Los altavoces, cuatro satélites y un subwoofer comprados de oferta hace un par de años, vibraban a la mitad de su capacidad. La estrofa, entonada con voz ronca y acompañada por acordes secos, no podía ser más oportuna.
[...]
Rock is deader than dead
Shock is all in your head
Your sex and your dope is all that we’re fed
So fuck all your protests and
Put them to bed
God is in the t.v. 1
[...]
Arrastré mis pies hasta mi habitación, envuelto en el rugido creciente del torrente de música, como un desgraciado que se acerca al epicentro de un terremoto. Tan cansado estaba que me había quedado dormido en el sofá, viendo el telediario, mientras el WinAmp ejercía de improvisado DJ. De vuelta al salón, el sofá me recibió con los brazos abiertos. La caja tonta, más absurda que nunca, continuaba con su letanía monótona.
[e interminable]
Parecía como si todos los realizadores del mundo, en todos los canales del espectro televisivo, se hubieran puesto de acuerdo. A alguien se le ocurrió no dejar morir al Papa. El pobre Wojtyla, al que la Iglesia Católica mantuvo hasta el último momento en su cargo. Más allá de los límites de lo soportable. Parecía que el que había muerto era el mismo Dios, encarnado en la figura de un pobre anciano, más frágil que un muñeco de trapo.
El presentador dio paso a unas imágenes que correspondían a la última aparición pública de Wojtyla. Se le veía sentado en su silla, haciendo gestos con las manos que quizá para un Católico signifiquen algo, pero que para mí no eran muy diferentes de las indicaciones de un guardia de tráfico agente de movilidad. Entonces intentaba hablar y, como por arte de magia, surgía de un lateral de la imagen un micrófono. Me recordaba a la parodia que, en la película de Airbag, hacían de las telenovelas los culebrones, cuando aparece un micrófono y golpea al protagonista en la cabeza. En el caso real, el pobre Wojtyla no podía emitir más que unos sonidos ininteligibles a medio camino entre un gorjeo y el croar de una rana. Finalmente le retiraron el micrófono y él, contrariado, siguió haciendo señas de circulación.
[para orientar al rebaño del señor]
Y me dio pena. Sentía haber presenciado un espectáculo tan grotesco que rozaba casi lo cómico. Aquel anciano debería haber terminado su vida mirando las obras con los jubilados o sentado en un banco, al sol, en cualquier pequeño parque de una localidad tranquila. Pero claro, los ateos no comprendemos esas cosas…
[o eso dicen]
Los documentos gráficos, inéditos y morbosos de dudoso interés general continuaron y yo, aburrido, apagué el televisor. En otros hogares, en otras ciudades, continuarían viendo ese programa durante varias horas más. La misma información rumiada de distinta forma, el mismo hecho enfocado desde puntos de vista infinitos, la misma biografía repetida hasta la saciedad.
¿Y el mundo? ¿Había dejado de girar? ¿Ya no había muertes por inanición? ¿Las guerras se habían detenido (alguien acalló los fusiles)? ¿Ya no había más noticias?
[no]
La agonía y posterior muerte de Wojtyla se había convertido en un Reality Show.
[mediático por definición]
Y al día siguiente la máquina de la saturación seguía funcionando a pleno rendimiento.
[interminable]
Harto de tanta ceremonia fúnebre y de tantas muestras de condolencia, me dirigí a la parada de autobús. Encendí un cigarrillo a escasos metros de la parada y, al otear a lo lejos, distinguí la figura del autobús. Esperé pacientemente, solo en la parada, hasta que el bus se colocó a mi altura. Entonces se produjo algo inesperado y, a la vez, ridículo. La puerta no se abría y, al mirar al conductor, descubrí cómo esa extraña criatura me escrutaba desde su trono mecánico. Pensé que quizá no me había visto pero descarté la idea al instante, no tenía sentido. Mantuvimos un pintoresco cruce de miradas que se prolongó durante treinta largos segundos. Yo, mientras tanto, apuraba el cigarro recién encendido, intentando rentabilizar la inversión hecha en tan minúsculo cilindro a cambio de unos segundos menos de vida. Para un hipotético observador aquella situación parecería de lo más absurdo. Finalmente, una chispa de inteligencia brotó en algún lugar olvidado de mi cerebro, y me di prisa en apagarla (no fuera a provocar un incendio). Apagué el cigarro por casualidad y continué con el escrutinio. El conductor, satisfecho, abrió la puerta, y yo entré en el redil como una oveja descarriada.
[y negra]
¬ ¿No sabes que no se puede fumar en el transporte público?
Todo encajaba como las piezas de un puzzle cómico cósmico. El conductor me había vomitado esas amigables palabras, apuntando a la cabeza. Florecieron miles de posibilidades, tantos argumentos y tenía que elegir uno que no sonara descortés. Escogí el más obvio… y diplomático.
¬ Iba a tirar el cigarro antes de entrar.
¬ Por eso no te he abierto, porque no habías tirado el cigarro.
¿En serio aquel personaje pensaba que entraría fumando en el autobús?
¬ Pero en la calle no está prohibido fumar…
El conductor emitió una especie de ronroneo y contraatacó.
¬ Eso decís siempre. Estoy seguro de que me habrías echado el humo en la cara.
Aquella discusión podía ser interminable y, además, no me aportaba nada. Así que, ante la mirada atenta de todos los pasajeros, metí el cupón del abono transporte en la máquina y me dirigí a mi asiento, dejando al conductor perdido en sus divagaciones ahumadas y, probablemente, con la palabra en la boca. Reflejada en el espejo retrovisor me llegaba la mirada del conductor, que memorizaba mis rasgos para no olvidar mi cara la próxima vez.
Sospecho que perderé más de un autobús de aquí en adelante…
[manía persecutoria]
Archivo para ‘ Cosas que pasan ’ (categoría)
Magnificando
by milioabr 4 2005
Spiderman de los baños
by miliomar 4 2005
Lo peor de hacer reformas en casa es que, automáticamente, te conviertes en un refugiado en tu propio hogar. Los escombros, dotados de vida propia, se reproducen como conejos, trayendo consigo montañas de polvo blanquecino y molesto por definición.
Había un dicho que rezaba algo así como: “No valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos”. Quizá sea un poco grotesco utilizar este dicho para un cuarto de baño, pero en este caso se ajusta como un guante. El hecho de no poder darse una ducha en tu propia casa hace que recuerdes con melancolía aquellos tiempos pasados donde, cada mañana, te ponías bajo el chorro de la ducha y, de pura felicidad, cantabas lo que se te pasara por la cabeza (con mayor no menor fortuna).
[pasado]
Y miras el amasijo de escombros en que se está convirtiendo aquel antiguo santuario y, cuando menos, te dan ganas de suspirar. Ahí empieza verdaderamente la vida del refugiado por obras, en el momento en que tienes que pedir una ducha donde poder quitarte ese mal olor imaginario que, si no lidias con él, acabará haciéndose realidad.
Los albañiles, impasibles, son los dueños de la situación. En su mano está que todo llegue a buen término. De los dos dicharacheros trabajadores, el que más me impactaba era el que bauticé como Spiderman de los baños, con su sempiterno puro entre los dientes. El día en que decidí darle un apodo tan pintoresco fue, precisamente, el día en que tenían que pasar un tubo por el patio de luces. Yo dormía, y mi madre me llamó con una mezcla de horror, histeria e indignación, pidiéndome que fuera a ver algo que, en ese momento, se mezclaba con un sueño que no podía recordar. Me desperté del todo y seguí los pasos de mi madre hasta la cocina. Y, al mirar por la ventana, me quedé blanco (aún más). Vi a aquel haciendo equilibrios en el vacío mientras colocaba la tubería. Tenía un pie apoyado en la ventana de la cocina del piso de abajo y otro pie en la ventana del baño de ese piso, que formaban un ángulo de noventa grados. Con una mano ponía la tubería y con la otra… ¡el puro! Por supuesto, sin ningún tipo de arnés o sujeción. Un paso en falso y su cuerpo desde una altura volaría cuatro pisos hasta estrellarse en el suelo con un ruido sordo.
[y breve]
Pero, contra todo pronóstico, él aparentaba tranquilidad. Afortunadamente al final salió todo bien y no hubo que lamentar ninguna catástrofe, aunque a mi madre aún le dure el susto. No es la primera vez que observo conductas de inseguridad (por usar el término más suave) laboral y, por suerte, nunca ha pasado nada. Una vez, hace algunos años, se mató un albañil en mi barrio cuando cayó desde un tercer piso. Por lo visto, la red de seguridad estaba mal instalada y el pobre hombre acabó atravesándola. Unos chicos del barrio se jactaban de haberlo visto con sus propios ojos. Seguramente mentían.
[lo decían sus ojos]
Después del episodio del baño, todo transcurrió con normalidad. Y, por fin, ayer acabaron con las obras.
Así que, desde hoy, mi casa y el blog están nuevamente operativos (justo a tiempo para Umbralis). Esperemos que no haya ninguna gotera.
[en ninguno de los dos]
Carcajadas
by miliodic 19 2004
La cima del árbol
by miliojul 12 2004
Aunque el tiempo pasa, hay veces que preferimos mirar hacia otro lado. Y dejar que el reloj siga restando instantes a la cuenta atrás de nuestras vidas. Intentamos aislarnos en una burbuja atemporal donde las cosas pasan pero no cuentan, donde a veces no sabemos qué paso antes y cuáles fueron las cosas que pasaron después.
Pero un día miras atrás y te das cuenta de que la vida ha pasado sin que te dieras cuenta. Que tu edad no es sólo un simple número y que el mundo, aunque a veces no queramos, cambia.
[y cómo]
Entonces llega el momento en que nos encontramos cerca del final del camino, esperando que en cualquier momento alguien escriba la palabra Fin con letras blancas sobre fondo negro. Ese maldito epitafio que hemos tenido que colocar tantas veces en vidas que, como algunas películas, pensamos que nunca se acabarían. Personas que hemos enterrado bajo palmos de tierra y toneladas de olvido.
[negro olvido]
Y llega el momento en que nos damos cuenta de que encabezamos el árbol genealógico de nuestra familia y de que, tristemente, lo hacemos en solitario. No sé lo que se siente en ese momento, pero puedo augurar que se compone de altas dosis de tristeza.
Mi abuela enterró un par de años atrás a la persona con quien había compartido toda una vida. Recuerdo perfectamente el día en que me dijeron que mi abuelo había muerto. Una semana antes había sufrido un infarto cerebral que le había paralizado medio cuerpo. Después de unos días en el hospital su estado se estabilizó, recuperó las energías e incluso se atrevió a hacer bromas. Recuerdo las sonrisas forzadas que tenía que esbozar, sonrisas que casi se convertían en lágrimas cuando salía de aquella habitación de aquel maldito hospital. Los médicos nos dijeron que su estado era estable y que probablemente no habría complicaciones. Con esta idea en la cabeza volví a Madrid a estudiar, aplazando mi vuelta para el siguiente fin de semana.
A la hora indicada de un viernes maloliente cogí un autobús que me llevaría hasta él. Mientras yo viajaba, mirando sin ver cómo el paisaje se creaba y destruía a mi paso, mientras ignoraba una desafortunada película, mi abuelo se moría. Le había dado otro infarto cerebral que debía acabar con su vida. Mis padres no me dijeron nada y, cuando llegué al hospital, leí en los ojos de mi madre que ya no había lugar para la esperanza. Mi abuelo me había estado esperando pero no le llegaron las fuerzas para verme por última vez.
Los días siguientes son una nebulosa en mi memoria. Recuerdo que aguanté el velatorio impasible y que no me derrumbé hasta el día del entierro. Recuerdo entrar en la iglesia aunque mis principios me decían que no debía, no sé por qué lo hice. Ese día mi abuela se quedó sola, pasó a encabezar el árbol genealógico en solitario, comenzó a contar sus días sabiendo que sus cuentas estaban saldadas y que podía irse en cualquier momento.
Dicen que la procesión va por dentro, quizá ese sea el motivo por el que asume la siguiente etapa de su vida estoicamente: la residencia. Incluso ha sido ella quién ha propuesto el traslado, a sabiendas de que ya no puede valerse por sí misma. Aunque no nos lo diga, sus ojos vidriosos dicen que está comenzando el último capítulo de su vida.
Y yo no puedo menos que estar triste, aunque sé que lo mejor para ella, en estos momentos, es vivir en una residencia.
[continuará]
Suffering
by miliojun 20 2004
No sé qué tendrá el fútbol que es capaz de postrar a un país entero ante un televisor. A mí, particularmente, nunca me ha entusiasmado el fútbol. Exceptuando la época preadolescente donde la afición al fútbol se manifiesta como por arte de magia (quién sabe, podría ser algo hormonal), el fútbol me da un poco igual. Cuando uno está en la adolescencia tiende a asimilar los gustos de otros hasta casi convencerse de que son suyos. A mí me pasó algo parecido con el fútbol, seguía la liga con el único fin de poder hablar de ello con mis amigos y veía los partidos con mi padre como si aquello fuera una tradición inculcada por herencia. Me planteaba la situación con más curiosidad que devoción, haciendo de antropólogo de oficio con la cobaya en que, por momentos, se convertía mi padre. Me resultaba gracioso ver cómo algo tan simple (y tan complejo) como meter una pelota entre tres palos era capaz de cambiar el humor de mi padre. Aprendí deprisa que el mejor momento para pedirle algo suelto era cuando ganaba su equipo.
[estratega]
Pasaron los años y cada vez me interesaba menos el mundo de la pelota, convirtiéndome casi en bicho raro. Hay momentos en los que si no sabes de coches o de fútbol, te conviertes en un cero a la izquierda en una conversación. Los pocos partidos que veía eran los que aprovechábamos para montar una reunión improvisada de amigos, adorando al esférico y al botellín, encuentros a los que yo asistía más por la compañía que por el partido en sí. ¿Habéis intentado mantener una conversación con alguien que está prestando total atención a otra cosa? Es muy divertido.
La diferencia entre un aficionado al fútbol y yo es que el aficionado puede entretenerse viendo tres partidos el mismo día, aunque sean de la tercera división etíope. Yo, sin embargo, sólo aguanto los partidos con máxima tensión.
[como el de hoy]
Es difícil de explicar la sensación que te atenaza cuando tu equipo va perdiendo y ves que se le escapa el partido. Algo a caballo entre la ansiedad, el optimismo, la decepción y, en el fondo, la resignación ante la idea de una derrota. La eterna esperanza que siempre se convierte en decepción.
Al final, como todos esperábamos, se ha cumplido la crónica de una muerte anunciada. España se va a casa, lo que implica que en mi casa veremos menos fútbol y no tendré que preocuparme del calendario de la Eurocopa cada vez que quiera ver una película.
Tendremos que esperar al próximo mundial para que nos cuelguen la banda de favoritos.
[y romper los pronósticos]
