Morning glory

Litro

// mal está lo que mal acaba //

Una chaqueta y una corbata caminaban esa mañana por la acera tirando de su dueño, inmerso en pensamientos lejanos.

A unos pocos metros una figura desaliñada manipulaba una botella de cerveza con sumo cuidado, como lo haría un artificiero con un explosivo desconocido. Después de apurar el último trago sostuvo la botella ante sus ojos y, tras un gesto de aprobación dirigido a una audiencia imaginaria, comenzó a sacudirla con firmeza y precisión milimétrica. Terminado el ritual aprobó de nuevo con un cabeceo al infinito.
¬ Doy fé.
Peatones anónimos fluían a su alrededor como las aguas pestilentes de un desagüe. Nadie detenía su atención en aquella figura estrafalaria y misteriosa, en aquel hombre cuya cordura se esfumó el mismo día que le arrancaron su dignidad.
Comenzaba el segundo acto, sin telón que lo anunciara, a horcajadas. Había desenroscado el tapón de la botella con delicadeza y lo miraba fijamente pensando que la perfección a veces existe sólo en las cosas más pequeñas y que si pudiera reducir su propio tamaño a esas proporciones con seguridad se solucionarían todos sus problemas. Lo discutiría con alguna de sus múltiples personalidades en su salón de té.
¬ Interesante…
Concentrándose de nuevo en su tarea, sustuvo el tapón con los cuatro dientes que le quedaban y volvió a coger la botella como si fuera el arma que utilizaba en los desfiles militares, siglos atrás. La volteó en un pestañeo hasta que quedó boca abajo en posición completamente vertical. Y comenzó el descenso al suelo milímetro a milímietro, sin prisa ni pausa, hasta que quedó en equilibrio precario sobre la baldosa irregular. Sin respirar cogió el tapón de su boca y coronó su obra como el que pone una guinda en el pastel.
[y respiró]
¬ Se’magnifí, como diría un portugués.
Y celebró la consecución de su obra con algo que recordaría vágamente a un baile tribal.

Su agenda, que tenía unas pocas anotaciones para el día a primera hora, debía tener ahora más de una decena. Y sólo había tachado dos. Las dos primeras operaciones del día habían salvado varios millones de euros pero la tercera, que había hecho más por intuición que guiado por la razón, había sido un completo desastre.
Absorto como iba en su mundo de números rojos y verdes, con muchos ceros, no reparó en que sus zapatos de varios cientos de euros rozaban una botella vacía, en equilibrio, lo suficiente como para que cayera como una pieza de dominó.
Un grito y el tintineo de la botella al rodar sonaron al mismo tiempo y él sólo tuvo tiempo para girarse desconcertado antes de verse en el suelo arrastrado por el peso muerto de un cuerpo anónimo que, hasta ese momento, había sido invisible a sus ojos. No llegó a lamentarse porque su vida se escapó un par de segundos después tras estallar en pedazos, en su cabeza, todo el peso de la locura.
[y una botella de cristal]

Los estadios del olvido

Cuando luchamos por pintar todos los recuerdos de alguien con el blanco de la indiferencia, su alma se oscurece.
[muere un poco]

Ascendía encorvado por la ladera, siguiendo un camino más antiguo que el mundo. Una vereda cuyo trazado serpenteaba entre los restos de aquellos recuerdos que habían quedado atrás. Curvas que enlazaban con otras curvas, encrucijadas con mil caminos ciegos marcados con señales de pintura sobre tablones podridos y trampas para caminantes incautos. Un laberinto oscuro que cambiaba por azar y con alevosía con el único propósito de que su camino nunca fuera recordado.
Era aquel lugar, el Monte de la Desolación, donde los recuerdos iban a morir prematuramente. Todos ellos sentenciados por el dueño que disfrutó de ellos tiempo atrás y que un mal día no tuvo más remedio que desterrarlos al olvido. Unos pocos, los afortunados, habían vivido lo suficiente como para dejar descendientes que no siempre corrían su misma suerte. La mayoría, sin embargo, apenas habían nacido y ya debían dejar de existir. Nadie lloraba por cada tragedia consumada porque en aquellas tierras no existía el pasado, todo lo que ocurría se esfumaba al instante. Y el futuro no era más que una promesa sin cumplir. Recuerdos que fueron sonrisas radiantes ahora convertidos en muecas grotescas, sonidos de susurros al oído que ya no eran más que los lamentos lastimeros del viento perpétuo, imágenes que fueron de amantes entrelazados que yacían ahora consumidas por la llama de la ira.
Criaturas informes observaban con ojos vidriosos al extraño que avanzaba por aquella senda, temerosas por instinto de todo aquello que no les fuera familiar. Olvido, mientras tanto, caminaba ajeno al escrutinio de aquellos recuerdos desterrados que habían venido a morir al Monte de la Desolación. Él era el rey de aquellos parajes y nada tenía que temer. Un millón de veces siete había ascendido, otras tantas al menos habría de volver. Él se encargaba personalmente de todos aquellos recuerdos rebeldes que se resistían a morir, era el verdugo de los inquebrantables.
El sendero moría en un abismo insondable y lo que quedaba tras sus pasos ya comenzaba a cubrirse de ceniza. No importaba, Olvido conocía todos los caminos.
No hubo ritual en la ejecución, ni primeras ni últimas voluntades. Ni gritos pidiendo misericordia. Sólo se escuchó el crujir de mil huesos rotos cuando la mano ponzoñosa de Olvido atravesó el pecho del rebelde y se detuvo en su corazón. Con un último gesto cerró el puño dictando sentencia y dejó que el propio peso del cuerpo inerte lo arrastrara al fondo del abismo.

Y cuando finalmente olvidamos, una parte de nosotros desaparece.
[para siempre]

Hacia los treinta

Tengo la sensación de llevar toda la vida dejándome a deber. Haciendo planes que nunca cumplo, prometiendo cosas que después ignoro y obligándome con plazos estúpidos que sé que, por descontado, no cumpliré.
Desidia, desde las sombras, se ríe de mí.

Dicen que uno debe coger las riendas de su vida y gobernarla a su antojo, no dejar que el azar dirija la orquesta, ser quién decida con qué paleta pintar su futuro. El mío, hasta hace poco, lo pintaba un niño con los dedos.

Uno pasa toda su vida viéndolas venir, navegando por los mares de la incertidumbre sin más ayuda que las corrientes pasajeras que discurren bajo sus pies, tomando decisiones por inercia.
Hasta que un día la sociedad se encarga de devolverte a tu sitio y recordarte que “yo a tu edad ya tenía la vida resuelta”.
[amén]

Tachas años en el calendario y cuando te quieres dar cuenta ya andas cerca de los treinta. Y es entonces cuando llegan esas malas consejeras que son las prisas para recordarte que el tiempo apremia y apenas has tachado cosas de la lista de deseos que has ido confeccionando con los años.

En apenas tres meses no podré ni recorrer el mundo ni escribir un libro, ni pasar a la historia ni comprarme una casa, ni encontrar o redescrubrir en un pajar la aguja que debe ser mi media naranja ni, por supuesto, tener descendencia. Algunos de estos propósitos pueden esperar, quizá al próximo punto de control, pero quedan otros que sí están a mi alcance.

Y por todos estos propósitos y los que olvidé incluir en la lista lucharé hasta el último aliento porque, por suerte o por desgracia, he cogido las riendas.

Y el azar ha sido desterrado, temporalmente, al olvido.

En blanco

Is There a Ghost (Band of Horses)
(@ youtube)

Definitivamente, el pintor de brocha gorda que había pintado la habitación no se había esmerado lo más mínimo. Con mirada atenta escrutaba el techo, como quién intenta adivinar las diferencias entre la realidad gris y otra alternativa, siempre dulce.
Pocas luces aún, las sombras campaban a sus anchas mientras el sol, perezoso, salía de su refugio. Otra noche en blanco, otro día sin fabricar sueños destinados a ser, o no, recordados. Y otra pequeña erosión en el cráter de sus ojeras.
¬ Algún día pondré un espejo ahí.
Precedido del mismo silencio que prepara la entrada en escena de una tormenta, el despertador escupió sus quejas a viva voz. Pensaba, como cada día, que aquel toque de corneta que significaba tanto para otros, para ella siempre llegaba tarde. El mundo, otra mañana, arrancaría sus motores sin ella.
[que no los llegó a apagar]
Intentó adivinar qué imagen se reflejaría en el hipotético espejo que supuestamente iba a instalar en su presunta realidad. Y lo que le envió su imaginación fue una figura desaliñada tumbada sobre un lecho desordenado en una posición antinatural, formando una ese con sus extremidades. La melena desordenada en un círculo imperfecto y la mirada fija en la cámara imaginaria.
suspiro
¬ Un día de éstos…
sonrisa
¬ … tengo que ordenar mi vida.
eco

Malaventuranzas

intentando adivinar mi futuro
en las colillas del cenicero
sólo encontré las cenizas de tus recuerdos,
consumidos en el fuego
de las esperanzas sin cumplir.

cuando me echó las cartas,
entre misterios y deseos,
una gitana me gritó tu nombre
y, apuntándome con su dedo,
me maldijo una y mil veces.

las estrellas con su silencio otorgaron,
como el que calla,
los números no revelaron ningún secreto,
como el que esconde,
y los posos de café, negros como mi alma,
no consiguieron ni robarme el sueño.

Espejos

mil espejos de otras tantas formas
sólo me devolvieron tu reflejo,
en un crisol de mil imágenes
en las que yo no estaba.

y ni a través del fuego, a veces purificador,
fui capaz de ver más allá de mi presente
a un futuro que se resiste a ser escrutado.

mirando sin ver,
viendo sin saber,
a oscuras,
me convencí de que adivinar es inútil.

de mis ojos quité la venda
y mirando al infinito
a través de la ventana
vi una luz pálida que marcaba,
a lo lejos,
el final de tu camino.
[y la apagué]
inventaré un final mejor.