Morning glory
by miliofeb 3 2011

// mal está lo que mal acaba //
Una chaqueta y una corbata caminaban esa mañana por la acera tirando de su dueño, inmerso en pensamientos lejanos.
A unos pocos metros una figura desaliñada manipulaba una botella de cerveza con sumo cuidado, como lo haría un artificiero con un explosivo desconocido. Después de apurar el último trago sostuvo la botella ante sus ojos y, tras un gesto de aprobación dirigido a una audiencia imaginaria, comenzó a sacudirla con firmeza y precisión milimétrica. Terminado el ritual aprobó de nuevo con un cabeceo al infinito.
¬ Doy fé.
Peatones anónimos fluían a su alrededor como las aguas pestilentes de un desagüe. Nadie detenía su atención en aquella figura estrafalaria y misteriosa, en aquel hombre cuya cordura se esfumó el mismo día que le arrancaron su dignidad.
Comenzaba el segundo acto, sin telón que lo anunciara, a horcajadas. Había desenroscado el tapón de la botella con delicadeza y lo miraba fijamente pensando que la perfección a veces existe sólo en las cosas más pequeñas y que si pudiera reducir su propio tamaño a esas proporciones con seguridad se solucionarían todos sus problemas. Lo discutiría con alguna de sus múltiples personalidades en su salón de té.
¬ Interesante…
Concentrándose de nuevo en su tarea, sustuvo el tapón con los cuatro dientes que le quedaban y volvió a coger la botella como si fuera el arma que utilizaba en los desfiles militares, siglos atrás. La volteó en un pestañeo hasta que quedó boca abajo en posición completamente vertical. Y comenzó el descenso al suelo milímetro a milímietro, sin prisa ni pausa, hasta que quedó en equilibrio precario sobre la baldosa irregular. Sin respirar cogió el tapón de su boca y coronó su obra como el que pone una guinda en el pastel.
[y respiró]
¬ Se’magnifí, como diría un portugués.
Y celebró la consecución de su obra con algo que recordaría vágamente a un baile tribal.
Su agenda, que tenía unas pocas anotaciones para el día a primera hora, debía tener ahora más de una decena. Y sólo había tachado dos. Las dos primeras operaciones del día habían salvado varios millones de euros pero la tercera, que había hecho más por intuición que guiado por la razón, había sido un completo desastre.
Absorto como iba en su mundo de números rojos y verdes, con muchos ceros, no reparó en que sus zapatos de varios cientos de euros rozaban una botella vacía, en equilibrio, lo suficiente como para que cayera como una pieza de dominó.
Un grito y el tintineo de la botella al rodar sonaron al mismo tiempo y él sólo tuvo tiempo para girarse desconcertado antes de verse en el suelo arrastrado por el peso muerto de un cuerpo anónimo que, hasta ese momento, había sido invisible a sus ojos. No llegó a lamentarse porque su vida se escapó un par de segundos después tras estallar en pedazos, en su cabeza, todo el peso de la locura.
[y una botella de cristal]
Cuando luchamos por pintar todos los recuerdos de alguien con el blanco de la indiferencia, su alma se oscurece.
Tengo la sensación de llevar toda la vida dejándome a deber. Haciendo planes que nunca cumplo, prometiendo cosas que después ignoro y obligándome con plazos estúpidos que sé que, por descontado, no cumpliré.