Hace un rato, mientras sujetaba mis párpados con unos palillos y miraba la cama con lascivia, escuché unos golpes en la puerta. No me sorprende que alguien llame a mi puerta a estas horas tan intempestivas, es la hora preferida de mis fantasmas, mis principios y alguna estrella invitada en la historia de mi vida.
[apariciones estelares aparte]
Desde que tengo uso de razón recuerdo estas reuniones en petit comité (que me perdonen l@s gal@s si lo he escrito mal) con esas entidades imaginarias. Aún cuando no fumaba podía notar el humo en el ambiente. Secretos de noche, que se descubrían cuando todos los demás dormían. A veces me cogían metido en la cama, tapado hasta la nariz, mirando sin ver el techo de mi habitación. Les ponía voces, imaginaba los gestos de sus manos cuando dialogaban. Algunos tenían más temperamento que otros, pero todos tenían algo que decir.
[hasta con los silencios]
Muerte siempre se aliaba con Miedo, haciendo causa común. Yo, que no sabía nada de la vida, me asociaba a cada entidad con una imagen infantil. Muerte iba siempre como en las películas, con su guadaña y su capucha. Su voz de ultratumba se dejaba a las demás en meros susurros. Y siempre tenía algo que decir. Pisaba las conversaciones de los demás, no dejaba hablar a nadie. Robaba todas las palabras que se detienen en la punta de la lengua, esperando un empujón que nunca llegaría.
[acaparando]
Miedo, sin embargo, era como un mafioso. Para mí, todo mafioso que se preciara, debía llevar una gabardina hasta los tobillos (y más allá), fumar puros, escuchar música siciliana y portar siempre un arma automática de los años cincuenta (ni que yo supiera qué eran los años cincuenta…), de esas que tenían un tambor circular. Miedo no necesitaba hablar, imponía respeto entre los que le adoraban y utilizaba a quien podía como sicario.
[la cosa nostra]
Fracaso llevaba siempre sus gafas puestas, de corte intelectual. Cuando miraba a través de sus gafas me encontraba unos ojos desproporcionados por el aumento de las lentes. Cada pestañeo parecía un eclipse, un gran telón cerrándose y abriéndose con solemnidad. Por más que yo crecía con el tiempo, él siempre era más alto. Lo suficiente para mirarme siempre por encima del hombro. Recuerdo que le imaginé con la misma camiseta que llevaba Epi de Barrio Sésamo y, desde entonces, no se la ha quitado. Aquellas franjas se destiñeron con el tiempo y ahora parece un indigente. Con una camiseta rasgada que se ajusta ridículamente a su cuerpo crecido. Una camiseta que fue diseñada para un niño de seis años embutida en un cuerpo de más de tres décadas.
[escrutando]
Complejos, esa familia tan entrañable que no se perdía ninguna reunión. Aquellos niños repelentes que no hacían más que chillar y pedir lo que su padre, un viejecito afable de mirada asesina, no podía darles. A su madre nunca la conocí.
[quizá viviera acomplejada]
En aquellas reuniones no siempre había fantasmas, convivían todos los pensamientos que cruzaban por mi cabeza. Algunos personajes aparecían muy de cuando en cuando. Otros cambiaban su apariencia aunque siguieran siendo los mismos.
Amor era el más cambiante. Antes de que el niño que yo era creciera lo suficiente, Amor aparecía con las caras de mis familiares y amigos. Hasta que un buen día empezaron a aparecer niñas, chicas, mujeres… Iban y venían. Algunas repetían sesiones, otras se quedaban esperando en la puerta. Alguna volvía después de mucho tiempo… Pero siempre, o casi siempre, había alguien que poseía aquel cuerpo durante un tiempo. Y antes de cada cambio, una pequeña ausencia.
Pero esta noche… esta noche era diferente. Ante mí tenía a Mundo. Una esfera más o menos perfecta, muy azul, y que no paraba de girar como una peonza. Me contó que normalmente gira alrededor de un primo, mucho más grande y caluroso. Hoy había decidido interrumpir por un momento su movimiento, consciente de que tendría que recuperar el tramo perdido. Le invité a pasar. En un plato puse unas rodajas de luz y le serví un caldo de estrellas. Algo debía estar pasando, algo grave. Encendí un cigarrillo.
¬ Si sólo fuera el maldito tabaco… Desgraciadamente, hay otros humos que me molestan más.
Le ofrecí apagarlo, sintiéndome culpable por convertir a Mundo en un fumador pasivo.
¬ No. Al fin y al cabo, estamos en tu casa.
Y yo vivía en la suya…
¬ Algo estáis haciendo mal los condenados humanos. Para concretar, no habéis hecho nada bueno desde que aparecísteis, pisando mi cuerpo sin agradecerlo. Alguien os puso aquí y, desde entonces, os creéis dueños de todo cuanto tocáis.
¬ ¿Quién nos puso aquí?
¬ Prometí no decirlo. Dejemos la Teología para otro momento. He venido a abrirte los ojos, no quiero desmontar o legitimar religiones.
¬ Continúa.
¬ No os dais cuenta de lo que estáis haciendo. Vuestra vida es un período insignificante en todo el proceso. Deberíais pasar sin pena ni gloria por esta vida, pero os empeñáis en joderlo todo a vuestro paso. En vuestra corta existencia no os da tiempo a vivir las consecuencias de vuestros actos.
¬ ¿Y la historia?
¬ ¡Ja! La historia la usáis para lo que os conviene. ¿De que os sirve tener tantos libros si no os molestáis en leerlos? No os dais cuenta de lo que pasa, ¿verdad?. No te das cuenta de que nunca ha habido tantas inundaciones como hay ahora, ni tantos incendios. Radiaciones que me queman, humos que me asfixian, actitudes que me avergüenzan. ¿Qué otro animal quemaría su propia casa? ¿Uno inteligente? No creo… Si yo pudiera, os haría vivir trescientos años, para que todo lo que habéis provocado se volviera contra vosotros… y lo viérais…
¬ ¿Y por qué me dices a mí todo esto? Es decir, ¿qué puedo hacer yo para cambiarlo?.
¬ Ahora mismo estás hablando contigo mismo. Respondiendo a una voz que sale de tus entrañas. Eso es un buen comienzo.
¬ Entonces… ¿estoy soñando?
¬ Nunca has llegado a despertar.
Mundo guardó silencio y salió por donde había venido, dejándome sentado en un sillón de hojas con una mueca de estupidez en mi cara.
¬ Por cierto, hablaba en serio. Piensa sobre lo que te he dicho, si es que sabes realmente lo que es pensar.
[espero no haberlo olvidado]