor, revisaba sus apuntes con atención. Algunos eran tan antiguos que llevaban años sin considerarse siquiera recuerdos. Otros tan recientes que aún estaban siendo escritos. Le había costado mucho esfuerzo reunir vivencias tan dispersas de la gran biblioteca sin catalogar de la mente-sujeto.
Y quizá estaba cometiendo el mayor error de su existencia. Había sido una decisión arriesgada y tendría que asumir las consecuencias. Debía poner fin al período de turbulencias que había convertido su existencia en un sinvivir plagado de momentos miserables. Tanto caos le estaba matando.
Ya estaba hecho. Los recuerdos habían sido dispuestos en el orden apropiado y la conciencia del sujeto había sido bombardeada con armas de racimo. Sólo quedaba esperar. Y la paciencia le sobraba.

En una cafetería al azar, tomando el enésimo café del día, encontré el camino hacia la trascendencia. Recuerdos recientes e imágenes que creía ya olvidadas aparecieron mágicamente ante mis ojos.
Aprendí de mis errores pasados y pude predecir algunos del futuro. Aposté por el caballo perdedor para probar hasta donde llegaban mis limitaciones. Soñé con un futuro oculto en una niebla de improvisación. Decidí recobrar el control de mis actos y luchar por cosas que merecieran la pena, sin medir las consecuencias de resultados inesperados.
Y entonces, sólo entonces, encontré mi lugar en el cosmos. La voz de un poeta me confirmó que no estaba equivocado:

"Vivir a la deriva
sentir que todo marcha bien"
1

[cogí el timón]

Los fantasmas desaparecen cuando son desterrados y sólo una situación específica, como si de un ritual se tratara, puede devolverlos a la vida. Miedo sabía que su destierro era inminente y que sólo le quedaba una alternativa: pedir un indulto al Innombrable.
El que vivía en los confines de la nada, antes de la luz que marca el final del camino, lo esperaba en su trono de obsidiana. Aquel al que los sólo temerarios y los borrachos llamaban por su nombre verdadero sin estremecerse: Muerte.
Miedo arrastraba sus pies cuando llegó al último peldaño de la escalera negra. No necesitó levantar la vista para saber que Él le estaba mirando con los ojos, de tenerlos, inyectados en sangre, evaluando si debía destruirle en ese momento o después de escuchar lo que debía decirle. En su cabeza retumbó una voz profunda:
¬ Sé lo que buscas y conozco lo que has de encontrar. La respuesta a todo vendrá con el tiempo. El cuándo será tu incógnita, no oses preguntarlo. Vuelve a tus dominios y espera el momento apropiado.
Tras un largo silencio Miedo se dio la vuelta y, cuando ya se marchaba, la voz volvió a meterse en su cabeza:
¬ Nada dura para siempre. Todo muere, algún día.



1 Parte de Quemando tus recuerdos de Extremoduro, del disco Somos unos Animales.
by milio a las 01:34 AM | Comments (5) | Enlace Permanente

Noviembre 26, 2007

Cobaya

Entré en el ambulatorio con prisas, como una exhalación. No necesité mirar el reloj para saber que era muy tarde y que la hora de mi visita se había pasado hacía rato. Me senté en una silla y al rato me llamaron.
La enfermera me mira por encima de sus gafas, en precario equilibrio sobre su nariz.
¬ ¿Usted a qué hora tiene?
¬ A las once menos veinte...
Ahora me fulmina con su mirada:
¬ Llega un poco tarde. Pase.
Dentro de la consulta, desde su sillón que parece un trono, el médico me observa con curiosidad. En su dedo luce un sello con el emblema de alguna universidad que se me antoja casi tan grande como la mano entera. Flanqueando la mesa dos estudiantes en prácticas me observan con aire profesional, intentando imitar los gestos de su maestro.
[qué bien...]
El médico disfruta con toda la parafernalia y, cuando cree que ha llegado su momento, comienza a actuar. Me pregunta y le cuento que, a parte de tener una alergia en la piel, venía porque tengo la uña del pulgar derecho un poco maltrecha. Pero no me deja acabar la frase y, como en un libro de texto, se pone a recitar ante los dos estudiantes en qué consiste mi alergia. Su anillo refulge. Y me señala.
¬ Pueden apreciar como la piel del sujeto se seca en algunas zonas como por ejemplo aquí. Observen la textura de la piel bajo el ojo derecho.
¿Me había llamado sujeto? Pestañeé.
¬ Siéntese en la camilla.
[sujeto!]
Estuve tentado de preguntarle que si para una uña era necesario. Temí que me pidiera que me desnudara.
¬ Y lo de la uña. Vean que es un... (palabra técnica que no he podido descifrar aún)... Se requiere una extracción.
Los dos estudiantes no emitían palabra alguna y se dedicaban a mirar mi uña.
El médico dio por concluida la clase magistral y a mí me faltó poco para aplaudirle.
[y pedir un bis]
Una vez fuera me tomé un café mientras recordaba la escena. Intenté acordarme de la última vez que me habían llamado sujeto pero no fui capaz, quizá fuese la primera.
Un rato después, en el gimnasio, mientras corría sobre la maldita cinta, se me cayó el mp3 y me olvidé de donde estaba. Me agaché a cogerlo como si estuviera corriendo por la calle y acabé revolcándome en el suelo ante la atónita mirada de todos los presentes.
[recluta patoso]
Y entonces me dí cuenta de que en la consulta del médico me habían quitado algo: el sentido común.

¬ Como pueden apreciar, esa glándula que este sujeto en cuestión tiene tan pequeña, es la que controla el sentido común.
Los becarios asienten. El anillo vuelve a refulgir.
¬ Extraigámosla para observarla mejor.
[horreur!]

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by milio a las 11:42 PM | Comments (2) | Enlace Permanente

Noviembre 21, 2007

Fitness Life

Ya no hay vuelta atrás, y me alegro. Voy a sellar mi pacto con el Diablo del Fitness que me prometió un cuerpo danone a cambio de unos meses de sacrificio.
[y una porción de mi alma]
¬ Como Moisés, haré que el océano de michelines se abra con una sola palabra...
¬ ¿Es necesaria toda esta parafernalia?
¬ Imprescindible. Ya sabes lo que dicen de mí, que soy la antítesis del bueno de la película...
¬ Vale, vale. Dame el contrato.

Ayer visité el que será mi campo de torturas particular. Cintas sobre las que corren cuerpos sudorosos, bicicletas que hacen de potros de tortura para los incautos que decidieron que así debía ser. Duchas vaporosas, personas en ebullición. Me sorprendí pensando que aquel lugar no parecía tan terrible.
[las apariencias...]
Así que hoy, armado con mi tarjeta de crédito, he ido a comprar todo el atrezzo deportivo. En el probador, mientras me llegaban ecos de conversaciones banales, me he dado cuenta de que todo este atuendo tiene propiedades mágicas y, además, me hace sentir totalmente ridículo. Como un dominguero en chandal en una reunión de ejecutivos.
No sé dónde me llevará todo esto. Quizá a un estado de trascendencia que me convierta en una versión actualizada de mí mismo. O puede que se quede en otro proyecto inconcluso flotando a la deriva en un mar de hastío y desidia.

¬ ... y entonces te diré: "¡Milio, levántate y anda!".
¬ Joder, cuando quieres puedes ponerte muy pesado, satánica majestad.
¬ ¡Amén!
[peg]

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by milio a las 09:46 PM | Comments (11) | Enlace Permanente

Noviembre 13, 2007

La elasticidad del tiempo

Hay una ley no escrita que habla de la elasticidad del tiempo. Como casi todas las leyes que se me ocurren y que seguramente hayan pasado más de una vez por la cabeza de la mente-colmena de la sociedad, los términos en que se enuncia varían dependiendo del momento en que las pienso. Como muchas otras cosas en mi mente-chistera, depende del azar.
[caprichoso]
Y hoy, por la mañana, mi estado de ánimo era un tanto borrascoso, con pocos claros y una probabilidad de precipitaciones del ochenta por ciento. El vagón de metro estaba casi vacío, como cualquier día a media mañana en Madrid. Yo iba con prisas, como siempre (o tarde, también como siempre). A cada minuto miraba el reloj esperando que hubiera pasado medio, intentando estirar la línea del tiempo más de lo aconsejable. Le daba vueltas, en silencio, al primer postulado de la ley de elasticidad del tiempo: "cuanta más prisa tengas, más tarde llegarás".
[si es que llegas]
Me imaginaba como uno de esos forzudos de las películas en blanco y negro, con sus bigotes puntiagudos y su torso desarrollado hasta el absurdo, en contraste con una cintura de avispa. Y así, de esa guisa, tiraba de una cuerda con todas mis fuerzas intentando vencer el empuje de un enorme reloj de cuco.
[cu cu]
Había abierto la caja de Pandora y ahora era capaz de ver la auténtica realidad que subyace tras la que captan nuestros ojos.

Al fondo del vagón había una pareja. Él miraba con ojos vacíos su reflejo en el cristal y ella acariciaba con gesto desvalido la mano de su chico, siguiendo con su índice todas las líneas de la palma, buscando quizá dónde sus vidas confluían y en qué punto debían separarse. Pero yo, con mi clarividencia recién adquirida, podía ver mucho más. Me dí cuenta de que la mirada vacía del chico escondía un mar de dudas y que se revolvía entre la incertidumbre y la paciencia autoimpuesta, de índole bíblica y proverbial. Ella era tan transparente como un cristal de bohemia y sus ojos, como en un libro abierto, proclamaban a gritos amor desinteresado. Pero él no podía verlo.
[sonreí]
No muy lejos de la joven pareja un hombre anciano se sentaba hundido en su asiento. Pantalones y chaqueta de pana, ropa limpia pero raída, vestigio de tiempos pasados. Un sombrero a juego que parecía estar en precario equilibrio y una mano arrugada pero firme mesando su barba blanca y descuidada. En su interior pude ver resignación y autocomplacencia. La serenidad de una vida que había dado para mucho y el orgullo de conservar los recuerdos que debían definirle, los que se van forjando a lo largo de toda una existencia. El tiempo había dejado de ser una preocupación para convertirse en una mera anécdota, porque la paciencia era su forma de vida. Vivir sin esperar nada más a cambio.
[asentí]
Un chico con gafas leía un enorme libro de anatomía aunque, en realidad, era el libro el que lo devoraba a él con sus fauces de papel que sólo dejaban ver la montura de las gafas. Entré en su mente con cuidado, sin hacer el menor ruido que pudiera perturbar la concentración del estudiante, y me encontré en un acantilado donde rompían las olas de un océano de conocimiento inabarcable. Las gaviotas graznaban frases inconexas de las que sólo se entendían palabras sueltas. Eran palabras que hablaban de miedo al fracaso y responsabilidades titánicas. A lo lejos, en la costa, cascos partidos de barcos hundidos arañaban las playas con restos de podredumbre y, en ellos, se podían leer siglas malditas.
[suspiré]
Un bebé, apenas recién nacido, lo miraba todo con curiosidad. Sus ojos atrapaban la esencia de las cosas mientras en su interior iba tomando forma el gran rompecabezas que es el mundo. Su madre le miraba con ojos cansados y una débil sonrisa atenuada por las horas en vela. En sus ojos había alegría y cansancio, una pizca de tristeza y mucha determinación. No opuso resistencia a mi escrutinio místico y me dejó bucear en sus recuerdos y anhelos, manipular las manecillas del reloj de sus recuerdos. Vi una sala de partos y noté una ausencia. Se hizo la luz y lo llenó todo con su llanto primerizo. Y ella supo que su universo acababa de cambiar de eje, que ahora debía girar alrededor de esa estrella recién nacida.
[lloré]
La corbata le traía por el camino de la amargura, como la soga que se ajusta al cuello de los ahorcados. Gotitas de sudor perlaban su frente y él, siguiendo una coreografía muchas veces ensayada, se secaba el sudor con un pañuelo de cuadros. Como un limpiaparabrisas. Sujetaba su maletín con pulso firme y una fuerza desproporcionada que denotaban sus nudillos blanquecinos. Su vida estaba en ese maletín porque un día decidió que su trabajo era más importante que su propia felicidad o que, quizá, era el mejor medio para lograrla. Y hoy, justamente hacía unas horas, se había dado cuenta de lo equivocado que estaba. Alguien con más poder, a quién su conciencia me había dibujado como una criatura con cuerpo deforme y cabeza de caja registradora, le había despedido. Toda una vida de dedicación a su trabajo fulminada por unas palabras llenas de odio. Años de automatismos que, aún cuando ya nada importaba, seguían rigiendo su conducta y apretando, más si cabe, el nudo de su corbata.
[rabié]

Las puertas del metro, al abrirse, me sacaron de mi viaje astral. No importaba que se hubiera cumplido el primer postulado de la ley de la elasticidad del tiempo, no importaba que me hubiera pasado de parada. Me dí cuenta de que, durante unos minutos, el tiempo se había distorsionado y me había enseñado que mi vida era una parte de todo lo que había visto: la incertidumbre del amante y la transparencia de la amada, la resignación del anciano, el miedo del estudiante, la curiosidad del bebé y la determinación de la madre, el hastío del ahorcado.
[caleidoscopio]
Y entonces supe quién era... pero lo olvidé cuando las puertas se cerraron tras de mí y me encontré, desorientado, en mitad de ninguna parte.

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Octubre 30, 2007

El mundo es una mujer

Mis fantasmas revoloteaban sobre mi cabeza, emitiendo graznidos de satisfacción, ronroneos sibilinos. En la vida real me encontraba en algún lugar cerca de Segovia, pero esa era sólo mi representación física. Mi mente se encontraba en el vórtice de un agujero negro, lidiando con los malditos fantasmas.
Indecisión brincaba alternativamente sobre cada una de sus mil pezuñas y, en su cara maquillada como la de un arlequín, se dibujaba una sonrisa tan neutral como siniestra. Sus manos sujetaban dos naipes: la reina de corazones en la diestra y la sota de bastos en la siniestra. Y con cada paso de su coreografía me mostraba uno de los dos.
[éxito y fracaso]
Miedo me miraba desde su inmenso trono de obsidiana. En lugar de rostro tenía un espejo donde se proyectaba una película con los grandes fracasos de mi vida. Y en la base del trono un reloj de cuco del que colgaba un cuervo moribundo. Me miraba fijamente desde el fondo de sus ojos vacíos y repetía una y otra vez los nombres de todas las mujeres a las que una vez quise y ellas nunca lo supieron.
[errores por omisión]
Amor, un fantasma benévolo, deshojaba una margarita multicolor cuyos pétalos nunca se acababan. Con cada pétalo envejecía un poco más. Famélico y ojeroso, su mirada apuntaba al infinito, inmerso en un bucle sin fin ni principio.
¬ Te quiere, no te quiere. Le quiere o le odia. Se quiere o te desprecia. Te necesita o te ignora. ¿Te conoce? No, no te conoce. Lo sabe o se lo ocultas. Te quiere, no te quiere...
[alternativas]

Mi cuerpo reaccionaba a los estímulos del medio con el piloto automático puesto mientras mi verdadero yo, el que habita en mi mente, se retorcía de incertidumbre y buscaba el valor allá donde lo encuentran los héroes. Había decidido que no podía seguir esperando y que ella, la misma que me miraba con ojos vivos y sonrisa pícara, debía conocer todo lo que pasaba por mi cabeza. ¿Por qué me resultaba tan difícil besarla? Mi cerebro sólo debía dar una serie de órdenes rutinarias al resto del cuerpo:

mírala a los ojos-gira la cabeza quince grados en sentido horario-abre ligeramente la boca-deposita tus labios en los suyos-cierra los ojos-detén el tiempo

Pero algo dentro de mi cabeza se resistía a dar la orden y el tiempo jugaba en mi contra.

Los segundos parecían horas. En mi cabeza se dibujaban frases sin sentido con el único objeto de ganar un poco más de tiempo mientras el valor acudía en mi ayuda:
¬ ¿Oye, qué era eso del imperativo categórico?
Miedo reía a carcajadas y Amor se tiraba de los pelos, maldiciéndome por mi estupidez. Indecisión detuvo su baile y me mostró la sota de bastos a modo de advertencia.
Entonces se produjo el milagro. De las simas más profundas de mi cerebro emergió Valor con sus mallas ajustadas y su capa amarilla. Aunque maltrecho por las batallas que había tenido que librar durante años de cobardía, aún se mantenía en pie y tenía fuerzas para gritarme al oído:
¬ ¡Deja de decir sandeces y díselo de una vez! Es una orden.
La maquinaria declarativa se puso en marcha, haciendo funcionar engranajes que creía oxidados. Pronuncié las palabras de forma torpe y casi sin voz a través del desierto en que se había convertido mi boca:
¬ Llevo dos días intentando bersarte y aún no sé cómo hacerlo.
[obvio pero suficiente]
Sin quererlo me había deshecho de un peso tan grande que creí que me elevaría hacia el cielo en una experiencia mística y estrafalaria. Mis fantasmas se retiraron a sus aposentos y yo me convertí en el sol que giraba en torno a su cintura. El encuentro cósmico y los eclipses posteriores son otra historia que, ójala, merezca ser contada.

Y entonces rodeé el mundo con mis brazos y besé el mismísimo big bang.
[el comienzo de todas las cosas]

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Mayo 13, 2007

26

¬ Hola, buenos días, soy tu menstruación.
Me cuesta trabajo parpadear recién levantado. La parte de mi cerebro que analiza las situaciones surrealistas aún no está a pleno funcionamiento pero, si no recuerdo mal, nací con género masculino. Así que esa mujer vestida de rojo y con cara de pocos amigos que está plantada en mi puerta debe haberse equivocado.
Parpadeo una vez más, abro la boca a medias y dejo escapar un suspiro de perplejidad. Oigo como mis dedos rascan mi cabeza.
¬ No quiero comprar nada.
[es lo único que se me ocurre]
¬ Ah, entonces tú no eres... Claro que no, me he confundido de mensaje. Es que estoy haciendo una suplencia.
Observo cómo busca algo en su bolso de propociones grotescas.
¬ Pues sí, ya recuerdo. Mi compañera venía a decirte que acabas de entrar en la media-edad y que se te acabó el chollo de ser joven. No más descuentos en el cine, no más anuncios con canciones juveniles...
Cierro la puerta sin pensarlo y dejo que sus palabras se pierdan en un mar de indiferencia. Deshago mis pasos por el pasillo mientras una voz atenuada me dice:
¬ ... y me tienes que dar tu carnet joven!... Al menos dime si tienes alguna vecina de doce o trece años...
[surrealista]
Vuelvo a la cama y caigo otra vez en la inconsciencia. Y pienso, quizá como autoengaño, que nadie tiene que decirme cuándo dejo de ser joven y, mucho menos, negarme un descuento en la entrada del cine.
[faltaría más]

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer
[...]

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Mayo 08, 2007

Añejo

¬ Vas a probar un whisky que tiene tu edad.
Recuerdo con nostalgia aquella frase de un antiguo jefe de aquella empresa de la que escapé hace unos añitos, cuando aún podía presumir que conocía un whisky que fuera más viejo que yo.
[ya casi no puedo]
Los años pasan y van aumentando el lastre con el que uno tiene que cargar cada mañana, al despertarse. Quizá sea por mi insomnio patológico-voluntario, pero las fuerzas con las que me despierto son inversamente proporcionales al día de la semana. Últimamente no tengo tiempo para nada y, los escasos momentos que tengo para mí, siento que los malgasto en actividades circulares que me dejan en el mismo punto de la espiral rutinaria en que, poco a poco, se va convirtiendo mi vida.
[ciclos dentro de otros ciclos]
Y siento que, aunque lucho en muchos frentes, no avanzo en ninguno, tengo demasiadas batallas por ganar, demasiados armisticios que firmar. Lloro en silencio por los años perdidos y a veces deseo cambiar un par de decisiones que tomé hace tiempo y que, como no podía ser de otra forma, han ido marcando el camino que debía seguir. Entonces me asaltan los pensamientos místicos sobre el destino prefijado y el placebo de que, tomemos las decisiones que tomemos, nuestro destino no cambia. Pues vaya, espero que el mío aún esté en garantía y en el hipermercado de las vidas me dejen hacerle un par de ajustes.
¬ Buenos días, ¿qué desea?
¬ Cuarto y mitad de optimismo y dos cucharadas de alegría.
¬ ¿Irracional o con motivo? Los motivos los vendemos a parte...
[ladrones...]
¬ Me llevo la irracional. ¿Tenéis algo para hacer los días más largos?
¬ Eso no lo trabajamos...
[surrealista]
¿Existe la crisis de los veintiséis? ¿Será quizá que se me ha retrasado la de los veinticinco? Debe ser que, al pasar efectivamente (y sin lugar a dudas) del cuarto de siglo es cuando todo el mundo insiste, silenciosamente, en que hagas balance. Comparas tu vida (sí, las comparaciones son odiosas pero necesarias) con las que conoces de primera mano y ves cómo lo que en la tuya son mil frentes abiertos...
[escaramuzas]
... en otras se reduce a unas pocas batallas de magnitudes titánicas.
[hipotecas, enemigos formidables]
Y, con esa vena masoquista, deseas tener para ti las penurias que vienen de serie con una casa. Vidas que van cerrando ciclos mientras la mía, por mucho abarcar, aprieta poco.
Aún me quedan unos días para disfrutar del año que estoy apunto de perder. Seré fiel a esa sana costumbre que tengo de preocuparme por las cosas en el último momento y, durante estos cinco días, no pensaré nada más que en las necesidades básicas y animales del ser humano: comer-dormir-reproducirme.
Y respirar, que no se me olvide respirar...
[aire nuevo]

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Enero 23, 2007

Decretazos contables

Si por un día fuera algo así como el Emperador del Mundo, Rey de Los Humanos o cualquier otro título rimbombante, mi primer decreto sería desterrar la contabilidad y artes similares del archivo del conocimiento humano. Borraría de un decretazo todo atisbo de partida y contrapartida, balances y libros, mayores y menores, cuadrados y circulares. Sí, la economía mundial se sumergiría en el caos contable y quizá volviéramos a los tiempos del trueque, pero pagaría el precio gustoso y, a la postre, la humanidad acabaría siendo mejor.
[libertad descuadrada]
Hoy, mientras bostezaba por enésima vez en la iésima clase de la emésima asignatura que me queda, mi mente me imaginaba en un trono de hierro. Me llegaba el rumor sordo de la voz monocorde del profesor. Para mi desconsuelo, había mil lugares mejores donde estar. Al final de la clase (de asistencia obligatoria, al menos dos tercios de las horas) el profesor tenía que confirmarme si me era posible llegar al mínimo estipulado para poder presentarme en febrero. El profesor exhibía, como diría un amigo, su mejor sonrisa de perdonavidas.
¬ Lo he estado revisando y creo que no llegas ni al cincuenta porciento. Vamos a ver tu caso.
[el verdugo prepara la soga]
¬ Si asistieras a las horas que quedan y descontando el tiempo que estuviste de baja, llevarías nueve de las catorce posibles. ¿Alguien tiene una calculadora?
Uno de los pocos que aún quedaban en clase le dio el resultado: cero con sesenta y cuatro. Mi suerte en esa asignatura la decidiría un punto escaso. El profesor se tomó su tiempo, se humedeció los labios y, una vez meditado, leyó el veredicto.
¬ Está bien, si vienes a todas las clases podrás presentarte.
[pulgar hacia arriba]
Salí de la universidad ya de noche y me encontré en mitad de un paisaje apocalíptico. Las farolas de la avenida estaban apagadas y el viento cortaba la respiración de los pocos insensatos que se atrevían a desafiarlo. En el camino hacia la parada de autobús me dio por pensar en los peldaños descendentes que llevo pisando, a tientas, desde hace un tiempo. Pequeñas catástrofes que me arrebatan el control y me arrastran, lentamente, hacia el fondo del desagüe. Objetivamente cualquier observador diría que no paso por un buen momento pero, a pesar de ello, soy relativamente feliz.
[¿puede ser de otra forma?]
Ni siquiera un contable experimentado podría cuadrar un balance de mi tiempo. Tiempo que no podía alargar para ver a mi sobrina neonata a menos que alguien hubiera inventado el teletransporte y yo no me hubiera enterado (difícil, llevo años pidiéndolo a gritos).
Olaia nació el domingo pasado. Después de hacerse de rogar por fin pudimos ver su carita y oír su primer llanto de protesta. No nos importó no haber dormido, ni las esperas llenas de incertidumbre. Esas cuatro vocales y esa consonante y, sobre todo, lo que su nombre representa, nos han cambiado la vida.
Y es por eso que por mucho que empíricamente se demuestre que mi vida necesita un cambio de rumbo, por muchas esperanzas artificiales que se disuelvan en una nube de humo de palabras nunca pronunciadas, por mucho que se empeñen los contables en amargarme la existencia, no me resisto a pensar que mi vida es hoy mucho mejor que hace una semana.
[que se jodan las cuentas]
Mientras me voy quitando los ropajes imperiales y pongo una chincheta en el trono para que mi sucesor se acuerde de mí, intentaré improvisar algún otro decreto estúpido que, al menos, me haga sonreír.

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Octubre 04, 2006

Si me dejaras podría enseñarte a volar.
Lo que no han conseguido tantos siglos de evolución al alcance de un sólo pensamiento. Una chispa que se origina en la mente y que ordena al alma que se eleve.
[muy alto]
Pero tú, unas veces tan lejos y otras tan cerca, no puedes ni imaginarlo. Así es mi vida: una enorme contradicción.
Por momentos te veo como un espejismo que mis manos atraviesan mientras te esfumas en una nube de humo, vapor que produce el fracaso cuando se convierte en un gas pestilente.
Otras, sin embargo, eres tan real que el más leve contacto de mis dedos con tu piel hace que me estremezca. Tantas sensaciones, demasiadas imágenes de recuerdos que nunca viví, improvisados por mi mente. Mi imaginación crea un mundo donde los planetas giran alrededor de tu cintura, donde el Sol sale cada día y la Luna nunca duerme.
[un mundo mejor]
Las dudas me asaltan y sólo puedo imaginarme un futuro tejido con frases condicionales. Un urdimbre tan frágil que no puede sostener el peso de uno sólo de mis sueños. Preguntas sin respuesta, respuestas sin sentido.
En cada lado de la balanza coloco pros y contras, sueños y derrotas, miedos y esperanzas. Ingredientes, todos ellos, de un brebaje rancio de aspecto colorista: una poción de incertidumbre.
Me pregunto cómo sería mi vida a tu lado, ya sé muy bien cómo lo es sin ti...
[en escala de grises]
Quizá debería realizar mis sueños y no preocuparme por las pequeñas derrotas, vencer mis miedos y consolidar mis esperanzas. Despejar los pros y los contras de esta ecuación recurrente y apuntar el resultado donde pueda verlo cada día al despertarme.
Quizá debería dejar que me enseñaras a volar.
[a tu vera]

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Febrero 27, 2006

Choricete

Estoy seguro de que el guionista de mi vida debe tener un gran sentido del humor. En otras palabras: debe ser un cachondo. Ya desde primera hora es capaz de sorprenderme con toque de humor negro, escribiendo en el guión que no debo oír el despertador hasta que no me quede más remedio que llegar tarde.
[humor negro]
Despierto sobresaltado, debe ser la quinta vez que suena el aparato infernal, azote de los sueños. Intento recordar el sueño que, se supone, ha fabricado mi cerebro esta noche, creyendo aún que si no eres capaz de revivirlos al despertar es que los has olvidado para siempre.
[ni rastro]
En el metro practico el arte de la guerra con los demás viajeros. La batalla es encarnizada y al final, como casi todas las mañanas, no consigo sentarme. Todos parecen mirarme desde la comodidad de sus asientos con aires de suficiencia.
Llego a la oficina y todo parece transcurrir con normalidad, incluso cuando un compañero me pide que le cambie el ticket de aparcamiento. En la oficina tenemos un acuerdo no escrito en el que me comprometo a cambiar los tickets de la hora y así poder fumarme mientras hago algo de provecho.
[por una vez]
Cojo mi abrigo y salgo de la oficina. Enciendo un cigarro furtivo en el portal. Las calles me reciben con un soplo de aire gélido, el viento susurra advertencias inaudibles. Cruzo la calle y llego hasta la expendedora de tickets, un engranaje más en la compleja maquinaria del mundo motorizado, una dimensión totalmente desconocida para mí. En lo que a coches se refiere, soy un completo ignorante. Soy incapaz de recordar la marca y el modelo de los coches de mis amigos e, incluso, olvido el color y la forma. En mi mente los coches son masas metálicas informes que responden a nombres en un lenguaje desconocido y gutural. Siempre que tengo que cambiar un ticket reconozco el vehículo a tientas, ayudado por el maravilloso mando del cierre (¿tendrá un nombre más específico?).
Después de sacar el correspondiente recibo comienzo a buscar el coche con la mirada. Viene a mi mente la referencia "en frente de la gasolinera" que me había dado mi compañero. Veo un coche azul y una chispa de inteligencia ilumina mi mente: lo encontré. Me acerco apretando el botoncito del mando y aquello no se abre. Pruebo diferentes ángulos y distancias e, incluso, entono unas plegarias al dios pagano de los utilitarios. Al final desisto y giro sobre mis talones, quizá me he confundido. Pero entonces..
[clac]
... el cierre salta y yo atribuyo el retraso a cuestiones que escapan de mi conocimiento.
¬ Va con retardo -me autoconvenzo.
Con la suficiencia que da el conocimiento aparentado, abro la puerta y alargo el brazo para cambiar el ticket. Estaba tocándolo con las yemas de los dedos...
¬ ¿¡Pero qué cojones estás haciendo!?
[horrerur!]
En las películas siempre hay pelea después de una frase como esta. Me maldigo por no haber visto más películas de Chuck Norris mientras busco en mi memoria un referente para esa situación... sin resultado. Levanto la vista y observo a aquel chico aparentemente alterado, que sujeta en la mano el mando del coche mientras exhibe una mueca a medio camino entre la perplejidad, la ira y la estupidez. Descartada la lucha apuesto por el diálogo tomando, sin querer, la misma decisión que siempre lleva a la muerte al amigo bueno del protagonista de una mala película.
¬ Hmm, ¿este coche es tuyo? -bien, han dado algún premio por menos.
Su cara, aún congelada en aquella mueca grotesca, lo dice todo. Debe ser su coche. Mi mente une los hechos como si se trataran de una comedia mala y la inteligencia, con escaso brillo, se refleja levemente en mis ojos. Decido no dejarle contestar.
¬ Anda, qué confusión... Me han mandado cambiar el ticket del coche de un compañero y lo había confundido con el tuyo. Se parecen tanto...
Me recuerdo a mí mismo que no tengo ni idea si realmente se parecen o no. Para reforzar mis palabras le enseño el dichoso papelito oficial mientras simulo estar ofendido porque me confundan con un ladrón de coches un tanto torpe. Simulo dignidad sin conseguirlo.
¬ Pensé que eras un choricete -contesta él.
Al escuchar estas palabras y analizar la situación me doy cuenta de que aquel tipo debe haber visto todo el proceso completo: desde mis intentos fallidos por abrir la puerta hasta mi entrada triunfal en el utilitario. Llego a la conclusión de que debe pensar que o soy un estúpido o soy el caco más descarado que ha visto en su vida. Le miro: pantalones de pinza, americana, camisa y corbata a juego. Me miro: zapatillas, pantalones varias tallas más grandes, abrigo de segunda mano (probablemente robado o de un muerto) comprado en Londres por diez libras. Sí, parece que según sus cánones debo parecer un delincuente. Finjo una sonrisa.
¬ Es que como se abrió, aunque con retardo...
Al final hago un gesto con la mano como si quisiera olvidar el tema, me despido y me marcho. Debía continuar la búsqueda del coche metamórfico que, al final, resulto ser de otra marca y de un color distinto.
Y mientras, en alguna especie de limbo jurídico y fiscal, el encargado del guión de mi vida se reía a carcajadas mientras se felicitaba por haber creado una pequeña secuencia de humor absurdo.

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Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 11:41 PM | Comments (7) | Enlace Permanente

Enero 11, 2006

El instante recurrente

A mis pies se amontona una montaña de papeles arrugados que alcanza proporciones kilométricas. Listas de propósitos para el año que acaba de empezar, ristras de mentiras que el carnicero cortó a desgana, restos putrefactos de intenciones más que dudosas.
Los deshechos de mi fuerza de voluntad...
[nula]
No han pasado ni diez días y ya, sin quererlo, he incumplido uno de los propósitos apócrifos de este año con rima rebuscada: devolver la vida a mi bitácora. Un weblog que se ha convertido en un Lázaro y que necesita que alguien le diga unas palabras...
¬ Levántate y anda.
Empecé a escribir este post cuando el año pasado aún agonizaba...
[se acababa la rima]
... y lo abandoné como un dueño desaprensivo deja tirado a su perro: en una cuneta. Las ideas que me rondaban por la cabeza aquel día (y que se esfumaron, si cabe, antes de llegar) caducaron con la duodécima uva. De cualquier forma ahora no serían más que los garabatos de un niño sobre papel mojado.
Hace tiempo que dejé de plantearme una lista de propósitos, he vivido lo bastante poco para saber que no sirven de nada. Y total, ¿para qué? ¿Cambia mucho las cosas el transcurso de un instante? El mero hecho de pasar una página en el calendario no hará que los cimientos de mi vida se tambaleen.
[i believe i can see the future...]
Sigo siendo yo, para bien o para mal.
[...'cause I repeat the same routine]
Pero, a pesar de saber suponer que el paso del tiempo no es más que la imagen de una ecuación recurrente (dogmas de andar por casa), no dejo de marcarme objetivos en mi infinita ingenuidad. Casi siempre los mismos:
¤ Encontrar mi media naranja (o la naranja entera)...
[set mode disney ON]
...esa persona que, según dicen, permanecerá junto a mi hasta que uno de los dos, el menos afortunado, se convierta en polvo...
[set mode disney OFF]
... o consume el mismo en una ruptura unilateral del contrato de enamoramiento. Y, lo que es más importante, que no sea la media naranja de otr@.
¤ No olvidar a l@s que se fueron porque, en cierta forma, lo que dejamos en este mundo es reflejo de lo que alguna vez fuimos. Recordar a los que completaron el ciclo y a los que se marcharon antes de tiempo.
Y, en general, dar el giro de ciento ochenta grados a mi vida que tanto tiempo llevaba aplazando.

¿Propósitos? Quién dijo miedo...

by milio a las 06:57 PM | Comments (4) | Enlace Permanente

Noviembre 06, 2005

Every Day Is Exactly The Same1

//There is no love here and there is no pain//

Cada noche, en la oscuridad que precede a una noche sin sueños, me digo a mí mismo (en un monólogo sin sentido) que no quiero volver a verte. Cierro los ojos y te imagino como te he visto tantas veces: sonriendo. Tu expresión se ensancha y yo me hago más y más pequeño, una insignificante mota de polvo. Sé que cada gesto que ensayas se convierte en un millón del alfileres que se clavan bajo mis uñas.
[donde más duele]
Nunca un amor fue más estúpido, nunca un sentimiento tuvo menos sentido. Compré un boleto en la rifa de la vida, una apuesta imposible que nació en la mente de un bromista, y en el bombo del absurdo me tocó el primer premio.
[y hubo gran jolgorio y regocijo]
El amor es una criatura torpe que camina dando tumbos con una venda en los ojos. Tropezando una y otra vez con la misma piedra, dando con sus huesos contra paredes de indiferencia. Y aún así, tras cada golpe, intenta levantarse de nuevo en un alarde de estoicismo y estupidez. No le importa luchar por causas que sólo tiene valor en la mente de unos pocos.
[insensatos]
Abro los ojos, emergiendo de un sueño perturbador que soy incapaz de descifrar. Ni tan siquiera puedo recordarlo, sólo quedaron un puñado de imágenes inconexas: una criatura torpe que caminaba sin rumbo, una boca que sonreía, la voz de las falsas esperanzas y el silencio de una noche sin fin...
[debía ser ella]
... una figura ensombrecida por un millón de indecisiones, una nota musical quebrada por un silencio criminal, una declaración de amor nunca enunciada y ninguna certeza.
[debía ser yo]
Y entonces vuelvo al estado de catalepsia emocional, uno de los estadios del alma. Duermo. Y recuerdo que todo lo que vivo es un reflejo de los que soy y lo que soy es consecuencia de todo que no he podido (no he querido o no he osado) vivir.
[todos los sueños que no cumplí]
Quizá no sea nada o, quién sabe, lo sea todo. Puede que, en el fondo, eso que he llamado amor tenga una naturaleza dual: lo quiero todo y no tengo nada.
Busco aquellos recuerdos que compré en un bazar de alguno de mis sueños, los que me vendió una gitana por el módico precio de mi alma.
¬ Si los usas sentirás lo que es vivir algo que sólo existe en tu imaginación. Pero sí lo haces ten en cuenta que jamás podrás experimentarlos realmente: se borrarán de tu destino... si es que alguna vez estuvieron ahí.
[críptico]
Entonces, al abrir la caja, me di cuenta de todo lo que había perdido sin haberlo poseído jamás. Vi como el espejismo de otra vida se hacía añicos ante mis ojos, y deseé que todo aquello no fuera más que una pesadilla. Pedí con todas mis fuerzas despertar mientras la imagen de un beso se rebobinaba en mi mente (no me lo dabas, me lo quitabas) y tu voz se apagaba lentamente.
Y al despertar no quedaba nada, sólo la voz de Trent Reznor:

I believe I can see the future
Cause I repeat the same routine
I think I used to have a purpose
But then again
That might have been a dream
[...]
Every day is exactly the same
There is no love here and there is no pain

Nine Inch Nails - Every Day Is Exactly The Same



1 Título de una canción de Nine Inch Nails, del disco With Teeth.
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Yo, me, mí, conmigo
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Octubre 01, 2005

Réquiem por un sueño

// tempus fugit (la fugacidad del tiempo) //

A mí, con una estatura cercana a la media nacional, aquel chico me parecía altísimo. Su voz grave retumbaba en mis oídos como una invitación perpetua. Yo pasaba por aquella fase en la que, según dicen, uno está construyendo los cimientos de lo que algún día será, a la vez que revisa sus principios incipientes y convierte los nuevos en axiomas. Por aquel entonces, el pueblo era un oasis de diversión al que merecía ir cada verano. Tostarse durante el día para pasar frío por las noches.
Es por la humedad...
[repetían los lugareños]
...siempre ha sido así.
[susurraba cada esquina]

La ventana del coche, convertida en televisor improvisado, dibujaba un paisaje que nacía y moría a cada instante, presa de la velocidad. Los tonos verdes se confundían con los grises y el sol, radiante, se encargaba de poner un punto de alegría. Recorrer la distancia que me separaba del pueblo, apenas doscientos cincuenta kilómetros, siempre se convertía en un ritual. Me dejaba llevar, aún cuando no tenía motivos para hacerlo, por la melancolía. Recordaba momentos pasados y anhelos futuros y los mezclaba en mi memoria hasta crear el material del que, dicen, están hechos los sueños.
[y soñaba]
Unas veces olvidaba que olvidé y otras recordaba cosas que nunca existieron más que en mi imaginación. Evocaba amores pasados que se convirtieron en presentes y, me temo, en futuros. Repasaba vivencias de otros años para marcar la altura del listón que, ese verano, me tocaría superar. El final del camino, los últimos quince kilómetros, los pasaba intentando apreciar los cambios que se habían producido durante el último largo año. A veces me parecía que la misma vaca llevaba allí desde que yo había nacido, que era un figurante de cartón piedra que, cada verano, me daba la bienvenida. Contaba las curvas que quedaban para llegar y, con cada una, se me escapaba una sonrisa.
Y entonces el coche se detenía, alguien retiraba la aguja del vinilo y el mundo como tal giraba una vuelta más de rosca. Saludaba a muchos que ya no están y a otros que nunca se irán.
¬ Toh, ¿ya habéis venido?
Y mi rebeldía adolescente me dictaba responder: "No, aún seguimos en Madrid". Pero algo me hacía seguir el protocolo y contestar, a los ancianos del lugar, con la misma retahíla de siempre.
Sí, hemos venido hoy-estaremos aquí quince días-no, mis hermanas aún no han venido-sí, sí, estamos todos muy bien-hasta luego.
Subía al tercer piso de la casa donde mis abuelos pasaron toda su vida y, con una sonrisa, tiraba la maleta sobre la cama. Ya habría tiempo de recogerla. Cinco minutos después caminaba, con paso apresurado, por calles centenarias. Mi primer destino sería la casa de aquél que, por cosas de la vida, se había convertido en un gran amigo.
Yo siempre pensé, y pienso, que las amistades te eligen y que tú, simplemente, haces lo que puedes (o te apetece) por ganártelas. Yo tuve la inmensa suerte de ser elegido por gente que, a la postre, se convertirían en buenos amigos, y él es uno de ellos.
Al llegar a su casa saludaba a su familia y, rápidamente, pasaba a su habitación. Mientras nos poníamos al día sobre nuestra vida, él me enseñaba sus últimos descubrimientos musicales y yo, prendado de su guitarra, hacía que le pitaran los oídos al mismísimo Jimmy Hendrix.
[sueños de seis cuerdas]
Cada noche se convertía en una pequeña fiesta, un homenaje al hedonismo, un tributo a un presente que quemaba cada instante del futuro inmediato. Sentados en círculo en mitad de la nada, el tiempo parecía haber detenido su flujo. Sostenía un vaso de plástico con la misma mano con que rasgaba las cuerdas de su guitarra. En el ambiente flotaban conversaciones dulzonas con el aroma seco de un whisky barato, sin pretensiones, iluminadas tal vez por la luz ténue de algún cigarro, ambientadas con risas tímidas o carcajadas espontáneas. Nubes de hachís se colaban por mi nariz, humo de tabaco apestaba mi ropa y mi aliento a partes iguales, y mil y una sonrisas se grababan, con un cincel, en mis recuerdos. Él siempre estaba allí, con sus canciones y su risa inconfundible, con sus comentarios y sus gestos. Inventando melodías cuyos ritmos alguien, sin conocerlos, incluiría en un disco a miles de kilómetros.

Fueron tiempos locos...
[y deliciosos]
...donde todos experimentamos con la vida, aprendiendo el funcionamiento de algo sobre lo que nadie nos había dado un manual. Probamos sustancias de todos los gustos, sabores y colores. Escribimos miles de líneas en los libros del qué dirán, sin importarnos lo que un mundo que parecía no tenernos en cuenta, pensara de nosotros. Nos equivocamos un millón y medio de veces y rectificamos algunas más, para luego volver a errar y empezar desde el principio.

Y entonces, un día, nos hicimos mayores.

Se distanciaron las visitas, los veraneos en la España profunda se acortaron hasta casi desaparecer, nos echamos a los hombros responsabilidades estúpidas y dejamos que la desidia y la rutina transformaran nuestras vidas. Mientras yo estaba en Madrid dedicado a mil tareas sin atender a ninguna de ellas, mi amigo pasaba el tiempo viajando de un sitio a otro: Salamanca, Madrid, Londres, Canarias y todas las paradas intermedias de las que no tengo constancia. Y yo, mientras tanto, dejaba de visitar mi refugio estival, afectado de mi fiebre de conocer mundo. Y, de vez en cuando, me acordaba del tiempo que llevaba sin verle. Tiempo que ahora parece un siglo.

El teléfono vibraba indolente produciendo un ruido molesto al chocar sobre la mesa. En la pantalla aparecía el nombre de un amigo al que hacía tiempo que no veía.
¬ Buenas.
Su voz, como advertiría más tarde, estaba quebrada por algo que yo, en ese momento, no podía imaginar. Después de un breve cruce de comentarios, un silencio tenso se extiende como un gas tóxico.
¬ Verás, Carlos ha tenido un accidente de coche...
[frío, mucho frío]
¬ ...y bueno, se ha matado.
[mil agujas]
El resto de la conversación, para los dos, ya no importaba. Mis músculos se paralizaban y mi mente, por primera vez en mucho tiempo, se quedó completamente en blanco. Y el frío, aquel frío glaciar, me asestaba varias puñaladas.
Intenté recordar la última vez que nos habíamos visto, las miles de veces que me había prometido a mí mismo volver al pueblo y hablar con él. Necesitaba contarle tantas cosas... Necesitaba que él siguiera ahí. Retroceder en el tiempo dos años y llamar a su puerta, como había hecho tantas veces, y abrazarle como nunca había hecho. Creo que nunca le dije, como a otros buenos amigos que tengo, lo importantes que era para mí, el lugar que ocupaba en mi vida.
[no soy nadie sin ellos]
En ese momento pensé que había sido capaz de decírselo a una mujer y a mis compañeros, que siempre están ahí, nunca se lo había dicho. Pero para decírselo a él ya era demasiado tarde, y yo me maldecía por eso.
Aquella noche me sorprendí a mí mismo, me mostré frío como un témpano de hielo y no lloré. Estaba en estado de shock, quizá producto de algún mecanismo de defensa que los psicólogos llevan ocultándonos desde que lo descubrieron. Pensé en él y recordé las conversaciones sobrias o etílicas que habíamos tenido, sus sueños, sus anhelos, sus miedos. La muerte, con su guadaña ponzoñosa, rondaba mis dominios con su cantinela siniestra y yo, metido en mis recuerdos, fui capaz de ignorar su letanía.
Cada día, durante esta semana, intenté escribir lo que sentía, pero me fue imposible. El nudo que tenía en el estómago me asfixiaba cada vez que pensaba en él, y una tristeza infinita me invadía a cada momento. Los días, llenos del mundanales distracciones, me permitían evadirme. Pero cada noche, tras acostarme a altísimas horas de la madrugada, la muerte me visitaba en mi lecho para recordarme lo frágil que es la vida, que ella siempre gana y que todo lo demás no le importa.
[maldita seas]
Recuerdo la conversación que mantenía con un amigo un día de aquella época dorada. Los dos bebíamos alguna suerte de brebaje etílico mientras manteníamos una charla metafísica sobre el futuro. Él, pletórico de vida, quería vivir al máximo mientras pudiera hasta que la cruda realidad le cortara las alas. Después de ese momento, para él, lo mejor era estar muerto. No hemos sido nosotros los que ya no estamos, otro ocupó ese lugar. Ahora, entre lágrimas contenidas, sólo me queda pensar que Carlos, mientras pudo, disfrutó su vida al máximo. Tengo la certeza de que, si existe algo después de la muerte, le veré cuando me llegue el momento y brindaremos con una cerveza bien fría.
Hasta entonces: adiós amigo, en mi hay una parte de ti.

Sin tu aportación, esta despedida no sería lo mismo. Aunque desearía que bajo estas líneas figurara una foto tuya, ni quiero ni debo hacerlo. Es por eso que dejo aquí una foto que me hiciste en aquella época dorada que marcó nuestras vidas, hace ya cien años (de soledad).

Hasta siempre
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by milio a las 03:57 AM | Comments (9) | Enlace Permanente

Junio 20, 2005

Retornos

El blog dormía apaciblemente sobre su red de redes. En la pequeña estancia apenas entraba luz, las palabras se amontonaban en cada rincón, sin orden ni concierto. Los párrafos colgaban de sillas imaginarias y picaportes inexistentes. Y la desidia campaba a sus anchas por el lugar.
[sus dominios]
El caballero negro, armado con su infalible espada SPAM, golpeaba la pared mecánicamente. Y la estancia temblaba con cada corte. Todo parecía abandonado.
Y yo, que llevaba más de dos meses sin abrir esa puerta, palidecí. Me horroricé al contemplar la destrucción derivada del abandono.
Encendí todas las luces, limpié lo que parecían los restos de una batalla y desperté al blog con una canción. Abrió los ojos lentamente, como el que despierta de un sueño eterno, y posó su mirada en los míos.
No hubo abrazos, no hubo palmaditas en el hombro. En lugar de eso, una sonora bofetada rasgó el aire. Si hubiera sido la escena de una película, ahí habría acabado la música con el sonido de un disco rayado.
Para calmar sus ánimos he tenido que prometerle que, además de volver a prestarle atención, le haré un lavado de cara y le libraré del apestoso Caballero Negro (también conocido como el Señor Spam).
[tiempos de cambio]
Lo dicho, estoy de vuelta... y esta vez para quedarme.

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by milio a las 06:37 PM | Comments (5) | Enlace Permanente

Abril 04, 2005

Magnificando

Los altavoces, cuatro satélites y un subwoofer comprados de oferta hace un par de años, vibraban a la mitad de su capacidad. La estrofa, entonada con voz ronca y acompañada por acordes secos, no podía ser más oportuna.

[...]
Rock is deader than dead
Shock is all in your head
Your sex and your dope is all that we’re fed
So fuck all your protests and
Put them to bed

God is in the t.v. 1
[...]

Arrastré mis pies hasta mi habitación, envuelto en el rugido creciente del torrente de música, como un desgraciado que se acerca al epicentro de un terremoto. Tan cansado estaba que me había quedado dormido en el sofá, viendo el telediario, mientras el WinAmp ejercía de improvisado DJ. De vuelta al salón, el sofá me recibió con los brazos abiertos. La caja tonta, más absurda que nunca, continuaba con su letanía monótona.
[e interminable]
Parecía como si todos los realizadores del mundo, en todos los canales del espectro televisivo, se hubieran puesto de acuerdo. A alguien se le ocurrió no dejar morir al Papa. El pobre Wojtyla, al que la Iglesia Católica mantuvo hasta el último momento en su cargo. Más allá de los límites de lo soportable. Parecía que el que había muerto era el mismo Dios, encarnado en la figura de un pobre anciano, más frágil que un muñeco de trapo.
El presentador dio paso a unas imágenes que correspondían a la última aparición pública de Wojtyla. Se le veía sentado en su silla, haciendo gestos con las manos que quizá para un Católico signifiquen algo, pero que para mí no eran muy diferentes de las indicaciones de un guardia de tráfico agente de movilidad. Entonces intentaba hablar y, como por arte de magia, surgía de un lateral de la imagen un micrófono. Me recordaba a la parodia que, en la película de Airbag, hacían de las telenovelas los culebrones, cuando aparece un micrófono y golpea al protagonista en la cabeza. En el caso real, el pobre Wojtyla no podía emitir más que unos sonidos ininteligibles a medio camino entre un gorjeo y el croar de una rana. Finalmente le retiraron el micrófono y él, contrariado, siguió haciendo señas de circulación.
[para orientar al rebaño del señor]
Y me dio pena. Sentía haber presenciado un espectáculo tan grotesco que rozaba casi lo cómico. Aquel anciano debería haber terminado su vida mirando las obras con los jubilados o sentado en un banco, al sol, en cualquier pequeño parque de una localidad tranquila. Pero claro, los ateos no comprendemos esas cosas...
[o eso dicen]
Los documentos gráficos, inéditos y morbosos de dudoso interés general continuaron y yo, aburrido, apagué el televisor. En otros hogares, en otras ciudades, continuarían viendo ese programa durante varias horas más. La misma información rumiada de distinta forma, el mismo hecho enfocado desde puntos de vista infinitos, la misma biografía repetida hasta la saciedad.
¿Y el mundo? ¿Había dejado de girar? ¿Ya no había muertes por inanición? ¿Las guerras se habían detenido (alguien acalló los fusiles)? ¿Ya no había más noticias?
[no]
La agonía y posterior muerte de Wojtyla se había convertido en un Reality Show.
[mediático por definición]

Y al día siguiente la máquina de la saturación seguía funcionando a pleno rendimiento.
[interminable]
Harto de tanta ceremonia fúnebre y de tantas muestras de condolencia, me dirigí a la parada de autobús. Encendí un cigarrillo a escasos metros de la parada y, al otear a lo lejos, distinguí la figura del autobús. Esperé pacientemente, solo en la parada, hasta que el bus se colocó a mi altura. Entonces se produjo algo inesperado y, a la vez, ridículo. La puerta no se abría y, al mirar al conductor, descubrí cómo esa extraña criatura me escrutaba desde su trono mecánico. Pensé que quizá no me había visto pero descarté la idea al instante, no tenía sentido. Mantuvimos un pintoresco cruce de miradas que se prolongó durante treinta largos segundos. Yo, mientras tanto, apuraba el cigarro recién encendido, intentando rentabilizar la inversión hecha en tan minúsculo cilindro a cambio de unos segundos menos de vida. Para un hipotético observador aquella situación parecería de lo más absurdo. Finalmente, una chispa de inteligencia brotó en algún lugar olvidado de mi cerebro, y me di prisa en apagarla (no fuera a provocar un incendio). Apagué el cigarro por casualidad y continué con el escrutinio. El conductor, satisfecho, abrió la puerta, y yo entré en el redil como una oveja descarriada.
[y negra]
¬ ¿No sabes que no se puede fumar en el transporte público?
Todo encajaba como las piezas de un puzzle cómico cósmico. El conductor me había vomitado esas amigables palabras, apuntando a la cabeza. Florecieron miles de posibilidades, tantos argumentos y tenía que elegir uno que no sonara descortés. Escogí el más obvio... y diplomático.
¬ Iba a tirar el cigarro antes de entrar.
¬ Por eso no te he abierto, porque no habías tirado el cigarro.
¿En serio aquel personaje pensaba que entraría fumando en el autobús?
¬ Pero en la calle no está prohibido fumar...
El conductor emitió una especie de ronroneo y contraatacó.
¬ Eso decís siempre. Estoy seguro de que me habrías echado el humo en la cara.
Aquella discusión podía ser interminable y, además, no me aportaba nada. Así que, ante la mirada atenta de todos los pasajeros, metí el cupón del abono transporte en la máquina y me dirigí a mi asiento, dejando al conductor perdido en sus divagaciones ahumadas y, probablemente, con la palabra en la boca. Reflejada en el espejo retrovisor me llegaba la mirada del conductor, que memorizaba mis rasgos para no olvidar mi cara la próxima vez.

Sospecho que perderé más de un autobús de aquí en adelante...
[manía persecutoria]



1Rock Is Dead es una canción de Marilyn Manson.
by milio a las 11:18 PM | Comments (2) | Enlace Permanente

Marzo 16, 2005

Pedestrians

Cuando pisé Londres me di cuenta de que no tenía ni puta idea de inglés. Podía entender a duras penas lo que me decían, pero expresar lo que pensaba era un auténtico infierno. Claro, yo no pensaba en inglés. Mi cerebro fabricaba las frases en español y un pequeño y destartalado anexo de mi mente intentaba realizar una traducción simultánea. Así, iba desechando frases a medida que me daba cuenta de que no podía traducirlas, y elegía composiciones más sencillas. Me sentía como un indio de las películas de vaqueros (aquellos que nos pintaban tan malos, que arrancaban las cabelleras al benévolo hombre blanco).
¬ Hao!
Londres es una ciudad enorme, una urbe en constante movimiento, un conglomerado de culturas que se mezclan sin orden ni concierto aparente. Esta sensación de desorden desaparece cuando ves los entresijos de esa máquina que no para nunca. En cada lugar que visitábamos había alguien que hablaba español (y árabe, y francés, y alemán...). Todo el mundo podía sentirse como en casa durante unos instantes.
[sweet home]
Los primeros días los pasamos viendo monumentos, plazas y calles que, a veces, no salían en los mapas turísticos. Anduvimos por todo el centro de Londres hasta la extenuación, gastando nuestras libras a la misma velocidad que llenábamos la memoria de la cámara digital. Y el dinero no lo puedes recuperar con tanta facilidad...
Lidiando con un transporte que al principio no entendíamos. Llegamos a quedarnos en un autobús cuando ya habían apagado las luces y el bus se dirigía a las cocheras, con el consiguiente enfado del perplejo conductor.
¬ What are you doing guys? I'm not in service!
Salimos del bus riéndonos de nosotros mismos y seguimos nuestro camino hacia las entrañas de Londres.
Nos dio tiempo a salir por la noche y apreciar, en pleno apogeo, la cultura del alcohol que hay por estos lares. Bien, en España también bebe todo el mundo, es normal comer bebiendo una copa de vino y, los fines de semana, el número de borracheras aumenta exponencialmente. Pero aquí es algo continuo. A todas horas se ve a gente bebiendo cerveza por la calle (y comiendo cualquier suerte de fast food). Por la noche los pubs están llenos hasta la bandera, las familias beben juntas y, todos a la vez, entonan el himno del borracho.
¬ Hip!
Y luego llega la noche con sus clubs. Encontramos de rebote un club llamado Borderline donde ponían buena música y, lo más importante, era barato. Allí encontramos nuestro refugio nocturno durante los dos días que salimos, añorando las medidas y los precios de Madrid.
Después de cinco días en Londres emprendimos el viaje hacia el sur, donde haríamos de okupas en la casa de una amiga, un lugar llamado Bournemouth, en un piso que comparten seis estudiantes de varios lugares de Europa. Bournemouth es una ciudad de estudiantes donde, la mayoría, son latinos. Cada noche hay una fiesta en un lugar distinto y, por el día, todo está muerto y triste, tras un manto de lluvia perpetua.
Seguiremos aquí unos días más y dejaremos, seguro, un poco de melancolía en estas tierras.

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by milio a las 07:01 PM | Comments (9) | Enlace Permanente

Marzo 08, 2005

On my way (London)

Dentro de unas horas estaré, si todo sale como está previsto, volando hacia Londres. Quizá pueda ver un trozo de Francia desde la ventanilla del claustrofóbico avión, o quizá me tenga que conformar con ver la inmensidad del océano.
[que no es poco]
El domingo volví a la realidad (a veces cruda, otras casi mágica) tras haber pasado un fin de semana en una isla llamada Umbralis, con millones de agujetas y cientos de calambres, acompañado por un constipado que quería quedarse unos días como huésped en mi cuerpo. Espero que la siempre sabia automedicación (coloque una pizca de sarcasmo en este paréntesis) ayude a ganar la batalla contra tan molesto visitante.
Casi como si fuera la confesión de un secreto irrisorio, he de decir que jamás he salido de España. Ni siquiera he pisado el peñón de Gibraltar. Lo más cerca que he estado del extranjero ha sido en la terminal internacional del aeropuerto y, si cabe, en alguna embajada. Así que mañana, cuando pise el aeropuerto de Luton, podré hacer tachar una línea en aquella lista de propósitos que uno se marca, de caducidad indefinida y de naturaleza personal e intransferible.
[o no]
Tendré oportunidad de practicar mi inglés gutural, más para entender lo que me digan que para intentar transmitir algo. Quizá intente hacer un pequeño chiste de ese humor absurdo que tanto me gusta. Podré decirle a un transeúnte al azar algo así como:
¬ In my horniest opinion...
Y reírme yo sólo. El inglés (o la inglesa) de turno pensará que soy un estúpido e intentará evitarme. Eso sí, con mucha educación.
Aún no tenemos claro cuál va a ser el itinerario. Pasaremos cinco días en Londres y, de ahí, iremos a otra parte de la isla que nos pille de camino entre Londres y el sur de Inglaterra, donde un alma caritativa nos dará cobijo un par de días. Hemos pensado en Canterbury (por aquello de la catedral y el arzobispo) y en Stonehenge (por aquello de las piedras y el misticismo). Quién sabe si al final no nos volveremos locos y acabaremos en Edimburgo, con faldas y a lo loco.
[tocando la gaita]
Al final, como casi todo lo que hago, este viaje es una gran incógnita. Una experiencia que hay que saborear poco a poco, llena de situaciones que, quizá, se conviertan en pequeños calvarios. En fin, ¿qué sería un viaje sin una pizca de incertidumbre?
No sé si podré hacer de corresponsal en Inglaterra, pero lo que es seguro es que me tomaré una cerveza negra a vuestra salud.
Y ahora voy a seguir con mi repaso de inglés...
¬ When you pound?
¬ I book on mondays.
[tributo a Gomaespuma]

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by milio a las 11:13 PM | Comments (4) | Enlace Permanente

Marzo 04, 2005

Spiderman de los baños

Lo peor de hacer reformas en casa es que, automáticamente, te conviertes en un refugiado en tu propio hogar. Los escombros, dotados de vida propia, se reproducen como conejos, trayendo consigo montañas de polvo blanquecino y molesto por definición.
Había un dicho que rezaba algo así como: "No valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos". Quizá sea un poco grotesco utilizar este dicho para un cuarto de baño, pero en este caso se ajusta como un guante. El hecho de no poder darse una ducha en tu propia casa hace que recuerdes con melancolía aquellos tiempos pasados donde, cada mañana, te ponías bajo el chorro de la ducha y, de pura felicidad, cantabas lo que se te pasara por la cabeza (con mayor no menor fortuna).
[pasado]
Y miras el amasijo de escombros en que se está convirtiendo aquel antiguo santuario y, cuando menos, te dan ganas de suspirar. Ahí empieza verdaderamente la vida del refugiado por obras, en el momento en que tienes que pedir una ducha donde poder quitarte ese mal olor imaginario que, si no lidias con él, acabará haciéndose realidad.
Los albañiles, impasibles, son los dueños de la situación. En su mano está que todo llegue a buen término. De los dos dicharacheros trabajadores, el que más me impactaba era el que bauticé como Spiderman de los baños, con su sempiterno puro entre los dientes. El día en que decidí darle un apodo tan pintoresco fue, precisamente, el día en que tenían que pasar un tubo por el patio de luces. Yo dormía, y mi madre me llamó con una mezcla de horror, histeria e indignación, pidiéndome que fuera a ver algo que, en ese momento, se mezclaba con un sueño que no podía recordar. Me desperté del todo y seguí los pasos de mi madre hasta la cocina. Y, al mirar por la ventana, me quedé blanco (aún más). Vi a aquel haciendo equilibrios en el vacío mientras colocaba la tubería. Tenía un pie apoyado en la ventana de la cocina del piso de abajo y otro pie en la ventana del baño de ese piso, que formaban un ángulo de noventa grados. Con una mano ponía la tubería y con la otra... ¡el puro! Por supuesto, sin ningún tipo de arnés o sujeción. Un paso en falso y su cuerpo desde una altura volaría cuatro pisos hasta estrellarse en el suelo con un ruido sordo.
[y breve]
Pero, contra todo pronóstico, él aparentaba tranquilidad. Afortunadamente al final salió todo bien y no hubo que lamentar ninguna catástrofe, aunque a mi madre aún le dure el susto. No es la primera vez que observo conductas de inseguridad (por usar el término más suave) laboral y, por suerte, nunca ha pasado nada. Una vez, hace algunos años, se mató un albañil en mi barrio cuando cayó desde un tercer piso. Por lo visto, la red de seguridad estaba mal instalada y el pobre hombre acabó atravesándola. Unos chicos del barrio se jactaban de haberlo visto con sus propios ojos. Seguramente mentían.
[lo decían sus ojos]
Después del episodio del baño, todo transcurrió con normalidad. Y, por fin, ayer acabaron con las obras.
Así que, desde hoy, mi casa y el blog están nuevamente operativos (justo a tiempo para Umbralis). Esperemos que no haya ninguna gotera.
[en ninguno de los dos]

by milio a las 10:03 AM | Comments (4) | Enlace Permanente

Enero 16, 2005

Requiestat in Pace

Tengo una pantalla en blanco y no sé cómo empezar... Tengo tantas imágenes en la cabeza que soy incapaz de ordenarlas. Con el cerebro entumecido nunca pude pensar con claridad. Y siento como miles de alfileres se clavan bajo mis uñas, haciendo jirones lo que me queda de lucidez.
Creo que nunca olvidaré la voz de mi hermana cuando me comunicaba por teléfono que mi abuela se había muerto. No hacía falta usar eufemismos, la muerte prefiere que la llamen por su nombre.
[lo impone]
Viajaba camino del barrio gótico de Barcelona en un coche que hacía escasos minutos rebosaba risas y esperanzas. Siempre te imaginas cómo reaccionarás ante algo así, si llorarás desconsoladamente o simplemente te encerrarás en un silencio sepulcral. Mi cerebro se sacó de la manga cientos de placebos y alguna que otra receta magistral, dejó que el estado de shock se extendiera como una nube pestilente.
Me llevó cinco minutos decidir algo tan sencillo como si ir a casa de mi amiga a hacer la maleta o si ir al aeropuerto a cambiar el billete, provocando que diéramos un par de vueltas a la misma manzana. Intenté aparentar tranquilidad y no sé si lo conseguí.
Aquel fin de semana, que debería haber sido idílico, se había convertido en una pesadilla de la que es imposible despertar. Me recuperé de esos dos primeros minutos de indecisión y con la inestimable ayuda de mi amiga, que me guió mientras yo daba palos de ciego, conseguí recoger mis cosas y encaminarme al aeropuerto para que me cambiaran el billete.
El avión despegó con retraso y yo me encogí en mi asiento de clase turista con restricciones dejando que mi mente volara hacia el pasado, proyectando momentos que creía olvidados de una vida que ya no parecía la mía. Fue una hora escasa en la que tuve mucho tiempo para pensar, una hora para sentirme la persona más miserable sobre la faz de la tierra.
Mi abuela llevaba un mes en su nueva residencia y yo aún no la había ido a visitar. Siempre aplazaba la visita pensando que cualquier momento futuro sería mejor, y ahora conocía la verdadera razón de mis ausencias: soy un cobarde.
[el rey de los cobardes]
Cada vez que la imaginaba en aquella silla de ruedas, que le compramos cuando dejó de caminar, se me caía el alma al suelo. Algo dentro de mí no quería recordarla como aquella anciana que no podía valerse por sí misma, como aquella pobre falsificación de una persona que había sido tan importante en mi vida. Y ahora había pasado casi un mes desde la última vez que la vi, y me di cuenta de que jamás la volvería a ver.
Y lloré. Lloré por dentro mientras de mis ojos no escapaba una sola lágrima. Pasados unos minutos decidí serenarme porque me esperaban dos días muy duros, reponer fuerzas con la comida que me había preparado mi amiga. En el momento intenté convencerla de que no tenía hambre, que no me preparara nada, y ahora, en el avión, le agradecí en silencio que lo hubiera hecho.
Arrastré mi cuerpo como buenamente pude hacia el metro, una vez que el avión hubo aterrizado. Encendí un cigarro en una zona de apestados (esos recintos minúsculos del aeropuerto donde nos hacinamos los fumadores porque el vil tabaco nos asalta con su adicción) y puse mi mente en blanco.
Mi abuela había fallecido a las cinco de la tarde en los servicios de la residencia. El forense hizo su trabajo y después se puso en marcha la maquinaria comercial de la muerte. Una maquinaria que hizo una parada en el tanatorio, lugar en el que entré a formar parte del macabro sistema.
¬ Al menos no ha sufrido -dijo alguien.
¬ Ya se esperaba... -argumentó otro.
Mi personalidad caótica se permitió un momento de respiro, un pequeño guiño de humor negro con ciertas dosis de ridículo. En la cafetería del tanatorio me encontré con algunos familiares y amigos que estaban descansando mientras tomaban un café. Me puse a besarlos a todos sin darme cuenta de que, cuando acabé con el grupo de conocidos, le di dos besos a un hombre que no venía con nosotros. Él se quedó mirándome como un niño al que descubren robando dinero del monedero de su madre, pero no me dijo nada. Al menos ahora soy capaz de reírme un poco de mi torpeza.
En el velatorio me sumí más en mis pensamientos, sentado en un sofá de piel entre conocidos que habían ido a acompañar a la familia en aquel espectáculo dantesco en que se convierten los velatorios, que yo tanto odio. De entre todas las personas que había en aquella sala, más de la mitad sobraban. Eran todas aquellas que iban por cumplir y que, a los cinco minutos, habían olvidado el propósito de todo aquello.
[consolar]
La gente se fue marchando poco a poco y, los que quedábamos, intentamos dormir un poco en aquellos sofás. Una cabezada, una ducha en casa y vuelta al infierno, el orden del día de aquel circo de los horrores.
Estaba planeado que el coche fúnebre partiera a las once de la mañana hacia el pueblo natal de mi abuela, encabezando una macabra caravana. Mirara donde mirara siempre veía aquel coche fúnebre. En aquel viaje no había paisajes ni cielo, no había monumentos, sólo ese coche negro que no era más que la muerte motorizada.
En el pueblo nos recibió un frío polar que intentaba congelar un dolor que creía por momentos. Recordé el entierro de mi abuelo y pensé que aquello sería más de lo que podía soportar, que debía aislarme del mundo y ascender a un estado superior de catatonía.
[los dominios de la catalepsia]
En la plaza ya se había congregado un grupo de personas que fue desfilando ante nosotros con las fórmulas de cortesía que acostumbran las más arcaicas reglas de comportamiento en un funeral. Había familiares y amigos, pero el grupo más numeroso era el de aquellos que van a los entierros por cumplir, como el que va a un club social. Recibí las condolencias como un autómata mientras el nudo que había en mi estómago crecía hasta alcanzar dimensiones colosales. El cura se acercó al féretro y, tras un par de rezos, nos hizo señales para que lo introdujéramos en la iglesia, donde entré por despedir a mi abuela como ella habría esperado, aunque todas mis creencias (o la ausencia de ellas) me decían que era estúpido participar en un ritual en el que no creías.
[pero entré]
No repetí las salmodias del sacerdote y me limité a levantarme y tomar asiento cuando lo hacía el resto de los parroquianos. La voz del cura llegaba hasta mis oídos como el sonido monótono de un arroyo. Miles de pensamientos intentaban romper el estado de catalepsia en que me había refugiado y no supe si sería capaz de aguantar el envite...
La ceremonia concluyó y nos dirigimos hacia el cementerio. Me temblaban las piernas y mis ojos, rojos como el mismísimo infierno, suplicaban al cerebro su permiso para llorar. Mi mente seguía cerrada en sí misma y no atendió la petición de llanto.
Apoyado en una pared vi en primera persona cómo el sacerdote dirigía la pequeña ceremonia de sepultura.
Una lágrima silenciosa resbaló por mi mejilla cuando el albañil de turno colocaba el primer ladrillo en el nicho. Cuando el sacerdote dio por concluido el enterramiento fui consciente de todo lo que había pasado en apenas veinticuatro horas. Un ciclo que había empezado antes de que mi madre naciera y que ahora estaban cerrando con una pared de ladrillos, yeso y cemento.
Cuando todos abandonamos el cementerio dentro sólo quedó el frío. Un frío perpetuo que, aún hoy, sigue congelando mis entrañas. Los muertos no leen bitácoras pero, si mi abuela leyera esto, se enfadaría si no me despido de ella cuando se marcha.
¬ Adiós.
[intentando no llorar]


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by milio a las 07:51 PM | Comments (10) | Enlace Permanente

Enero 12, 2005

Documentos del azar

¬ ¿... y te ha servido ese DNI hasta ahora? Aquí pone que lo tenías caducado desde el año dos mil.
La funcionaria de la policía me miraba por encima de sus gafas, que mantenían un precario equilibrio sobre el puente de su nariz.
¬ Bueno... ayer vine a hacerme otro DNI. Es que lo perdí...
¬ ¡¿Hace cinco años?!
Esta situación era la que yo había esperado cuando, el día anterior, había ido a pedir un DNI nuevo. La funcionaria que atendió el día anterior no prestó mucha atención a ese detalle. Ni siquiera se sorprendió cuando vio que la foto que salía impresa en mi solicitud de DNI era de cuando casi era niño.
[orígenes]
Yo, que sí me percaté del detalle, intenté distraerla lo suficiente como para que no se diera cuenta. Y funcionó.
Mi DNI llevaba caducado desde el año dos mil. Después de todos los problemas que me había ocasionado este hecho, sobre todo cuando fui a Castelldefels, decidí que era el momento de renovarlo. Aunque, para ser sinceros, el verdadero motivo era el viaje de mañana a Barcelona, no quería más peripecias en los aeropuertos...
La mujer seguía mirándome con aire de suficiencia mientras las personas que estaban detrás mío en la cola empezaban a impacientarse. Ante la duda de si el justificante que te dan mientras hacen el nuevo carné valdría para volar, decidí hacerme el pasaporte. Un mero trámite que no llevaba más que unos minutos. Borré mi expresión de superioridad ante el engaño no percibido y puse en su lugar una mueca de arrepentimiento.
¬ Hmmm, no exactamente. Lo perdí hace algún tiempo.
Una respuesta más imprecisa requeriría mucho esfuerzo.
¬ Entiendo...
La funcionaria, aunque quisiera, no podía hacer nada ya. La solicitud del nuevo DNI estaba cursada el día anterior y, a mi entender, era demasiado tarde como para ponerme una multa. Aún así quiso tener la última palabra.
¬ Pero si es que ni te pareces al de la foto...
Dejé que un apropiado silencio la devolviera a la rutina de hacer mi pasaporte y esperé pacientemente a tener tan codiciado papel. Finalmente me lo entregó mientras unas palabras salían de su boca como lo hace una tos seca.
¬ Siguiente.
[suspiro]
Dada la naturaleza caótica de mis acciones tengo la total certeza de que este viaje no será, ni mucho menos, tranquilo. Hasta el momento en el que pise el suelo de Barcelona no dejaré de desconfiar. Situaciones que ahora no se me pasan por la cabeza surgirán mañana en el aeropuerto: mis billetes no estarán por un error en la base de datos, mi vuelo saldrá con retraso o el piloto se confundirá y nos llevará a Mauritania... Así que no me queda más remedio que resignarme y esperar a ver con qué truco me sorprende el maldito azar.
[y reaccionar a tiempo]
Deseadme suerte.

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Diciembre 26, 2004

In extremis

Como los planes que se preparan con antelación salen siempre mal, aquello no me cogió por sorpresa. Tres amigos tomando unas pintas en un pub irlandés, tres de los tantos que íbamos a ser. Todos los planes alternativos flotaban a la deriva en un mar de alcohol y promesas rotas.
Así que, sin pensarlo, me encontré diciendo:
¬ ¿Y si nos vamos a Alcorcón con unas amigas?
Uno de mis amigos me miró con esos ojos que dicen: "antes muerto".
¬ Yo estoy griposo y no sé... ¡Alcorcón!.
Este chico no sabía que unas horas después estaría bailando casi desnudo entre los cuerpos neumáticos de tres gogós.
[caminos inciertos]
El tercero en discordia no se oponía a la idea, así que no tardamos mucho en encaminarnos hacia tierras lejanas.
Esa ola de frío polar se colaba entre la ropa como queriendo insinuar que ese no era el mejor lugar, que lo más sensato era irse a casa. Hasta el viento lo decía mientras pinchaba con miles de alfileres. Pasamos media hora esperando en una parada de metro que se parecía mucho a una construcción alienígena. Después de las tonterías de rigor a este propósito vimos cómo llegaban a recogernos.
¬ ¡Tío, cómo vienes en chandal!
[parpadeo]
Me miro los pantalones, a ella y, nuevamente, a los pantalones.
¬ No es un chandal.
Hace tiempo que decidí ponerme la ropa que me apeteciera en cada momento e ignorar completamente a los porteros de las discotecas. Si en un bar no me dejan entrar es que ese bar no se merece que yo entre en él. Y así voy incluyendo lugares en mi lista negra. Revisé mentalmente mi indumentaria: sudadera negra, camiseta con una bandera de Inglaterra (un regalo traído desde la Gran Bretaña), pantalones vaqueros anchos de color negro y unas bonitas zapatillas. Y lo aprobé.
[pestañeo]
Mientras yo me dedicaba a divagar sobre mi ropa, una de mis amigas había aprovechado para tocar el pantalón y asegurarse de que no era un chandal como ella pensaba.
¬ Pues mira, si no es un chandal.
[perplejidad]
Esta frase podría haber sido un comentario aislado, podría haber pasado totalmente desapercibida, pero no fue así. Un par de horas después el portero de una discoteca hacía el mismo comentario:
¬ Con chandal no se puede entrar.
Mi ego:
¬ No es un puto chandal.
Yo:
¬ Hmmm... -mirando hacia los pantalones.
Entonces el portero tocó los pantalones y una luz en lo más profundo de su cerebro (fruto, sin duda, del instinto de supervivencia) se encendió:
¬ Anda, pues no es un chandal. Pasa.
Y yo entré con una sonrisa totalmente falsa y con cara de imbécil, que es la única que sé poner en estas circunstancias...
Pero dentro me esperaba lo peor...
En un momento de la noche, quizá después de beber aquel whisky de procedencia dudosa, salieron unas gogós a bailar y dos amigas propusieron que nos acercáramos. ¿Qué falló entonces en mi cerebro para descubrir que ahí había gato encerrado? ¿Por qué dos mujeres heterosexuales querrían ver de cerca como tres cuerpos neumáticos se contoneaban? Evidentemente tenían algo planeado, algo que a mi cerebro le costaba descubrir. Fuimos apartando a la gente hasta que nos situamos a dos metros del escenario y yo, entre tanta curva, casi me mareo. Al acabar la canción una de ellas dijo:
¬ Bueno, necesitamos un par de chicos que suban aquí.
Y en ese momento saltaron los resortes, la mecha había sido encendida y yo no podía apagarla. Mis dos amigas empezaron a gritar como posesas mientras me señalaban.
¬ ¡A él, a él!
Por tu cabeza pasan todas las alternativas posibles, y ves claramente cómo todas acaban en ridículo. El corazón latía más fuerte mientras aquella morena neumática se acercaba a mí. No sé si contoneaba o no porque yo sólo veía cómo su mano se cerraba sobre mi muñeca como la garra de un halcón y su lengua viperina articulaba sonidos estridentes.
¬ Venga, sube.
¬ No...
Y entonces se encendió la bombilla que llevaba unos minutos parpadeando, la idea que mi lento cerebro estaba buscando, el método de evasión.
¬ Sácale a él que es su cumpleaños.
Lo dije señalando a un amigo que me miraba perplejo con su copa en la mano. La chica parpadeo y al instante se acercó a por mi amigo. En ese momento me arrepentí un poco y una parte de mí, la que en las películas simbolizan con un diablillo, me llamaba fracasado. Busqué consuelo en el angelito que, se supone, debe aparecer flotando al otro de la cabeza...
... pero me cansé de esperar.
Ese arrepentimiento duró exactamente hasta el momento en que dos de las chicas le quitaban la camiseta a mi amigo y una de mis amigas comenzaba a inmortalizar todo con su cámara digital. Horrorizado asistí al espectáculo, imaginándome que aquel a quien aquellas chicas estaban dejando en calzoncillos podía haber sido yo. El diablillo volvió a aparecer en mi hombro:
¬ No te preocupes que aún no se van... el próximo eres tú. ¿Tendrás los calzoncillos limpios no?
[carcajadas]
Al terminar el show pude oír como una de las gogós le decía a mi amigo:
¬ ¿Es tu cumpleaños no?
¬ No... pero como si lo fuera.
[suspiré]

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Yo, me, mí, conmigo
by milio a las 11:10 PM | Comments (2) | Enlace Permanente

Diciembre 04, 2004

Incertidumbres

Ayer, viernes, fue un día de muchas incertidumbres. Uno de esos días que parece no acabar nunca, que se alargan hasta el infinito por obra, arte u omisión, con premeditación, alevosía y algún término jurídico más.
[o todo junto]
Había amanecido con el moqueo habitual que llevo desde el miércoles, afectado por un virus cuya cepa desconozco pero que debe parecerse bastante al de la gripe. Fiebre, dolor de brazos, de espalda... de todo, moqueo incesante y una sensación de malestar persistente que ya estaba haciendo sus planes para acompañarme durante el puente de la constitución. Menos mal que entre mi amigo Clamoxil, una pastilla genérica parecida a la Aspirina (pero de proporciones colosales, casi imposible de tragar) hemos conseguido convencer al virus de que lo mejor es que se marche, que podíamos acogerle en mi cuerpo unos días hasta que encontrara otro huésped, pero que tanto tiempo era ya un abuso de confianza.
[y se está yendo]
Mi abuela pasó hace un mes por el quirófano para someterse a una intervención de estómago para extirparle un tumor maligno.
¬ El cáncer -nos decía una doctota- no es una enfermedad peligrosa en una persona de su edad. En una persona mayor los tumores se desarrollan con mucha lentitud, por lo que no es tan peligroso como en una persona joven.
[amén]
Aún así, la gran C siempre es algo temible, no sólo por sus efectos, sino por toda la mitología subyacente. La operación fue bien, pero el pre-operatorio y el post-operatorio fueron muy duros. Ella se había desubicado completamente y teníamos que pasar las veinticuatro horas del día con ella. De hecho, en los dos meses que pasó en el hospital, no estuvo ni un minuto sola. Al cabo de un tiempo le dieron el alta y la trajimos a casa, esperando a que se recuperara para llevarla de nuevo a la residencia. Eso era lo mejor para ella y, también, para nosotros. Mi madre se estaba consumiendo y mi abuela iba a recibir mejores cuidados en la residencia, donde había médicos, enfermeras, fisioterapeutas y tenía la compañía de personas conocidas, de su pueblo, del lugar donde nació.
Pero aún así nos era difícil llevarla.
Y ayer, una semana después de que reingresará en la residencia, nos llamaron. El teléfono sonó como lo hace siempre, con ese tono neutral que no dice nada. Yo estaba en la habitación y escuché cómo mi madre cogía el teléfono desde el salón y como, instantes después, empezaba a sollozar.
[me temí lo peor]
En ese momento sientes como un millón de agujas se clavan en cada rincón del cuerpo, allí donde más duele. Sientes como la realidad se tambalea y deseas agarrarte a un clavo ardiendo aunque te deje una señal de por vida. No podía escuchar lo que decía el interlocutor, pero en el aire flotaban las palabras de mi madre, entrecortadas por sollozos.
¬ Dios mío... en coma...
Coma... Esa otra temible C que, hasta el momento, sólo conocía por las películas. Sentí un ligero alivio al saber que su vida no había terminado, pero luego vino la incertidumb