El traje, descansando en su percha, me mira con gesto insolente.
[e indolente]
En su naturaleza inerte, su categoría de cosa, no podía expresar nada más que indiferencia. Pero yo, movido por el odio irracional que le profeso, le veo como una artefacto infernal que me martiriza a cada momento.
La chaqueta usa sus solapas para ensayar una sonrisa grotesca, la corbata se me asemeja a una horca que me asfixia sin descanso y los zapatos son como dos pequeños caimanes hambrientos que devoran mis pies en cada paso que doy. Ayer ya acabé con heridas en los pies de los dichosos zapatos y hoy los miraba aterrorizado mientras mis pies descalzos se reunían en una asamblea extraordinaria para estudiar si me ponían una moción de censura. Finalmente me puse los zapatos y ensayé unos pasos por el pasillo.
[calvario]
Parecía un gigante de una atracción de feria, incapaz de articular las rodillas correctamente, viviendo una vida de rozaduras y fricciones innecesarias. Me he tenido que resignar porque el traje y las zapatillas no le quedaban bien ni a Emilio Aragón (aunque él se empeñara).
Estoy seguro de que la gente me miraba de forma extraña cuando me veían por la calle. Con esa sensación que tenemos cuando miramos algo raro pero no sabemos ubicar el rasco que nos resulta extraño. Me arrastraba por las calles tirando de la mochila con el portátil como si fuera un cuerpo inerte que tengo que hacer desaparecer de la escena del crimen.
Cumpliendo esa regla no escrita que postula que todas las fatalidades tienden a agruparse el mismo día atraídas por un epicentro común, mi móvil ha continuado en estado catatónico durante todo el día, como era de esperar (gentileza de Amena y Vodafone).
Curiosamente, si alguien ve a un tipo trajeado dándole golpes a una cabina e implorando a alguna deidad desconocida mientras descarga su furia, pensará automáticamente que ese-buen-hombre tendrá algún motivo lícito para golpear la cabina. Sin embargo, si hubiera ido vestido de paisano, los transeúntes habrían pensado que intentaba sacar el dinero de la caja o que estaba trucando la cabina.
[hábito y monje, condenados a entenderse]
Al llegar a casa me he quitado el traje a le velocidad de una interrupción y lo he dejado cuidadosamente en su percha al mismo tiempo que tiraba las pocas fuerzas que me quedaban en la papelera más cercana.
Pero el traje nunca se da por vencido, sabe que mañana tendrá otra oportunidad de hacerme la vida imposible.
[y disfrutar como un enano]
Yo, por mi parte, seré feliz el día en que todos (incluyéndome a mí) miremos de la misma forma a un individuo trajeado que a uno que no lo está. El día en que no agarremos con más fuerza la mochila cuando veamos que una persona harapienta se acerca. En el momento en que no nos asustemos porque alguien que nació al sur del estrecho deje su macuto en el suelo mientras espera el cercanías.
[el día que enterremos unos cuantos tópicos]
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Tiranía de etiqueta
by milioabr 14 2004
Back to the start
by miliojun 26 2003
Marisol decía que la vida es una tómbola. Para mí la vida es un un recorrido cíclico donde la línea del destino se pierde en infinitos bucles más o menos consecutivos. Etapas que se cierran, circunstancias que desaparecen para dar paso al comienzo de otro período. Y, todo esto, repetido hasta la saciedad, hasta el mismo día en que morimos.
[la condición de ruptura del bucle]
Si el lunes cerré la carpeta que contenía los apuntes sobre los tres últimos meses de mi vida, mañana tendré que comprar un nuevo archivador. Después de unas microvacaciones de dos días, vuelvo al trabajo en un sector que a veces me da la vida y otras tantas me la quita. Pero un día me casé con un bit y tuve que dar el sí. En lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad. Tengo muchas ganas de demostrarme cosas nuevas a mí mismo, seguir aprendiendo hasta el infinito y nunca estancarme en una posición.
Amig@s, me quiero comer el mundo.
[quién no?]
La corbata se quedará en el armario, dejándose vencer con gracia por la gravedad, descansando en su percha, esperando el momento de salir. La chaqueta cambiará el perchero de una funesta oficina por un lugar privilegiado en el fondo del armario, lejos de lenguas asesinas, apartada de conspiraciones ardientes. En este nuevo trabajo no tengo por qué aparentar por fuera, valoran más lo que puedan demostrar mis dedos volando sobre un teclado.
Dios en mi mundo particular, inventando piezas que a su vez componen otras piezas, relacionando todas ellas para formar un todo. Ceros y unos, palabras al fin y al cabo. Programar es como escribir un libro.
Ya he puesto a cero el contador, ¿cuántos kilómetros haré en esta nueva autopista?. Iré hasta donde me lleve el viento: una corriente de ilusión. La veleta marca el punto cardinal del optimismo, los malos humos quedaron atrás.
[y el viento corre en su contra]
Satisfaction
by miliojun 23 2003
Aparentaba más años de los que en realidad tenía. Su pelo reflejaba la luz igual que lo haría el más puro marfil. Sus rasgos habían sido esculpidos por una vida no siempre grata, pero imprevisible en cada momento. Los pliegues de su rostro decían más que mil imagenes, la suma de un millón de palabras.
Miró a todos los presentes, uno por uno, sin olvidar una cara, sin dejar de penetrar en unos ojos. No hacía falta que dijera nada, todos comprendieron su mirada. Dijo a cada uno lo que quería escuchar y todos se adaptaron a lo que quería decir.
Él, Narrador hasta donde llegaban sus recuerdos, contando cuentos a quien quisiera escucharlos. Tenía que explicar, debían comprender. Y, sin más preambulos, comenzó.
[y el hechizo se materializó]
Yo soy el narrador y tengo una historia que contar. Hace unos días se produjo una filtración (perfectamente localizada) en el lugar en el que trabajaba y estas líneas que ahora leéis llegaron a los ojos de aquellos para quién no habían sido concebidas. No guardo rencor a nadie y menos a la persona que lo filtró porque hizo lo que pensó que debía hacer y no por eso yo soy quién para juzgarle.
¿Arrepentirse? ¿De qué servía arrepentirse? Uno debe ser consecuente con lo que hace, aceptar las causas y asumir las consecuencias.
Recibí consejos que decían que cerrara la web, que retirara todos los textos que en ella se encuentran, que condenara al olvido lo que una vez empecé con ilusión. Además, creo que en ningún momento aparece un nombre, una referencia concreta, un dato que pueda identificar unívocamente a una persona. No los hay. Como dije una vez: cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Así que hoy me han despedido…
Pero, ¿quién dijo que el final tenía que ser triste? No lo es, ni mucho menos. Porque, por una vez, las cosas han salido como planeaba. Cuando empecé a ver cómo iban las cosas moví mis hilos, movilicé a mis contactos y busqué, como se busca una aguja en un pajar, una alternativa. Tenía pensado irme de la empresa antes de que me echaran pero tenía un inconveniente: no cobraría paro. Ahora tengo paro, un trabajo que me dará un par de semanas de vacaciones y una sonrisa radiante.
Y además, he aprendido dos lecciones:
¬ Nunca mires tu web en el trabajo, se puede filtrar (y comprometerte).
¬ No te creas el cuento de la gallina de los huevos de oro, suelen tener salmonelosis.
Ahora, y sólo ahora, es posible entender el post De Príncipes y Princesas en toda su plenitud.
Y, por supuesto, a este weblog le queda toda la vida que queráis darle (y tengo nuevos lectores).
De príncipes y princesas
by miliojun 19 2003
Caperucita Roja se encontraba, como cada mañana, en su pequeña parcela de bosque. La capucha, raída por el uso y la leyenda, le caía graciosamente sobre la frente. Los cabellos jugueteaban con el viento, pero su cara no expresaba alegría.
[ni una pizca]
El Lobo estaba haciendo la ronda, aburrido como siempre, viejo como nunca. Andaba renqueante sobre tres de sus cuatro patas, la otra dejó de funcionar hacía demasiado tiempo. Pero no había perdido sus colmillos, ni su capacidad de enrevesar las cosas. Pensaba en su jubilación porque estaba harto de perder siempre en el final de la historia. Porque la vida siempre pone a cada uno en su sitio y él, que siempre se creía vencedor, perdía una y otra vez. Condenado a un fracaso infinito y recurrente.
[desafiando]
Pero esta vez todo iba a ser diferente, esta vez no estaba sólo.
La Urraca disfrutaba del paso del tiempo sobre la rama de un árbol. Miraba complaciente todo su territorio, engañándose contínuamente con ideas de grandeza, ignorando que nunca había poseído nada. No inspiraba temor, más bien lástima. Su verdadero y oscuro poder radicaba en su lengua viperina. Capaz de engañar al más osado, convertida en una serpiente por el azar de la evolución.
[esperando]
Y pastando en la pradera, emanando tranquilidad por todos sus poros, se encontraba el Asno. Él era la clave de toda la trama, alguien del que nunca sospecharían, el bueno de todas las películas, el animal entrañable que nunca hace daño. Reducido a veces al rol del payaso en una obra mala en cualquier teatro. Sus ojos parecían llenos de bondad pero detrás ardía el fuego de la codicia.
[despistando]
Y Caperucita seguía confiada. Nunca perdía, los cuentos que habían escuchado generaciones de niños tenían que acabar bien. ¿No ganan siempre los buenos? ¿El villano no acababa siempre ridiculizado? ¿No tienen todos los cuentos un final feliz?
El Narrador deleitaba a los presentes, hartos de tantos telediarios, hastiados de tanta muerte. La pequeña taberna con aires bohemios donde se reunían todas las tardes estaba a rebosar.
[contando]
Las cosas inesperadas son las que más impresionan. Por eso, cuando el Narrador dejó de respirar y se derrumbó sobre su mesa, nadie supo que hacer. Un médico le examino y no pudo determinar la causa de la muerte. La autopsia no aclaró nada.
¬ Simplemente, dejó de respirar.
Y pasó a ser un expediente más en el cajón del olvido, alimento del polvo, condenado a vivir sin una respuesta. Un día, muchos años después de este suceso, un becario al que le encargarón limpiar todo aquello abrió el expediente por la última página y leyó en voz alta como queriendo grabar el timbre de su voz en el eco de la estancia:
¬ … y nunca se encontró su cuaderno.
Asno seguía comiendo alfalfa, pasando totalmente desapercibido, ejecutando perfectamente su plan: esperar hasta el momento justo. Se miró el reloj de pezuña, sincronizado con los otros dos al segundo. Anduvo casualmente hacia el abrevadero y esperó.
Lobo se acercó a Caperucita consciente de que ella le esperaba. Siempre lo hacía, demasiado acostumbrada a su papel. Debía fingir sorpresa aunque los pasos de Lobo fueran torpes. Era su papel. Lobo miró su reloj, faltaban cuarenta segundos.
Urraca seguía observando el cielo, esperando el momento justo para hacer aquello para lo que había nacido: distraer. Sólo necesitarían unos segundos y todo habría acabado.
Narrador entró en el mundo de la fantasía por la puerta principal. Todo parecía normal, sólo tendría que limitarse a leer su cuaderno que, en este mundo, contenía las líneas del destino. No había una sóla respiración que no estuviera marcada por un compás escrito, ni una sola flor que se combara por la fuerza del viento sin que lo dijeran las palabras apropiadas. Ni una sola sonrisa que no estuviera planeada. Pero aquello lo había hecho tantas veces… Siempre el mismo cuento, siempre la misma historia. Los personajes podían actuar solos, ellos no sabían que un cuaderno regía sus vidas.
[así es como debía ser]
Todo fue tan rápido… Urraca se desprendió de su rama sin gracia pero con decisión. Le engatusó con sus palabras, le dijo lo maravilloso que era, lo bien que contaba su historia. Mientras tanto Lobo cogía impulso para dar el salto más grande de su vida, las garras afiladas, los ojos rojos. Un rugido que llamaba a la muerte. Asno sacó la pluma estilográfica y se acercó tranquilamente, con la sonrisa del que se sabe vencedor. Sólo tenía que escribir la muerte del Narrador en la línea correspondiente.
[y no vaciló]
Así es como tres insensatos intentaron jugar con su destino y, al final, perdieron. Pero eso, como decía Conan, es otra historia.
Complot
by miliojun 18 2003
Si no fuera porque aún conservo algo de mi escasa lucidez pensaría que los astros se han alineado, pero con el planeta del vecino en lugar de con el mío. Hoy todo parecía encajar en un puzzle sin sentido.
Me he despertado más o menos en la franja horaria de siempre, he tardado el mismo tiempo en salir de casa, todo parecía indicar que iba a ser un día normal…
[pobre infeliz]
Salgo de casa cargando en el yunque portátil y la bolsa de la comida. Miro hacia la parada de autobús esperando que mi oído funcione como el de los indios de las películas del oeste, que detecte el autobús antes de que aparezca. Me fío de mi oído: no viene. Cruzo un puente para coger el del otro sentido y, cuando estoy arriba, llegan los dos. En ese momento aparece la impotencia, vestida de negro y con sus ojeras.
¬ Creo que como no te tires, no lo coges.
Y al llegar al metro, otro problema: la línea diez no funciona bien y los trenes se retrasan. Además, el cuchillo acaba de atravesar la bolsa de la comida y amenaza peligrosamente a los transeuntes.
[vaya, mi día de suerte]
Así que por este cúmulo de sucedidos llego tarde al trabajo. Entro por la puerta y mi jefe se ha convertido en un perro, a punto de ladrarme cualquier incoherencia.
Hace unos días nos reunió para pedirnos obligarnos a llevar la chaqueta del traje, por cuestiones de imagen (debe ser que se nos ve mejor si llevamos la chaqueta puesta). Desde ese momento supe lo que tenía que hacer: llevar la chaqueta un día y dejarla todo el verano colgada en el perchero.
Así que, después de solarme una retahila de palabras que a los cinco minutos he olvidado, me ha dicho:
¬ ¿Y la chaqueta?
[desafío]
¬ En el perchero… desde ayer.
[y hasta septiembre]
Por un momento pareció que iba a contestar, pero las neuronas encargadas de llevar a cabo tan colosal esfuerzo no han conseguido conectar a tiempo, y en su cara ha aparecido una expresión de estupidez.
Pero la cosa no acababa ahí. Mientras comía, el otro jefe-dueño-capitalista-patriarca-cacique-dictador me ha llamado. Estaba plantado delante de mi mesa con una mueca de satisfacción puesta ahí por error.
¬ ¿Has visto cómo tienes la mesa? Esto no es imagen joder…
[efectivamente, es una mesa]
¬ … una bolsa aquí encima, una caja, dos revistas… El Jueves?!, Un libro!, Papeles! Y miles de vasos.
Le miro mientras intento digerir el último bocado de filete, con los ojos como un personaje de cualquier manga japonés y activo el mecanismo de evasión a la hora de comer para librarme de él.
Miro por última vez la mesa y pienso que aquello no se puede colocar de otra forma si uno no tiene ni un mísero cajón. Y llego a la conclusión de que aquel personajillo se aburre mucho (y trabaja menos).
Y al salir, otra sorpresa. La bolsa donde llevaba la comida (de papel) se ha rajado. No tengo más bolsas y no me apetece lucir los restos de la comida como si de una obra de Arco se tratara (“La desnudez del tupperware” sería un buen título). Así que he reconstruido, con ayuda del celofán, la maltrecha bolsa.
¬ Pereces un kosovar joder.
Es lo único que ha acertado a decir el mismo que unas horas antes reflexionaba sobre mi mesa. Es entonces cuando uno piensa que la vida es muy injusta y que la inteligencia está muy mal repartida (tanto que a algunos no les tocó nada el día del reparto).