El viernes, después de una semana extraña que parecía no querer acabar, había planeado ir al cine con unos amigos. Había perdido el metro anterior y tendría que hacer malabarismos para llegar antes de que empezara la película. En el andén, libraba una lucha a vida o muerte con el discman, intentando desenredar los cables que, por momentos, parecían los tentáculos de una bestia marina que pugnaban por asfixiarme. Inmerso en mi ridícula escena heroica no percibí un movimiento a escasos metros por mi visión periférica, por eso el sonido de una voz patosa casi me hace dar un brinco.
¬ Me gustaría ser tu amigo.
La voz de aquel pobre borracho se dirigía a una chica neumática que intentaba ignorar su presencia como lo habría hecho con un insignificante mosquito, ni siquiera se dignó a apartarlo de un manotazo. Entonces el mosquito centró su atención en mí y se acercó con pasos zigzageantes, dejando tras de sí el mismo rastro que dejaría una serpiente.
¬ Me gustaría ser tu amigo.
El dulce olor de un tipo de alcohol que no supe especificar casi me hizo tambalearme. Me tomé mi tiempo mientras simulaba apagar el discman (que no había conseguido encender) e intentaba librarme de la presa de los cascos.
¬ Me llamo José, y soy de Ecuador.
Evalué la situación y llegué a la conclusión de que lo mejor sería seguirle el juego a aquel pobre borracho. Detesto a los borrachos excepto cuando yo mismo lo estoy, y aquel chico había bebido por él y por todos sus compañeros (y por mí el primero).
¬ Yo soy Emilio.
Me tiende su mano como el que sostiene un filete y se la estrecho con fuerza. Él me mira con ojos vidriosos.
¬ Yo es que quiero ser español de pura cepa. De verdad.
Se me ocurren mil respuestas, pero opto por el camino de la metafísica, ya que los locos y los borrachos son lo más parecido a un visionario.
¬ Cada uno es de donde elije ser. Si quieres sentirte español, adelante. Prefiero pensar que todos somos ciudadanos del mundo y que no importa dónde hayamos nacido, sino donde estamos.
Le dirijo una mirada al discman esperando que me llame pedante pero, en su naturaleza de objeto inanimado, se conforma con enroscar sus tentáculos en mi cuello.
[y presionar]
¬ Ya, pero yo quiero ser español, español.
Quizá no me haya escuchado o, simplemente, no quiera escucharme. Pienso en venderle la idea de que el papel que él desea no es más que eso: un papel. Y recuerdo las caras de los inmigrantes que mueren en el mar cada día, que vienen buscando un papel y se hunden en aguas traicioneras. Las voces de los emigrantes españoles que hace décadas tuvieron que irse con lo puesto y que tuvieron que trabajar en lo que otros no querían, obedecer órdenes pronunciadas en idiomas guturales y, para ellos, ininteligibles. Y el reflejo en el espejo del desarrollo de esos mismos emigrantes que, en su imagen especular, son los inmigrantes que vienen aquí a trabajar en lo que nosotros no queremos. Y sé que no puedo venderle un sueño, por mucho alcohol que lleve en sangre.
¬ Yo en Ecuador era algo, yo tenía reconocimiento. Y aquí no soy nada. Quiero ser el más español de todos, quiero que me reconozcan.
Nos llega el silbido del tren desde la oscuridad de los túneles. Un silbido que parece despertar a José de sus divagaciones etílicas. Por un momento desaparecen las cortinas de sus ojos.
¬ Bueno, ya hablaremos en otro momento. Adiós.
¬ Adiós, encantado.
Giro sobre mis talones y avanzo por el andén. El discman se rinde al fin y consigo encenderlo mientras me pregunto si el encantado que pronuncié es como ese perdón que se pide sin que a uno le importe que le perdonen, esa disculpa automática que nos sale cuando pisamos a alguien.
Llego al cine casi echando el estómago por la boca, después de subir corriendo los cinco tramos de escaleras mecánicas de la estación, y entramos justo a tiempo para que el acomodador nos haga la photo finish mientras con la mano libre mutila nuestras entradas.
[acrobacias]
En la sala nos esperaba Mar Adentro, una película que prometía sonrisas y lágrimas, una película que me encantó. Me hizo recordar aquellas imágenes de Ramón Sampedro pidiendo una muerte digna, clamando por su derecho a la eutanasia. Recuero que, durante un tiempo, todo el mundo hablaba de ello, en todos los telediarios había algún apunte sobre el tema. Hasta que un día, como pasó con la guerra de Irak, con las armas de destrucción masiva y con el último romance de una famosa septuagenaria, se dejó de hablar de aquello.
[cortinas de acero]
Después de haber contenido las lágrimas (a excepción de algún torrente furtivo que se me escapó), la película se acabó. Nadie se movió de su asiento, todos permanecimos mirando los créditos, recuperándonos poco a poco. Y cuando las letras de Mar Adentro bajaron como un telón sobre fondo negro, me acordé de José y pensé que sus problemas empezaron mar adentro, al otro lado de un mar venido a más y que llamamos océano.
Aquí puedes leer el testamento de Ramón Sampedro.
Hacía años que no veía dos películas en el cine en un mismo día. No recuerdo ninguna de aquellas películas que proyectaban en el cine de mi barrio (un cine que luego fue discoteca y que, finalmente, se convertiría en casino) en sesiones dobles interminables. Los descansos, las palomitas, una tarde más que se iba por donde vino.
Salimos del cine cuando aún era de día, algo que no me pasaba desde hacía años. Ya que yo había arrastrado a mis dos amigos a ver Fahrenheit 9/11, uno de ellos pensó que era el momento de devolverme el gesto y llevarme a ver Kill Bill 2. Así es como tomaba forma la aventura de las dos películas en un día, un reto más duro de lo que puede parecer, pues no es nada sencillo aguantar las torturas a las que te someten las butacas del cine durante dos películas casi seguidas. Además, en el ambiente flotaba cierta rebelión (bueno, quizá sólo en mi mente), que me decía que si no se habían dignado a estrenar las dos partes de Kill Bill en España más o menos en la misma fecha que su estreno en el resto del mundo, no merecían que gastara mi dinero en ir al cine a verla. Pero al final, como seguidor de Tarantino, no pude resistirme y accedí.
«Una figura oculta tras una capucha revoloteaba ligeramente, como una pluma, por la estancia. Una habitación inmensa de paredes blancas, sin ventanas ni techo, un espacio abierto al cielo. En una de las esquinas había un escritorio que alguien debió colocar ahí por azar. Parecía como si nada en mundo fuera capaz siquiera de inmutarla. La túnica que vestía rasgaba el aire con suaves silbidos y la guadaña, que llevaba siempre encima, refulgía con el brillo que le había prestado el sol. Un sol que estaba en su punto más alto, fundiendo con sus rayos los ánimos de todos los mortales. Mortales que, por otro lado, no había en esa estancia. Muerte era una más en aquella empresa atípica, una vieja gloria venida a menos en un mundo donde las acciones de la vida han caído en picado. Muerte, que casi nunca erraba un golpe, solía visitar una vez en la vida a sus pobres víctimas y, en la mayoría de las ocasiones, éstas ni se enteraban.»
Si no hace mucho el pecho de Janet Jackson sacudía los cimientos del puritanismo americano (mientras medio mundo pasaba de la carcajada al asombro y del asombro a la incomprensión), ahora los tentáculos de la censura amenazan con vetar la última película de 
