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Los estadios del olvido

Cuando luchamos por pintar todos los recuerdos de alguien con el blanco de la indiferencia, su alma se oscurece.
[muere un poco]

Ascendía encorvado por la ladera, siguiendo un camino más antiguo que el mundo. Una vereda cuyo trazado serpenteaba entre los restos de aquellos recuerdos que habían quedado atrás. Curvas que enlazaban con otras curvas, encrucijadas con mil caminos ciegos marcados con señales de pintura sobre tablones podridos y trampas para caminantes incautos. Un laberinto oscuro que cambiaba por azar y con alevosía con el único propósito de que su camino nunca fuera recordado.
Era aquel lugar, el Monte de la Desolación, donde los recuerdos iban a morir prematuramente. Todos ellos sentenciados por el dueño que disfrutó de ellos tiempo atrás y que un mal día no tuvo más remedio que desterrarlos al olvido. Unos pocos, los afortunados, habían vivido lo suficiente como para dejar descendientes que no siempre corrían su misma suerte. La mayoría, sin embargo, apenas habían nacido y ya debían dejar de existir. Nadie lloraba por cada tragedia consumada porque en aquellas tierras no existía el pasado, todo lo que ocurría se esfumaba al instante. Y el futuro no era más que una promesa sin cumplir. Recuerdos que fueron sonrisas radiantes ahora convertidos en muecas grotescas, sonidos de susurros al oído que ya no eran más que los lamentos lastimeros del viento perpétuo, imágenes que fueron de amantes entrelazados que yacían ahora consumidas por la llama de la ira.
Criaturas informes observaban con ojos vidriosos al extraño que avanzaba por aquella senda, temerosas por instinto de todo aquello que no les fuera familiar. Olvido, mientras tanto, caminaba ajeno al escrutinio de aquellos recuerdos desterrados que habían venido a morir al Monte de la Desolación. Él era el rey de aquellos parajes y nada tenía que temer. Un millón de veces siete había ascendido, otras tantas al menos habría de volver. Él se encargaba personalmente de todos aquellos recuerdos rebeldes que se resistían a morir, era el verdugo de los inquebrantables.
El sendero moría en un abismo insondable y lo que quedaba tras sus pasos ya comenzaba a cubrirse de ceniza. No importaba, Olvido conocía todos los caminos.
No hubo ritual en la ejecución, ni primeras ni últimas voluntades. Ni gritos pidiendo misericordia. Sólo se escuchó el crujir de mil huesos rotos cuando la mano ponzoñosa de Olvido atravesó el pecho del rebelde y se detuvo en su corazón. Con un último gesto cerró el puño dictando sentencia y dejó que el propio peso del cuerpo inerte lo arrastrara al fondo del abismo.

Y cuando finalmente olvidamos, una parte de nosotros desaparece.
[para siempre]

Influencias


Las personas, a veces, somos como ríos. Nacemos con una explosión de vida y morimos mezclándonos con el anonimato de un océano inmenso. Cuando dos ríos se unen en uno pierden su identidad para compartir su cauce con las aguas de un extraño.
[intruso a veces]
Pero, ¿qué pasa cuando se separan? Cuando ambos ríos dividen sus caminos luchan por recobrar una individualidad ya olvidada. No pueden evitar que una parte de su vida no sea realmente suya, sino de su antiguo compañero.
[turbulencias, corrientes, remolinos]
Pero siempre, al final, acaban volviendo a su antiguo ser.
[como nosotros]

El cobrador de sueños

Me miró con ojos aparentemente vacíos, sin vida, mientras las palabras salían lentamente de su boca.
¬ Vengo a llevarme tus sueños, mi parte.
Siempre venía sin avisar, una vez al mes, más o menos. Aparecía en mis sueños, cuando yo dormía, y reclamaba su parte.
¬ Pues no sé si prodré darte mucho, hace tiempo que no sueño.
Movió la cabeza de un lado a otro, dejando que su disconformidad acompañara al movimiento de su corbata, negra como el carbón.
¬ Tienes que darme mi parte. No es mi problema si no duermes, no es de mi incumbencia que no recuperes las horas de sueño, quiero mi parte. Y la quiero ya.
Se quitó su sombrero dejando que su calva reflejara luces artifiales que habían surgido de la nada y empezó a taconear en el suelo con impaciencia.
¬ Está bien, como quieras, supongo que no tengo otra alternativa. Ya te he avisado de que no vas a encontrar mucho. Sigue por el pasillo de la razón hasta que des con el recodo de la paranoia. Tendrás que atravesar entonces el salón de los miedos, cuidado no te caigas porque está oscuro. Toma el pasillo del sur, que estoy creando en estos momentos, y al fondo encontrarás una puerta donde pone Sueños. Ahí está tu parte, la mía ya está guardada.
Antes de darse la vuelta y empezar a corretear pasillo abajo, hizo una reverencia ligera sosteniendo su sombrero delante de su cabeza. Me fijé otra vez en él y no pude más que sorprenderme. Siempre cambiaba de apariencia en sus visitas, ahora era un niño envejecido, vistiendo un traje varias tallas más amplio. Pero su mirada irradiaba sabiduría, quizá porque se había comido los sueños de medio mundo.
Apreté con fuerza una llave que colgaba de mi cuello, custodia de una puerta escondida donde guardaba mis mejores sueños, aquellos que nunca le daría ni al mejor postor. Eran parte de mí y yo era parte de ellos, darlos habría significado entregar una parte de mí.
Me lo imaginé entonces devorando mis sueños en una orgía de sangre y destrucción y se me revolvió el estómago.
[quizá por eso no haya dormido apenas esta noche]

Aritmética

Yo era un sobre ignorante en el mundo de los números.
[donde el quebrado es el rey]
Siempre pensé que uno y uno eran dos. Atrapado en las estrictas normas de la aritmética, ciego en los dominios de un visionario.
Entonces llegaste tú para abrirme los ojos y susurrarme al oído que si sumamos uno y uno podemos obtener tres haciendo la suma con cuidado. Converti los axiomas en humo y las promesas en axiomas. Multipliqué mis horizontes y dividí mis miedos.
[sin calculadora]
Pero un día te fuiste. Desapareciste sin explicarme como hacer que tres menos dos no dieran cero.
Ahora la única certeza que me queda es que lo poco que sabía lo he olvidado.
[el que no sabe no padece]

¿Qué nos está pasando?

Hace un rato, mientras sujetaba mis párpados con unos palillos y miraba la cama con lascivia, escuché unos golpes en la puerta. No me sorprende que alguien llame a mi puerta a estas horas tan intempestivas, es la hora preferida de mis fantasmas, mis principios y alguna estrella invitada en la historia de mi vida.
[apariciones estelares aparte]
Desde que tengo uso de razón recuerdo estas reuniones en petit comité (que me perdonen l@s gal@s si lo he escrito mal) con esas entidades imaginarias. Aún cuando no fumaba podía notar el humo en el ambiente. Secretos de noche, que se descubrían cuando todos los demás dormían. A veces me cogían metido en la cama, tapado hasta la nariz, mirando sin ver el techo de mi habitación. Les ponía voces, imaginaba los gestos de sus manos cuando dialogaban. Algunos tenían más temperamento que otros, pero todos tenían algo que decir.
[hasta con los silencios]
Muerte siempre se aliaba con Miedo, haciendo causa común. Yo, que no sabía nada de la vida, me asociaba a cada entidad con una imagen infantil. Muerte iba siempre como en las películas, con su guadaña y su capucha. Su voz de ultratumba se dejaba a las demás en meros susurros. Y siempre tenía algo que decir. Pisaba las conversaciones de los demás, no dejaba hablar a nadie. Robaba todas las palabras que se detienen en la punta de la lengua, esperando un empujón que nunca llegaría.
[acaparando]
Miedo, sin embargo, era como un mafioso. Para mí, todo mafioso que se preciara, debía llevar una gabardina hasta los tobillos (y más allá), fumar puros, escuchar música siciliana y portar siempre un arma automática de los años cincuenta (ni que yo supiera qué eran los años cincuenta…), de esas que tenían un tambor circular. Miedo no necesitaba hablar, imponía respeto entre los que le adoraban y utilizaba a quien podía como sicario.
[la cosa nostra]
Fracaso llevaba siempre sus gafas puestas, de corte intelectual. Cuando miraba a través de sus gafas me encontraba unos ojos desproporcionados por el aumento de las lentes. Cada pestañeo parecía un eclipse, un gran telón cerrándose y abriéndose con solemnidad. Por más que yo crecía con el tiempo, él siempre era más alto. Lo suficiente para mirarme siempre por encima del hombro. Recuerdo que le imaginé con la misma camiseta que llevaba Epi de Barrio Sésamo y, desde entonces, no se la ha quitado. Aquellas franjas se destiñeron con el tiempo y ahora parece un indigente. Con una camiseta rasgada que se ajusta ridículamente a su cuerpo crecido. Una camiseta que fue diseñada para un niño de seis años embutida en un cuerpo de más de tres décadas.
[escrutando]
Complejos, esa familia tan entrañable que no se perdía ninguna reunión. Aquellos niños repelentes que no hacían más que chillar y pedir lo que su padre, un viejecito afable de mirada asesina, no podía darles. A su madre nunca la conocí.
[quiz&aacute viviera acomplejada]
En aquellas reuniones no siempre había fantasmas, convivían todos los pensamientos que cruzaban por mi cabeza. Algunos personajes aparecían muy de cuando en cuando. Otros cambiaban su apariencia aunque siguieran siendo los mismos.
Amor era el más cambiante. Antes de que el niño que yo era creciera lo suficiente, Amor aparecía con las caras de mis familiares y amigos. Hasta que un buen día empezaron a aparecer niñas, chicas, mujeres… Iban y venían. Algunas repetían sesiones, otras se quedaban esperando en la puerta. Alguna volvía después de mucho tiempo… Pero siempre, o casi siempre, había alguien que poseía aquel cuerpo durante un tiempo. Y antes de cada cambio, una pequeña ausencia.
Pero esta noche… esta noche era diferente. Ante mí tenía a Mundo. Una esfera más o menos perfecta, muy azul, y que no paraba de girar como una peonza. Me contó que normalmente gira alrededor de un primo, mucho más grande y caluroso. Hoy había decidido interrumpir por un momento su movimiento, consciente de que tendría que recuperar el tramo perdido. Le invité a pasar. En un plato puse unas rodajas de luz y le serví un caldo de estrellas. Algo debía estar pasando, algo grave. Encendí un cigarrillo.
¬ Si sólo fuera el maldito tabaco… Desgraciadamente, hay otros humos que me molestan más.
Le ofrecí apagarlo, sintiéndome culpable por convertir a Mundo en un fumador pasivo.
¬ No. Al fin y al cabo, estamos en tu casa.
Y yo vivía en la suya…
¬ Algo estáis haciendo mal los condenados humanos. Para concretar, no habéis hecho nada bueno desde que aparecísteis, pisando mi cuerpo sin agradecerlo. Alguien os puso aquí y, desde entonces, os creéis dueños de todo cuanto tocáis.
¬ ¿Quién nos puso aquí?
¬ Prometí no decirlo. Dejemos la Teología para otro momento. He venido a abrirte los ojos, no quiero desmontar o legitimar religiones.
¬ Continúa.
¬ No os dais cuenta de lo que estáis haciendo. Vuestra vida es un período insignificante en todo el proceso. Deberíais pasar sin pena ni gloria por esta vida, pero os empeñáis en joderlo todo a vuestro paso. En vuestra corta existencia no os da tiempo a vivir las consecuencias de vuestros actos.
¬ ¿Y la historia?
¬ ¡Ja! La historia la usáis para lo que os conviene. ¿De que os sirve tener tantos libros si no os molestáis en leerlos? No os dais cuenta de lo que pasa, ¿verdad?. No te das cuenta de que nunca ha habido tantas inundaciones como hay ahora, ni tantos incendios. Radiaciones que me queman, humos que me asfixian, actitudes que me avergüenzan. ¿Qué otro animal quemaría su propia casa? ¿Uno inteligente? No creo… Si yo pudiera, os haría vivir trescientos años, para que todo lo que habéis provocado se volviera contra vosotros… y lo viérais…
¬ ¿Y por qué me dices a mí todo esto? Es decir, ¿qué puedo hacer yo para cambiarlo?.
¬ Ahora mismo estás hablando contigo mismo. Respondiendo a una voz que sale de tus entrañas. Eso es un buen comienzo.
¬ Entonces… ¿estoy soñando?
¬ Nunca has llegado a despertar.
Mundo guardó silencio y salió por donde había venido, dejándome sentado en un sillón de hojas con una mueca de estupidez en mi cara.
¬ Por cierto, hablaba en serio. Piensa sobre lo que te he dicho, si es que sabes realmente lo que es pensar.
[espero no haberlo olvidado]